jueves, 29 de marzo de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO V


Parecía que el cielo caía sobre la tierra, pero Paca bien sabía, que aquello no había hecho mas que empezar, que al cielo le faltaba soltar su alimañas mas malignas, entre truenos, rayos y centellas. Tantas había vivido que por lo menos aquella que acababa de empezar, que comenzaba a soltar sus primero alaridos y a iluminar el cielo con culebras de luz; no era mas que el comienzo, duraría tres o cuatro horas mas por lo menos, y lo sabía, claro que lo sabía, tantas había vivido, que el motivo por el que se decía que en esas tierras el cielo era especialmente cruel, es porque la tierra sea caía unos cuantos kilómetros mas abajo, que allí el cielo se agarraba para no caer en la gran fosa montañosa de Despeñaperros, la frontera de la meseta castellana y la tierra andaluza, una frontera natural a la que si, le llamaban y llaman por ese nombre Despeñaperros, porque al parecer en las jaurías cuando estos hambrientos y sedientos de sangre, caían por el desnivel y se despeñaban por el desfiladero, o al menos eso le contaron a Paca cuando era pequeña cuando tantas veces preguntó el porqué de ese nombre, y entonces de pequeña a veces, cuando no conseguía dormir, cuando las pesadillas le atormentaban la noche y la despertaban, entonces lloraba, pensando en los perros caídos en ese lugar, acumuladas sus sangres uno junto a otro, con sus cabezas abiertas y los sesos mezclados con sus hocicos moqueando las últimas babas, y no le daba miedo le daba pena, y pensaba, y recordaba, ahora durante la tormenta con los párpados latiendo sin poder cerrarlos, en su perrita que había sido su compañera desde la infancia y que un día, de esos extraños en los que el Señor se acercó hacía ella y le habló, se la entregó, se la regaló, tal vez el único regalo de su padre, lo único bueno que hizo por ella; el regalo de esa perrita a la que llamó “La Pili”.

Ese gesto humano, lo tuvo el Conde a los pocos días de aquel suceso en la que tras la visita de la benemérita el señor guardia, el murciano, magnificó los poderes benéficos de los mechones de pelo rojo, como el suyo, y tras quitarle suavemente un mechón sus hermanos ciegos por la superstición y por la poca razón que la vida les había dado, se lo arrancaron de cuajo, sin mirar el dolor de Paca a la que poco o nada querían, mas bien despreciaban, y en ese día tan solo por su valioso pelo rojo del que fue despojada y su cabeza tras la derrama de sangre, quedó encostrada, a pesar de las curas que le dieron su madre y su abuela que apenas podían parar los brotes de sangre roja, mas roja de lo normal, era un rojo fresco, una sangre fluyente, empapante de trapos y harapos; pero que al final entre ellas y el boticario que fue llamado al pueblo, frenaron el desangre y taparon su cabeza como a las abuelas, con un pañuelo en la cabeza, de color negro, no sabía si porque no había otro color en el condado, o si por el contrario para que no se apreciara, las calvas de la cabeza de la Paca.

Aquel día haciendo un esfuerzo para recordarlo intentando que el mismo le hiciera olvidar la tormenta que cada vez era mas potente y con sus truenos llegaba a hacer vibrar la tierra; recordando a veces del olvido; cuando el Conde fue informado de lo sucedido, dejó atrás su indiferencia por la bastarda y también por cualquier sufrimiento humano, ya que a él no le preocupaba ningún mal ajeno. Sin embargo, la crueldad y el terror de los hechos le hicieron entrar en cólera y ordenó inmediatamente que trajeran a mis hermanos, a los cuatro, que en lugar de piernas y manos solo tenían manos, sus cuerpos eran como el de los monos, encorvado y ajorobados, como dicen que era su padre, el que fue marido de mi madre, grandullón de tullido pelo negro que prácticamente le cubría la totalidad del rostro, y de cejas pobladas sin descubrir el entrecejo; pues a él habían salido los cuatro arangutanes, no solo en lo físico, sino en lo violento de su carácter y en el poco cerebro que había bajo ese botijo peludo de cabeza que surgía entre sus hombros caídos.

El Señor los llamó y aquellos acudieron empujados por los hombres que habían recibido la orden del Conde, mas encorvados que nunca, allí estaban presentes delante de ese hombre que al lado de ellos parecía mas grande e imponente. Los cuatro con las manos ensangrentadas de las sangre de Paca y pelos rojos resecos entre las uñas, no levantaban cabeza, y el Conde sin hacer mas palabra les dijo con voz alta y autoritaria “una mas y os corto los huevos” y de pronto, sacó su navaja, recién afilada, limpia y brillante de bajo su faja, y la abrió, y repitió “con ésta os corto los huevos”. Los cuatro monos de hermanastros de Paca no pudieron contenerse, o no quisieron, su sesada no daba para mas, y de pronto una olor a pocilga como la que había donde se crían los cerdos, empezó a cubrir el ambiente. Los hombres de El Conde no aguantaron y taparon su nariz y el Señor los miró, a él también le había llegado esa fétida olor. Sí, los cuatro, todos ellos, se habían cagado y un liquido marrón empezó a deslizarse por sus piernas, era la mierda. El Conde levantó su garrota y lleno de ira, y también por el asco, empezó a darles a garrotazo limpió en la cabeza, en la espalda, en todas las partes de sus abominables y guarros cuerpos, estos empezaron a correr, a huir entre garrotazos dejando por su camino un reguero de una masa marrón, un tanto liquida, que partía humeante de sus traseros.

A los pocos días fue cuando el Señor Conde la llamó:- ¡ JARA!!!!-, ella estaba sentada en el suelo fuera de las puerta donde se encontraba la cocina, sin alejarse mucho de su madre y su abuela que allí hacían su faena. Ella recordaba que apenas podía levantar la cabeza del dolor que sentía en toda ella, miró asustada hacía el Señor Conde, atemorizada, nunca le había dirigido la palabra, ni se le había acercado, con voz alta y autoritaria, repitió -ven Jara!!- , recuerda que se levantó con la cabeza baja y se le acercó. No medio mas palabra, de entre sus manos una cosita marrón tirando a negra surgió, cabía en la mano del Señor y se la dio, y sin mas el Conde que era hombre de pocas palabras y menos sentimientos, se dio la vuelta y se marcho. Paca recordó ese momento como uno de los pocos felices de su penosa vida, era una perrita pequeña de ojos saltones y grandes orejas, no era guapa, no era como los perros del Señor Conde, elegantes, valiente y foraces, era pequeña, desproporcionada, ociquito alargado y esos ojos tan grandes que la miraban. Y la agarró entres sus brazos y la miró y saco su lengua y rozó la nariz pecosa de Paca y siguió lamiéndola, en ese momento fue feliz muy feliz, y fue desde aquel instante su única amiga, a la que cuidaría durante años y que por supuesto la protegería de la caída por el paso de despeñaperros. Desde aquel instante la llamó Pili, no había explicación, le salió de dentro, como a veces le ocurría, una cara para ella era un nombre aunque no coincidiera con la realidad.

Paca, seguía fijamente mirando por la ventana los rayos y culebras que caían por todas partes del Condado, pero ausente ante el recuerdo de Pili, su perrita, un trozo bondadoso del Señor Conde, que jamas olvidaría, para bien y también para mal. Con Pili, Bernardo de Mudela, entro a formar parte de su vida, ella no supo que era su padre hasta pasados muchos años. En ese instante el Conde fue querido por su ternura austera hacia ella, pero el Señor en ese momento nunca pudo imaginar lo que iba a implicar a su vida entrar en el mundo, de Paca la Jara.




domingo, 25 de marzo de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO IV.



Paca con su mirada fija en la ventana, no podía controlar el temblor de sus manos, los escalofríos que recorrían cada centímetro de su piel vieja y arrugada, intentaba sujetar sus manos con sus retorcidos dedos, deformados por tantos años de trabajo y por la artrosis que le invadía todo su cuerpo. Sus ojos, fijos se ensombraban con cada vaga palpitación de sus párpados, intentaba cerrarlos pero no podía, le venían tantas imágenes del pasado, que le impedían apartar la mirada, intentar dormir y no presenciar la tormenta que se avecinaba desde el horizonte hasta el Condado. 


Eran nubes negras como la tez moviéndose a tal velocidad que le impedían seguirlas, pero si esas culebras de luz que precedían a un estruendoso rugido del cielo. Siempre tuvo pánico a las tormentas, de niña su abuela Fidela metido en su mundo supersticioso y temerosa de Dios, le decía que las tormentas eran un castigo divino, que Dios se enfadaba y soltaba ese enfado con rayos y truenos, y que había que rezar y decir constantemente alrededor de una vela encendida “Santa Rita, Santa Rita que en el cielo estas inscrita” y algo mas que no podía recordar. Paca no podía distinguir, si sentía mas miedo por el rugido del cielo y sus rayos de luz, o por los rezos de las mujeres sentadas alrededor de la mesa camilla con la vela en el centro, murmurando esas palabras y rezos de forma constante, esas mujeres, todas ellas vestidas de negro, con zapatillas negras, medias negras, faldas negras, camisas negras y lo que mas le asustaba, con su cabeza tapada por un pañuelo negro. Ahí, entorno a la mesa y la vela, los truenos, los rayos, y esas viejas rezando entorno a la vela. 

Siguiendo la costumbre, de sus labios que apenas podía mover, empezaron a salir unas palabras, Santa Rita…era un murmullo que seguía ya por inercia. Recordaba mientras el cristal de la ventana era golpeado con fuerza por una enormes gotas de agua que empezaron a caer, pocas pero grandes, y luego igual de grandes pero un fuerte chaparrón que bombardeaba su ventana; recordaba que cuando alcanzó los cinco o seis años y había tormenta, y las viejas se reunían alrededor de la mesa y los hombres quedaban fuera también rezando pero no por temor a Dios sino por los daños que podría producir la lluvia y la pedrisca en las uvas y las cepas; cuando tenía esos años y se podía escabullir o mejor huir de su abuela, su madre y demás mujeres de la habitación y de los hombres fuera de la casa, salía en silencio de la casa del servicio, sin que aquellas mujeres inmersas en sus rezos pudieran verla, estaban ensimismadas inmersas en la repetición constante de las palabras, y salía sin que la vieran, y sin que tampoco lo hicieran los hombres cobijados bajo el porche solo preocupados por los daños en la cosecha, entre ellos al centro como siempre el Señor Conde con su boina y garrota en mano; entre ellos pasaba y de puntillas se alejaba a cobijarse a su lugar preferido, un lugar seguro, de la tormenta, de las viejas, de los hombres y de tantas otras cosas de las que tuvo que huir durante su infancia.

Paca nació pelirroja, ni su madre ni el Conde tenían ese color de pelo, ni esa tez blanca en la cara pintada por multitud de pecas rojas, motivo por lo que el Conde nada mas nacer, cuando se hallaba tirada sobre la tierra intentando escapar de la placenta entre los aturdidos ojos de las gentes de la vendimia, por ello, desde ese momento y en palabras del Conde, era Jara, y desde aquel mismo momento siempre la llamaría Jara, ni tan siquiera Paca, todo el mundo cuando la llamaba lo hacían por Jara. Su abuela, su madre, los jornaleros, todos los seres que habitaban el Condado la llamaban Jara. Jara, ven, haz esto, no lo hagas, siempre Jara.

En una sociedad llena de prejuicios, de supersticiones y de extraños miedos a lo desconocido, el color de su pelo, su tez blanca, sus pecas, la hacían diferente, nadie en el Condado era como ella, todos, absolutamente todos eran de pelo negro y tez oscura, y ella no, ella era diferente y eso en esa sociedad creaba atención, a veces repulsa y temor.

Sin embargo, un día de verano cuando el calor acechaba al Condado y las chicharras no dejaban de cantar, se presentó en el caserón una pareja de la benemérita, bien conocidos en el Condado y por el Señor Conde, por las veces que acudían a preguntar, porque nunca a investigar alguno de tantos sucesos que allí acontecían, el respeto por el Conde y las perras que éste les ofrecía siempre les hacía mirar hacia atrás y olvidarse de cualquier suceso que allí acontecían. Ese día acudió el cabo junto con un guardia nuevo, según dijeron no era de la zona, no era hijo de la olvidada estepa manchega, al parecer había nacido y se había criado en tierras murcianas, allí cerca de la costa, en un pueblecito pesquero junto al Mediterráneo. Nadie lo conocía y fue presentado al Señor Conde por el cabo, que con mucho respeto hizo las precisas referencias dado el linaje del Señor.

Paca se concentró en ese día, como una defensa para dejar de oír y ver la tormenta, huyendo como siempre del terror del castigo divino; y así ensimismada, recordó que ese día había aparecido un hombre apuñalado entre las cepas fruto de una pelea con otro del condado por un asunto de faldas, zanjando sus adversidades mediante el cruce de navajas de esas brillantes venidas de Albacete, y como siempre, un ganador vivo y el otros tirado en el suelo con mas de siete puñaladas en el vientre, que recordaba haberlo visto aterrada como de esos agujeros en sus entrañas le salía la comida que todavía no había digerido. Sin embargo, lo beneméritos oyeron al Señor Conde y no preguntaron nada mas, un accidente mas del Condado. Cuando procedían a marcharse tras recibir una bolsa de monedas del Conde, el guardia murciano recordaba que la vio y se fijo en ella, y comento “que niña mas guapa”, nunca nadie le había dicho guapa, todo lo contrario, mas aún a veces huían de ella como las alimañas. El Señor le dijo al guardia, -pero si es jara- y el guardia contó que en su tierra las mujeres de pelo rojo eran muy valoradas, y es mas que un mechón de un pelo rojo daba buena suerte, tanto era así, que pidió con los respetos al Señor, si era posible coger un mechón de la niña. Paca recordaba esa imagen perfectamente, intentó salir corriendo, pero los hombre no le dejaron, el Conde dijo que hiciera lo que quisiera, entonces, cogida de los brazos prácticamente inmovilizada, el guardia se acercó, sacó su navaja, también de Albacete, y suavemente tomo un mechón de su pelo lo corto sin hacerle a penas daño y se lo guardó en su bolsillo como si fuese un talismán.

Paca lo recordaba como un momento bonito de su vida, sino fuera por lo que sucedió tras aquél momento, tras ese acto, después de que el guardia dijera que el pelo jaro daba buena suerte.

Ni el Conde ni el resto de gentes hicieron mucho caso al comentario del guardia, eran supersticiones de forasteros, no iba uno de fuera a cambiar lo que opinaban de ella, mas que suerte fruto de un pecado, de una violación y por lo tanto un castigo de Dios, una niña maldita; pero sin embargo sus hermanastros quedaron prendidos por ese guardia forastero, lo escucharon sin parpadear, no perdieron detalle mientras le cortaba ese mechón de su rojo pelo.

Sus hermanastros eran cuatro y mayores que ella, sin padre viviendo un poco como querían y guardando poco respeto ni a su madre ni a su abuela, tan solo a los capataces y por supuesto al Conde que tampoco se fijaba mucho en ellos salvo cuando hacían alguna travesura y su garrota acababa golpeando la espalda o la cabeza de alguno de ellos.

Paca vio, intuyó la mirada maldita de sus hermanastros y sintió terror y salió corriendo y encontró un lugar, un pequeño agujero entre la pared de la casa del servicio donde podía escurrirse y entrar en un habitáculo, que aunque pequeño, cabía perfectamente y convirtió en su lugar de huida, en su escondite secreto que nadie conocía, allí paso muchos días desde que aquel guardia fue al Condado, aquel maldito murciano. Salía para hacer las comidas junto a su madre, vigilante de que sus hermanos no la vieran a solas, y de la cocina a su guarida, y da la guarida a su cama por la noche junto a su abuela Fidela.

A Paca se le enrojecían los ojos, al igual del color de su pelo, recordando aquellos momentos, no oía los truenos, ni los golpes de la lluvia sobre la ventana, ni veía los rayos y centellas que caían del cielo, solo recordó aquél día que saliendo de su escondite, de su lugar privado, de su pequeño paraíso, se encontró de cara con sus cuatro hermanastros que la rodearon, la cogieron, no pudo escabullirse como siempre, no pudo gritar ni llamar a nadie, un trapo le metieron por la boca, y sin contemplación alguna, sin miramiento, sin que pudiera gritar de dolor de sufrimiento, de terror, entre los cuatro, empezaron a arrancarle mechones de su pelo, sin navaja, sin tijeras sin nada, tan solo con tirones de sus manos, una mano y otra, doce manos que la sujetaban y le arrancaban su pelo, mechón tras mechón y ni tan siquiera un grito podía salir de su dolor, le arrancaron mechón tras mechón, hasta que ya un poco sumidos en el miedo vieron los chorros de sangre que brotaban de su cabeza. Toda su cara y cuerpo lleno de sangre. Cuando el miedo les invadió, la tiraron al suelo y huyeron corriendo con los mechones arrancados de su pelo, y un el mayor antes de salir corriendo, se giró y le dijo: -te arrancaré todos los pelos, y tendrás mas, en mas sitios, te los arrancaré todos eres una maldita Jara-.




jueves, 22 de marzo de 2012

EL PECADO DE SER MUJER.


Cuantas veces nos habremos planteado esta cuestión, ¿ser mujer es un pecado?, yo como hombre me lo he preguntado en numerosas ocasiones por que constantemente nos llegan noticias o leemos historia donde evidentemente así ha sido.

Es una cuestión unida intimamente a la religión. En la católica Eva fue el pecado y Adam el pecador. En la religión católica ninguna mujer puede ser sacerdote, el ¿porqué?, lo ignoro, tal vez ese pecado original. Pero lo que mas me sorprenden es ¿que tiene el cuello, la cabeza de la mujer?

Esa reflexión es aún mas interesante, en todas las religiones en uno o en otro momento la cabeza debe ser cubierta para los actos religiosos, en la católica hasta el Concilio Vaticano II así fue, a la iglesia se tenía que acudir con un pañuelo, cubriendo la cabeza. Esa obligación para la mujer sigue existiendo en la Iglesia Cristiano Ortodoxa, tanto en la armenia, rusa, griega...A los actos religiosos la mujer debe llevar un pañuelo.

Punto y aparte y así lo hago es el mundo musulman, donde en estos días hemos tenido noticia de como un Iman justificaba el pegar a las mujeres. Donde se les está vetado casi todo, donde según la ortodoxia de sus gobernantes, la mujer tiene que cubrir su cabeza y a veces incluso su rostro completamente, y ¿porqué?, ¿que tiene la cabeza de la mujer?, tal vez todo aquello que no tiene la del hombre, inteligencia, bondad, amor, belleza; todo aquello que al hombre le da miedo, y que ese machismo que sufrimos desde hace siglos junto con el teocentrismo de muchas sociedades dominadas por la religión, todo eso lo ve reflejado en la mujer y la religión la convierte en pecado.

El cuerpo que da vida, la deleidad de lo femenino fue machacado y olvidado por la Iglesia Católica desde su propio origen, no solo esta sino toda la cristiandad occidental. Se olvidaron de un personaje clave María Magdalena, posiblemente la mujer de Jesús el Nazareno, del que posiblemente tuvieran hijos como era normal, pero se apartó de la historia del cristianismo porque posiblemente solo le interesaban la imagen de la virginidad, y María no lo era, y María por no serlo se le menciona como prostituta.

Que miedo han tenido los hombres a la mujer, ¿que pasa?, ¿porque debe cubrir su cabeza y a veces su rostro?, la reflexión de esta sociedad absolutamente copada de hombres miedosos que no se han volcado como yo para conocer y descubrir la feminidad desde mi posición masculina, es el miedo a posiblemente a un ser superior o igual, insoportable para los mandatarios de la historia, y curiosamente y lo digo para que me oigan todos los fanáticos religiosos que andan por el mundo con sus sermones radicales y beliciosos, les digo firmemente, que el que debe sentirse mal, el que debe agachar y tapar su rostro y su cabeza no es el pecado, sino el pecador.





domingo, 18 de marzo de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO III


Paca miraba fijamente por la ventana, el cielo empezaba a encapotarse, las nubes que se avecinaban por el horizonte cada vez eran mas negras y su visión se hacía cada vez mas corta. Los años y esas lagrimas fijadas en los ojos sin llegar a desplazar una lágrima, limitaban sus miras pero sus oídos en esos momentos se agudizaban mas, y cada susurro cada chasquido de la casa, le llegaba y un escalofrío recorría su empellejado cuerpo.

En esta época eran pocos los habitantes del caserón. El servicio vivía en una casa aneja junto a la bodega donde reposaba el mosto, que tras fermentar se convertiría en el preciado vino de la cercana vendimia. La casa contaba con dos plantas y una enorme buardilla por la que se accedía por la planta alta a través de unas escaleras de madera de caracol, donde en mas de una ocasión, de pequeña huyendo de sus hermanastros mayores, se golpeó y calló dando con su cuerpo escalón tras escalón.

La planta baja, contaba con una enorme entrada de la que partían cada una de las estancias, el salón principal, varias salitas pequeñas donde solía reunirse la Señora Condesa con sus amigas donde solían juntarse a jugar al tute y beberse unas copas de mistela de la bodega, en mas de una ocasión Paca vio a la Señora dar mas de un tumbo por la casa después de haber dado buen provecho del dulce vino que tanto gustaba para saciar sus penas.

En esa planta baja también se encontraba el despacho del Señor Conde donde se reunía con los tratantes de vino y sus capataces. Nadie se acercaba a esa habitación, decían que el Conde en mas de una ocasión sacó un pistolón ante alguna visita inesperada, incluso a la Señora Condesa. En ese despacho se encontraban sus libros y todos los papeles y documentos del negocio y de sus propiedades, algunos guardados bajo siete llaves, para ocultar los secretos que guardaba, sobre todo, como había conseguido las escrituras de algunas propiedades. Pero sobre todo la enorme cocina y sus despensas, donde niña había pasado horas contemplado a su madre y a su abuela cocinar para los Condes y los días eternos entre fogones en época de fiestas o cuando había invitados. Se cocinaban pollos, se les desplumaba y allí mismo se les retorcía el cuello y con la sangre caliente los metían en los pucheros o en el horno de carbón que siempre permanecía encendido

En la planta de arriba se encontraban los aposentos, el dormitorio principal, que las malas lenguas comentaban nunca había pisado el Señor y donde consumía sus penas la Condesa. Contaba con diez aposentos y tres baños, uno el de la Señora siempre con olor a jazmín y a maderas perfumadas, y el del señor por lo contrario a heces y orina, un olor acre que en alguna ocasión invadía todas las estancias.

Ahora Paca se encontraba sola en la estancia donde la Señora permanecía horas, en esa mecedora donde se encontraba ella, fija mirando por la ventana, viendo pasar la vida sin vivirla tan solo agarrada como oro en paño a una botella de mistela. Tan solo Fernanda pasaría a hacerle la cena, pero en ese momento se encontraba sola, absolutamente sola en el enorme caserón, la puerta entornada y un pequeño chasquido por momentos la estremecían. Si el miedo lo conocía, desde que nació el miedo fue su mayor compañero, y ahora seguía sintiéndolo, en cada susurro esperando de un momento a otro a que alguien se le acercara, despacio, sin hacer apenas ruido por su espalda y le rebanara el pescuezo como tantas veces había tenido que ver.

No sabía si por el miedo curtido en su rostro o por las negras nubes que se acercaban, empezó a recordar, tal vez para fijar la mente en otros pensamientos. Recordaba mientras se mecía timidamente un una corriente fría le llegaba por la espalda. Un día, cuando ya tenía sobre los trece años, Paca le preguntó a su abuela Fidela, su confesora y cuenta cuentos, que no sabía si bien eran ciertos o algunos fruto de su imaginación; le preguntó porque todo el mundo decía que se llamaba Paca por su tía la hermana de su madre y también hija de su abuela. Fidela, en la casa aneja a la bodega donde vivía con su madre, sus hermanos, su abuela y otros miembros del servicio, un día de otoño, como ese otoño que estaba viviendo pero mucho mas frío, cerca de la chimenea, le contó que su tía Francisca fue era su primogénita, tan solo tuvo dos hijas, ella y su madre Saturia. A penas se llevaban dos años la una de la otra, y le contó que estaban muy unidas, que siempre jugaban juntas de pequeñas, que le ayudaban con el servicio, pero a diferencia de su madre, su tía Francisca era orgullosa y con altas miras en su futuro. Para una mujer de la época progresar socialmente tan solo era posible con un buen casamiento. Para ella el Condado era un lugar pequeño de miras y de futuro, le asfixiaba, necesitaba salir de allí como fuera, sus miras eran la capital de la provincia, o tal vez, algo mas la gran capital, que salvo el Conde pocos habían tenido la posibilidad de visitar.

Aprovechaba cualquier oportunidad para poner miras lejos del Condado, cualquier visita de un forastero, ella se insinuaba, incluso se ofrecía a trabajar de criada o en cualquier tarea con tal de salir de allí. Era diferente a mi madre que estaba resignada a seguir los pasos de mi abuela y de sus antepasados, todos siervos del Conde de turno.

En una ocasión llegaron al Condado invitados por el Señor Conde, a penas un año antes de que Paca naciera, cinco hombres de negocios vistiendo elegantes trajes dispuestos a comprar toda la producción de vino de la temporada para llevarla en tinajas a Madrid, ese lugar del que se oía hablar pero del que nadie sabía nada, donde al parecer vivía el Rey y al que en alguna ocasión visitaba los Condes como parte de la aristocracia de la alta sociedad rural española. Incluso algunos decían, que a veces sin que nadie tuviera noticias, el Rey iba al Condado de caza a pegar cuatro tiros a conejos, perdices y a algún jabalí, y que se llevaba algunas piezas como triunfo aunque el disparo no procediera de su escopeta. Esos hombres de la gran capital llegaron y se aposentaron en las habitaciones de invitados durante tres días. La tía Francisca según le contaba su abuela, le hacía todo tipo de cumplidos y ofrecimientos para que se la llevaran a la capital. Insistía constantemente y sus ofertas cada vez subían mas de precio. Francisca era una mujer entrada en carnes pero de una gran belleza, senos fructuosos y muslos rollizos, como gustaban a esos hombres de la capital acostumbrados a alternar con famélicas cupletistas y señoritas de la ciudad.

Durante esos pocos días que esos hombres estuvieron en el Condado, mas de uno se llevó los favores sexuales lascivos de Francisca esperando encaprichar a algunos de ellos. La abuela Fidela en uno de esos días pudo presenciar una fuerte regañina del Conde que no podía permitir que una de sus siervas siguiera a aquellos hombres como una zorra en celo. Ella rebelde, y deseosa de dejar el Condado y al Señor, no le obedeció y siguió insistiendo, insinuándose, cas suplicando que la llevaran lejos de allí que no soportaba mas esa vida, que necesitaba espacio, una ciudad, que solo la llevaran y ella sabría ganarse la vida.

La abuela Fidela le contó, que en la última noche en la que los hombres de la capital permanecieron en el Condado, vio a Francisca coger unas sabanas y meter sus enseres dentro de ellas, le preguntó que hacía, y le contestó que uno de los señores la pondría a servir en su palacio del barrio de Salamanca en Madrid, que ya nunca volvería, que se marchaba. Mi abuela la intentó parar, le suplicó que no se marchara, pero no hubo forma de calmar ese torbellino de libertad que tenía apoderada a la tía Francisca. Intentó retenerla y sin ningún respeto ni clemencia llegó a apartar a mi abuela de su camino con un enorme empujón dando la abuela con sus huesos contra el suelo.

Esa noche no durmió en los aposentos del servicio y al amanecer se oyeron grandes gritos que procedían de la bodega, la abuela de repente los oyó y salió como todos los sirvientes hacia la bodega, también mi madre y mis hermanastros, se temía lo peor, los gritos eran aterradores, llegó a la bodega, y allí varios hombres subidos en escaleras sacaron el cuerpo de Francisca inmerso en una de las tijanas, tenía el cuerpo rojo, tanto del vino como de la sangre que aún fluía de su garganta rajadaza y su vientres apuñalado como un colador. Le contó que la sacaron la limpiaron como pudieron, la depositaron en el suelo, y de pronto un gemido salió de su cuerpo que hizo que todos despavoridos dieran varios pasos atrás, fue como su último gemido, un vómito de sangre y vino mezclado que salió de su cuerpo muerto. Por ello nada mas nacer ella, su madre le puso su nombre, Francisca aunque siempre se le conocería, como Paca la Jara, por sus cabellos rojos, tez blanca y pecas en el rostro.


domingo, 11 de marzo de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO II


Paca miraba por la ventana, sin parpadear, perdida en el horizonte de la inmensa llanura poblada de cepas centenarias a lo largo de todo el Condado. Sus parpados arrugados y profundas ojeras se hundían en lo mas profundo de su cara castigada por el tiempo y la vida. Algún movimientos esporádico, mas que por vitalidad, por reacción, a un pequeño ruido, a un rasquido lejano, o próximo. El caserón se encontraba casi desierto, tan solo algún sirviente, pero la vendimia había acabado y pocos eran sus habitantes. Todo el caserón para ella sola acompañada por pequeños ruidos, crujidos de la madera vieja, la puerta entreabierta y la sensación de estar siendo observada, escuchada por los fantasmas de su pasado. Miraba al infinito respirando a duras penas, pero sin fuerza para girarse y mirar hacia la puerta. Temblaba, escalofríos de terror, de espíritus atrapados entre aquellas paredes. El miedo lo llevaba dibujado en su rostro, y nada absolutamente nada, ya le podía asustar, aunque recordando tantos sucesos vividos, esos ruidos, tal vez tan solo el palpitar de la propia casa, o alguien escuchando, esperando al acecho para acabar con su vida arrancando su cuello con una navaja. Lo pensaba, lo intuía, pero la mirada no podía apartarla de ese horizonte.

Con el miedo apoderado de su cuerpo, Paca seguía recordando, seguía inmersa en sus pensamientos y en las historias contadas por Fidela, su abuela. Y en ese momento llegó a su memoria aquellas historias narradas de forma minuciosa que le contó sobre el Conde, antes de que ella cayera a la tierra un día de septiembre.

Según ella, su abuela Fidela, el Sr. Conde había heredado el Condado de forma accidentada y poblada de sucesos misteriosos e ignorados por un pueblo sumiso, solo dispuesto a obedecer y a mirar hacia otro lado, cuando del Conde se trataba. El Sr. Conde había heredado el Condado y el titulo honorífico, tras quedar como único heredero de su padre, su predecesor. Tuvo dos hermanas mayores que él, herederas legítimas que le precedían en el orden sucesorio. Pero por circunstancias y sucesos sin resolver, ambas murieron por extrañas circunstancias, ninguna de ella de forma natural, una envenenada y la otra arrollada en un camino por un carro que la dejó lisiada durante años hasta que un día apareció muerta ahogada por su propia sangre.

Cuando su padre murió, él fue el único heredero del Condado y de su título, Bernardo que así se llamaba, se convirtió en Bernardo de Mudela. Con apenas treinta años de edad, se apoderó de todo el condado, sus viñedos, las bodegas y de todos sus habitantes. Estaba casado. Su padre se aseguró formalizar un matrimonio de conveniencia. Un matrimonio que le asegurará aumentar su poder, sus propiedades y su riqueza. De esta forma, formalizó un acuerdo con un poderoso marqués de la cercana Andalucía también propietario de extensos viñedos y de esta forma crear una unión que no solo le daba mas poder económico sino también político, en esa España dominada por los caciques rurales de principios del siglo XX.

El Marqués de Montrijo, conocido terrateniente andaluz tenía una hija, Rocio que contaba con veinticinco años de edad. Pensaban que ambos tenían la edad perfecta para el casamiento y asegurar la descendencia cuando tanto el marqués como el conde les quedaban pocos años por delante.

Al Conde nunca le gustó ni quiso a esa mujer, pero aceptó el matrimonio, tanto por obediencia a su padre como por interés, su ambición carecía de límites. Según le contaba su abuela Fidela. El día de la boda todo el condado se vistió de gala, acudieron al caserón todos los habitantes del condado y pueblos cercanos. La novia, Rocío de Mondejar, según le contaba su abuela, apenas se le veía entre ese voluptuoso vestido blanco con la cara envuelta por un velo. Era pequeña, famélica y sin nada de carne entre la piel y sus huesos. Ese día corrió el vino y todos los asistentes terminaron con la cabeza embozada por los efectos del preciado zumo de las uvas. Sin embargo, según contaban, el Sr. Conde esa noche no tuvo noche de bodas, no durmió con su reciente esposa. Rocío era una vieja de veinticinco años, con los ovarios como pasas y la vagina como un higo seco.

Bernardo por lo contrario tenía fama de galán y de estar bien dotado. Vestía de forma elegante al estilo de un señorito rural de la Mancha. Trajes negros de franela, camisa blanca sin cuello abrochada al cuello que a veces parecía que le impedía respirar por lo apretada y almidonada que la llevaba. Faja negra y garrota de madera noble, que no tanto la utilizaba para ayudarle a andar, sino para levantarla cuando daba alguna orden, amenazadora la apuntaba cuando levantaba su voz grave y autoritaria. La levantaba y mandaba y obedecían, la consecuencia era un garrotazo que pocos se llevaron, porque ante una orden del señor, todos obedecían sin levantar la mirada.

Muchas mozas del Condado, le miraban y suspiraban ante su presencia. Sus deseos carnales se encendían ante su presencia y mas de una mojaba sus bragazas ante su presencia. Como contaban, no sabían que era mas grande, la garrota de la mano, o la que le colgaba entre las piernas. Pero el señor era caprichoso y no le atraían las presas fáciles, aunque no dudaba en ocasiones de hacerse con los favores carnales de alguna lugareña deseosa de ser llenada por ese poderoso bastón.

Orgulloso tanto de su poder terrenal como del carnal, como decían, al Conde no le gustaban las presas fáciles, mas bien aquellas que se escabullían y no le dedicaban ni una sola mirada de deseo. Entre ellas se encontraba su madre Saturia, que vivía en el caserón recién enviudada, en los aposentos de los empleados del servicio doméstico, junto a sus hijos y su madre.

Así un día, en el que los hombres dormían en el campo haciendo faenas en los viñedos, el Sr. Conde entro en los aposentos de su madre. Dormía en una habituación continua a la de la abuela Fidela. Entro sin importarle hacer ruido, abrió la puerta de su habitación, y sin mediar palabra, se bajo los pantalones, los calzones, se quitó la faja y la chaqueta, y solo con la camisa puesta y su bastón encendido entre las piernas, agarró a mi madre, le dio dos bofetones con sus enormes manos en la cara, la cogió de las nalgas, le arrancó la bragaza, abrió sus piernas y metió su deseoso pene hasta las entrañas de mi madre, que por no molestar, por no hacer ruido ni respiró aunque con el horror marcado en su cara soporto el dolor de esa estaca que la empujaba hasta la garganta y con la boca tapada, así aguantó hasta que el señor la lleno con toda su semilla, y saciado, tiro a mi madre sobre al suelo, colocó sus calzones, pantalones, chaqueta y faja y abandonó el aposento.

Su abuela le contó, que ella sufrió cada instante de ese momento, oyó la entrada del señor, y desde el principio supo cuales eran sus intenciones. Se acurrucó en la cama, se mordió la lengua y apretó sus ojos para que no se le escapara ni una sola lágrima.

Paca mirando fija el horizonte, no pudo sujetar sus lágrimas mientras lo recordaba, esa noche, como así le contó Fidela, su madre encintó y fue engendrada, así se fecundó a ella, a Paca la Jara. 



domingo, 4 de marzo de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO I


Francisca se hallaba sentada junto a la ventana. En su mecedora de madera donde tantas veces había sido dormida entre los brazos de su abuela Fidela, la madre de su madre; sentada allí, ensimismada entre sus recuerdos y la visión que le ofrecía el paisaje otoñal del viñedo, sombrío, desierto; poblado hasta el horizonte, hasta donde su mirada llegaba, por miles de cepas viejas, retorcidas por decenas de años sometidas al castigador sol del verano y a las heladas invernales de la baja meseta de España. 


Miraba sin pestañear, como si se hallara hipnotizada por esa sensación de penumbra y muerte, como ocurría siempre durante toda su vida tras la alegría y la fiesta de la vendimia. Perdida también en sus pensamientos, en su larga vida a la que a penas le quedaba un suspiro, y de tantos momentos felices vividos en ese caserón que albergaba una inmensa bodega, pero también de tantos momentos de sufrimiento de sangre vertida en esos campos tanta como la del fruto del zumo de las uvas cuando lo obtenían a ritmo de canciones populares, saltando sobre las uvas para obtener ese preciado jugo tan valorado, y a veces tan traicionado. 

Se mecía lentamente, a penas le quedaba aliento, no tenía fuerza ni para respirar, pero sin embargo se cerraba así misma, con las dos manos cogidas apretando tanto como podía; unas manos arrugadas, con dedos retorcidos y callosos por el paso del tiempo y el trabajo de tantos años de su vida. Apretaba las manos, en un intento baldío de sujetarse, de no dejar salir ese último aliento, que a duras penas podía contener. 

No había conocido el mundo, a penas en alguna ocasión había bajado al pueblo durante la juventud, prácticamente toda su vida la paso en ese caserón, la bodega y los viñedos de ese ultrajado y desposeido Condado de Mudela. 

Mientras contenía ese suspiro, Francisca con los ojos brillantes, perdidos y llorosos y su cara quemada por el sol y arrugada por el tiempo, recordaba cuando su abuela Fidela le contaba el día que nació. Fue durante un caluroso mes de Septiembre, durante la vendimia. Su madre Saturia ya había tenido cuatro hijos, todos varones de su desgraciado marido que un día apareció ahorcado entre las tinajas de la bodega. Si, Francisca era bastarda, hija del señor conde, y no era un secreto, el señor poderoso no se avergonzaba nunca de sus acciones, y desgraciado el que le juzgara u opinara de él, su cabeza se separaría de su cuerpo con tan solo una mirada. Si, Francisca era la hija bastarda del conde pero nunca la reconoció aunque fuese un secreto a voces. Su abuela le contó que su madre ocultó su embarazo, por vergüenza o por temor al señor, nadie supo de su estado hasta aquel día, si aquel día del mes de septiembre que durante la vendimia, de pronto, y junto con todos los jornaleros y demás que se encontraban arrancando los racimos de uvas de sus cepas, de pronto un dolor insoportable la invadió y tirada entre las tierras secas y rojizas del campo, de repente despojada de sus ropas, arrancadas a pedazos por el dolor, asomo la cabeza de entre las piernas sucias de su madre, y entre sangre roja y cuajada; envuelta en una pegajosa lava, calló a la tierra, mirada con los ojos atónitos de todos los vendimiadores. 

La cogieron de entre la tierra, la separaron con unas tijeras de podar del seno de su madre, la limpiaron con un trapo sucio echándole agua de un botijo que allí tenían para sofocar la sed de ese caluroso día de vendimia, y todos los ojos se desprendieron de ella y se dirigieron hacia su madre, tirada en el suelo, sudorosa y abandonada, mirándola con ojos que la condenaban como a una zorra sobada, y esas caras secas, duras de la gente del campo, de la mirada pasaron a la pregunta, ¿quien es el padre, Saturia?. Nadie la atendía, dolorosa hasta en su alma, siguió tendida entre la tierra, medio desnuda por las ropas arrancadas, y mil veces la misma pregunta, y no le salían las palabras, su dolor no la dejaba, ni el llanto de Francisca que todas aquellos gritos y preguntas tapaba. A penas pudo sentarse en el suelo, tapar sus pechos endurecidos y su vagina manchada de sangre y tierra, cuando sin esperar, Saturia abrió la boca y de ella salió toda su alma de golpe, sin pensarlo con un tono firme y seco –no es de nadie, es mi hija, es Francisca, como mi hermana-. 

Todos atónitos quedaron, aquel diminuto ser envuelto entre trapos, ya no era una alimaña, tenía nombre, era Francisca, el nombre de la hermana de Saturia que un día apareció muerta flotando sobre el vino de una tinaja. 

Quedaron callados, no hubo mas preguntas ni mas miradas, todos los vendimiadores, los bodegueros y labradores, sus hijos y familias que participaban en la vendimia, dejaron de mirarla y se volcaron hacia Francisca, se la pasaron unos a otros, también estaban sus otros cuatro hijos varones legítimos. El semblante de todos cambió, se enterneció y miraron con sorpresa ese poco pelito que tenía Francisca. Era como fino como la seda, era rojo, como el color de la tierra donde nació. 

Y su abuela Fidela le contó, que en ese momento se hizo paso entre tantas manos negras ensuciadas, y la cogió, la envolvió con una sábana blanca no sin antes terminarla de limpiar, con agua de esos botijos. Limpia y aclarada, su pelo rojo brillo cada vez mas entre una piel blanca, tanto o mas que esa sábana. En ese momento cuando dejo de llorar, cuando el silencio por fin se hizo dueño de la situación, de entre la muchedumbre, se oyó una voz, una voz grave y contundente, era la del Sr. Conde, y dijo: “es JARA”. Todos se miraron y agacharon la cabeza, desde aquel momento, desde ese mismo instante en el que había salido de las entrañas de su madre, Francisca nunca mas sería llamada Francisca, sería “PACA LA JARA”.