domingo, 28 de mayo de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP. VI- VALERIA UN VIAJE DE IDA Y VUELTA



Dicen que la vida es un viaje de ida y vuelta, Valeria a pesar de su corta edad no sabía muy bien si su vida se hallaba en la ida o en la vuelta. Tras la noticia del amanecer de su madre, Valeria sin pensar, empujada por sus instintos y dominada por las emociones se puso en marcha de nuevo, en Tottenhan esperaba el tan familiar Stansted Express que la trasladaría al aeropuerto con ese mismo nombre y allí esperar a tomar el primer vuelo posible hacia la ciudad que le vio nacer. Como siempre no miró horarios ni disponibilidades, Valeria con su poco equipaje, esa mochila con lo básico tomo marcha hacia el aeropuerto sin planes, sino simplemente en busca de  satisfacer los impulsos de su corazón.

Una vez en el expreso, Valeria coloco su mejilla junto a la ventanilla helada de la que caían sin parar gotas de lluvia. No recordaba un día de Sol desde que aterrizó en Londres hacía ya unos cuantos meses, siempre ese lagrimar del cielo como buscando un cobijo donde dejar tanta tristeza en una ciudad que antes tanto le apasionó y que ahora no era mas que el lugar de su destierro, allí donde nadie la podía encontrar y si lo hacía nunca sería bien venido.  Ese clima era el compañero ideal para su estado de penumbra, de una mala nostalgia porque no era de recordar, era mas de reproche por su vida, por no tener esa que tanto había soñado, o mejor dicho; esa vida de amor que tanto le habían contado durante la infancia y que realmente había vivido. Recordaba como en aquella época de felicidad también se apresuraba a rechazar cualquier pensamiento de miedo, de ese que no te deja disfrutar pero que es la advertencia natural de que algún día esa vida de perfección podía acabar. En esa preocupación entraba su padre cuando lo comentaban durante la comida familiar de los domingos junto al balcón y los sofás naranjas. Su padre le decía que no se podía vivir con miedo, que el miedo era el mayor enemigo del amor y ella por supuesto lo creía, y siempre que le llegaba el temor a su cabeza pensaba en su papa, ese que sufrió unos días de cárcel por su culpa y con el que apenas había vuelto a hablar desde su llegada a Londres.

Con el tren en marcha y el paisaje gris de esa ciudad y su decadente silueta de una economía industrial en plena decadencia, Valeria en esta vuelta recordó su ida, aquel día en el que tras declarar en el Juzgado la verdad y conseguir por si sola la libertad de su padre, de esa forma como de repente sería su vida en la mas absoluta soledad personal y de palabra, ese día que sin pensar de nuevo tomó un taxi en la puerta de los Juzgados y en lugar de un tren  se le ocurrió ir al aeropuerto y así se lo indicó al taxista. No sabía donde ir, ni que avión tomar pero si sabía que tenía que alejarse, no era una huida era tan solo la necesidad de no estar, de no tener presencia. Mirando por el cristal y sin que sirviera de precedente a Valeria se le escapó una sonrisa filosófica, de esas que se conjugan con inteligencia, con el pensamiento menos racional como  decía su mamá que se hallaba postrada en la habitación de un hospital en estado de coma. Era filosófica porque le recordaba uno de los típicos debates de domingo entre ella y su papá, esa diferencia importante entre el verbo ser y el verbo estar.  Recordaba como su padre reprochaba la excesiva dimensión que se le había dado al verbo ser que en su opinión dejaba menos en el alma que el estar, porque este último significaba presencia, una realidad material frente al ser que en muchas ocasiones no era mas que el titulo de una canción de verano. Lo importante es estar presente donde quieras que estés, que se note tu existencia cariño mío, que se sienta tu vida cerca de la piel a pesar de que la distancia no acerque mas que kilómetros. Así pensaba su padre y ella por llevarle la contra debatía con él frente al desespero de su mamá que los tachaba de filósofos irracionales, conversadores de barra de bar, y se reían, se reían mucho, de esa risa que es fruto de la complicidad y del amor que permanentemente se regalaban los tres, en ese mundo de fantasía que la vio crecer.

No recordaba si también le invadía ese pensamiento cuando iba subida en el taxi camino del aeropuerto de la ciudad que la vio nacer, pero por la razón que fuera mientras circulaba el coche por el boulevard rumbo al aeródromo ese taxi paso, no sabe si bien de camino o por una razón inexplicable, por  la mismísimo margen de esa ciudad sanitaria, ese macro hospital donde en una de sus habitaciones se encontraría su mamá en estado de coma. Se quedó mirando a ese conjunto de edificios blancos con grandes letras que anunciaban su nombre, orgulloso de ser un referente sanitario en aquellos tiempos de crisis de identidad nacional, y de repente, sin pensarlo dos veces ordeno al taxista que hiciera un cambio de sentido cuando pudiera ya que se encontraba al otro lado del boulevard y la llevará al centro sanitario. El taxista con no muy buen gusto pues se perdía una buena carrera hasta el aeropuerto, como si lo hiciera de mala gana bajo la velocidad y realizo esas operaciones indicadas lentamente, lo suficiente para hacer temblar a Valeria, para planear su entrada en ese lugar. La mente de Valeria en peligro, en situaciones de riesgo era una calculadora de análisis instantáneo con más megas de ram que cualquier computador con la silueta de una manzana. Lo planeo todo y ya con ese plan preconcebido llego a su puerta tras un buen rato gracias a la parsimonia del conductor del taxi.

Valeria se centró en la raya del horizonte mirando por la ventana del tren regresando a ella su habitual gesto serio que lucía en esos tiempos. Centrada en esa línea imaginaria recordó que tras bajar del taxi tuvo que flanquear alguna que otra dificultad. En primer término no tenía idea de cual era el lugar donde se hallaba su mama y en segundo lugar tampoco contaba con la seguridad de que no hubiera nadie conocido, lo que hundiría todos sus planes. Valeria descartó la presencia de su padre que en otro momento hubiera estado sin moverse de ese lugar, sin pestañear, sin comer, sin beber; posiblemente sin vivir mirando a su amor, esa mujer de ojitos achinados, de cabellos rubio ceniza tan propios de su país de origen; esa personita pequeña y menuda que tanto le había dado y que en un día maldito le había robado no solo la libertad sino la propia vida. En realidad estaba en juego la vida, pero no la de su padre sino la de su madre y solo deseaba verla respirar, al menos se llevaría esa imagen a los nuevos destinos que la esperaban tras un vuelo y tal vez un tren, el de su vida, el que le haría perder la juventud y en lugar de madurar, envejecer. Curiosamente esta era otra de las conversaciones irracionales que mantenía con su padre, la de la madurez. Para su padre madurar no era mas que un pase vip hacía la muerte, hacia la podredumbre. El ejemplo típico era el del plátano, y decía, maduro, negro y podrido. Su padre era de manzanas y de manzanas duras, verdes, recién cogidas del árbol sin huellas por el paso del tiempo. La madurez era un cuento inventado para que la sociedad cambiara los caprichos del consumo, para fijar etapas en la vida de las personas y así proponer diversos modos de vida acordes con las mismas y evidentemente diferentes deseos de consumo.

Como ocurría habitualmente, Valeria pasaba de un tema a otro sin centrarse en uno concreto, sin concentración sino dispersando su mente y sus pensamientos conforme le llegaban las emociones.

Dejó el taxi y se dispuso a entrar en ese complejo hospitalario, miró carteles, pregunto en varias ocasiones y le indicaron que lo hiciera en un punto de información donde le dirían donde se encontraba su madre y el numero de la habitación. Así lo hizo, se dirigió a un mostrador y tras decir el nombre de su mama, no sin dejar rastros de lágrimas que descendía por sus mofletillos, por esa carita virgen a los avatares de la vida, a la maldad a la pérdida; consiguió articular su nombre y la persona que la atendió al ver donde se hallaba comprendió bien esa pena, esa emoción y tristeza que invadían a Valeria, que como siempre, a pesar de las circunstancia agradeció la información y siguió las instrucciones que le dio esa mujer para llegar al lugar donde se encontraba su mama. La enfermera o lo que fuera, le dijo que no estaba en planta sino en una de las UCI del complejo, es decir en una Unidad de Cuidados Intensivos y que solo se le podía ver en determinados horarios, justo en apenas diez minutos y que se diera prisa para poder entrar. Valeria cogió un ascensor, recorrió varios pasillos, cambio varias veces de edificio y al final por fin llego a un área llamada UCI Neurológica.

Se apreciaba que era hora de visitas porque ya había gente a la espera. Valeria se quedó al margen de todas esas personas, se colocó estratégicamente en un pasillo lateral junto a un letrero que decía acceso restringido, pensando que a la vista del mismo nadie se acercaría y ella en caso de que algún conocido se acercara podría desaparecer a la carrera, sin dejar rastro, sin permitir que nadie la viera.

Según la información que le dieron apenas cinco minutos y abrirían las puertas y allí podría ver a su mama. El cuerpo le iba a estallar de lo que le temblaba todo, sin olvidar que hacía escasas horas que ella también se encontraba en un hospital, que la noche anterior la había pasado en la cama de una de las habitaciones del Hospital del Mar de Barcelona, parecía que había sido otro día y sin embargo unas cuantas horas nada más desde entonces, y tantas cosas habían pasado. El tren, el Juzgado, el taxi  ahora el hospital y sobre todo su madre. De pronto todos los familiares que esperaban se acercaron a un señor que circulaba con bata blanca y que se presentaba cómo  doctor de intensivos e informaba tras nombrar al enfermo del estado del paciente que se hallaba en la UCI tras dar una serie de directrices del comportamiento dentro de esa unidad médica. Valeria no se acercó, escucho los consejos desde lo lejos, no quería arriesgarse a que llegara alguien de repente y tuviera que dar explicaciones. Valeria no quería hablar con nadie, solo quería ser presencia sin necesidad de ser nadie, tan solo estar en silencio y sin palabras. El doctor se le acercó y le pregunto si venia de visita, Valeria apenas pudo articular palabra pero movió la cabeza de arriba abajo. Le pregunto el nombre de la enferma y Valeria inmersa en una especie de espasmos, entre suspiros y sollozos consiguió que se le entendiera el apellido de su madre porque el nombre no pudo llegar a los odios del médico. Este tras averiguar quien era, cambió de expresión la miró a los ojos encharcados de lágrimas, le pregunto si era su hija y Valeria lo afirmó.  El médico tras tomar varias veces aire y hacer un intento de coger su mano, que Valeria retiró bruscamente, le dijo que a pesar de que estuviera en coma era positivo que le hablara, que la acariciara para despertar sus sentidos, para  hacer sentir la presencia de nuevo de su hija. Valeria de nuevo afirmó con la cabeza y su rostro llenó de lágrimas, mientras el doctor le daba una palmadita leve en su hombro retirándose ante el estado emocional de Valeria y su necesario espacio para la intimidad.
La puerta de la Unidad de Intensivos se abrió y todos entraron poco a poco sin hacer ruido, parecía mas que un momento de visita  la procesión del silencio. Sin ruidos, sin saludos, sin nada más que el caminar hacia la cama de su familiar. Valeria cogida de sus propias manos, se acercó a la cama  donde una enfermera le indicó amablemente que se encontraba su madre. El rostro de ella no era más que un baño de lágrimas silenciosas cuando vio aquella cara redondita con los ojos cerrados, el pelo recogido y todo lleno de cables, monitores y sus manecitas apoyadas cada una a un extremo de la cama. Valeria desfallecía, necesitó apoyarse en esa cama, sobre su mamá para evitar la caída, para no hundirse de repente ante todos y perder esos escasos minutos que estaría con la persona que mas quería en esta vida. Era su madre, pero también su amiga, su confidente, su compañera de cada día; su madre lo había sido todo pero ahora no podía evitar el reproche, la traición, el abandono mas profundo en el que se encontraba ella.

Valeria tomo aire para intentar hacer una de las indicaciones del médico. Acercó su mano a la mano muerta de su madre pero con calor, la temperatura de siempre, sus dedos, sus callosidades; la de la vida, las del trabajo para ella, para Valeria porque toda su familia, toda estaba dedicada a Valeria y sin embargo allí se encontraba ante su madre en coma y su padre saliendo de la cárcel. Ese mundo le era desconocido, no sabía vivirlo y las lágrimas sus dueñas y señoras. Como pudo acarició su mano derecha, poco a poco se fue echando hacia ella hasta rozar su mejilla, esos mofletes que como ella dominaban su rostro. Se fue acercando hasta alcanzarla con sus secos labios y desprender un beso en su rostro, en el de su madre. De repente, entre un espasmo y otro, de entre sus sollozos Valeria reconoció una voz que se aproximaba. Se retiró de golpe de esa cama, se alejó escondiéndose entre un biombo que separaba a un enfermo de otro y se adentró en el de otro que no tenía visita. En silencio escucho los pasos de varias personas que les acompañaba ese mismo doctor. Reconoció la voz de inmediato cuando estaba ya al borde de la cama, era la de su abuela paterna junto con otras personas y ese médico que le informaba que su hija, es decir su nieta, se encontraba en la sala. Su abuela sin respetar el silencio empezó a llamarla por su nombre entre gritos y desespero. Su abuelita con su hijo en la cárcel, su nuera en coma y su nieta huida.

Valeria sabía que era de las personas que más estarían sufriendo,  pero ésta sacando fuerza de flaqueza, como un huracán salió de entre ese biombo, ni miró empujo al doctor, tal vez también a su abuela y salió corriendo por la puerta, de nuevo sin mirar atrás, con lo justo, con ella y sus pocas pertenencias, lo necesario para tapar su cuerpo desnudo y poder respirar de su marginalidad. Así lo recordaba en el tren con destino al aeropuerto, sin huidas; como un paso adelante para seguir en su mundo, aunque fuese sin palabras, sin pensamientos ni penas, tan solo seguir en esa vida inventada pero no soñada. Valeria lloraba en el tren recordando su carrera por las escaleras, su abuela gritando su nombre y varias enfermeras tras ella. Valeria no podía dejarse atrapar, Valeria debía seguir su ritmo pero cada vez le parecía que iba mas lenta aunque no conseguían atraparla. En el tren llegó a desesperar, a saltar nerviosa de su asiento y ser objeto de miradas de otros pasajeros. Valeria alcanzó la puerta, corrió por la calle, paro un taxi y le indicó que saliera rápido que la llevara  al aeropuerto con  su mochila, pero sin destino.




sábado, 20 de mayo de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP. V- LAS DISYUNTIVAS DE VALERIA




Dos caminos se abrían ante sus ojos, como aquel día en el Hospital del Mar en el Port Olimpic, dos opciones; dormir, olvidarse de todo, ignorar la vida, o tomar un tren. En esas fechas la vida de Valeria siempre estaba condicionada a un tren, ahora lo era el Stansted Express en aquella habitación de hospital uno que le llevaría por el camino del mar, con la luz de levante a la ciudad que la vio nacer a través de caminos de hierro, de esos en los que sin saber porque, tienen un destino marcado de antemano.

Valeria se levantó del pub y ando bajo la lluvia londinense, no le importaba, nunca entendió ese miedo al agua, a ese líquido que adoraba, ya fuese el mar o la lluvia. Ese que su falta casi le arrebató la vida por las calles de Barcelona. No podía decidir, si subir a su habitación para dormir o coger cuatro cosas y volver de nuevo al Stansted Expres y tomar un vuelo tras conocer la noticia de que su madre había salido del coma. En su cabeza rondaban todo tipo de pensamientos, de dudas, de matices; esos que te hacen desesperar, porque a pesar de no sentir entusiasmo por ver a su madre no dejaba de ser su amiga, su eterna admiradora, su referencia femenina en su vida. Valeria era mujer de pocas amistades, de exclusivas y excluyentes relaciones, su madre no solo era su creadora, también su conciencia y confidente de secretos y decepciones. Pero ahora la decepcionada era ella y la causante su madre, esa de la que tanto dependía emocionalmente y que su traición, la había dejado sin referentes, sin saber que era el bien y el mal y un torbellino de dudas que era incapaz de digerir.

Valeria se puso a dar vueltas sin sentido por las calles de Notting Hill, Portobello, subía y bajaba, giraba; incluso se acercaba  por momentos a Hyde Park. Sin rumbo, como una orquesta sin dirección, Valeria deambulaba sin sentido, con dos opciones: su casa y dormir o coger ese tren y al aeropuerto para poder abrazar a su madre, mirarla a los ojos y decir que lo sentía con medias palabras porque su herida aún era sangrante y no la había perdonado. Jamás lo haría y como dicen no sería feliz sin perdón. Hay personas que dicen eso de que perdonan pero no olvidan, queriendo decir que si bien no quieren el mal, tampoco tendrán su bien. Su padre la había ensañado,  que para poder respirar hay que perdonar y olvidar, porque para ser perdonados había que perdonar. Una y otra vez giraban esas palabras en la cabeza de Valeria sin saber que hacer, sin sentir nada más que la lluvia sobre sus rubios cabellos. Valeria tenía una belleza natural, que al recibir la lluvia la acercaban mas a un paraíso natural, a esos que en la edad del internet se llama un mundo sin filtros. Valeria era una mujer sin filtros, sin tapujos, sin medias verdades. Valeria era una fuente de agua natural donde no cabían añadidos ni aditivos.

Recordó aquel día en la cama del Hospital del Mar cuando despertó de su vacío, del llanto de la nada, de la carencia de los sentidos. Aquel día en el que también se planteó la necesaria decisión de volver a la ciudad que la vio nacer y aclarar lo sucedido con su madre, con su maldita sangre, con sus sentimientos podridos teñidos por la traición. El ingrato sabor amargo de lo inesperado, del amor ocre; ese que llena de ácido las entrañas más nauseabundas del abandono. Valeira y sus trenes: por el mar o al aeropuerto. Las mismas dudas. Allí tendida en la cama con la mirada fija en el Puerto; los barcos, las cafeterías y ella sin saber que hacer por fin se atrevió a buscar en su bolso su teléfono apagado desde su salida aquella noche de otoño maldita donde Septiembre se vistió de infierno.

Le temblaban las manos, le habían dicho que estaría hospitalizada un día más, hasta que consiguieran hidratarla bien, por ello de su brazo izquierdo colgaba el tubo del gotero que le estaba proporcionando la hidratación necesaria para seguir su camino, un parche nada más, como esos que cubren las carreteras y que a veces te orientan sobre que carril tomar, no como ocurre con las vías del tren; caminos de hierro que se construyen antes de viajar, es como si fijaran ruta  sin posibilidad de elección, sin poder cambiar de rumbo o tal vez, echarse atrás. El tren te lleva al destino sin opción, sin dar al viajero la capacidad de elección una vez marcado el destino. El tren no te permite cambiar de opinión, tan solo decides antes de iniciar la ruta, luego tan solo queda llegar. Para Valeria todas sus rutas eran de hierro y debía decidir. Aquel día en la cama de hospital, encendió el teléfono con indecisión, sin querer mirar la cantidad de llamadas y mensajes que tendría. No habría de su padre, estaba en la cárcel, se lo había dicho la mujer policía, tal vez pensaban que había intentado matar a su madre cuando había sido ella la que le empujó, sin querer matarla, tan solo hacerle daño; hacerle sentir algo de ese dolor que sentía, que supiera la herida que le había causado a su hija, esa que decía que era su vida, el amor de su existencia y a las primeras de cambio había abandonado por querer sentir otras experiencias, porque su cuerpo supiera lo que era el cuerpo de un hombre que no era el de su padre. Manchar su vida con la semilla envenenada del deseo podrido, de ese que lo único que hace es contaminar y calmar la sed con tristeza. Valeria miraba el teléfono, se estaba conectando y de repente, un pitido, otro y otro. Decenas de mensajes y de llamadas perdidas; tanto como lo estaba ella tumbada sobre las sábanas blancas de ese hospital con vistas al mar.

Entre las llamadas y mensajes destacaba la de las de Elizabeth o Isabel de antes, porque Valeria en sus pensamientos se había empeñado hacerlo en Ingles para mantenerse mas al margen de su anterior vida, de ese mundo al que jamás quería volver. Elisabeth como la llamaba por las calles de Notting Hill, era la socia de su padre cuya insistencia era conocida cuando no se le contestaba a una llamada. Habrían mas de cincuenta llamadas de ésta y multitud de mensajes. Todos eran insistiendo en que regresara, que dijera donde estaba, que su padre estaba en la cárcel acusado de tentativa de homicidio dentro de un proceso de violencia contra la mujer, que su padre estaba siendo acusado de machista, de ser el malo de esa historia cuando tan solo existía la causante y la autora; su madre y ella. Su padre era la víctima y ella estaba consintiendo que fuese mal tratado en los medios de comunicación donde había saltado la noticia en grandes titulares causando estupor en el gremio de la justicia. Mensajes que incluso le informaban del Juzgado que trataba el tema, el procedimiento; esas diligencias que le acusaban; como si Elizabeth le invitara o mas bien le retara a que sin necesidad de hablar con nadie sino quería, compareciera y contara la verdad, que terminara con ese calvario de daño, que pusiera fil al mal que se había apoderado de su horizonte aquella noche del mes de Septiembre, en el que su mundo se subió a un tren sin salida.

Miró el teléfono con lágrimas en los ojos, jadeando mientras pasaba de uno a otro mensaje, donde el denominador común era el mismo; el regreso, la confesión, poner fin a esa prisión de su papa, que si bien no era su peor castigo tampoco lo mejoraba. Imaginaba al pobre libre entre las verjas de la prisión, pero preso en su tristeza, en el desamor; en la pérdida de esa mujer por la que había apostado su vida, por la que le mereció vivir cada dia sin dudas, sin ningún tipo de barreras. Era él para ella en cada amanecer hasta el anochecer.  No conocía a nadie que amara tanto y de forma tan desinteresada como ese hombre a esa mujer, no podría resistirlo, no viviría muy lejos de esa cárcel de la penuria, de la pérdida de su amor. Su padre no estaba preparado para vivir sin su madre, sin su mano, sin sus caricias; sin la ternura del beso de cada día antes de salir a trabajar. Su padre no sería una persona, tal vez una sombra sin marcas, difusa entre la vida y la muerte.

Valeria era un cántaro de lágrimas, como la lluvia de ese otro día, el de Londres paseando por sus calles sin querer subir a casa donde la decisión estaría tomada.

Andando entre charcos se sobrecogió cuando recordó ese impulso que de repente le llevo a arrancarse el gotero del brazo, a ver como un chorro de sangre salto en el lugar donde antes se cubría por esa aguja que regaba la sequedad de su vida. Sin pensarlo se quitó el pijama quedando desnuda en la habitación a la vista de la compañera de cuarto y su acompañante, se puso sus vaqueros, su camiseta, las Adidas; tomo la mochila ante los ojos estupefactos de éstos y salió por la puerta de la habitación del hospital sin mirar atrás, con lo puesto, su vida sin sombrero, pero sobre los rieles de un tren que le llevaría a la ciudad que la vio nacer.

Después de unas tres horas sobre ese camino de hierro del que no pudo salir desde que lo tomo en la Estación de Sants, llegó al punto de partida, eran aproximadamente la una de la tarde, todavía le quedaba tiempo para ir al juzgado. Tomo un taxi en la puerta y le indico que la llevará a éstos. Sin decírselo a nadie, con los datos que le había proporcionado Elizabeth no tuvo ni que preguntar pues era un edificio que conocía bien por las veces que había acompañado a su padre que disfrutaba llevándola a juicios y ponerse todo interesante cuando le daban la palabra delante de su trozo de vida que era Valeria, esa misma muchacha que tomando aire, con dignidad, fortaleza y valentía se acercó al mostrador del Juzgado y dijo: -ya estoy aquí, soy Valeria, la hija de ese gran hombre que tienen en la cárcel, vengo a contar la verdad, el porqué mi mama está en coma, vengo a declarar que yo soy la culpable, que yo empuje a mi madre porque quería matarla sin querer verla muerta. Que yo Valeria soy la única responsable de su coma, de que su vida penda de un hilo. Yo soy Valeria, la que tiene que ir a prisión y vengo hoy aquí a salvar a mi padre que injustamente ha sido tratado. Un padre que jamás se atrevería a poner la mano encima de su madre, de ninguna mujer; ese hombre que sería capaz de perdonar su propia muerte a la mujer que ama, un hombre que ya ha perdonado lo que ella jamás haría. Vengo a declarar que mi vida se ha roto, que el mundo es un lugar donde no quiero vivir, que no estoy dispuesta a consentir esta injusticia y que si es preciso yo misma lo sacaré- Momentos en los que Valeria ni articulaba palabra, tan solo gritaba ante los funcionarios que atónitos la miraban gritar, encanarse en la injusticia y morir de dolor sobre esas dos piernas tan débiles que apenas la sostenían en pie.

Del fondo, tras el mostrador apareció una mujer, la hizo callar en varias ocasiones bajo la excusa de ser la juez como si eso fuese a parar a Valeria, como si le importará una mierda como ella decía en esa época de malas palabras, como si a la juez se la quisiera follar un caballo. Le daba lo mismo el cargo de aquella señora, ella esta allí para rescatar a su padre, a salvarlo de la vida de los hombres aunque condenado por el amor, por ese dolor que no se cura con aspirinas, tan solo con las lágrimas y los suspiros por los besos perdidos en el aire de la tristeza.
Esa señora le invitó a entrar y ordenó a un funcionario a que le tomara declaración. Lo hizo durante prácticamente dos horas, tras la cual su señoría con palabras que ella bien conocía como buena estudiante de Derecho, le informó que en esa misma tarde su padre quedaría en libertad sin fianza con obligación de firmar cada quince días en el juzgado. Que ella quedaba en idéntica situación sin necesidad de comparecencias. Tras lo cual, firmó la declaración y sin mas comentario salió, se colgó su mochila y tomó un taxi en la puerta de los juzgados, no para ir a esperar a su padre, ni para coger un tren a Barcelona; sino rumbo al aeropuerto.

Cada vez llovía más en Londres y Valeria entró en su casa, subió a su cuarto, tan solo se oía a April gemir con su novio, puso cara de desprecio, ella no hacía el amor, maltrataba ese sentimiento como lo había hecho su madre. Sería eso que la gente llamaba follar, lo de tener relación sin amor. Le dio tanto asco, que en lugar de dormir, cargó su mochila y Valeria de nuevo empujada por las emociones salió de la casa sin decírselo a nadie, tomo el metro y en Tottemhan un tren; en esta ocasión el Stansted Express, pero rumbo también a un aeropuerto donde un avión la llevaría de nuevo a la ciudad que la vio nacer.






sábado, 13 de mayo de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP.IV- ESENCIA DE VALERIA



Te hacen reír, sonríes; te aman, amas; te invitan a comer, comes, y así en un largo etcétera componen esa orquesta que se llama Valeria y sus básicos como le gustaba calificarse. No era una mujer de complementos, ni su cuerpo ni su alma se lo permitía. Como decía; la ropa no es más que una excusa para cubrir el cuerpo, para sacar esa vergüenza con la que se nos educan. Parece que el cuerpo sea un espacio de desprecio, un lugar sucio del que avergonzarse, y Valeria no lo entendía, jamás fue educada en ese sentido, desde niña la educaron a no sentir vergüenza por nada más que por los malos sentimientos, por el egoísmo, la envidia, la soberbia y no por todo aquello que alimentara su alma y embelleciera su cuerpo como parte de ese espacio entre su corazón y la vida. La mama de Valeria por el contrario si era muy dada a seguir modas y tendencias, a estar a la última y aunque no de forma obsesiva si le gustaba llenar su espacio de colores, de sensaciones diversas. Valeria era escueta, austera; a veces llegaba a ser espartana en su vida y especialmente en sus sentimientos. La blancura no se la podían arrebatar de su rostro; un espejo dulce pero sencillo. Toda esa personalidad constituía su esencia, la de una veinteañera que aunque como todos, era diferente. Se le veía distinta y actuaba al margen de todo aquello que se podía considerar propio de una chica de su edad.

Su esencia mueve sus actos, sus reacciones; su forma de ser y de responder a los sucesos. Aquella noche de Septiembre cuando su madre quedo tendida en el suelo junto a un charco de sangre, Valeria subió a su habitación al instante, no se puso a llorar, no gritó; tan solo centro sus ojos brillantes, los abrió y entro en su cuarto para meter lo esencial en su mochila y sus ahorros; todos, porque no sabía que podría pasar y no era capaz de hacer planes, de organizar su mente; tan solo quería salir de su casa y no volver a pesar de que ya era tarde,  que aunque principios de Otoño la noche ya se había apoderado de la ciudad. A penas 10 minutos tardó, durante los cuales llegaron las urgencias, policía; toda la casa estaba envuelta en la histeria. Su padre en una esquina del salón, blanco, sentado en el suelo sin saber que hacer ni decir. No se fijó en Valeria ni ella dijo adiós. Nadie miró a Valeria, total no era más que una chica con una camiseta y vaqueros que con su mochila, con todas sus pertenencias materiales salía de casa. Nadie la miro ni ella miro. Bajo a la calle y su parada, después de andar durante más de media hora fue la estación de trenes.

Valeria había salido del restaurante, Tanía la había mandado a casa para que hablara con su padre, para que regresara dado que su madre había salido del coma. Sin embargo Valeria, salió del Santander arrastrando los pies, no sabía dónde dejar sus penas, en que lugar vaciar las lágrimas que ansiaban descender de sus ojos. Valeria paseo por el Soho, tomo el metro y sin saber porque llegó a Notting Hiil, a su casa,  aunque no tenía intención de entrar, no le apetecía tener que contar a ninguna de sus compañeras porque llegaba tan pronto y menos a April que conocía parte de su historia y aunque era una muchacha de pocas emociones como buena danesa, no le apetecía y sin pensarlo de pronto se hallaba sentada en la terraza exterior del Portobello Gold, pub que solía visitar en días de pañuelos y de dolor de ojos.

Allí sentada tras pedir una pinta de cerveza rubia, se encendió un cigarro. Había dejado de fumar, pero la vida le exigía demasiado y era una gran excusa para volver a un hábito que detestaba pero que en aquellos momentos le ayudaba a destruir aún más su denostada existencia. A sorbos porque como su madre no sabía beber de golpe, siguió recordando aquel día de Septiembre cuando llego a la estación de trenes. A esa hora no había viajeros, tan solo transeúntes perdidos tras alguna barra de un bar, algunas parejas vaciando sus bocas uno al otro, mendigos y prostitutas. Valeria al igual que carecía de vergüenza también de miedo, no le importaba lo que le pudiera pasar, no sabía dónde ir. Tampoco le importaba si le robaban, lo único que tenía de valor era ella, ni sus cosas le importaban ni los dos mil y pico de euros que tendría ya que no se paró a coger dinero, tomo todos sus ahorros y su cartera. No le importaba siguió andando y se sentó dentro de un tren que  se hallaba con las puertas abiertas, de esos que se quedan para descansar en las estaciones durante la noche. Entró sin mirar si contaba con compañía, se acurrucó en uno de los asientos dejando su mochila en los pies y su bolso en un costado haciendo como una especie de almohada.

Valeria paso toda la noche allí sentada, sin parpadear; dejando caer sus lágrimas pero sin llorar, sin pensar en nada, ni en nadie; ni en ella misma. Valeria estaba cómoda en el tren, se sintió protegida y nada más las primeras notas de claridad, se levantó, tomo sus cosas y salió del tren. Se aseó en el baño sucio de la estacion pero no desayunó nada, ni bebió nada. Como un autómata se dirigió a las taquillas que acababan de abrir y sin saber muy bien donde ir, miró el panel y el único tren que se alejaba un poco de su mundo era uno con destino a Barcelona. Tampoco era otro mundo porque la había visitado muchas veces, pero le pareció un lugar bueno a donde huir, a donde escapara de si misma y de las personas que la habían construido; que la habían fabricado en cuerpo y habían creado ese alma tan amarga, esa que había dejado tirada a su madre en el suelo junto a un charco de sangre. Valeria no soportaba ese pensamiento y se puso a hiperrespirar mareándose y obligándole a sentarse en el suelo sobre su mochila el tiempo suficiente para volver a controlar su conciencia, esa que no la dejaba en paz, la que la condenaba por su huida y aunque perdía la guerra, se revelaba contra ella.

Una vez superado el incidente, Valeria se dirigió al andén y tomo el tren a Barcelona. Le separaban apenas tres horas que paso restregando sus lágrimas junto a la ventanilla del tren y las vistas a un mar que en ese día se mostraba más violento de lo habitual. No habló con nadie hasta que la megafonía avisó que la próxima estación era la de Barcelona-Sant. El tren llegaba hasta la estación de Francia pero prefirió bajar, ya no soportaba mas estar ahí y fue justo en ese momento de salir de su asiento cuando tuvo que articular unas palabras con el señor que ocupaba el asiento de al lado para que le dejara salir. Se levantó, se colgó la mochila y pidió por favor espacio para salir. El viajero la miró, apartó sus pies y le dijo que le deseaba lo mejor. Ella lo agradeció porque era consciente de que la había visto llorar frente a la ventana y al menos la había respetado sin dirigirle hasta ese momento la palabra. Era la primera persona con la que había hablado, puesto que en la compra del billete del tren tan solo había articulado el nombre de la ciudad, Barcelona; sin más que eso y pagar.

Valeria se encendió un cigarro y lo aspiro con fuerza junto con un trago de cerveza, pequeño como lo hacía su madre a la que tanto se parecía. Había pasado una hora y en Londres como no era de extrañar se puso a llover. Sentada en la terraza siguió pensando mojándose con la fina lluvia y sin hacer ningún movimiento por resguardarse.

Salió de la estación de Sant y empezó a andar, no paro un momento, su mente no le permitía centrarse en otra cosa que no fuera el camino, cruzar calles, esperar en semáforos y poco más. A pesar de que llevaba horas sin dormir el cansancio aún no había hecho acto de presencia y su pretensión no era otra que la de andar hasta caer rendida, hasta romper sus Adidas o hasta que la vida pusiera freno a esa locura. Ando y ando, hasta llegar a las inmediaciones de la Plaza de Urquinaona, no por ningún motivo sino por el simple hecho de que allí le habían llevado sus pies. Tal vez tenía explicación, entre esa plaza y la de Catalunya había una cafetería Satarbucks donde recordaba haber estado junto con sus padres. A ambos les gustaba ese tipo de establecimiento, esos grandes cafés de mezclas, las grandes tazas de té. Tal vez en la vida los caminos son parte de los recuerdos, es posible que nuestra existencia se mueva en círculos concéntricos desde una parte a ninguna parte. Es posible que todo sea una espiral y alguna vez tendría que regresar, pero no sería por ahora, no podía imaginar la situación en la que  había quedado su familia, su casa; su vida rota de arriba abajo, no solo por ella sino por la traición de su madre y la estúpida actitud de su padre. No podía pensar en un regreso cuando se encontró mirando en el cristal de esa cafetería, viendo como tantas veces ella había estado, jóvenes con grandes vasos de café y su ordenador portátil, sus teléfonos; sus cosas y su vida y de repente se acordó del teléfono que lo llevaba en el bolso. Lo sacó, lo miró; estaba apagado y no  le apetecía nada encenderlo, es más era de imaginar lo que ocurriría. Llamadas y llamadas de su padre, amigas y demás rogándole les dijera su paradero, pero lo que realmente la protegía era la ausencia, eso que llaman el paradero desconocido, el no ser mas que un recuerdo sin ser visto, no tener presente en las personas que quería. Una amarga experiencia para olvidar, en ese mundo en el que sus valores habían sido traicionados y vendidos al mejor postor. No soportaba la infidelidad, ni la más mínima debilidad en algo tan básico para ella como era lo contrario, la lealtad y la fidelidad.

Ni café, ni te; ni una de esas magdalenas tan deliciosas que le encantaban. No entro por no hablar, por no tener que soportar una sonrisa y siguió su camino hacia la Plaza de Catalunya donde se encontraba otro de sus paraísos gastronómicos: El Hard Rock Café. Ese lugar donde tantas risas había compartido con su madre y su padre, también con amigas en viajes y excursiones. Pasó por la puerta, ese ambiente internacional y cosmopolita le encantaba. Se paró un momento, recibió olores y sabores. Su paladar empezó a mojarse de saliva pero continuo su marcha, no miró ni un momento hacia atrás, ni tan siquiera bebió agua, nada desde su salida de su casa había pasado por su boca, salvo el sabor de la amargura, de la tristeza y la desesperación.

Bebiendo las ultimas gotas de cerveza, Valeria recordó la sed y el hambre sin ganas de comer de aquel día. El dolor de pies y la sangre en su corazón herido. Recordó el sabor a sal de su mejilla, la humedad de sus ojos y el rencor en su alma. Valeria recordó aquellos momentos sin rumbo, sin destino. Por primera vez andaba sin saber donde iba pero si porque lo hacía. Valeria en ese pub ingles volvió a saborear el plato mas cruel de la gastronomía, el de la hiel, el del sin sabor; el de la acidez de la desesperanza y el furor del camino, del horizonte sin destino. De esa forma por el centro del Paseo de las Ramblas caminó y caminó, sin mirar a los cientos de turistas que la rodeaban. Era como una ambigua realidad, le iban fallando las fuerzas, se estaba quedando sin ánimo pero continuó hasta que llego a la estatua de Colón, entro por el Maremagnum al puerto de Barcelona y siguió andando hacia su izquierda como bordeando el mar, como si ese fuese un camino iluminado donde no podía perderse.

Bajo la lluvia y un segundo cigarro, Valeria recordaba aquel día con temor, de ese que se vanagloriaba no tener pero que le infundió su recuerdo. Andaba sin sentir los pies, sin saber muy bien si la mochila la llevaba a ella o ella a su mochila. Siguió andando y llegó a la playa de la Barceloneta junto al hotel W el cual también le traía grandes recuerdos, muchos momentos junto a sus únicas personas, su padre y su madre porque el resto del mundo para ella era la gente, sin embargo sus padres eran personas, las únicas de su vida.

Recuerda como le quemaba la boca la falta de agua y como busco como loca un lugar donde poder mojar su sequía. Encontró un kiosco y compro una botella grande de agua. Bebió un sorbo, Valeria no sabía dar tragos de líquido, como su madre y la recordó, entonces con la botella de agua y ahora bebiendo esa cerveza en el pub de Notting Hill, el Gold. Bebió a sorbos hasta que llegó a la mitad de la botella, la guardo como algo muy suyo, con sus manecitas rodeando la botella, como si fuese lo único que poseía entre su vida y el destino; se acercó a la playa, se oía el mar y estaba anocheciendo. Había pasado todo el día andando, pero dando vueltas porque no era lógico que desde Sant hasta la playa tardara todo un día. No tenía concepción del tiempo, como tampoco lo tenía de su realidad y entonces presa del cansancio, del abatimiento, de la falta de fuerzas por no comer; porque a pesar de tener hambre no tenía ganas de comer; tan cansada estaba que se tumbó en la arena de la playa de la Barceloneta, lugar que le daba confianza por tantos momentos, era como estar en familia, de esos lugares que son como el hogar por la confianza de los momentos de felicidad que había pasado en ese maravilloso espacio, de esos lugares que te identifican y marcan de color tu propio cuerpo, como un tatuaje de la existencia.

Mientras se levantaba de la terraza del pub Valeria recordó que se quedó dormida, que no supo muy bien que hora sería pero de repente alguien toco su cara, su hombro. Valeria abrió sus cansados ojos y vio la cara de una mujer con gorro, era un Mosso D’esquadra, la pocía de Catalunya. No habló tan solo se incorporó. Además de esa mujer también había un hombre vestido igual, otro policía. Le pidieron la documentación y la sacó de su bolso, la comprobaron y de repente como una luz se hizo en los ojos de esa mujer tras hablar por su teléfono interno, como si hubiera descubierto algo que andaba buscando; esa mujer policía se dirigió a ella y llamándola por su nombre le informo que había una denuncia por su desaparición, que aunque era mayor de edad al parecer su familia y amigos estaban preocupados, que no podía hacer nada para impedir su huida. A continuación quitándose la gorra de policía y cogiéndola de las muñecas le dijo:

-Valeria, tu madre está viva pero está en coma, pero  también me han dicho en la llamada que te informe, que tu padre está en la cárcel-


Valeria calló al suelo y tan solo recordaba despertar en el cercano Hospital del Mar, en el Port Olimpic de Barcelona; mientras que la de ahora tomo rumbo a su casa desde el pub con la única intención de dormir.


sábado, 6 de mayo de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP.III- LA PESADILLA DE VALERIA


Como cada día desde hacía ya unos cuantos meses, Valeria desahogaba sus penas entre hortalizas, pescados y poco mas que le dejaban para trabajar en “El Santander”. Era tratada como una auténtica privilegiada entre los fogones del premiado Nacho del Lago. Cocinero español que había hecho su fortuna y labrado su prestigio de entre los paladares de los habitantes y visitantes de esa inmensa ciudad llamada Londres. Valeria no trataba con nadie, tan solo cortaba, picaba, limpiaba, fregaba desde primera hora de la tarde hasta la llegada de la noche. Cada día era igual al otro; entraba, se dirigía al vestuario, se ponía su uniforme y tomaba los instrumentos de la cocina. Sin palabras, sin gestos, sin abrazos ni saludos; sin nada más que ella y la vida, sus circunstancias donde solo le quedaban penas y los recuerdos de las alegrías.

Tania la encargada de sala y jefa de personal, la mimaba; era la mismísima mano de su padre. Tanía era una mujer joven pero con una gran formación profesional.  Las cocinas y comedores eran lo suyo. Persona recta pero envestida con una gran sonrisa. Amable con los clientes, de buen trato con los empleados, pero también disciplinada, recta y rigurosa en su trabajo. Con Valeria todo era una excepción, Nacho el chef lo sabía y no hacia objeción alguna dado el gran valor que aportaba Tania a su negocio y en cuanto a los empleados, tanto de cocina como de sala, ninguno tampoco lo hacía. Todos sabían de la relación de Tania con la familia de Valeria y nunca se atreverían a hacer la más mínima protesta. Lo mas seguro es que si lo hicieran sus carnes terminarían en las colas desagradecidas del desempleo británico. Todos lo aceptaban y tampoco les era una molestia contar con una bonita chica en la cocina a la que parecía que la vida había abandonado, que le habían robado el amor, la alegría y hasta las mismísimas ganar de respirar. Valeria de ser una chica feliz, cariñosa y risueña había pasado a ser todo lo contrario: callada, seria, arisca y con una mirada puesta exclusivamente en sus pensamientos, o tal vez mejor dicho en su pesadilla.

Tras llegar a la estación más próxima al Soho donde se hallaba “El Santander”, Valeria salió de entre las tripas de la ciudad con su carita blanca enrojecida, sus ojos brillantes e irritados. Esas lágrimas en el metro la habían trastornado tanto que difícilmente podría llegar al restaurante en ese estado. Valeria se paró en mitad de la calle y respiro bajo la lluvia, mojando su suave pelo y dejando caer el agua por su cara. No se encontraba con fuerzas para entrar a trabajar y como aún le faltaba unos tres cuartos de hora para empezar, decidió entrar en una tetaría típica de la zona e intentar relajarse un poco tomando un té.

Así lo hizo, se pidió el típico té negro inglés y unas pastas, le dolía el estómago; no había tomado nada desde por la mañana en el aeropuerto de la ciudad donde nación Valeria. Se encontraba desconcertada y con mal cuerpo. A Valeria no le importaba que su cuerpo se hallara mal cuando su alma era un infierno de heridas sangrantes y su corazón solo latía para llevar su poca sangre al resto de su cuerpo. Sentada ante el vapor de ese té y mirando por el cristal a la calle; Valeria de nuevo empezó a llorar y a recordar su pesadilla. Aquel fatídico día de Septiembre acababa de empezar su segundo curso de la diplomatura en Derecho. Valeria estaba feliz con sus estudios, sus amistades y la complicidad de sus padres que la amaban por encima de lo infinito. Valeria miraba su taza de té y solo podía ver los ojos de su mamá, parecía como si tan solo pudiera crear una imagen, como si no existiera mas forma humana que la de su madre. Pero Valeria no recordaba a su madre en los momentos de felicidad, Valeria solo era capaz de visualizar esa cara tendida en el frio suelo de su casa, junto al primer escalón que subía a los dormitorios. Allí tumbada, con la mirada fija en la pared y la sangre a su alrededor. No podía ver más allá y de nuevo las lágrimas brotaban lejos de sus ojos; las lágrimas emanaban de lo más profundo de sus entrañas.

Aquel día cuando ya eran más de la nueve de la noche, Valeria regresaba a casa hambrienta con ganas de cenar y también de besar a sus papis que la esperaban cada noche fuese la hora que fuese a la que llegara. Cuando abrió la puerta de su casa sintió un ambiente enrarecido, no sonaba el televisor como siempre, tan solo se encontraban las luces del techo encendidas, ninguna más. No había ruido, no la llamaron como siempre; nadie salió a darle dos besos. El comedor parecía el escenario de un crimen donde los únicos actores eran dos seres desconsolados, perdidos en la alfombra de la tristeza, la decepción y la traición. Valeria era de sentimientos simples, básicos pero nobles; al igual que vestía era. Valeria era y es una camiseta blanca sin dibujos, sin colores; sin más significado que tela para cubrir su cuerpo. De esos básicos sentimientos surgían las más nobles emociones, sus alegrías; pero también sus tristezas.

Su padre se encontraba sentado en el suelo apoyando su cabeza en uno de los sofás naranjas y su madre sentada en una silla  con la mirada perdida en el oscuro balcón de esa maldita noche. La escena no podía ser mas desoladora y ella sin tener conocimiento de nada de lo que pasaba no se atrevió a articular palabra. Valeria cerro lentamente la puerta de la calle, dejo su bolso sobre una silla, movió lentamente sus piernas y solo pudo observar un objeto negro en el suelo. Era un pen drive y sin mas importancia se agacho y lo cogió para dejarlo sobre la mesa. Valeria no decía nada y solo oía los lloros de su padre y las lágrimas silenciosas de su mamá. En el momento que dejo ese objeto en la mesa, su padre se levantó  ciego de ira y gritando le dijo que lo viera, que descubriera las fotos que había visto por casualidad. Valeria no sabía de que le hablaba pero tampoco se atrevió a decirle nada, ni tan siquiera abrazarlo y tratar de tranquilizarlo.

Valeria no tenía idea de lo que podía contener ese pen drive pero no le dio importancia. Su padre acercó su portátil y le insistió a que lo viera. Valeria no quería, no se sentía con fuerzas para ver algo que al parecer era la causa de ese desastre que estaba sucediendo, para enterarse del motivo por el que las dos personas que más quería en el mundo se encontraban cada una en una esquina del comedor sin poder mirarse y con la cara llena de lágrimas. En ese momento su madre se levantó y le quito el dispositivo de las manos, se acercó a ella y la abrazó sin mas palabras que el perdón. Su mamá le pedía perdón entre sollozos y suplicas. Valeria ante tan situación, ante la confusión solo pudo levantar la voz y gritando suplicar que alguien le explicará lo que estaba pasando, que le dijeran que hechos tan terroríficos contenía ese objeto como para que sus papas se encontraran al borde del abismo.

Su madre no pedía más que perdón sin dar explicaciones, sin informarle de nada. Fue ese momento en el que su padre la cogió de la mano y le dijo mirándola con unos ojos bañados en sangre: -aquí están las fotos de tu madre con su amante en ese viaje a Ibiza que hizo para visitar a una amiga, aquí está tu madre con otro hombre que no es tu padre. Aquí está tu madre que no solo nos ha traicionado, sino que guarda esa traición de recuero-. Valeria echo a temblar, eran cosas que no le cabían en la cabeza, era una historia que no podía entender, era algo imposible, no podía ser; tenía que ser mentira. Hacía unas semanas que su madre había visitado a una amiga en Ibiza que se encontraba mal, eso es lo que dijo; es más eso es lo que a ella  le contó  cada día que estuvo en la Isla. Su madre le había mentido y no lo negaba, es más su madre lloraba y pedía perdón, pero no decía que fuese mentira como ella esperaba, su madre tan solo pedía perdón.

Valeria quedo en shock, no podía mirar a ninguno de los dos, ella se sentía traicionada. No pensaba ni en la traición de su madre a su padre ni del hecho en sí; tan solo podía pensar en esas mentiras, los engaños de su mamá a ella; se preguntaba ¿cómo podía ser?, y aún en ese instante junto a la taza del té en pleno centro de Londres, se lo seguía preguntando sin hallar más respuesta que el sonido de su yanto, cada vez más sonoro sin que las pastas llegaran a dar el más mínimo consuelo, ni a su ánimo ni a su estómago dolorido por la falta de comida en su cuerpo.

Después de haber apartado a su padre de su lado, quedando inmóvil en mitad del comedor, su madre se acercó repitiendo una y otra vez que la perdonará, se echó sobre ella con los brazos abiertos de par en par precisando un poco de cariño, no solo de su hija sino de sí misma porque no existe más traición que la que nos hacemos a nosotros mismos, de aquella de la que no hay perdón posible y menos aún salida.  

Su madre la rodeó con sus brazos, agarro ese pequeño cuerpo que era Valeria y la estrujo contra si misma, para impedir que su vida se le escapase, como si su hija fuese lo único que le quedará; como si su propia miseria pudiera limpiarse con las camisetas blancas de Valeria. Ésta cuando se vio atrapada por el cuerpo de su madre, sin posibilidad de salida y sin ganas de consolar a aquella persona que había destrozado cada uno de los pilares de su existencia. Intentando salir de allí, se revolvió con tal fuerza que empujo a su madre de un golpe en la cara de tal violencia que la desplazó perdiendo ésta el equilibrio y cayendo por el golpe en el suelo con la mala fortuna de que su cabeza dio contra el primer escalón de la escalera que subía al piso de arriba.

La caída fue brusca y de un impacto seco y duro, de la cabeza contra el suelo. De pronto el terror se adueñó de su cara y su madre en el suelo rodeada por un charco de sangre que emanaba de su sien. Su padre perdió la cordura, pero mantuvo una tranquilidad pasmosa y Valeria quedó inmóvil. Su madre se encontraba tirada en el suelo, con los ojos abiertos en blanco y la sangre brotando de su cerebro.

Su padre llamó a urgencias, pero Valeria aterrada, sin mas opción que la huida, cogió su bolso y desapareció. Valeria no recordaba bien lo que hizo durante los dos días en los que estuvo desaparecida, en los que nadie supo donde se encontraba. Su padre no solo tuvo que cargar con la traición, con su madre, con la policía; sino también con la desaparición de su amada hija Valeria.

Ya no podía llorar más, esa pesadilla la perseguía y jamás podría hacerla desaparecer, tendría que llevarla de condena por haber casi matado a su madre, por asesina; por tan inmenso crimen.

El té estaba frio y ya era la hora de ir a trabajar. Se levantó y salió de la teteria rumbo al restaurante que se encontraba una calle mas arriba.  Aceleró el paso porque no le gustaba llegar tarde a ninguna parte ni en esas circunstancias, por las que seguro  sería perdonada por Tania. No era su gusto y por eso avivó la marcha hasta llegar a la puerta de entrada del personal del “El Santander”. Nada más entrar se encontró con Tania, le cogió del brazo y como ya se encontraba todo el personal en el restaurante se la llevó directa al vestuario de mujeres. Tania se aseguró de que no había nadie y con cara de tener una gran noticia que dar, con cara de alegría cogió de los hombros a Valeria, la miró a los ojos y le dio esa noticia: -Valeria, me ha llamado tu padre y el quiere que te diga que se encuentra feliz porque tu madre en la mañana de hoy salió del coma-.


Valeria suspiró, aparto a Tania, le cambio el color del rostro, de pronto un chorro de sangre llenó su cabeza, apenas podía respirar, su bolso cayó al suelo, se quitó el anorak empapado en agua y con tan solo su camiseta blanca, sin mas ropas sobre ella, se dio la vuelta ante la mirada perpleja de Tania y se dirigió a la puerta y tras el pasillo de entrada salió a la calle. Valeria miró al cielo, respiró fuerte; lleno de aire sus pulmones y de agua su cara como si de una ducha se tratara. Se quedó inmóvil, a su cabeza llegaron todas las imágenes desde aquella noche; su huida, su marcha a Londres, la detención de su padre por la policía y la imagen de su madre tumbada en el suelo, el charco de sangre y los ojos abiertos en blanco. Valeria miraba al cielo y no sabía si lo que sentía era decepción o alegría.