domingo, 27 de mayo de 2012

MEZTIZAJE

Si supierais lo importante que ha sido para mi es mestizaje, el conocer a una persona de un pais lejano, con cultura diferente, idioma casi imposible de aprender. La mezcla de culturas, de religiones, de razas, de ideas; todo ello nos enriquece, nos hace entender y comprender y sobre todo nos ayuda a ser mas tolerantes, porque lo diferente no es peor, tan solo distinto. El mundo sería un lugar mejor para vivir si no existieran fronteras, sino hubieran intereses políticos y nos dejaran ir de un sitio a otro sin mas motivo que el ser los dueños del mundo, los habitantes del planeta. Los gobiernos prefieren tenernos encerrados en sus fronteras, mantenernos al margen de sus normas. El ser humano es esencialmente libre, todos formamos parte de un unico motivo universal y cósmico, como no lo vamos a ser de este pequeño planeta que han enceldado en fronteras. La unión, la mezcla es el sentido universal, el motivo de que todos algún día nos cojamos de la mano formando una gran cadena donde no importen ideologías, ni religiones, tan solo el respeto y la libertad de forman parte de esa gran obra mística y celestial que es la vida.




COLOR

Se que hay una nueva amiga que le gustan las fotos diferentes y esta es una de ellas. Aprovechando que ya esta aquí con todos me gustaría decir que hay mucha gente que ve la vida en blanco y negro, que todo es luz o todo es oscuro, pero sin embargo les invito a soñar, a ver, a mirar el mundo y la vida de otra forma. La vida puede y es maravillosa y esta llena de colores. De colores fuertes, vivos, alucinantes. El color no nos lo puede quitar nadie, es nuestra luz como el arco iris. El color, lo que nos hace brillantes, apasionados, llenos de vitalidad, es la fuente originaria de nuestras vidas y no los puntos ni los espacios negros donde a veces pensamos estar y entramos en un circulo negativo y depresivo. El color nos lo dieron al nacer y lo apagamos dia a dia sin querer o nos lo apagan....Volvamos a lucir, solo hay que poner la voluntad de querer hacerlo.


AMABILIDAD

Aun me sorprende lo fácil que es hablar mal, tener malos pensamientos, malos sentimientos; tal vez por eso sea fácil, las cosas feas, los demonios son sencillos; sin embargo la belleza, las hermosura de unas palabras pronunciadas en el momento oportuno; apreciar el alma pura y blanca de las personas, nos cuesta mas, se precisa un acto de voluntad, un trabajo de querer ver mas allá, de que las imágenes al igual que las palabras no dependen de ojos ojos que lo ven y los oidos que las escuchan, y sino tenemos esa disposición positiva para apreciar la belleza, la bondad y la pulcritud de las almas, nos quedaremos con lo fácil.


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XIII



Pronto llegaría Fernanda para llevarla a la cama, aunque tal vez tardaría mas de lo normal, la tormenta no pasaba, es mas sus gruñidos eran cada vez mas salvajes y prácticamente la oscuridad se había apoderado del Condado, solo se iluminaba con cada lengua de luz que caía del cielo, relámpagos, rayos y una lluvia violenta que golpeaba cada vez con mas fuerza los cristales de la ventana. Paca miraba hacia la oscuridad, no se veía nada, tan solo su rostro desfigurado y seco reflejado en el espejo. Tal vez se miraba, se observaba y en esa imagen veía pasar cada momento de su vida, una existencia cruel pero con momentos intensos. Su vida contaba con episodios de felicidad, pero muchos mas de tristeza y soledad, como la que le invadía en este momento, sola delante de la ventana, el caserón vacío de seres vivos y copado de almas andantes que circulaban a su alrededor, que se acercaban, entraban y salían esperándola a que muy pronto la tuvieran de compañera. 

El caserón crujía con cada grito que llegaba desde las entrañas del cielo. Tantas puertas, rincones; cada uno de ellos pasaban por su cabeza y temblaba, era el miedo a ser aspirada por los demonios, a ser devorada por esa casa que tantos secretos escondía. La puerta de la habitación se abría y cerraba cada vez con mas fuerza, Fernanda no la había cerrado y un aire frío penetraba por sus carnes alcanzando sus frágiles y podridos huesos. Temblaba de frío y de miedo, ese reflejo de su rostro en el cristal la asustaba. Estaba vieja y consumida, como había pasado el tiempo se preguntaba, con lo hermosa que había sido de joven, su melena roja, sus carnes blancas y duras, sus senos florecientes y cadera firme. Había sido una mujer guapa, muy guapa, aunque ahora, desprendiéndose un tanto de ese miedo le surgió una sonrisa, que también se reflejo en el cristal. Había sido guapa, pero no tanto como Margarita, ella era una diosa, y recordaba su cuerpo aquel día en las lagunas, y sonreía nunca mas la volvió a tener tan cercar, nunca mas volvieron a unir sus pieles, salvo algún beso escapado en alguna ocasión, fruto mas de la pillería de Margarita que de cualquier otro deseo, ella fue su mejor amiga, mejor dicho, su única amiga la que a veces conseguía sacarle los nervios, fue una mujer libre, coqueta, insinuante; una mujer muy diferente a las del resto del pueblo del Condado, siempre vestidas de negro, y sin embargo ella, el blanco era su ropaje y su melena de oro la coronaba como a una reina. 

Aquel día en las lagunas, Margarita le hizo prometer que nunca ese secreto saldría de ninguna de las dos, que no contarían a nadie que habían matado a su hermano. Como prueba de ello, Margarita bajo del caballo, se puso su vestido blanco y con un espino se pincho en uno de sus dedos, la sangre le empezó a brotar, una sangre de un rojo intenso, tomo la mano de ella pinchándole en uno de sus dedos, ambas juntaron sus sangres, Margarita le dijo que esa era el sello de esa promesa y de su unión eterna mas allá de cualquier suceso que pudiera ocurrir, y así fue, nunca se delataron y su amistad duro hasta hacía unos cuantos días, a penas una semana, en la que ellas dos, viejas y marchitas habían compartido sus vidas. A penas siete días que Paca realmente se encontraba sola y desde entonces sin ganas de vivir, esperando la muerte allí sentada frente a la ventana. Tan solo unos pocos días que Fernanda cuando se disponía a preparar el desayuno entro en la habitación de Margarita y se la encontró tumbada en la cama, sin respirar y con los ojos cerrados, al parecer había tenido una muerte dulce y sin dolor. Estaba sana mucho mas que ella pero su gran corazón, un enorme corazón que se escondía en su pecho, dejó de latir, de pronto, sin previo aviso, y Paca tan solo en siete días, había perdido lo único que la mantenía con vida, su amiga y compañera Margarita. 

Regresaron al pueblo y ambas entraron a la casa, allí se encontraba Benito esperándolas, ambos se dieron un largo y amado beso. Su amado se encontraba totalmente recuperado y preguntó como lo habían pasado, ambas a la vez contestaron que muy bien, que habían ido a las lagunas y que era un lugar precioso, que habían cogido flores habían visto muchos animales salvajes, incluso dándole a la imaginación que se les había acercado algún lobo y que habían pasado miedo. Benito se reía y era feliz, tan feliz que sin esperarlo, sin que Paca ni Margarita tuvieran ni idea del deseo de Benito, que de repente, se puso serio, cayó a los pies de Paca y cogiéndola de las manos, tembloroso y con lágrimas en sus ojos, la miró fijamente y le pidió que fuese su esposa. Amaba locamente a Benito pero le cogió por sorpresa, no pronunció ni una palabra en varios minutos, Margarita quedó inmóvil, petrificada, su hermano le solía contar todo y no tenía ni la mas remota idea aunque siempre pensó que ese momento llegaría, conocía a su hermano y estaba deseoso de formar una familia de unirse de por vida con Paca, su corazón era de ella, la amaba con locura. Pasaron unos minutos, Benito cada vez mas pálido ante el silencio de Paca y Margarita sin mover ni un músculo de su cuerpo, esperaba junto a la mesa petrificada a punto de caer con la impactante noticia. Benito empezó a soltar las manos de Paca, no salía ni una sola palabra de su boca ni un gesto de aceptación, ni un solo indicio de una respuesta, cuando prácticamente sus manos ya se habían separado y Benito carcomido por la angustia de una esperada negativa, de pronto con voz firme y serena, Paca le dijo: acepto ser tu esposa amado mío. 

Del silencio se paso a la risa, a la alegría, Margarita se acercó y los abrazó a los dos besando a uno y a otro, era una mujer muy besucona, no perdía oportunidad para besar, era su forma de dar el corazón, ese tan enorme que hacía siete días dejo de funcionar. Era momento de celebración y lloraban los tres de felicidad. Paca y Benito por su amor y Margarita porque los quería a los dos y sabía que serían felices y ella también junto a ellos, quedaría unidos los tres. Benito sacó una frasca de vino para celebrarlo y los tres acabaron con ella, el alcohol se le subió a la cabeza de Paca, menos acostumbrada a beber que la gente del pueblo y perdiendo todo pudor, se subió a la mesa y se puso a cantar y a bailar, mientras Benito y su hermana se abrazaban y reían de felicidad. 

Como Paca no estaba en condiciones de ir al condado con la yegua, Benito se ofreció a acompañarla y así decir juntos la buena noticia a las gentes del Condado. Margarita les hubiera acompañado, deseaba estar con ellos y disfrutar del momento en que dieran la buena noticia, se avecinaba una boda, pero se quedó, sabía que era un momento para la intimidad, un momento único en sus vidas que debían compartirlo ellos solos. 

Caminaron ambos hasta el condado cogidos de la mano y al otro lado la yegua cogida de las riendas por Benito y Pili encima de ella, se estaba haciendo mayor. No se dirigieron a penas palabra alguna, tan solo se miraban con ojos de enamorados, con esa complicidad que se tiene cuando el amor es compartido, cuando los corazones por el milagro de la vida se unen, dos personas la una en la otra formando un único ente llamado amor. Así como uno llegaron al Condado, dejaron a la yegua en la cuadra y pasaron a la casa del servicio. Allí se encontraban a la mesa cenando, su madre, su abuela y los demás siervos del Señor Conde. Entraron, se quedaron mirando, nadie dijo nada, su madre la miraba extrañada, no era frecuente la presencia de Benito en el Condado salvo en época de vendimia y su abuela Fidela maltrecha por la enfermedad pasada, la miró de una forma especial, parecía que le podía leer el pensamiento y se le desprendió una sonrisa. Ella y su abuela tenían un lenguaje especial, una confianza la una en la otra que no tenía con su madre, una mujer de pocos sentimientos y abatida por tantas pérdidas, su marido tres de sus hijos, no sabía nada del destino del cuarto de ellos, y de repente, como al parecer nadie pensaba preguntar nada, Benito tomo la iniciativa y dirigiéndose a Saturia, la madre de Paca, le pidió la mano de su hija, que se la entregara en matrimonio. Esta perpleja por la noticia pero sin sentir una emoción especial, le dio su bendición y le entregaba a su hija. 

De nuevo el vino empezó a correr, los demás sirvientes se levantaron y los abrazaron y dieron la mano en señal de felicidad a uno y a otro, se monto un fuerte jolgorio, cantaron y bailaron; y bebieron, bebieron mucho. Todos eran felices, unos mas emotivos que otros pero hasta Saturia se hizo unos cuantos cazos de vino de la frasca y se le habían subido los colores a las mejillas arrugadas marcadas por el paso del tiempo, la vida en el campo y el sufrimiento. Era un día especial y por primera vez, como recordaba Paca, su madre sonrió y fue feliz, cierto que el vino ayudó bastante en ese gozo. 

Pasados unos días su madre, su abuela y Benito pensaron que la fecha de la boda debían consultarla con el Señor Conde y obtener su aprobación. Su madre y su abuela mas que ellos, era el Conde y también el padre de su hija bastarda. Todos estuvieron de acuerdo, entonces su madre les preguntó si habían visto a “Potaje”, apodo de su último hermano que todos pensaban vivo y que se lo pusieron por sus ansias por la comida y por su cuerpo redondo embullado en grasa. Paca dijo que no sabía nada, que hacía días que no le veía y que tampoco le preocupaba mucho, tampoco a su madre, pero era su hijo y debería saber des despose de su única hermana. Su madre preguntó por el Condado y nadie le dio respuestas, había desaparecido, nadie sabía nada, tampoco le preocupó mucho, tal vez había tenido la suerte de que se hubiera marchado lejos y no volviera jamás, por lo que tras algunas preguntas sin respuestas la ausencia de “Potaje” no importó mucho a nadie. 

El día siguiente lo habían elegido para dar la noticia al Señor Conde. Benito llegó al Condado y los tres, Saturia, Paca y Benito se dirigieron al Caserón, siempre era un momento tenso entrar en esa casa para ser recibidos por D. Bernardo. Este les recibió en su habitación de trabajo, y allí los tres en pié delante de la mesa del Conde, éste sentado tras ellas fumando un generoso puro traído directamente de Cuba tras la guerra. Fue Benito quien tomo la iniciativa y dio la noticia al Señor Conde, este sin dar ninguna muestra de sorpresa, consintió en el casamiento, mas aún se ofreció como padrino de la novia y que se haría cargo de todos los gastos. Paca se quedo sorprendida, no por los gastos, que Benito ya se encargo de agradecer, sino por el hecho de ser la persona que le llevara al Altar. A la vista de la expresión de sorpresa y extrañeza de Paca, El Conde se levanto de la silla, tiro el puro al suelo, tomo las manos de Paca y le dio: -hace tiempo que debías saberlo, Jara yo soy tu padre y yo te llevaré al Altar-.





sábado, 19 de mayo de 2012

Ibiza



El sueño de nuestra juventud, el paraiso de la libertad en los años sesenta, sigue siendo la isla blanca y mágica. Algunos solo la conocen por sus macrodiscotecas por la fiesta continua sin parar. Es verdad, esa Ibiza existe no duerme, es una explosión de ganas de vivir de dejar atrás los problemas de inhibirse en un aurea de explosiva de sensaciones. Pero tambien existe la otra Ibiza, la de sus paisajes, sus calas de ensueño, los lugares donde parece que el mundo se para, que todo es belleza y armonia, que lo feo y absurdo de este mundo ha desaparecido. En esta Isla mágica caben todas las propuestas, la fiesta sin límites y el espiritu de libertad y de sensaciones que se buscaban hace unas decadas y que aún persiste. Es uno de los paraisos de la tierra, un punto único del universo. Por mucho que la visite, por tantas cosas que ella ha pasado, será siempre el lugar donde mis sueños depositan sus ilusiones.



EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XII


Fermín el encargado de las caballerizas y los establos le enseñó a montar. Cuando cogió las riendas aquella noche delante del Conde, Paca quedó petrificada, no esperaba su encuentro, menos ese maravilloso animal de regalo y que le llamara “hija”, eso la dejó aturdida, no pensó en ese momento que fuera verdad. Seguro que se trataba de una expresión, pero ya tenía dieciocho años y esa era mas una forma de hablar a las niñas pequeñas. Sin embargo no lo creyó, ni lo pensó, pero como un mal sueño quedo en su cabeza, lo tenía dentro, no salía pero por el momento no pensaba decírselo a nadie, solo tendría que hablar del regalo, difícil de esconder esa blanca yegua que mas que un animal parecía un ángel. 

Su abuela Fidela le comentó que el Conde era un hombre generoso, que aunque parecía lo contrario algo de bondad existía en esa persona y que ella para Él era especial, no sabía porqué, tal vez de nuevo serían las supersticiones por el color de su pelo, porqué iba a ser. Es verdad que la defendió frente a sus hermanos, pero nunca pensó que por algo especial simplemente por ayuda humana, nunca se sintió especial ante el Conde, pero aquel regalo la dejó aturdida, mucha generosidad de su parte, pues nada pensó, muchísimas gracias. 

No pasó ni un día y su abuela le llevo a las caballerizas y Fermín se puso manos a la obra, le enseñó a sujetar las riendas, a montar, primero a paso lento, andando, luego a trote y pasados pocos días a galope, no le resultó difícil, es mas parecía toda una amazona, cabalgando con su melena roja al aire y la blancura de la yegua, tanto como la cal que cubría las casas del pueblo, como la de su amado Benito. 

Gracias a Margarita sus escapadas al pueblo eran mas frecuentes, Pili no la podía seguir y la montaba con ella sobre su regazo. Cuando Benito vio ese animal le lucieron los ojos, mas aún con Paca subida sobre ella, era una imagen celestial, todo belleza. 

El segundo día que fue al pueblo a lomos de Margarita, lo hizo por la mañana, era un día de primavera, el calor ya empezaba a sentirse y el campo a poblarse de amapolas, y en la puerta de la casa de su amado se encontró con su hermana, esa mujer dos años mayor que ella que era hermosa, pelo de oro, ojos azules y la piel un tanto tostada por el sol, esa mezcla la endiosaban. Cuando la vio le sonrió, la ayudó a bajar de la yegua y le contó el porque de su nombre, que era tan hermosa como ella y Margarita la hermana de Benito se emocionó correspondiéndole con un fuerte abrazo y cientos de besos sobre sus mejillas rojas. Tan feliz se sentía que le propuso una aventura, ella sabía montar y podía tomar prestada una yegua negra de una amiga. Como Benito aún se estaba recuperando de la tuberculosis, le pareció bien a ella y a su amado aunque prefería tenerla a su lado, no se opuso, es mas le gustaba ver que su amada y su hermana fueran buenas amigas, Paca algún día sería su esposa y por supuesto la aceptación familiar le importaba mucho y feliz las animo a marchar. 

Margarita solo le dijo que le siguiera. Salieron del pueblo por un camino, al principio a paso lento, le comentó que iban a un lugar especial, a unas lagunas donde el río Guadiana juega al escondite, sale y entra de la tierra formando unos lagos donde el paisaje es precioso. El lugar estaba lejos, por eso, del paso pasaron al trote y luego al galope, Margarita delante y Paca detrás de ella sin perder la estela del cabello dorado de su amiga la mujer mas guapa que había conocido. Cabalgaron durante bastante tiempo hasta que de pronto ante sus ojos se encontró con lugar paradisiaco, pequeñas lagunas, cascadas de agua y todo un campo verde y rojo poblado de amapolas. Era un sueño, era el paraiso, Paca no había salido nunca del Condado y del pueblo que lleva su nombre. Nunca había llegado tan lejos y nunca había contemplado tanta belleza, la del paisaje, la naturaleza, su yegua y su amiga Margarita, jamás había sentido tanta armonía y esa felicidad se reflejaba en su cara, roja y sudorienta de la larga cabalgada. 

Ambas desmontaron a la vez, ataron los caballos a un árbol y cogidas de la mano, acaloradas, eufóricas por el cuadro que la naturaleza les ofrecía, y allí las dos, solas disfrutando de la brisa del aire, del sonido del agua, del movimiento de las ramas de los árboles, todo era perfecto, el mundo parecía parado, o tal vez Paca quería detenerlo, era feliz inmensamente gozosa. Ambas cogidas de la mano cuando de repente margarita con una mirada que nunca la había visto, entornando los ojos y entre abriendo la comisura de sus labios, la soltó y en con tan solo un movimiento, rápido, sin esperar, se despojó de todas sus ropas, quedó desnuda delante de Paca, con su pelo cubriendo sus hombros dorados, sus senos rosados, firmes y voluptuosos, su pelvis desnuda enrizada con un bello rubio y sus esbeltas piernas. Allí delante de ella cada vez mas bella, Paca ruborizada, nunca había visto una mujer desnuda, una hembra tan hermosa, parada con la mirada baja pero sin dejar de observar, cuando Margarita salió corriendo hacia una de las lagunas y todo su cuerpo cayó sobre el agua, era un ángel saltando, moviéndose ágil por el agua, la miró, Margarita a Paca y con un movimiento de un dedo le invitó a que la acompañara, a que se quitase la ropa y se sumergiera junto a ella en la laguna. 

Nunca lo hubiera pensado, pero al instante, al ver el movimiento del dedo de Margarita no lo dudo, se despojo de la ropa y corrió hacia ella, salto sobre el agua y a pesar de su baja temperatura, su cuerpo hervía de placer, su cuerpo desnudo y la naturaleza, y Margarita una simbiosis jamás soñada. Jugaron con el agua, se tiraban una a otra, ambos cuerpos se unían se mezclaban con el agua y la tierra, y rieron, no paraban de reir. Salieron del lago correteando, el calor del sol apetecía y se tumbaron una junto a la otra para calentarse con el radiante sol que lucía en el cielo. Pasaron los minutos, tal vez una hora y ambas se encontraban sumisas en un sueño, allí solas, las dos y el cielo, se sintieron reinas por un momento. 

Margarita abrió sus ojos y tendida en el suelo miraba a Paca, ese cuerpo blanco con diminutas manchas rojas y su cabello también rojo como el de su pubis, el tan apreciado en determinados momentos de su vida. Margarita con un movimiento lento se acercó a Paca, cada vez mas cerca, con la respiración acelerada, le acarició el cabello, Paca sintió un impulso, un movimiento brusco de su cuerpo, la miró con sus dos ojos plenamente abiertos, Margarita acerco sus labios a los de Paca, inmóvil dejada al destino, sometida totalmente su voluntad a los elementos y a la de Margarita. Se aproximo mas, sus labios se abrían poco a poco hasta juntarlos con los de Paca, ambas, con una delicadeza extrema, tratándose como si sus cuerpos fueran de porcelana, se sumergieron en un inmenso beso y juntaron sus cuerpos, sus manos se entrelazaban y se acariciaban, necesitaban sentir el roce de sus pieles. Margarita la dominaba y una de sus manos lentamente bajó desde su cuello acariciando cada centímetro de su cuerpo hasta que alcanzó el trofeo, ese vello que florecía entre sus piernas acariciándolo sin parar mientras Paca se dejaba, estaba poseída por un jadeo incontrolable, cuando de repente un ruido, algo se movió, ambas se soltaron y aterradas miraron hacia los caballos y allí se encontraba el último de sus hermanos, subido en la yegua de Margarita, haraposo como los demás y el paisaje perdió toda su belleza y se convirtió en negro y feo, asquerosamente feo. 

Margarita se levantó enfurecida sin reparar en su desnudez, se dirigió hacia ese engendro le ordenó que bajara del caballo sin que éste le hiciera el mas mínimo caso, sonreía el cerdo, le miraba de forma lujuriosa, lasciva. Paca corrió hacia sus ropas y se cubrió su cuerpo como pudo, no podía ni pensar lo que sucedería si aquel andrajoso contaba en el pueblo, en el Condado, a Benito, la escena que había visto, su cuerpo junto al de Margarita, sus gemidos de placer, empezó a gritar y a llorar llamando a Margarita, esta sin atender sus llamadas corría hacia ese ser y conforme se acercaba, tiro de la yegua y empezó alejarse, Margarita, mujer fuerte y de carácter, le siguió gritando que dejara la yegua y ese ser siguió subido en ella alejándose cada vez mas rápido. Sin pensarlo un momento Margarita subió a su caballo, la escena era aterradora y hermosa, desnuda sobre el caballo a galope y a trote, lo perseguía, aquel al ver que se aproximaba aceleró, pero no era un buen jinete, Margarita se le echaba encima. 

Tras dar vueltas una tras del otro, Margarita con tan solo las riendas y el látigo se puso a su lado, aquel intentó empujarla con una patada, con la mano, pero Margarita era fuerte y estaba enrabietada. Consiguió superar la embestida de ese monstruo y lo forzó adentrarse en una de las lagunas, la mas grande la mas profunda, la mas peligrosa. Paca al otro lado seguía gritando, llorando, cuan de repente Margarita azotó con todas sus fuerzas a la yegua blanca y ésta se revolvió, saltó y mando por los aires al haraposo que cayó al agua, la yegua salió de allí y tomo tierra, pero el engendro no. No sabía nadar y el lecho del lago era fangoso, gritaba como si se lo tragase la tierra, que era lo que realmente pasaba, sus ojos se salían de sus órbitas, daba golpes sobre el agua sin conseguir mantenerse, y así, poco a poco, entre vómitos que manaban de su sucia boca, fue tragado por el lago y ya nunca mas salió. 

Paca alcanzó a su yegua, la sujeto y parada junto a ella miró a Margarita, la imagen era asombrosa, desnuda y en su tez una expresión que Paca jamás olvidaría, era la imagen del poder, de la satisfacción, da la victoria.



sábado, 12 de mayo de 2012

LA MAÑANA

Cada día parece la misma historia, la misma rutina. El despertador suena, te revuelves en la cama, lo coges, le das mil vueltas para apagarlo y a penas puedes. Ahora son los teléfonos, y la misma historia, a veces en lugar de apagarlo lo cojo y como si fuera una llamada en la penumbra entre la vigilia y el sueño sale un "si" "digame". Pero cuando pasan unos minutos y miras a tu alrededor, de inmediato, al menos yo, pongo el pié en el suelo, veo la luz entrar por mi ventana, es un nuevo día, un nuevo amanecer, sigo estando vivo y al segundo respiro profundamente, sonrio y me digo a mi mismo "EMPIEZA EL ESPECTÁCULO". ¿O no es así? Tal vez la palabra, mejor la expresión que mas me encanta, que me gusta es: ¡¡¡¡ BUENOS DÍAS MUNDO!!!!!!


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XI


El corazón de Paca estaba marchito como las flores al termino de la primavera, con los pétalos amarillentos, secos y arrugados. Su corazón viejo latía a duras penas como impulsado por una necesidad de continuar impulsando sangre a Paca y sus recuerdos, latidos que le permitieran un último repaso por todos los momentos mas intensos de su vida, que habían sido muchos, malos pero también buenos. 


La tormenta estaba atrapada en El Condado y ahí permanecería durante horas soltando gruñidos y lenguas de fuego, como siempre, así había sido siempre, cuando de repente una voz, un sonido conocido precedido de un golpe en la puerta. Era Fernanda, su asistenta, se había demorado mas de lo normal causado por la intensa lluvia que limpiaba cada rastro de maldaz en esas tierras que para Paca eran tan amadas, tan sentidas, tan suyas. 

Se acerco sin que apenas se oyera ni su respiración. Fernanda era una mujer ruda y curtida por la vida, el tiempo, el sol, el campo había dejado marcada su cara. No tendría mas de cincuenta años, pero parecía tan vieja como la propia Paca aunque mas entrada en carnes, a veces pensaba que como cocinera, a ella le llevaba los restos de sus guisos, tras zamparse ella la mayoría de sus cazuelas. Le dio la vuelta a la mecedora acercándola a la mesa, le puso un trapo colgando de su cuello y le colocó la bandeja cerca de ella, un cacito de caldo de gallina y un pedazo de panceta asada chorreosa de su sebo, al lado, como siempre, no iba a faltar ni en los últimos días de su vida, un generoso vaso del mejor vino del condado. Una vez en posición para la cena, Fernanda se sentó a su lado, sin mediar palabras, era mujer de pocas letras, ahí quedaría hasta que Paca terminara la cena o le mandara marcharse. A Fernanda le importaba poco si Paca comía o no, ella solo atendía sus obligaciones, darle de comer, limpiarla, lavarla y mantener limpios sus aposentos, sin mas esfuerzo ni interés. 

Paca no sabía bien si por el olor a tierra mojada o por tantos recuerdos que había repasado durante la tarde, tenía apetito, tomo la cuchara y no dejo prácticamente ni gota de la sopa, dio varios tragos al delicioso vino que le había servido esa tarde noche. Después con las manos puso la sebosa panceta sobe una hogaza de pan blando restregándola bien para que se pringara bien de la grasa y el pan se hiciera mas jugoso y no dejó ni una miga para las palomas como decía su abuela cuando de pequeña le preparaba pan calentado al fuego y no todo se lo comía, decía, “ni para las palomas”. Se terminó el vino y para poner fin a la cena un racimo de uvas de la tierra con un trozo de queso, era su postre preferido y mas delicioso: “uvas con queso saben a beso”, así se lo decía Benito. Le contaba que cuando no estaba ella, para recordar sus labios, tomaba uvas con queso, porque saben a beso. 

Termino con el racimo de uvas sin dejar una y el queso y de forma automática, sin mediar palabra, Fernanda le dio de nuevo la vuelta a la mecedora para ponerla cara a la ventana, en unas dos horas volvería para meterla en la cama, recogió la bandeja dio un portazo, tal vez por su carácter o por una corriente de viento, a Paca no le gustaba pensar mal, y de nuevo se encerró en sus pensamientos, eso sí ahora con la panza bien rellena y con el trapo colgando, a Fernanda se le olvido quitárselo y ahí quedo, con la mirada fija en el cristal y el trapo colgando de su cuello, pringoso de la panceta y pegajoso del zumo de las uvas que en algún momento se había escurrido entre la comisura de sus labios resecos y pellejosos. 

Uvas con queso saben a beso, eso recordaba Paca en boca de su amado Benito y en ese momento llegó hasta su mente aquel año maldito para El Condado y sus alrededores. Muchos de sus habitantes contrajeron una extraña enfermedad, temblorosos escupían mocos tintados de sangre, se consumían en sus huesos con dificultades para respirar. La primera que tuvo esos síntomas fue la señora Condesa, de por si era una mujer débil, flaca, con sus huesos cubiertos por tan solo su piel. Era la atención de los habitantes del Condado, sus temblores y espasmos asustaban; sus esputos sangrosos. Pero no era ella la única que tenía esa enfermedad, eran cada vez mas y mas los que sufrían sus consecuencias. El Conde mando traer al médico del pueblo y al boticario para que la vieran, para que la curaran, no le tenía ningún cariño, pero era su mujer, la Condesa. Cuando estos llegaron al Caseron y miraron y exploraron a la Condesa, se miraron con complicidad, sabían perfectamente lo que estaba pasando, mas aún cuando no era la única que sufría esos síntomas. Después de esa mirada y tras varias preguntas del Señor Conde instando a que le dijeran el motivo de su mal, ambos a la vez y con cara aterrorizada le dijeron: la tuberculosis. 

A todos les ordenaron que se acercaran lo menos posible a los que padecían esos síntomas y si lo hacían cubrieran su cara con un pañuelo al parecer era una enfermedad muy contagiosa, no solo era la Condesa, también otros, si otros; también su abuela Fidela y Benito. 

Paca se dividía dando cuidados a una y a otro. A su abuela en su casa con paños de agua y vinagre y vahos de eucalipto que le había proporcionado el boticario. Eso lo hacía durante las mañanas y las noches, tapada su cara, junto a su querida abuela, y las tardes, todas ellas tomaba el camino del pueblo para visitar a su amado Benito, Paca ya había cumplido los dieciocho años y Pili en su caminar hacía la casa de Benito cuya relación con ella era ya conocida por todos y aceptada; Pili ya mayor cada vez le costaba mas seguirla, Paca corría y Pili quedaba atrás, no conseguía seguir esos pasos, esa energía de Paca en su ansia de ver a su amado y de cuidarlo junto a su hermana Margarita que no se despegaba de su lecho. 

Llegaba todas las tardes tras recorrer el largo camino, cansada, con Pili abrumada y se sentaba al borde de su cama con la cara tapada colocando una y otra vez paños mojados en agua y vinagre para bajar la temperatura y calentando eucalipto para que absorbiera sus vahos y le ayudaran a respirar. Sufría por dentro pero no dejaba que su dolor lo apreciara ni su abuela ni Benito, ella sonreía y animaba a sus dos queridos enfermos que parecían como dos pasas arrugadas poseídos por temblores que le llegaban hasta el alma. 

Así uno y otro día, su madre y ella con su abuela y margarita y también ella con Benito, día tras día, sin apenas dormir, cansada y agotada pero con la energía sacada de la nada para impedir perder a las dos personas que mas quería en su mundo, el de Paca. 

Uno de esos día tras regresar al Condado ya entrada la noche después de prestar sus cuidados a Benito, cuando entró en el caserón no había nadie, solo su madre y su abuela postrada en la cama, el silencio todo lo invadía, algo malo había sucedido se olía en el ambiente. Tan solo con mirar a su madre lo percibió, le preguntó que sucedía y le llegó la noticia; la Señora Condesa había muerto por esa enfermedad. Paca saco de sus entrañas todos esos días de sufrimiento y se sumió en un intenso lloro, no tanto por la muerte de la Condesa sino por si también ese sería el destino de su abuela y de su amor, si Benito también moriría. 

Paca necesitaba ver a la Condesa, tenía que saber todo lo que le había pasado, preguntó a unos y a otros, solo le decía que tras uno de esos espasmos, uno mas fuertes de los habituales, de pronto la Condesa abrió los ojos ensangrentados, como si le fueran a reventar y en un último suspiro dejó de respirar. La vio metida en una caja, ataviada con uno de sus mejores vestidos, seca, arrugada, con tan pocas carnes que sus huesos se podían ver. Fue tal su impresión que salió corriendo de la parte noble del caserón y se abrazó a su abuela, sin taparse ni nada, solo quería abrazarla y darle su salud, cambiarse por ella, le regalaba su vida en ese abrazo, no podía ni imaginar la posible pérdida de esa persona que le había acompañado y cuidado durante toda su vida. 

Al día siguiente se celebraron los funerales, llegaron gentes del pueblo y de otros territorios, nobles, terratenientes, autoridades; todos para dar su sentido pésame al Señor Conde, que si bien nunca había querido a esa mujer, se encontraba hundido, tal vez no había explicación, no había tenido ninguna relación con ella, a penas si mediaban palabras, pero sentía su muerte, nunca lo había visto de esa forma y eso que la muerte había rondado en muchas ocasiones por su vida, incluso la había causado en mas de una ocasión, pero nunca lo había sentido, para el Conde esas muertes habían sido justicia y la de la Condesa, la quisiera mas o menos, no era justa, había tenido una vida insípida bañada en mistela y tristeza, pero no era justa, tal vez se lamentaba no haberla hecho feliz no haberla cuidado y amado, eso era posiblemente lo que al Conde le apesadumbraba. 

Pasaron los días tras el enterramiento de la Condesa y Paca siguió con su rutina, de la habitación de su abuela al pueblo a la casa de Benito, así un día tras otro, ambos parecían mejorar, Benito mucho mas rápido, era un chico joven y fuerte, y su abuela por el contrario ya tenía sus años aunque la fortaleza también era su aliada. Tras unas semanas Benito se encontraba prácticamente curado del todo, pero Paca seguía cuidándolo cada día no podía perderlo, y así día tras día y el cansancio ya se notaba en su rostro y las noticias, mas de veinte personas habían muerto por la epidemia de tuberculosis, su abuela también mejoraba aunque seguía postrada en su cama, la maldita enfermedad la dejo muy débil sin apenas esas fuerzas que tenía. Una noche regresando del pueblo tras la obligada visita a Benito, de repente, como salido de la nada se encontró de frente con el Señor Conde montado sobre una yegua blanca, un animal divino, como un ángel caído del cielo. El Conde desmontó, se le acercó, Paca sin palabras apenas se cruzaba en su vida y de repente El Conde, tomo las riendas de la yegua y las puso en las manos de Paca. Con una voz suave y dulce, como nunca lo había sentido, le dijo. –Jara, toma es para ti, para que vayas al pueblo, te la regalo “hija”, es tuya-. Paca se quedó paralizada, no le salió ni una palabra, tomo las riendas de la yegua, se quedo quieta, inmóvil y El Conde se dio media vuelta y se marcho, ella no, como un cuadro, Pili, ella y Margarita, la yegua, en honor a la hermosa hermana de su amado, pero no tanto por el regalo, que también le había impresionado; le había llamado “hija” y ella no lo sabía.



martes, 1 de mayo de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO X


Sin esfuerzo tan solo un movimiento de cabeza, bajo su mirada y buscando entre sus bolsillos Paca consiguió extraer el moquero que siempre llevaba encima para secar sus frecuentes lágrimas, lo paso por toda su cara mojada del agua caída de sus ojos sumisa en los recuerdos. 

La tormenta ya poseía todos los lindes del Condado y agarrada a sus tierras como si toda su ira quisiera soltarla sobre esas tierras, manchadas tantas veces de sangre, ahí se quedaba soltando lenguas de fuego y gruñidos que parecían partir de lo mas profundo del alma del universo. Inmune al miedo, no lo sentía, había dejado de tenerlo e incluso no temía a la muerte, pensaba no podía ser peor que la vida, aunque sin querer y de forma espontánea una pequeña sonrisa se escapó, porque su pensamiento no era cierto, los malos momentos, los terroríficos sucesos habían sido muchos pero también había tenido algunos buenos, fueron pocos pero intensos, supo durante esos años sacarles hasta el último jugo como cuando se exprime una naranja, que se aprieta mas y mas cuando de ella ya no podemos obtener nada mas que su rugosa piel, y eso había hecho en los momentos de felicidad, llegar hasta la cáscara de la dicha y de la plenitud. 

El agua de la lluvia empapaba los cristales de la ventana y entre esas luces y la oscuridad de su estancia, las laminas de agua al deslizarse formaban surcos y en ellos sus ojos veían o mas bien querían ver el rostro de su amado Benito, mirándola a la cara como si se hubiera subido a una nube para dejarse caer ante ella y mirarla como la miraba cuando vivieron el amor en toda su plenitud, en cuerpo y alma. Impulsada por el corazón, pues ya no le quedaban mas fuerzas que la de ese latido constante y lento en su pecho, consiguió a duras penas levantarse, ponerse en pié agarrarse del marco de la ventana y temblorosa como hacía años, marcar sus labios en el cristal juntándolos con esos surcos que dibujaban los labios de su amado. 

Pasaron los segundos incluso los minutos y sus labios seguían pegados al cristal como si quisiera quedarse así para siempre, congelar ese momento, cuando de pronto un relámpago seguido de un trueno que retumbo en todo el caserón, la ventana de golpe, con violencia se abrió y Paca fue golpeada y tirada contra el suelo. Sus huesos cubiertos por pieles secas y viejas cayeron y una pequeña línea roja salió de una de sus cejas, un corte y su sangre marchita manaba en poca cantidad bajando por el curso de sus arrugas hasta su ojo derecho que apenas podía abrir. Con el moquero que aún tenía en la mano, tirada en el suelo consiguió cortar el flujo de ese líquido pastoso que olía a vinagre y con un movimiento lento, sin aliento, sin fuerzas con agonía pudo poner sus rodillas en el suelo sujetándose en la mecedora y la mesa. Acerco su espalda a la mecedora se impulso con la fuerza de los últimos momentos de la vida, esa fuerza previa a la muerte y sin poderlo creer consiguió de nuevo sentarse manteniendo el moquero sobre su ceja, que ya mas que secar su sangre se había quedado pegado, encostrado entre la piel y el hueso. 

Paca se encontraba sin aliento, a penas podía tomar una pizca de oxigeno, aunque poco a poco consiguió mantener la respiración y recobrar la calma sentada sobre su mecedora y mirando de nuevo por la ventana que pudo cerrar acercando con empujoncitos la mecedora hacia ésta. 

Su mirada de nuevo en el infinito y sus recuerdos presentes en sus ojos. Aquél último día de la vendimia cuando regaló a Benito su virginidad, éste se marchó junto a sus padres y su hermana mayor Margarita al pueblo. El se levantó se puso sus ropas y desprendiéndose de un último beso se marchó quedando ella desnuda en su guarida junto a Pili que siempre la tenía presente incluso en los momentos de intimidad. 

Pasaron varias semanas sin saber nada de su amado, los días transcurrían ayudando a su madre y a su abuela en la cocina y sus momentos de soledad junto a Pili en su espacio de intimidad. Allí recordaba una y otra vez a Benito, lo sentía en su corazón, en su alma; lo amaba con locura y no podía pasar mas tiempo sin sentir su piel, sin ser poseída por su miembro, ni sin sus labios ni su corazón. Le invadían las dudas, tal vez para él tan solo había sido una aventura, pero no lo podía creer, le había salvado de las garras de su apestoso hermano y del murciano caprichoso por su vello rojo; no podía ser tan solo una aventura, un instante, un acto de placer para Benito, en sus ojos había visto el amor y eso no se puede evitar, no podía ser solo el deseo de su carne blanca lo que había movido a su amado a hacer tal gesto de valentía, tenía que ser la fuerza mas grande que existe en el universo, no podía ser otra cosa que el amor. 

Siempre pasaba desapercibida, nadie preguntaba por ella, a veces su madre o su abuela, pero la conocían, sabían que le gustaba desaparecer, perderse en la soledad e intimidad de sus pensamientos. Por ello una tarde tras la comida, cuando ya se aproximaba el invierno, tomo una decisión, tenía que ver a Benito, necesitaba sentir sus labios y sobre todo, quería saber sus sentimientos. Junto con Pili, tomo el camino del pueblo le separaban a penas cinco kilómetros. Caminaba y corría, Pili daba carreras y volvía hacia ella, el corazón le latía cada vez mas rápido y con cada golpe de su pecho, aumentaba su paso. Después de andar y correr un buen rato salió del Condado y tomo el camino hacia el pueblo. Hacía frío pero ella no lo sentía, cada vez andaba mas veloz y cada vez le latía mas fuerte su corazón cuando de repente se encontró a la entrada del pueblo, se coló por una de sus calles, no había nadie, no sabía donde ir, no conocía su casa ni donde se encontraba, eso no lo había pensado, como no se le había ocurrido, miraba a un lado y a otro, veía a nadie, tan solo en alguna ocasión algún pueblerino con boina y pelliza para cobijarse del frío, con cejas tan pobladas que apenas se distinguía una de la otra. 

No sabía que hacer, se encontraba entre asustada y decepcionada, como podía haberse atrevido a ir sin saber donde vivía, donde lo podía encontrar. Pili la miraba moviendo el rabo y también miraba a un lado y a otro, como si supiera a quien buscaba su dueña. Siguió andando por una de las calles y de pronto llegó a una plaza rodeada de soportales, una iglesia con erguida torre rodeada de campanas. La oscuridad de la noche ya se había apoderado de aquel pueblo y allí si encontró mas movimiento, unos cuantos hombre que se dirigían a una puerta y entraban unos y salían otros; despacio temerosa se acercó a ese lugar, era lo único que podía hacer y tal vez podría encontrarse con su amado con su padre que bien la conocía. Se aproximó, sin pensarlo dos veces empujó esa puerta y de repente abrió totalmente los ojos, allí solo había hombres diez o doce, unos sentados en unos bancos de madera tras una mesa y otros en un mostrador, era la taberna del pueblo. Al abrir la puerta todos esos ojos se dirigieron hacia ella, se le quedaron mirando y el silencio se apoderó del lugar. Pasaron unos minutos, para Paca fueron horas y no vio ninguna cara conocida entre esos hombres, el silencio desapareció y una vez pasada la sorpresa siguieron hablando, liando cigarros y sobre todo bebiendo de porrones y grandes frascas de vino. 

A penas si se le pudo oír, pero de Paca salieron unas palabras - ¿saben donde vive Benito, el chico de pelo claro y Margarita?- lo dijo con voz temblorosa pero segura de obtener una respuesta, pocos en el pueblo eran rubios y pocas de las mujeres de la localidad podían ser tan guapas como Margarita, seguro que los conocerían. De repente, de nuevo el silencio y una voz desde el fondo de la taberna se oyó, sus ojos se encharcaron de sangre, su rostro de terror, Pili bajo el rabo y se escondió entre sus piernas, era su hermano mayor, otro de los apestosos y sarnosos de sus hermanos, éste le dijo – Jara ven paca- ella no podía moverse, -venga ven Jara- los hombres empezaron a reírse de ella, todos se sumaron en un jolgorio, no lo entendía, no sabía porque se burlaban de ella, todos decía –mirar es la jara- , de repente uno de ellos la copio en volandas no sin intentar escapar pero con poco resultado estaba paralizada, mientras Pili la seguía pero no ladraba, recordaba la vez que sufrió la patada que dio con su huesos en la pared. La subió sobre una de la mesas y su hermano se acercó con una frasca de vino, -Jara no quieres probarlo-, ella cerró su boca, -venga Jara bebe- gritaban todos. Cogiéndola de sus mandíbulas le abrieron la boca y su borracho hermano que apenas se mantenía en pié, le vertió el contenido de la frasca por la boca, Paca se ahogaba, no podía tragar aquel avinagrado vino, nunca lo había probado. Empapada del color del zumo de la uva y sujeta por los hombres que no paraban de reír, su hermano la abofeteaba por su resistencia a beber. Paca no dejaba de llorar y de gritar, pero aquellos reían y reían, su hermano le metió la frasca por la boca haciéndola vomitar, escupir todo aquel liquido sobre el desarrapado, éste entre que se encontraba ebrio y su violencia innata, se quitó el cinto y empezó a castigar a Paca que ya no podía resistirse. 

En un instante, sin que hubiera mediado palabra, de repente, un hombre que no sabía de donde había salido, cogió uno de los bancos de madera y con todas sus fuerzas la estampo contra la cabeza del pordiosero. Sus ojos se quedaron fijos, mirándola, de su cabeza empezó a brotar chorros de sangre, se le había abierto, los sesos huían de su cráneo y salieron a presión cayendo trozos de pasta blanca que mancho a todos los que la sujetaban. Cayó al suelo fulminado, con la cabeza abierta todos los hombres que la sujetaban soltaron a Paca, la dejaron caer sobre la mesa y de ahí al suelo, se levantó y miró, era el padre de Benito, que con voz alta dijo: -sacar este cerdo de aquí y sin palabras, todos soys responsables-, nadie le reprocho nada, se abrió la puerta y como un ángel vio a su amado, entro, la cogió en brazos, Pili moviendo el rabo entre sus piernas y la sacó de allí, sin palabras corrió y la llevó a su casa, Margarita la abrazó y también su madre, y entre las dos la cambiaron la ropa empapada de vino y le pusieron otras limpias con olor a jazmín. Ya arreglada y fuera de peligro, Benito se le acercó y sin importarle la presencia de su hermana y de su madre, junto sus labios con los de Paca y se dejaron llevar por un largo y caluroso beso. Sus dudas habían desaparecido, ya estaba segura, Benito amaba a Paca.