sábado, 29 de abril de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP II- EL SILENCIO DE VALERIA


En silencio Valeria llegaba una vez más a esa estación londinense de Tottenham bajando del tren como lo hacía últimamente, sin mirar al frente, siguiendo tan solo sus pasos, uno tras de otro; sin apenas puntos donde detenerse. Valeria no camina por el mundo tan solo andaba de un sitio a otro huyendo de la vida, de esa que no quería para ella y que se le arrebato una noche de otoño, de una estación que no consiguió ver acabar.

Bajó del tren y cogida de su mano sin separarse de si misma caminó saliendo de la zona de los andenes donde tiene su llegada el Stanted Express. Sin correr pero a paso rápido se dirigió al metro, descendiendo a las entrañas de la ciudad por túneles y pasillos, de lo que a ella le gustaría fuese un camino sin final. A muchos metros de profundidad se sentía cómoda, aislada, ajena a la realidad e inmersa en la suya, en esa donde nunca sale el Sol y donde la rabia la domina y devora tanto amor como cultivo en otros años su corazón. Valeria estaba consumida, apenas pesaba cuarenta y pocos kilos, su piel se había apoderado de su rostro en su época redondito y suave como lo era el de su mamá. Tan parecida a ella, tan amigas antaño; tan alejadas y extrañas en el presente. Lejos del amor Valeria no sabía ni caminar.

Bajó en la estación de Notting Hill y camino durante al menos unos quince minutos, lo hizo lento, sin precipitarse. A Valeria no le apetecía llegar a esa casa que compartía con cinco chicas mas, todas de su edad aproximadamente. Tan solo mantenía relación algo mas que del saludo con su compañera de cuarto en el piso de arriba de la casa. Se trataba de April una chica danesa con la que charlaba en alguna ocasión, meramente cruces de palabras de la vida doméstica, porque Valeria no hablaba con nadie. Casi todos ya sabían algo de su situación y aunque sin ser conscientes de lo que a ella le trascendía, todos respetaban su silencio, no sentían pena por ella porque la admiraban. Dentro de su tristeza y su actual delgadez exagerada, Valeria conservaba una belleza distinguida, fina y elegante en las formas y una grandísima austeridad en su forma de vestir, en sus necesidades y deseos. Como ella decía cuando se le increpaba, cuando acabas con los deseos consigues la libertad. Esa forma de pensar la llevaba a los extremos más lejanos. A todos le llamaba la atención el contenido de su armario. Este se limitaba a siete camisetas blancas de manga corta de algodón blanco, cuatro jeans del mismo modelo, tres jerséis de lana gordos, un anorac de plumas y un abrigo con capucha. Su calzado se componía de tres pares de zapatillas Adidas blancas. Todo ello se complementaba con el uniforme de trabajo que usaba exclusivamente en el restaurante, calcetines y ropa interior de lo mas básico; siete sujetadores y siete braguitas blancas de algodón. Todo ese era su mundo de propiedades al que solo se lo podía añadir un ordenador portátil que últimamente no usaba y un teléfono móvil que empleaba de despertador y de reloj porque carecía de otro instrumento para saber la hora. Ese era el mundo de Valeria y su silencio, su mundo sin palabras, su vida con lágrimas en los ojos, sin ideas, sin pensamiento, sin opinión. Valeria no hablaba, tampoco callaba porque todo lo que tenía que decir, lo transmitía con su potente mirada.

No pensaba estar mucho tiempo en esa bonita casa de la que Valeria no daba importancia. Entraba a trabajar en un par de horas en “El Santander”, restaurante en el mismo centro de Londres en el llamado barrio del Soho junto al barrio Chino. Distrito repleto de restaurantes, de locales de copas, de pubs; el lugar mas propicio para pasarlo bien en esa ciudad que a veces era tan solo una diversión a la hora del pub, sobre las siete de la tarde cuando las oficinas del centro cierran y todos salen como ratas a tomarse sus pintas y a vomitar sus miserias en los concurridos pubs de esa decadente pero atractiva ciudad.

“El Santander” era un restaurante muy cotizado pues pertenecía a un conocido chef con estrella Michelin. Su fama se encontraba en ofrecer una cocina típica española con notas muy creativas y originales de Nacho el conocido chef. Todo lo que pasaba por sus manos lo convertía en oro porque en definitiva como ocurre con todas las cosas en este mundo, una vez que ganas la gloria social, ya todo llega de la mano, sin pensar; de éxito en éxito o en su adverso de fracaso en fracaso. Para Nacho todo eran éxitos y reconocimientos desde que obtuvo esa preciada distinción del fabricante francés de ruedas.

Valeria trabajaba en la cocina preparando alimentos antes de su elaboración, es decir: cortando y picando, aunque en el proyecto de Tania la metre y encargada de la sala, tenía puestas sus esperanzas en que atendiera a clientes. Le tenía mucho aprecio, quería a Valeria y tal vez la protegía, pues no en vano fue la persona que le dio el trabajo después de aquellos días que apenas podía recordar y menos aún al día de hoy contar. Tania era una amiga de su padre que la había conocido en el restaurante próximo a su oficina donde comía a diario y que como consecuencia de la apertura de ese restaurante fue a trabajar a Londres. El padre de Valeria le suplico ayuda para su hija en aquellos días en los que Valeria no existía, en esos en los que Valeria dejo de vivir y se prometió en matrimonio con la muerte.

Tania tampoco hablaba a Valeria, nada más que para darle órdenes e instrucciones de trabajo. Así lo hacían todos, no solo por respeto a sus deseos de limitar las comunicaciones, sino porque le tenían cierto temor a las reacciones de Valeria al tener constancia de alguna reacción desagradable de la misma.

Valeria odiaba todas esas vanidades que rodeaban al restaurante. Se reía cínicamente cuando veía como se cocinaban algunos productos con margarina y lo presentaban como típico español. Vio como unos calamares a los que llamaban crujientes con una emulsión extraña, los pasaban a la freiduría con margarina y que ese sabor raro lo identificaran con alguna creación maestra de Nacho el chef. Pero ni opinaba ni levantaba la mirada, tan solo le daba asco todo lo que rodeaba a la fabricación de comida cuando de lo único que se trataba era de alimentos. En su día lo hubiera criticado e incluso lo habría escrito en su blog, ese que se había hecho con cierta fama llamado “Valerinas”, es decir, las manías y cosas de Valeria. Blog que tenía olvidado, apartado de su vida en silencio, donde no cabía ni la palabra escrita en ese momento.

Saludo a April que se encontraba estudiando en su cuarto, entro al suyo el tiempo justo para dejar su mochila, sacar la ropa sucia, quitarse la ropa, coger una toalla y pasar al cuarto de baño común para las dos habitaciones del piso superior, es decir, para ella y April y a veces, para alguna de las otras compañeras cuando el baño de abajo se encontraba ocupado y entraba una urgencia. Se dio la ducha y de nuevo; pero limpio se vistió como llegó, camiseta blanca, jeans lavados, zapatillas Adidas blancas y el anorac porque siempre era posible que callera alguna gota de lluvia en esa ciudad habitualmente mojada por las nubes y por las lágrimas de tanto ser perdido entre sus calles, huidos de las injusticias o tal vez buscadores de felicidades soñadas.

Y otra vez en el tren, aunque fuese el metro hasta el Soho, era un tren que circulaba por las tripas de la ciudad. La vida de Valeria se movía entre túneles y caminos de hierro. Momentos sublimes donde aprovechaba su soledad ante la jauría humana, para pensar, recordar y muchas veces para llorar. Aquel día recién llegada de su amada ciudad de nacimiento, fue para llorar. No había visto a su madre en ese viaje, no estaba aún preparada, no conseguía quitarse de su cabeza los sucesos de aquel día de septiembre. Apenas vio a su padre, escasos vente minutos para oir sus súplicas sin que él se llevara contestación por su parte. Valeria no hablaba y a eso ya se iban acostumbrando. Ese viaje fue para tramitar documentación que le era necesaria y poco más. Fueron unas escasas setenta horas las que estuvo allí y a fin de no rozarse con nadie, las paso en casa de su abuela paterna que le permitía estar sin existir, sin dar señales de más vida que la de respirar. Su abuela no era culpable de nada, es más; sufría las consecuencias como ella y a diferencia de muchos otros entendía su penuria, su dolor. Su abuela lloraba y eso le acompañaba a ella. Prefería las lágrimas a las risas. Era muy triste pero así Valeria podía pasar la página de los días, pero no el libro, ese con el que le había tocado vivir para el resto de sus días.

Esa gente que por las mañanas dormitaba en el metro, a la hora de la tarde ya despiertas, estaban atentas a todo y sus miradas se fijaron en Valeria, en esos lagrimones que partían de sus ojos con destino desconocido, perdidos en nostalgias, culpas y reproches. No era odio, era terror, fraude, decepción; abandono. Valeria se sentía tirada, como ese perro en la gasolinera. No sentía amor por ninguna parte. Esa persona que se sentía afortunada por el amor en aquellas reflexiones en su primer día de universidad, ahora se sentía despreciada, apartada del mundo y ajena a sus movimientos.

Se puso a llorar y todos la miraban, pero Valeria que se había marginado de la mismísima realidad no percibía tal atención; no era consciente de que la pena había invadido a aquel vagón de metro, de sus gentes; de aquellos que ahora no pensaban en sus miserias sino en la lástima de Valeria.  A la mayoría seguro que le daba pena aquella chica de grandes ojos y sus lágrimas, otros por el contrario se consolarían pensado que ellos no eran solamente los desgraciados, que incluso las guapas lloraban, aunque es cierto que aquel no era el mejor momento de Valeria, sino que era su tránsito del todo a la nada, de la felicidad a las ganas de no estar, de ser invisible incluso para si misma.


Valeria ajena a los murmullos, a las miradas de los pasajeros del metro, siguió en su mundo del tren; no podía quitar de su pensamiento la cara de su madre aquel día tirada en el suelo, sin apenas poder respirar. No podía retirar de su mente ese momento en el que bajo un ataque de locura su mano se empotro en plena cara de su mama, en esa que tan solo había conocido por los besos que le daba. Valeria no podía respirar, tan solo recordaba el terror de su madre tumbada en el suelo, los gritos de su padre, las batas blancas, las carreras, las sirenas en la calle. Valeria no podía soportar esas imágenes y su locura, su fuga, su carrera a la nada. Valeria no quería vivir en ese momento, necesitaba que el tren parara, quería bajar y arrancar de su cabeza la cara de su madre tumbada en el suelo junto con un charco de sangre.



sábado, 22 de abril de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP. I- LOS RESTOS DE VALERIA


La mirada perdida en sus pensamientos, en esos en  los que últimamente se refugiaba huyendo de la realidad; soñando, pensando, añorando tantos pasos perdidos a pesar de su juventud y su corta edad.

A penas había puesto un pie en el mundo y ya se encontraba a la fuga mirando por esa ventanilla del Stanted Express, donde se mezclaban las gotas de la lluvia aceleradas con el movimiento del tren y sus propias lágrimas. La humedad de los cielos grises provenía tanto del frio exterior como de los hielos que colmaban su alma en aquellos días.

Valeria se había acostumbrado a llorar, ya no se quejaba cuando lo hacía, sus lágrimas prácticamente caían por la fuerza de la gravedad desde sus ojos recorriendo sus blancas mejillas, hasta caer sobre su pecho ahogando, si podía ser más; su débil corazón.

Este era su tercer viaje contando el de ida. Viajes de cortesía como ella llamaba, viajes para no profundizar en el vacío de la distancia de todo su mundo; viajes más frecuentes de lo propio gracias a las rebajas y saldos de esa compañía aérea llama Ryanair que a penas por sesenta Euros o menos, la trasladaban a precio de ganga desde su nacimiento a la muerte de su destierro en la ciudad de sus sueños. Viajes financiados por su papa o por su mamá presos de la crisis de conciencia causada por la traición a su hija, de lo que Valeria se aprovechaba sin miramiento alguno, sin lamentos pues su vida había cambiado de rumbo por la exclusiva culpa de esos seres que había amado más de lo necesario, o al menos como ahora pensaba entre lágrimas que no cesaban de caer; de forma inmerecida.

El tren avanzaba entre pueblos y ciudades muertas de ese país que en algunos de sus rostros parecía más un imperio en ruinas que ese otro cuya imagen se empeñaban en dar de modernidad y futuro. Edificaciones víctimas de la decadencia de una revolución industrial que quedó atrapada en otro siglo. Un viaje en tren cuya duración era incluso superior a la del vuelo entre Valencia y ese nuevo hogar buscado por Valeria, en su huida; en su repentina salida de ese mundo del que se sentía tan cómoda y orgullosa, en aquellas reflexiones el día de su puesta de largo en la Universidad.

Con apenas veintiún años cumplidos el mundo se le había demolido. Sabía de otras amigas que en lugar de buscar el confort de estudiar cerca de casa se habían marchado a otras ciudades e incluso al extranjero. Para Valeria ese no era el mundo en el que quería vivir, no era eso con lo que había soñado. Persona muy apegada a su familia y a sus cosas se le hundió todo aquello que quería cuando cayó en lo que creía, y todo se vino abajo, como lo hacen de golpe las fichas del domino. El golpe y luego una tras la otra hasta que todo ese fichero yace tumbado sobre el suelo. Así se encontraba Valeria, entre su nariz y el frio del mármol por donde pasaba, del calor de su vida rosa al del frío de la soledad. Truncada su brillante vida universitaria que apenas había saboreado durante un curso, si pudo demostrar que cuando quería podía y su expediente en tan solo unos meses ya era valorado por profesores y compañeros. Nadie lo entendió, salvo sus padres y sus amigos más próximos, Valeria no era persona de traiciones. Valeria no era mujer de infidelidades. Valeria se había hecho de la lealtad y se había conjugado a base de amor. Cuando todo tu mundo se hunde, tan solo cabe huir sin mirar hacia atrás, sin pestañear e intentar vivir en otros mundos o tal vez dejarte morir en ese mundo que ya no existe, del que fue despojada por tal vez el egoísmo, la inseguridad o la falta de amor de aquellos que mas quería en el mundo y aunque no era odio lo que sentía, si era el resentimiento el que la dominaba en esos momentos los cimientos de su vida. Valeria siempre se había presentado como una mujer de básicos. Una mujer de camiseta de algodón y vaqueros lavados. No precisaba mas para vestir al igual que su alma no necesitaba adornos verbales para saber lo que la emocionaba y que era lo que sus instintos buscaban para sobrevivir.

El tren se acercaba cada vez más a su destino de la Tottenham Hale Station, allí tomaría el metro hasta su casa, o mejor dicho su habitación con vistas compartida con cinco personas más en las proximidades de Hyde  Park. En ese barrio tan conocido y que parecía pertenecer a otra ciudad llamado Notting Hill. La casa se la había buscado su padre a través de Aitana, una amiga suya del Twitter, esa red social que tanto le gustaba y que vivía en esa ciudad. Aitana ante la llamada de éste con desesperación, le encontró una casa de color blanco rosáceo en el corazón de ese barrio próximo a Portobello Road donde los domingos ponen ese mercadito tan romántico por la película de su mismo nombre. Tenía que bajar del tren en Totteham y coger el metro hasta Nottin Hill, Gate Station.

Valeria seguía con su mejilla pegada a la ventanilla del tren, mezclando sus lágrimas con la lluvia, abandonada por su mundo y acogida por otra donde la madurez tuvo que ir aprendiéndola a golpe de cuchillo en el restaurante donde trabaja, El Santander; otro enchufe de su padre de sus clientes de hostelería que la habían recomendado para el trabajo de pelar verduras, limpiar pescado y preparar carnes de todo tipo a pesar de su veganismo cada vez mas radical. Se negaba a comer nada que tuviera padres, obsesión que se incrementó por los sucesos que hacía pocos meses habían cambiado su vida y la habían trasladado del rosa de su habitación a las florecillas llenas de polvo y de la moqueta que cubría las paredes de su nueva habitación. Una habitación con vistas, pero no al mar, sino a Hyde Park.

Repasaba cada detalle para impedir que las lágrimas se convirtieran en lloros y quedar en evidencia ante todo el tren, pero por más que lo intentaba, Valeria no podía soportar su propia existencia, no había terminado nada desde su puesta de mayor y ya estaba pelando patatas como único destino que en ese presente le esperaba.

Valeria no solo sentía lástima por el cambio de rumbo de su vida,  le lloraba la vida con las lágrimas del alma, le crujía hasta lo mas profundo de su corazón. En cada una de las habitaciones de su pecho, había pasado un huracán cuando tan solo estaban construidas para las brisas del mar. Valeria se sentía morir a sus escasos 21 años de edad, en ese tren que le trasladaba del Aeropuerto hasta una casa de un lugar donde nunca había pensado vivir, donde no se encontraban esos seres que la habían sustentado la vida emocional y materialmente. Valeria estaba sola. Valeria había perdido la vida en aquel rincón de aquel día en el que por una casualidad supo que sus padres se iban a separar.

Valeria dejo de lagrimar y se puso a llorar, cubriendo toda su cara de negro. Chorros oscuros que bajaban desde sus ojos hasta su boca sin ganas de limpiarse; sin ganas de vivir cuando el tren paro y las puertas se abrieron en la estación Londinense de Tottenham Hale.




domingo, 9 de abril de 2017

VALERIA UN AMANECER PERDIDO -CAP VI- VALERIA UN RETRATO VACÍO

Ya veo a mi Valeria, sentada en su pupitre abriendo esa carpeta que le preparé con la ilusión de un padre que contempla a su hija como su vida empieza a amanecer. Que se hace mayor, y que uno de los más grandes pasos de la vida se inician para recorrer un largo camino. Ese estrecho espacio que existe en la vida, que debemos cruzar tratando que las caídas sean las menos posibles.

Te miro y observo mi amor, mi niña, mi todo, lo más grande que he creado en el mundo, mi mayor obra, el fruto del amor. Y te veo en un rincón, como a ti te gusta cuando empiezas a dar nuevos rumbos en tu vida. Siempre te ha gustado pasar desapercibida, enroscarte entre tus brazos, sujetar tu cuerpo para que no se te escape el alma. Ese alma blanca y pura que tienes, pero que se filtra  por un pequeño hueco de  tu mirada.
Mi amor, mi vida. Te siento en la distancia, como si estuviera ahí junto a ti, acurrucado a tu lado, siempre cerca y vigilante para evitar que cualquier sufrimiento invada ese enorme corazón que late en tu pecho.

Valeria, mi niña, sigo cada noche dándote un beso antes de dormir, al despertar y en cualquier momento que te acercas a mí. Te tengo en mi mente durante cada segundo del día. Así con tu carita dulce, con mirada baja pero con esos ojos desafiantes y auténticos. Con tu melena, que apenas deja ver tu rostro, y que despejas, cuando solo tú decides, cuando quieres darte en cuerpo y alma dejando ver tu bondad, tu sensibilidad, pero también a esa persona fuerte, segura de si misma y orgullosa de lo que es y de lo que siente.

Mi niña de labios frondosos, carnosos, exuberantes, que invitan a besar y a ser besados. Mi amor, hoy ahí, sola, como en tantas ocasiones, pero firme, con tus fuertes convicciones, con la consciencia de que la soledad sonora, no es una soledad encontrada, sino una soledad buscada llena de armonía, de paz y de libertad.

Valeria, hija mía. Esta mañana cuando saliste de casa, tempranito como sabes que me gusta, te di un fuerte beso y me lo correspondiste. No quería dejarte marchar, deseaba estar contigo. Como tampoco lo quise aquel día en el jardín de infancia, donde te sentiste traicionada y abandonada. Quiero que sepas que yo tal vez sufrí mucho mas que tú, porque tan solo alejarme de ti unos metros, no tenerte a mi lado, ya es sufrimiento.

Mi amorcito, como me conoces, como sabes lo que me gustan las celebraciones. Como no puede ser así cariño. Como quieres que no celebre cuando llegaste a mi vida, cuando te salió tu primer diente, cuando dijiste papa, en tu primer día de colegio donde al salir te encontraste en la puerta con todos aquellos que pensabas que te habían abandonado. Tu primera menstruación, también es de celebrar, te hiciste mujer, mi mujercita. Cuando te dieron tu primer beso, que yo con los míos quería limpiarlos de tus labios, porque soy un padre celoso y siempre me amarga el miedo de perderte y como no voy a celebrar tu primer día de universidad, mi niña puesta de largo, eligiendo su camino un poquito empujada por mí.

Mi preciosa niña con la que tantos momentos he pasado. Con la que me ha llenado por completo esta vida, la que ha tintado de color un fondo de grises, la que ha dado tanta felicidad, por ser como eres, por vivir con el corazón en la mano, con sentimientos dispuestos a entregarlos con todas tus fuerzas, sin dejar la mas mínima esencia sin regalar por tu generosidad desmedida.

Mi princesa Valeria, no te importe lo que nadie piense de ti, que no te preocupe parecer una mujer débil, sensible, tímida, introvertida. Tu papi sabe que no, que eres fuerte, que sabes caminar sin apoyarte, en ese camino tan difícil que es la vida, pero que con tu bandera pintada de rosa, podrás vencer los obstáculos que seguro encontrarás y de los que ya tienes alguna experiencia.

Ahora que empiezas a caminar por ti sola, no puedo dejar de recordar aquellos momentos tan dichosos, cuando jugábamos en el parque, cuanto te subías a los columpios. Esos sábados que te despertabas antes que yo porque te gustaba venir conmigo al hiper a hacer la compra, y te sentaba en el carrito, y los dos hacíamos que algo que a la mayoría de la gente le molesta, le aburre, fueran momentos de diversión y de plenitud. Recuerdo cuando te cambiaba tus pañales de niña, cuando paseábamos por las calles en tu carrito o con la mochila sobre mis hombros. Mirabas de vez en cuando hacia detrás para comprobar que seguía ahí, que era yo quien lo empujaba, que no te perdía de vista.

Recuerdo mi amor, cada día que te dejaba en el colegio, en todos me sentía que no  quería huir y  dejarte, llevarte conmigo. Por eso los fines de semana eran tan intensos, juntos como a ti te gusta decir, disfrutando de cada instante. Y en esas vacaciones, que aunque a veces mal planeadas por mi locura de la puntualidad, se hacían eternas, pero llenas de belleza y de amor, porque todo da igual, como dices Valeria, porque estábamos juntos.
Después cuando te hiciste mayor. Entrabas y salías tu solita, y me gustaba, porque empezabas a ser independiente, a decidir por ti misma, a empezar a usar la vida. Si usarla, porque la vida sino se usa, se utiliza, y la vida es para vivirla como tu elijas, como tú la quieras usar sin que nadie te utilice.

También recuerdo Valeria, aquel día que te rompieron el corazón, que te destrozaron el alma y nada podía hacer yo más que abrazarte, arrancarte ese sufrimiento y quedármelo yo, porque siempre he puesto y pondré mi vida sobre la tuya, y no puedo, no soy capaz de verte sufrir, y no se que hubiera hecho con ese mal nacido que te abandonó, que te traicionó cuanto tu se lo habías dado todo. Le habías dato tu corazón y abierto toda tu alma, con esa generosidad sentimental que te hacer ser Valeria, mi amor, mi vida, hija mía. Desgraciado será quien te lastime, quien te haga daño, porque no hay más dolor que el abandono, el desprecio, el castigo inesperado, como el que tu sufriste, y me sentí impotente, incapaz de hacer nada más que lo que sé. Abrazarte, darte todo mi apoyo, porque siempre me tendrás, como yo siempre te tengo en mi memoria
.
Mi niña, mi amor, mi sueño mas querido, cogido a tu mano, sintiendo cada paso de tu corazón por tus venas, paseando por una calle, un parque, o simplemente jugando en casa sobre los sofás naranjas, encima de mi, tu papi querido que aspiraba cada milímetro de la esencia de esos momentos vividos, con el más bello fruto que jamás haya creado.

Así es mi querida Valeria. Cuánta razón tienes cuando hablabas de la cantidad de casualidades que tuvieron que darse para que llegaras a este mundo, aunque como tú dices, tu alma ya vivía antes que tu existencia. Tantas circunstancias encadenadas con fortaleza una a una, tuvieron que sucederse, para que Valeria mi amor llegaras a este mundo, trayendo armonía, haciendo de mi vida, una realidad sonora, como una romántica canción francesa de los sesenta.

Cariño, se me nubla la vista, la cara se me enjuaga de lágrimas al pensar que cualquiera de esos eslabones que fueron precisos para que tu existieras, se hubiera perdido por el camino, y no te tuviera, aquí tan cerca, tan amada, mi Valeria.

Tus risas, tus llantos, tu forma de hablar precisa con cuidado y meditando cada palabra, pero tan espontanea cuando quieres sacar tus sentimientos.

Dicen que el amor a un hijo es el único que nunca tiene fin, que perdura toda la vida. El mío hacia ti, no solo no tiene fin, sino que será eterno, trascenderá a la vida y a la muerte. Algún día se convertirá en una nebulosa, flotará en el espacio entre las estrellas, porque es infinito como el universo.

Así te veía cuando empezaste a crecer, cuando tomaste tu estilo propio, tan genuino, tan de Valeria. Con esas camisetas un poco grandes para tu cuerpo delgado y tus vaqueros, cualquier prenda te sirve, porque eres bella, por dentro y por fuera, porque eres guapa, la más guapa mujer que camina por la Tierra. Eres la chica de los vaqueros, los inventaron pensando en tí, y esas deportivas o esas sandalias de madera haciendo que cada paso tuyo se sintiera como te agarras al suelo con firmeza. Desde que tomaste estilo propio, siempre has vivido con naturalidad, como te enseñamos, y lo aprendiste, y has vestido de esa forma, espontanea, libre sin prejuicios un poco gipilondia, la Jane Birkin del Siglo XXI. Lo recuerdas mi vida, como te lo decía cuando te ponía alguna de sus canciones, que aunque no entendíamos sus letras, a los dos nos gustaban, nos atraían, porqué si algo has sacado de mí, ha sido el romanticismo, el amor idealista, la platónica visión del mundo, entender la vida como un sueño bronceado por el amor.

Cuantos eslabones se tuvieron que unir, que encontrar casi por casualidad, para que tu llegaras al mundo. Cuantas circunstancias inimaginables  tuvieron que coincidir para que tu madre y yo nos conociéramos, para que enlazando eslabón tras eslabón nacieras fruto de esa unión. Cuantas cosas impensables tuvieron que suceder para crear ese círculo mágico que creó tu vida.

Valeria, hija mía, también tienes que saber otra cosa. Tanta fuerza de la naturaleza, todas esas circunstancias que parecen fruto del puro azar. Tanta energía cósmica empleada para unir eslabón tras eslabón y crear esa cadena, a pesar de su aparente fortaleza, en cualquier momento, en cualquier instante, sin esperarlo, sin desearlo; es frágil, y  con un simple girón maldito de la vida, se rompe, aunque sea por un agujerito fino que poco a poco se va limando, se destruye, la unión se rompe, y la magia desaparece. Sin quererlo, sin esperarlo, a traición; se rompe vida mía, y lo que parecía la unión más solida jamás conseguida, desaparece entre la nada, soltándose esa cadena, que se unía, eslabón tras eslabón.

Como olvidarlo vida mía. Tu sufriste esa ruptura, cuando te llegó inesperada, por la espalda, como una puñalada trapera. Cuanto sufriste y cuanto te cambió. Sabes que lo sufrí contigo, y como tú, no me he recuperado, tampoco seré el mismo. Mi alma se dobló por mil partes, crujiendo en cada doblez como un ladrido de dolor, que dificilmente me permitía mantenerme en píe. Porqué tu dolor es  mi dolor multiplicado por tres. Cada lágrima que se desprendía de tus ojos, cada suspiro que emanaba de lo mas profundo de tu cuerpo, me golpeaba y golpeaba dejándome sin aliento. Vida mía, se rompió tu cadena, los eslabones que la magia del amor habían unido. Te sentiste perdida, uno y otro día; y esa herida que no tiene cura, la llevas contigo, por eso ya no eres la misma. Podrá cicatrizar pero la marca dejada queda de por vida. Tampoco soy el mismo. Ahora somos nosotros los que necesitamos esos empujones para que de vez en cuando, sin poner voluntad alguna, se nos pueda arrancar una sonrisa. Esa tristeza que solo se siente cuando llora el alma, es una condena perpetua, que yo hija mía, nunca hubiera querido que  tuvieras que experimentar.

Cuando se rompe ese maldito eslabón y tira por tierra toda la cadena. Esa soledad no deseada te cubre todo por completo. No puedes ni caminar, te falta el apoyo. No sabes donde ir ni donde mirar, porqué antes toda era fácil, mirabas con otros ojos. Cuando se pierde ese eslabón, no encuentras el norte ni el sur, ni el este y el oeste; la brújala que te orientaba en la vida se ha perdido; como tu y yo mi amor, mi niña, mi Valeria; perdidos en el espacio, sin rumbo. Ya nada tiene el mismo sabor, los colores son oscuros, los olores primaverales desaparecen y la música pierde su armonía. Es la nada vida mía. Ya no tiene sentido, respirar, escuchar, oler; vivir.

Aunque te parezca muy triste Valeria, hija mía; no lo es. Tu has sido afortunada, has vivido el amor con toda su plenitud. Has tenido la oportunidad de entregarte en cuerpo y alma. Eso es alegría, has usado tu vida; tu vida soñada bronceada por el amor, y debes saber que no todas las personas han tenido esa fortuna, esa suerte de experimentar la unión de esa cadena, el encaje de las almas gemelas, de encontrar a tu media naranja. Es felicidad aunque no te lo parezca, porque es dificil de encontrar, y aunque no hay otra que pueda encajar, te quedan tus vivencias, tus recuerdos; y esa es tu riqueza, porque son tuyos y de nadie mas.

Ya no somos los mismos. Seguimos por la vida y nos movemos por pura inercia, impulsados por el rebufo, porque todo no se acaba, aunque sea mucho lo perdido, lo más preciado, nuestro mayor tesoro, hay que seguir respirando y caminando apoyándonos en los recuerdos, en la nostalgia, que no es tristeza; es un estado de plenitud y de felicidad. La riqueza de las personas, está en sus recuerdos, en los momentos vividos.
Hija mía, nunca sabes cuándo se perderá ese eslabón, nunca estamos preparados para la pérdida, para el fracaso y menos aun cuando intentamos como podemos, aún a riesgo de no conseguirlo, tenerlos engrasados día a día. Intentar que cada momento sea especial, porque la fortuna del amor debe regarse a diario, debe mimarse para que cada día siga creciendo aunque a veces pensamos que las cartas cuando están sobre la mesa están presas, y eso no es verdad.

Hoy , después de recordar y repasar tus vivencias, pienso en el futuro, que será de tu vida, hasta donde llegarás, aunque al final sé que tú  has llegado muy lejos. Lo más importante en la vida, es lo que eres como persona. Los éxitos profesionales o económicos no son más que fugaces haces que deslumbran durante un corto espacio de tiempo y luego desaparecen sin más. Ser persona, y ser buena persona es el gran triunfo, y tu eso ya lo has conseguido. Recuerda las palabras de tu padre que tantas veces te ha repetido: "no es malo ser bueno". Si esa mochila que en definitiva es la vida, y que vamos llenando con cada paso que damos, introduces bondad, simpatía, amistad, amor, sinceridad, respeto; triunfas. Esas son las personas que deberían ser la portada de las revistas y de los periódicos, las que tendrían que aparecer en algún capítulo de un libro de historia. No es así, esas personas, salvo excepciones, pasan desapercibidas, no se habla de ellas, no son objeto de ninguna portada. Y tu eres así, mi querida hija. Una mujer discreta, amiga de tus amigas, generosas con quien se lo merece, y el gran amor de mi vida.

Parece que te estoy dando otro discurso. Recuerdas Valeria, esas noches que antes de dormir te metías en la cama, allí los tres juntitos, y os gustaba que os hablara de algún tema, y cuando me interrumpíais, yo os decía: -callaros es mi discurso- y las dos calladitas con los ojos bien abiertos escuchabais cualquier historia que me inventaba, y poco a poco, vuestros parpados se iban haciendo más pesados y terminabais dormidas profundamente; y yo os miraba y os daba el beso de buenas noches.

Todavía, ahora que ya eres toda una mujer, y te miro en un retrato, me sigues pidiendo que te cuente alguna historia, y te pegas a mi y me miras sin pestañear, pero tus ojos no son los mismos, han cambiado, no es que sean más tristes, es que la vida te ha dado un golpe difícil de recuperar, pero estas ahí, y seguirás tu camino intentando esquivar cada bache que en la vida te encuentres, y no se si te habrás hecho más fuerte, no lo creo, pero podrás contarlo como yo lo estoy haciendo, y lo vivirás con una bonita sonrisa en tus labios frondosos siempre dispuestos a besar.

Yo, hija mía, miro ese marco y no me despego de tu mirada penetrante. Esa mirada que parece que lo ve y lo siente todo, y llevo tu foto en mi cartera siempre ahí guardada cerquita de mi corazón, para verte en cada momento, mirar tu cara fruto de un amor, que es su camino perdió uno de sus eslabones.

Calló a la tierra, no sé si oxidado por el tiempo, por no haber sido bien cuidado o porque alguien lo cortó. Pero ese eslabón del milagro de la vida se perdió y con él toda la cadena. Esa cadena de milagrosas casualidades que poco a poco fueron formando ese círculo donde yo te esperaba.

Valeria, soy feliz, por tenerte en mi pensamiento y en mi corazón. Por seguir dándote un beso al amanecer y antes de dormir, por llevar tu foto en mi cartera. Con la pérdida de ese eslabón, tú que ya tenías nombre antes de nacer te quedaste en el camino, sin poder completar esa cadena, y yo aunque estoy aquí pensando en ti, también me quede roto en el suelo, esperando impaciente tu llegada. Tú que ya existías con tu  alma,  por la pérdida de ese eslabón nunca llegaste a nacer. Pero estas viva, porque yo te tengo siempre presente y porque te amo. Te amo mucho Valeria,  y serás feliz, porqué naciste en el cielo entre temblorosas alas de ángeles que ríen.


Un beso Valeria, hija mía.



sábado, 8 de abril de 2017

VALERIA UN AMANECER PERDIDO -CAP. V- VALERIA EN BLANCO Y NEGRO

Dicen que los sueños son deseos que queremos que se hagan realidad. Durante estas horas no he estado soñando, he estado recordando, dando rienda suelta a unas gotas de nostalgia, de melancolía. La diferencia entre soñar y recordar, es que los recuerdos son deseos que han pasado, sin embargo los sueños por mucho que algunos los queramos hacer realidad, son eso, intentos de que se cumplan los deseos. Mis recuerdos además los llevo grabados en mi pecho, son reales aunque contados con el corazón. Dos personas pueden haber tenido una misma vivencia y recordarla de forma muy diferente. Recordar repitiendo exactamente esa vivencia porque la tienes en la memoria. O recordar esa misma vivencia, junto con las emociones que te ha aportado la misma, o los sentimientos que te ocasiona el volver a vivir en la memoria, ese mismo momento, ese instante inolvidable, esa gota de tu pasado que a veces se convierte en una lágrima.

Lagrimas a flor de piel son las que yo tengo en este momento. He pagado y me dirijo a la puerta que me conducirá a clase. Siento un dolor en el pecho que no me deja respirar, y en mis ojos se forma una niebla húmeda, trasparente que gotea sin parar. Estoy llorando.

A mi memoria llegan imágenes de otros años, de otros momentos, de la niñez, del primer día que fui al jardín de infancia, de cómo me agarré a los pantalones de mi padre, como sentía que me abandonaban, que me dejaban sola entre esos otros niños y unas señoras que lanzaban sus brazos hacía mi, para cogerme, para robarme. Y yo lloraba, gritaba, como si se me escapara el alma, como si esas personas tan maravillosas que hasta ese momento me habían cuidado,  que no se habían separado un segundo de mi, me dejaran, me abandonaran. Sentía que nunca los volvería a ver, que me traicionaban. Y cogía  también a mi madre, y me apreté a su brazo,  no la soltaba, y me decía que me lo pasaría bien que jugaría con otros niños. Y me soltaba, quería hacerme una foto, y no entendía nada, me dejaban, me abandonaban, y aún así quería hacerme fotos de mi desgracia, de mis lloros, de esa angustia que se siente cuando te abandonan, cuando te dejan, sin saberlo, sin tenerlo previsto. Ese vació interior que se revuelve en un sin fin de giros de emociones contradictorias,  donde la soledad, el abandono es lo único que sientes. Desprenderte de lo que mas quieres, es sufrir un dolor que atraviesa lo mas profundo del alma, y mas si te dejan, te abandonan. El mundo se hace feo, se hace todo horroroso, se quitan las ganas de vivir, de respirar, ya nada será igual. El abandono  es el peor de los sentimientos. Es una frustración, es rechazo, es pérdida, es quedarse acurrucada en un rincón sin querer levantar la cabeza, sin mirar hacia ninguna parte, cubriendo todo tu cuerpo con tus brazos para ahogarte en una agonizante lluvia de lágrimas que se deslizan como la sangre de una herida.

Porque las lágrimas son la sangre del alma. Cuando el alma es dañada, cuando está dolida, cuando es maltratada, cuando es abandonada; sangra por los ojos, y se siente en un llanto vacio, descarnado. Infame castigo el abandono, cobarde, miserable y destructivo. Así yo cogida de mi padre y de mi madre, no les soltaba, y me sentía abandonada por aquellos seres que en ese momento para mi, me despreciaban, me traicionaban, arañaban con unas finas uñas cada centímetro de mi corazón. Y mientras, unas señora rubia con ojos de loca, riendo sin parar, decía -vente bonita conmigo-¿quien era?, porqué querían que fuera con ella, porque ni mi padre ni mi madre me cogían, porqué no me libraban de esos ojos infernales que alargaba su mano hacía mí, y me arrastraba, y mi cara contra él suelo caía, y no hacían nada. Que estaba pasando, porque no me libraban, porqué se apartaban y se alejaban de mi. ¿Porqué me castigaban?.

La agonía duro, no sé, cuatro, cinco, seis horas, o muchas más. Una eternidad, un infierno de lágrimas y de angustia me invadió durante todas esas horas. No paré ni un segundo, me sentía en un sitio extraño, rodeada de niños jugando con lápices de colores, y esa mujer de ojos saltones que no paraba de gruñirme para que me callara. Y era insufrible, no lo podía evitar, había sido tirada allí por mis padres, mis personas más queridas. Habían sido ellos y solo ellos los que me habían dejado, y era imperdonable, y como niña tan solo podía manifestar mi angustia con las lágrimas. Lágrimas que eran de pánico y también de odio. No recuerdo otro momento en que los haya odiado de esa forma tan visceral, tan profunda, tan enérgica.

Pasaron esas terribles horas, y yo, ya sin gritar pero con las lágrimas cayendo de mis ojos, ya no como una tormenta, sino la lluvia persistente de un día de otoño, de pronto, sin esperarlo, sin saber que esa tortura tenía un final, de pronto y sin avisar, esa señora de pelos rubios mal peinados, de ojos saltones como sacada de una película de terror, me cogió de la mano, y yo se la retiré, el pánico me invadía, ¿donde me llevaba?, ¿que quería hacer conmigo?. Me tomo en brazos, no sin recibir alguna patada mía, y me sacó fuera de esa habitación plagada de mocosos que se metían los dedos en la nariz, y al parecer antes de la hora, fuera de ese infierno pude ver que al otro lado de la puerta se encontraba mi madre. Se me apareció la luz, había vuelto, no me había dejado. La señora de ojos saltones, que me llevaba en volandas, me puso en los brazos de mi mami. Me cogió fuerte, me apretó junto a su cuerpo, note cientos de latidos de su corazón. Me apretó mas y mas, me besó, secó mis lágrimas que de nuevo se convirtieron en tormenta. Puso mi cabeza sobre su hombro y con sus manos me daba unas palmaditas en la espalda, no se si para consolarme o para avisarme de que había sido mala, que no me había portado bien.

Salimos de ese edificio de los horrores, y ya en la calle, fuera de la mansión del terror, allí, con los brazos abiertos se encontraba mi padre saliendo del coche que había dejado en doble fila. Me llamo por mi nombre, ¡Valeria,Valeria amor mío!, ¿amor suyo?, si me había dejado tirada entre brujas y niños diabólicos, como podía decirme eso. Seguí llorando, y aunque todavía quedaba algún rastro de odio en mi interior, de los brazos de mi madre, los primeros que había sentido después de aquel horror, me cogió me lleno la cara de besos, y lloró, y compartió sus lágrimas con las mías, y mi madre también nos abrazó, como si ellos también quisieran compartir mi angustia, mi dolor, pero sentí tanto amor, el amor del hogar, que las lágrimas se deslizaban por mi rostro, sin odió, sino con felicidad. ¡Y sorpresa!, del coche también salió mi abuela paterna. No comprendía nada, ¿porqué estaban todos allí?, no sabía que fuera un día especial, que comenzaba algo que iba a durar muchos años, y mi abuelita, también me cogió, y lloraba más que nadie, y me comió a besos, tantos que ya no era capaz de digerirlos, y la abracé, tan fuerte como pude, con tan solo cinco años. Me habían rescatado tras abandonarme, y no lo entendía. No comprendía que ese momento, en que por primera vez salía del nido familiar, todos habían sufrido durante esas eternas horas tanto o más que yo.

Pero mi sorpresa no acababa con esos abrazos, de repente, mi madre empezó a sacar del coche, una muñeca, un osito, otros regalos que ya no recuerdo, y no entendía nada. El dejarme allí tirada, sin su protección, sin sus cuidados; tenía recompensa, tenía premio. El premio que no siente el apremiado, porque no había regalo alguno que calmara mi dolor, como ese ramo de flores que te manda tu novio cuando la noche anterior te dice, que no seguimos, que quiere romper, que no quiere seguir contigo.

Qué  momento más extraño para recordar lo que ha sido mi única relación con un chico. Vaya momento éste. Mientras estoy aquí entrando por la puerta de este edificio buscando entre empujones  que clase me toca.

Ya he contado que hasta ahora había tenido dos relaciones que se puede resumir a una, porque la primera fue un pequeño rollito que no duró más de cinco días. No dejó huella en mi, tan solo fue una experiencia que terminó como empezó, mal. La otra relación fue mucho mas intensa. No duró mas de seis meses, que parece poco, pero ahora me parece una eternidad. Fue el año pasado. Un chico de clase que me enamoró por su persistencia. No sabía quién era, en clase más o menos éramos el mismo número de chicas que de chicos, pero cada día en mi pupitre, entre mis papeles, cuando estaba descuidada, me dejaba una nota. En algunos casos eran poesías de amor, otras hablaba de mi, de lo que le gustaba, de como sufría su corazón cada vez que le miraba. Yo no sabía quién era y empecé a tener una curiosidad casi paranoica. Durante las clases no miraba al profesor, no atendía lo que explicaba; me pasaba las horas mirando la cara de cada uno de los chicos para intentar descubrirlo.

Sospechaba del que me miraba al mirarlo yo, del que me sonreía, el que me saludaba al llegar a clase, del que me decía adiós al salir. Estaba en un mar de dudas y con una sensación de incertidumbre que me gustaba. Pasados unos días, cuando incluso ya me empezaba a molestar tanta notita anónima, al salir de clase, de repente, siento que una mano se posa sobre mi hombro. Se trataba de un chico que conocía de hacía bastantes cursos pero que no habíamos mantenido una relación más allá de un saludo o de una conversación tomando un café. De repente, tintada toda su cara de color de rojo, me dice que era él. Que me estaba mandando notitas ya hace tiempo que si las había leído. Yo como me había quedado un poco impresionada por el momento, le dije que sí, que eran muy bonitas y le pregunté por el motivo. Me dijo, que ya hacía dos años que estaba enamorado de mi, que le gustaba muchísimo pero que como nunca coincidíamos en ninguna reunión, ni los amigos eran comunes, nunca había podido decirme lo enamorado que estaba de mi. Me quedé de piedra. Varios años y yo sin notar nada, sin sentir que unos ojos te miran, que le gustas a alguien, y eso que según dicen las chicas tenemos un sentido especial para detectar esas cosas. Me preguntó que si me apetecía tomar algo, y yo como estaba todavía dentro de toda esa confusión e impactada por la noticia, le contesté con un si, que ni yo lo pude oir.

Ya en la cafetería, le deje hablar. Yo no sentía en ese momento nada por él. Nunca me lo había planteado, ni me había fijado. Me gustaban las notas de amor que me dejaba, soy sensiblona con ese tema, pero como no le había puesto rostro a esas palabras, no sentía nada. Habló y habló sin parar, no se si por nervios o porque de una vez se había liberado mostrándome su corazón, y me gusto, lo que decía, lo que hablaba, su tono de voz, su timidez liberada. Le sonreía, y tras unas dos horas empezaba a gustarme, mas aún me estaba colando por él.

Cuando llegué a casa, no podía dejar de pensar en otra cosa. Primero llamé a mis amigas y alucinaron. Después se lo conté a mi madre. Primero se quedó sin palabras, hizo un té, y las dos nos sentamos en el sofá naranja de casa, juntitas con una manta sobre las piernas porque a las dos nos gustaba, y como niñas no paramos de reir, ella feliz por mi, y yo como una tonta. Como una enamorada, que se ríe sin sentido y no para de decir estupideces. Y me pregunto que como era, que como lo había conocido, si nunca me había fijado en él; y mientras contestaba, no me lo podía creer, tan solo me había tomado un café con él, y ya necesitaba verlo de nuevo, oir su voz, poner su foto en mi mesilla, en mi cartera.

Conforme subo estas escaleras que se me están resistiendo después de estar no sé cuantas horas en esa cafetería, sigo recordando aquella tarde. A mi madre fue muy fácil decírselo, no sé bien, éramos madre e hija, pero también hermanas y me sentía más suelta con estos temas con ella que con mi padre, con el que tengo toda la confianza del mundo, pero no se, es otra cosa, y así ocurrió.

Cuando a las dos horas de la noticia de que tenía novio, bueno que había conocido un chico, pero para mi ya era mi novio para toda la vida, llegó mi padre y por supuesto que no se lo pensaba ocultar. Mi madre, que siempre ha sido muy borde, no hacía más que pincharme, de cómo se lo diría, que si se lo iba a presentar, que se iba a volver loco. Hasta que llegó mi padre fue una auténtica tortura. Entró por la puerta, y como siempre nos dio un beso a cada una. Mi madre estaba haciéndose otro té y algo de cena, aunque no era lo habitual, lo normal es que cocinara mi padre, desde pequeña le he visto ir a la compra, hacernos la comida el domingo para toda la semana, hacer la cena. Y no le era un sacrificio, le encantaba. Los sábados por la mañana siempre hacía la compra en el hiper. Se levantaba pronto y feliz porque todo eso forma parte de un hogar, se iba a comprar, y cuando podía, la mayoría de las veces, yo de pequeña le esperaba el sábado por la mañana despierta para irme con él, me encantaba que me subiera en el carrito de la compra e ir subida en él por los pasillos del hiper. Después llegar a casa, sacar la compra que eso lo hace mi madre, almorzar juntos, y como todos los sábados ir a comer a casa de mi abuela paterna junto con mis tíos y alguna vez mi prima. Así era y sigue siéndolo. Luego por la tarde, o nos íbamos de compras o al cine, a cenar a algún sitio. Ellos siguen haciendo esas mismas cosas los sábados por la tarde, a veces también se van de copas, y yo hace tiempo que por la noche los sábados voy con las amigas, pero en muchas ocasiones no me apetece y sigo haciendo esas mismas cosas que hacía desde pequeña. Hiper por la mañana, comida en casa de la abuela y luego por ahí con mis papis, porque son mis mejores amigos.

Yo estaba pensando en el momento que mi padre entro por la puerta cuando conocí a mi novio, y bueno me he ido por las ramas y ya casi estoy llegando a clase. Es lo mismo. La mayor de nuestras libertades es pensar lo que queramos, otra cosa es poder o querer expresarlo. Bueno, volviendo al inicio. Mi padre entró, nos dio un beso mi madre estaba en la cocina y yo sentada en el sofá naranja mirando la tele o mejor haciendo como que la miraba. Mi padre empezó a mosquearse porque mi madre no paraba de toser de canturrear cierto nombre, y de pronto mi padre que no se había quitado ni la corbata,  puso la cartera en su sitio y se sentó. Dijo: -de aquí no me muevo hasta que no me conteis alguna de las dos lo que está pasando-. Mi madre desde la cocina, decía que ella no tenía nada que contar, pero que Valeria lo mismo si. Mi padre se sentó a mi lado, muy juntito a mí para ponerme más nerviosa, e insistió, ¿que me tienes que contar?. Mi madre seguía en la cocina, pero de vez en cuando echaba un vistazo al comedor, y al vernos tan juntitos, se moría de risa. -Mira papi- le cogí de las manos, -es que he conocido a un chico, y me gusta-. Mi madre cotilleando desde la cocina y mi padre sin soltar mis manos las fue abandonando poco a poco, se quedaba sin fuerzas, el nudo de la corbata le impedía respirar y un color rojo se le subió a la cabeza, que mas que eso parecía una gran calabaza recién sacada del horno. Respiró a duras penas, soltó mis manos, se aflojo el nudo de la corbata, se levantó, se quitó la chaqueta y la colgó en una silla, se dirigió a la cocina y sin dejar de mirar a mi madre que tenía dibujada en su cara una sonrisa muy tonta, abrió el frigorífico y cogió una cerveza. Después sin soltar palabra, de nuevo se sentó a mi lado, bebió un trago importante de la cerveza y cuando ya se encontraba un poco recuperado, me dio un beso y me pidió que se lo contara. Y lo hice, y cogió mis manos de nuevo, ahora las apretaba, y le gustaba lo que le contaba, de sus ojos comenzaron a caer unas poquitas lágrimas, y me miro sin pestañear, y llorando se acercó  a mi cara y me dio un gran beso. Un beso que limpiaba otros besos, los ajenos, pero sabía que era feliz, porque era una historia bonita, porque no le había ocultado detalle y también era feliz de verme enamorada aunque con el temor de que ese chico alguna vez me hiciera sufrir, lo que al final así ocurrió.

Mi padre, que yo sabía que para él esto era un golpe, se puso a llorar ahora a pleno pulmón, sin dejar de preguntarme: -Valeria, hija, ¿porqué te has hecho mayor? ¿porqué?.

Después de hacerse esa pregunta una y otra vez, y abrazándome tan fuerte como si algo se le escapara, como si estuviera perdiendo algo tan valioso como su propia vida, ya mas tranquilo, me empezó hacer cientos de preguntas; que como era, que como lo había conocido, si era guapo, si me quería mucho, si quería que lo matara..¡¡jajaja!!. Cuando le comenté que lo acaba de conocer, que no había tenido con él mas contacto que un café en una cafetería, su pregunta era normal: ¿y ya es tu novio?. Claro es que la mama desde la cocina no hacía más que decir con un tono de cachondeo: -¡Valeria tiene novio!-¡Valeria tiene novio!. Graciosilla. Pero no le faltaba razón para mí ya era mi novio, y eso no era algo que pudiera extrañar a mi padre, es el más creyente del mundo de los flechazos, de los amores a primera vista. Este lo era, pero tanto como a primera vista, no. A mi me tuvieron que dar la vista para fijarme en este chico, tuvo que llamar la atención con sus notitas y sus palabras, sino hubiera sido así, lo normal es que jamás me hubiera fijado en él. Mi padre por supuesto que ya quería conocerlo. Que lo invitara a casa a cenar o en un restaurante. Le tuve que frenar los pasos, no había hecho más que conocerlo, pero la ilusión, la mágica sensación del amor se había apoderado de mí, y es cierto, estaba deseando que lo conocieran mis padres, de mostrar al mundo entero que estaba enamorada, y que él era el amor de mi vida.

Después de ese primer contacto, donde yo ya me encontraba totalmente enamorada, los días se sucedieron entre paseos cogidos de la mano, de besos entregados y recibidos. Noches de cine con las manos entrecruzadas, para que no se escapara nada de nosotros. Días en clase sentados juntos, mirándonos sin importarnos nada mas en el mundo. Fantasías detras de cada esquina que me hacían vibrar, sentir latir su corazón y romperme el mío con la magia del deseo y de la necesidad de la persona amada.

En esos primeros días todo era perfecto. Ese amor lo compartí con mis padres, no les estaba privando de nada mío, ni una gota menos de cariño. Lo compartía con ellos, para que también participaran de mi felicidad, para que mi dicha la sintieran, aunque como no puede ser de otra forma, algo les restara de mí, pero poco, siempre encontraba el momento para la recompensa.

Como deseaba compartirlo, y mi padre estaba deseoso, impaciente por conocer a ese chico que le estaba robando a su pequeña, a su Valeria, ideas suyas, porque siempre seré su Valeria. Concertamos una noche para salir los cuatro juntos a cenar y así poder presentárselo. Mis padres propusieron que lo trajera a casa, pero a mi me pareció mas relajado cenar en un sitio público, un sitio neutral donde todos estuviesen mas relajados.

Esa noche llegó. Mis padres llegaron por un lado y nosotros por otro, para evitar una repentina llegada de él sin nadie donde apoyarse. Según me contó mi madre, varias horas antes mi padre no hacía mas que dar vueltas por la casa. Se sentaba en los sofás naranjas y se levantaba. Salía a la terraza y se fumaba dos o tres cigarros. Volvía a entrar y se tomaba una cerveza. De nuevo se sentaba, se levantaba, salía, entraba, otro cigarro, otra cerveza. Estaba nervioso y celoso, en esos momentos lo odiaba, pero a su vez lo quería, porque a mi me quería. Se tuvo que tomar unos tranquilizantes, según cuenta mi madre para poder aguantar el encuentro con el hombre que me amaba, con el chico que había secuestrado el corazón de su niña, que hasta ese momento era exclusivo de él.

Como no podía ser de otra forma, mis padres llegaron antes al restaurante, uno elegido por ellos, nos invitaban. Llegaron como media hora antes, por si se perdían los postres. Entramos por la puerta, miramos entre las mesas, y allí estaban los dos cogidos de la mano. Más bien, mi madre sujetaba la mano temblorosa de mi padre. Nos acercamos, mi novio y yo hacía la mesa y comprobé como de reojo mi padre lo examinó de arriba abajo y de derecha a izquierda, lo que se dice un examen rápido y completo. Empuje a mi novio hacia la mesa, pues también tenía sus nervios, mis padres se levantaron, se hicieron las presentaciones y nos sentamos. Yo solo miraba a mi padre y una especial ternura me cubría , como una sábana de cariño al verlo, allí sentado y con los ojos enrojecidos.

Después de unos momentos de silencio, que yo trate de llenar hablando de mi novio, de sus estudios de sus origenes de sus ambiciones, todo se relajo a la hora de pedir la comida, el vino. Conversaciones la mayor parte triviales, como no puede ser de otra forma en ese primer encuentro, y todo empezó a funcionar con más tranquilidad, con menos carga sentimental.

Al finalizar, yo me fui con mi novio a dar un paseo y mis padres a casa. Al parecer les había gustado. A partir de ese día, todo fue mucho más natural. Mi padre y mi novio tenían muchas conversaciones sobre la vida, y él pasaba muchas tardes en casa, por lo que su presencia ya era algo habitual y la normalidad se dejó  caer entre todos nosotros.

Ya había llegado a la puerta del aula, pero estaba cerrada, por lo que encontré un huequecito en un banco repleto de otros estudiantes para de nuevo esperar, y  recordando ese primer encuentro y los días posteriores me doy cuenta de que constantemente he nombrado a ese chico como mi novio. Si me gusta la palabra novio. No esas alternativas del chico con el que salgo, del amigo fuerte, del compañero. No, era mi novio. Teníamos una relación más allá del compañerismo o del salir a la calle juntos. Era mi novio y no hay nada mas que hablar.

Pasados unos meses también quería presentarlo al resto de la familia, era mi novio y quería pasearlo, presentarlo, exhibirlo. Un sábado, como todos a medio día, fuimos a comer a la casa de mi abuela paterna, y vino él. Allí estaba mi abuela, mis tíos y mi prima, y por supuesto mis padres. Esa experiencia fue mucho más fácil. Mi abuelita materna se alegra de las alegrías ajenas y más si son de su nieta. Y no solo eso, le encanta estar rodeada de gente, de que nos reunamos todos juntos, de que haya conversación, que se hable y se disfrute de cada momento en familia. Es muy familiar, y no puedo evitar decir lo que la quiero, media infancia la pasé entre sus brazos, en su casa, jugando con ella, cuidándome mientras mis padres trabajaban. Mi nacimiento la hizo rejuvenecer, mas aún de lo que está a pesar de su edad. La hizo sentir de nuevo experiencias que ya había tenido con mi prima, pero la diferencia de edad fue para ella un rejuvenecer. Como siempre dice, los niños son la alegría de la casa, y mi nacimiento fue el mejor regalo que mis padres le pudieron hacer. De nuevo se sintió útil, necesitada y encantada de tener a alguien que cuidar. Si, media infancia la pase a su lado y la tengo siempre en mi corazón, y la visito todo lo que puedo, además de los sábados a comer, porque cuando le doy la sorpresa de llamar al timbre de su casa y decir que soy Valeria, se vuelve loca y al abrir la puerta me regala un ramo de besos y abrazos, como los que a mí me gustan. Esos besos sonoros. Los besos sentidos con el vértice del alma.

Y así pasaron dos, tres, cuatro meses desde que tuve novio. Cada vez pasaba más tiempo en casa. Repitió en muchas más ocasiones la comida del sábado en casa de mi abuela. Y pasaron esos meses y otros mas, paseando, yendo al cine, saliendo por la noche, estudiando en casa, en clase; y yo no necesitaba nada mas, tan solo pasar el máximo tiempo posible con él. De repente llegaron unos días donde yo lo encontraba extraño, distante, como en otra parte cuando estábamos juntos. No le di importancia, también era época de exámenes, y era normal que tuviera la cabeza en varios sitios a la vez. Al contrario que pasaba con mi familia, a la suya tan solo la vi en dos o tres ocasiones. Tampoco le di importancia, toda la gente no va a ser igual que yo, y él familiarmente era más desprendido, había tenido una infancia y una relación familiar diferente.

Cada vez venía menos a casa, mis padres me preguntaron si pasaba algo, yo no sabía que contestar pues nuestros encuentros también se limitaron y no quería alarmarlos. A veces salía de casa e iba a estudiar a casa de una amiga y yo les decía que estaba con mi novio. No los quería hacer sufrir, pero mi dolor empezaba a notarse, la tristeza en mis ojos y sin poder evitarlo las lágrimas; y eso ya no lo pude evitar.

Mi padre quería hablar con él, me habían pillado llorando sola en mi habitación, tumbada en la cama sobre la almohada, que hacía a su vez de colchón de mi pena, del vacío que empezaba a sentir, de la tristeza marchita que te corroe todo el cuerpo, del abandono, de la pérdida. No deje a mi padre hacerlo. Sé que una vez lo llamó por teléfono, y no se si fue para bien o para mal, su intención era protegerme y por lo tanto no cabe discusión.

Yo harta de llamadas sin contestar, de preguntas sin respuestas o con evasivas innecesarias; ¡era mi novio!, ¡le había dado todo de mi!, no lo entendía. No comprendía el alejamiento y las miradas cruzadas sin detenerse el uno en el otro. Yo lo quería como el primer día. Yo lo amaba con toda mi alma, y no entendía nada. Ningún suceso extraño había pasado, nada para que tuviera esa actitud hacia mi, ¿que le había hecho?, me preguntaba una y otra vez.

Después de varias semanas vacías, donde estábamos juntos pero él muy lejos, a muchos kilómetros de mí, de su boca salieron las palabras que nunca quise oir. Unas palabras para la que no estaba preparada, no las había ni imaginado, ni me había planteado como una posibilidad; me dijo que me dejaba, que no quería seguir junto a mi, que estaba empachado de mi presencia, que le había robado su libertad, que me fuera con mi papá, que necesitaba aire para respirar, que había ocupado todo su espacio. Que se había dado cuenta que no me quería.

Rota como una flor acechada por el viento, me quedé sentada en ese  banco del parque al lado de mi casa, cuando lo ví levantarse, marcharse, sin un adiós, sin nada, tan solo un movimiento y en un instante ya no estaba.

No lo podía creer. Le llame cientos de veces a su teléfono y no recibí contestación, lo llame una y otra vez hasta que mis dedos ya no acertaban a marcar su número. Estaba paralizada, sin creerlo, pero sin poder moverme. Vacía por dentro y por fuera. Despreciada, abandonada, sin sus poesías, sin sus besos, sin su mano sobre la mía. Me encontraba destrozada, cobijada entre mis lágrimas tapadas por mi melena, y sola, ácidamente sola; con esa soledad que no es la buscada.

Inmóvil allí sentada, paso una hora y otra hora. Hacía frio pero no sentía nada. Llegó la noche y pasaron mas horas. Ya era media noche y yo seguía allí clavada. Mi teléfono empezó  a sonar, miré de reojo, sin la esperanza de que fuera él, sabía quién era. Eran mis padres, era tarde y yo siempre avisaba cuando me iba a retrasar en llegar a casa. Y no contesté, sabía que les estaba haciendo sufrir, que mi silencio les haría pensar lo peor, que había tenido algún problema. Insistieron llamando, y yo sin responder. Solo esperaba en ese momento que me llamara él, pero eso no pasó.

Pasaron otras horas y no cogía el teléfono. Sabía que a él también le estarían llamando y que tampoco contestaría. ¿Porqué les estaba haciendo sufrir?, no lo sé. Era la primera vez que hacía primar mi sufrimiento sobre el suyo. No me importaba nada ni nadie. Estaba abandonada, y ese sentimiento es el más doloroso para una chica como yo, que siempre ha sido cuidada y querida.

Las cuatro de la mañana, y de repente, y no sé  porque razón y como lo pudieron saber, que de repente sentí una mano sobre mi hombro, y más manos sobre mí. Eran mis dos papis, con su cara tapada por el miedo abrazando lo poco que quedaba de mi, intentando alentarme, darme aire, acariciando la nada, porque yo no era nada en ese instante. Y ahí estaban como siempre. Sin malas palabras, con su silencio sonoro, con sus labios besando mi cabello, y sujetando mi corazón para que no se escapara, y doloridos, incluso más que yo.

Solo oía ¡hija mía!, ¡Valeria mi niña!, ¡Valeria mi amor!. Como pudieron me levantaron, me cogieron en brazos. No podía caminar, de repente no cabía en este mundo, estaba rota, encogida, desarmada y muy desgraciada.

Como pudieron me llevaron a casa. Esa noche, ya casi madrugada, mi madre se quedó conmigo tumbada en el sofá naranja. Juntas abrazadas y sin mediar palabra.

Mi padre, sentado en el suelo todavía no había superado el miedo de esas horas sin saber de mí. No había digerido lo que había pasado, dejó pasar esa noche, casi madrugada, sin palabras.

Pasaron días, semanas, sin prácticamente moverme. Estudiaba un poco, algún día iba a clase, pero él nunca estaba, había desaparecido entre la nada. Mis amigas me protegieron, me ayudaron a pasar esos exámenes. Estudiaban conmigo en casa, y prácticamente a la fuerza metían cada examen en mi cabeza.

Desde entonces, ya no soy la misma, aunque sigo creyendo en la poesía, en el amor puro y romántico. En las palabras hermosas y los besos sentidos.

Por fin abrieron el aula. De repente todos querían entrar a la vez. Yo a la espera, para buscar una esquina un rinconcito donde sentarme, donde quedarme a solas.

Sigo adelante y he llegado hasta aquí, gracias a mis amigas que tanto me apoyaron, que con su esfuerzo pude aprobar la selectividad, y sobre todo porque mis padres se merecen este esfuerzo, el seguir viviendo,  de una forma u otra. En la nostalgia y en la melancolía. Todo este esfuerzo es por mis papis. Los que nunca me fallaron ni me fallaran. Lo hago por los dos porque me amáis desde aquél día siete de septiembre de hace dieciocho años. Os quiero.


Hoy, aquí sentada en mi rincón, en un pupitre cercano a la pared, abro esta carpeta con la que se inicia esta nueva etapa de mi vida. Hoy papi, empieza mi primera clase de derecho. Tú has elegido por mí, cuando yo no era capaz ni de mirarme al espejo. Espero pasar contigo y con mama muchas horas estudiando juntos, porque eso es lo que quiero, porque eso es lo que tengo. Los tres juntos como siempre. Comienzo esta carrera de Derecho, pero no estoy sola: estamos JUNTOS.



sábado, 1 de abril de 2017

VALERIA UN AMANECER PERDIDO -CAP IV- VALERIA VOLANDO ENTRE SUS SUEÑOS

Por fin llego el camarero y me puso mi café con leche sin más comentarios, parece que va aprendiendo a comportarse, a saber estar y no intentar conseguir con sus palabras lo que no estoy dispuesta a dar, ni una sola sonrisa de más. Las sonrisas como el cariño, como el amor; son bienes escasos, creo que debemos suministrarlos con moderación, cuando es oportuno y a la persona que se lo merece, y no a cualquiera que aparece por la calle.

Soy pura contradicción, por un lado quiero ser exclusiva y por otro lado también necesito gustar a todo el mundo, y eso no es bueno, te crea un nudo en el estómago y una locura mental, que a lo único que conduce es a estar siempre nerviosa, a sufrir en cada momento la situación, como estar, como quedar. Eso me ha hecho mas introvertida, tener pánico a lo no previsto, a lo que no tengo planeado, y sinceramente no sé de donde me ha salido esa parte de mi personalidad, algo habré heredado pero también algo habré adquirido de la sociedad.

Desde el momento que salimos a este mundo, son tantas las cosas que nos influyen que realmente el resultado es fruto de multitud de hechos y acontecimientos. No podemos estar siempre justificándonos con nuestros padres, que durante nuestra infancia nos pasó esto y lo otro o que nos educaron de una determinada forma. La vida social, el contacto con otras personas, las relaciones de amigos y actitud con la que nos presentamos ante el reto de la vida, tiene mucho que ver, e influye y todo ello junto nos hace como somos, el resultado de una vida.

Hasta ahora mi vida ha sido corta, acabo de cumplir los dieciocho y como dice mi madre practicamente acabo de nacer, que a partir de ahora me pasaran muchas mas cosas, que acabo de salir del nido y empiezo a volar.

Pero no quiero volar, creo que me estoy aferrando a esta silla de la cafetería y no me quiero levantar, quiero quedarme como estoy, que el mundo se pare. He sido tan feliz en la mayor parte de mi vida, quisiera solidificarme, que nada cambie y desde ésta mi posición privilegiada, ser una espectadora de los demás, pero no quiero volar.

No, esa no es la actitud que debo tener. No puedo ser una simple espectadora sin participar en la vida, sin poner mi granito de arena, aunque sea muy pequeño, que mi paso por el mundo haya servido para algo. No pretendo hacer grandes cambios en el mundo, ni mucho menos, pero si formar parte de otras vidas, de ser querida y recordada por algunos como alguien que en determinada forma les influyó. Yo desde pequeña, no he sido una niña ni una mujer con un gran número de amigas. Dos o tres a lo máximo. Como he dicho dosifico mis sentimientos y aunque el corazón sea grande y quepa mucha gente como algunos dicen por ahí; yo prefiero dar mis dosis concentradas. Por eso, cada vez que quedo con las amigas, y alguna de ellas dice que vendrá una amiga de otra amiga, ya no me encuentro cómoda, no soy nada frívola, no me va nada las conversaciones absurdas, las tonterías que se dicen cuando hablas con personas que sabes que en dos o tres horas no las vas a ver jamás, o no van a formar parte de tu vida, me gusta lo auténtico. A veces me tachan de aburrida, de solo importarme temas trascendentales, que me planteo demasiadas preguntas, que me complico demasiado la vida. Puede ser verdad, por eso he sido y soy poco de salir, de restringir el paso de cualquiera por mi corazón, porque como he dicho, sus latidos solo lo escuchan las personas que quiero y me importan.

Ya hay demasiada gente por aquí, parece que cada vez esta màs próxima la hora, que el reloj va avanzando, y la verdad se me está haciendo más corto de lo que esperaba, aquí yo liada con mis pensamientos.

Tanta gente que incluso se acerca un grupo de chicos y chicas que al parecer se conocen y se van a sentar en la mesa de al lado. ¡Por Dios! como si no hubiera otras más lejos, tienen que venir aquí a pegarse a mí. Lo mismo son veteranos que durante otros cursos este era su sitio y yo se lo he quitado, pues que se jodan.

Me están mirando uno de ellos. El típico pijito con melenita perfectamente cortada, sueter de marca y vaqueritos de los caros. Nunca me he preocupado mucho por mi aspecto. Mis padres no podrán quejarse de que he sido una niña caprichosa con la ropa. Me pongo cualquier cosa, que este bien, pero nada de marcas. Soy de camiseta, vaqueros y deportivas. Tengo montones de camisetas y vaqueros, pero porque los cuido durante años a veces pasan los meses sin comprarme nada. Pero, para eso está mi madre, que tampoco es de cosas caras, pero cuando ella quiere comprarse algo, le gusta que le acompañe, y yo me apunto la primera. Las dos cogidas del brazo. Una tienda, un probador, otra tienda a probarse de nuevo, y al final lo mismo salimos las dos con tan solo una cosa para cada una. A veces, sobre todo los sábados o viernes por la tarde, mi padre nos acompañaba de compras, el pobre las odia, y sobre todo no comprende el probarse tantas prendas y después lo mismo no comprar nada. Lo ponemos malo. Como se pone malo con el tema de las fotos. Mi madre es incansable. Desde que nací debe de haber miles de fotos mías y suyas, y de los tres. A mi me hacía y me hace ponerme ropas diferentes, posar, hacer posturitas, saltar y tomar la foto durante el salto. Y claro no sale bien a la primera, ni a la segunda, ni a veces a la tercera. Hasta que la foto no queda como a ella le gusta no para, es incansable. Lo malo es cuando mi padre nos tiene que hacer la foto, se lleva unas broncas de escándalo, no le sale una a su gusto. Yo sufro por él, que ha cortado las piernas, que en la siguiente con los ojos cerrados, o ha salido temblorosa. Como no van a salir temblorosas, sin el pánico le invade cada vez que mi madre quiere que haga una foto. Gracias a esa obsesión de mi madre, puedo recordar cada día de mi vida, la tengo fotografiada.

Casualmente el más pijin de la panda se acerca y parece que me va a decir algo. ¡Y no me preguntes porque!, pero si, su boca pija parece que me va a soltar alguna pijada:

-Hola me llamo Luis.....no pretenderá que me levante y le de dos besos, lo tiene claro.

-Encantada.

-¿Y tu?.

-¿Yo qué?.

-¿Que como te llamas?,

¿Quién yo?.

-Si, aquí que yo vea no hay nadie mas.

-Yo Valeria,  ¿querías algo?.

-No, solo preguntarte si esa silla está ocupada.

-Espero que no, como has dicho, aqui no hay nadie mas, que yo sepa.

-Entonces,¿ la puedo coger?.

-Por supuesto, como también puedes coger una de esas veinte que tienes delante.

El capullo se ha ido con el rabo entre las piernas. Tiene todas las sillas libres de la terraza y al parecer le gustaba la de mi mesa. Quería hacerse el super, como yo digo, el lider de la pandilla, si le sigo la corriente hubiera continuado con mas preguntas, de que si soy nueva, de donde soy y todas esas chorradas para terminar diciéndome que me sentara con ellos que no siguiera sola, como si el estar sola fuera un problema. Yo se montármelo muy bien, se pasármelo bien yo solita sin necesitar a nadie, pero hay gente que no, que necesita el rebaño, y entre todos uno hace de pastor, como al parecer es el papel de este tío, que, ¿cómo se llama?, ya ni me acuerdo.

Se nota que todos han tenido unas vacaciones de playa, estan super morenos, menos yo que como este año lo pase en el pais donde nació mi madre, pues eso, blanquita, aunque lo mas seguro que mis vacaciones han sido mas hermosas que las suyas, que las he pasado con las personas que mas quiero, y además más lejos que yo seguro que no han estado, pero claro, si quiero que lo sepan tendré que darles conversación unirme al rebaño, y por ahora no me apetece seguro que tendré en un par de días unas cuantas amigas, y si me apetece lo contaré.

Mi padre dice que toda la vida son unas vacaciones, porqué la vida son las vacaciones de la muerte. Dicho así queda un poco siniestro, pero tiene razón. Antes de nacer nada existe y cuando morimos regresamos a la nada. Por eso todos los días son vacaciones. En mi familia no somos demasiados creyentes. Mi madre es bastante agnóstica y mi padre, tiene creencias pero no las practica. Yo no se muy bien en lo que creo. Sinceramente no me va el rollo de las religiones, ninguna en concreto, pero pienso que esto no se puede acabar aquí, ¿que sentido tiene?, algo pasará después. Todas las religiones te dan una explicación de lo que pasará tras la muerte, pero ninguna de ellas da explicación alguna de donde estabamos antes de nacer.

Al parecer nuestro nacimiento es fruto de la biología, del milagro de la vida como dicen otros, pero si el origen de mi vida solo tiene una explicación biológica fruto del azar, la vida y la muerte no pueden tener otra explicación que la biológica. Que mis padres tuvieran la casualidad de conocerse y que los espermatozoides de uno se liaran con los óvulos de la otra; es pura biología, por lo tanto, ¿en que momento nace el alma?. No creo que los espermatozoides y los óvulos tengan alma. Entonces ¿cuando llega el alma?. Esa es una de las cosas que mas me pregunto cuando pienso en la religión o puramente en la razón de mi existencia. Como el cuerpo es un elemento perecedero que con los años se va consumiendo, es el alma la que persiste, según dicen algunos, o se reencarna en otro cuerpo como dicen otros. Entonces el alma ¿cuando aparece?. Cuando nacemos, cuando percibimos con los sentidos, cuando razonamos. Si es así el alma es algo adquirido, que se nos pega en determinado momento. Entonces antes de que llegue ese momento ¿donde estaba el alma? ¿mi alma nació antes que yo?, ¿se la quité a otro?. Son tantas las preguntas sin respuestas que para eso dicen está la fe, creer en algo sin hacerse más preguntas porque es algo que existe y no cabe discusión. Estoy de acuerdo, pero para mi, que pienso que esto no se acaba con este periodo vacacional, pienso que mi alma ya existía, que todas las almas nacieron a la vez, y que las ponemos de vacaciones durante la vida y luego siguen su trabajo tras la muerte. Si a alguien se le hubiera ocurrido esta deducción, seguro que existirían mas creyentes, lo que no es razonable es que el nacimiento sea un fenómeno biológico y de pronto se convierta en sagrado.

Creo que el principio del razonamiento no es correcto. Mi padre se equivoca. La vida no pueden ser las vacaciones de la muerte, yo pienso que es una realidad diferente, que las auténticas vacaciones están antes y después, porque sino vaya forma que tenemos de complicarnos esas supuestas vacaciones. Tenemos que estudiar, trabajar, consumir, comer, beber; buscar petroleo. Esto no pueden ser unas vacaciones, lo que es posible que sea, es el momento donde al alma que ya existía se le da forma, se le pone cara y personalidad, se da identidad al ser humano como único e irrepetible. Eso si que tiene sentido. Bueno, ¡¡sentido!!, no me lo creo ni yo. Lo que realmente pienso es que nacemos, existimos unos años, y nos vamos, ¿a donde?, y yo que sé, pero es una pregunta que hasta el mas agnóstico se la ha hecho alguna vez.

Esto ya se esta animando cada vez mas, ahora si parece un campus universitario. Hay cientos de jovenes que van de una lado a otro, y sobre todo se saludan, se abrazan, se besan. Es posible que la mayoría de ellos no se hayan visto en mas de dos meses. En la cafetería ya no cabe un alma, y de esta forma, yo aquí en mi rinconcito, cada vez paso mas desapercibida. No me mira nadie de forma especial, no les alarma mi soledad buscada. Estoy ausente ante sus ojos deseosos de encontrar cada uno a sus compañeros, a sus amigos. Yo por ahora no tengo a nadie, los tendré, pero necesitaré tiempo. No voy a buscar. No soy como las personas que provocan un acercamiento sin pedir permiso, sin llamar antes a la puerta para saber si son bien recibidos. Yo tengo mis amigas fuera de aquí, mis amigas de toda la vida, y no necesito a nadie mas, aunque tampoco me voy a cerrar. Todo ira bien, y llegará el momento de conocer gente, eso pasa casi sin querer, por lo que no hay que precipitarse.

Hoy es mi primer día y debe ser un día de celebración, de felicidad. Otro día para celebrar. Mi padre es especialista en celebrar fechas que para él han tenido algún significado especial en su vida. A veces se pasa, está bien el celebrar un cumpleaños, un aniversario. Pero no, mi padre lo celebra todo: el primer día que conoció a mi madre, el dia que se dieron el primer beso, el día que vino mi madre a esta ciudad pues no fue aquí como dije donde se conocieron por primera vez, donde un rayo atravesó el corazón de mi padre y lo dejo hipnotizado hasta el día de hoy. El flechazo, como él dice, conoces al amor verdadero. A ese amor que perdurará toda la vida aunque pase cualquier contratiempo, cualquier problema que sesgue ese amor. El amor que le permite respirar cada mañana, afrontar la vida con optimismo y felicidad. El que le enseña cómo mover cada piedra que se cruza en su camino y le enseña cual es su destino. El amor para él es un estado y no solo un sentimiento. El sentirse diariamente enamorado de mi madre. El amor que siente por mí. Es su horizonte su atardecer y amanecer vistos desde una playa desierta donde, como él dice, se produce el milagro de la vida, el encuentro entre dos corazones que hasta ese momento se hallaban perdidos, buscando el uno al otro y al final se cruzan y se unen para la eternidad.

Y sigo con las celebraciones. Imaginar lo que pasa conmigo que soy el fruto de ese amor. Celebra el día que dí mi primer paso, el día que dije papá, el que dije mamá, mi primer día en el jardín de infancia, el día de mi primer día en el colegio, cuando me salió el primer diente, y así podría llegar a ocupar casi todos los días de año, con repetición en alguno de ellos. Mi primer día en la universidad, es día de celebración seguro y después vendrán otras celebraciones.

Igual que cuando hay alguna celebración anual. En Navidad se vuelve loco. Las disfruta cada instante, cada momento. Pone luces en la terraza de casa, el árbol ayudándole las dos aunque termina mi madre, porque él es poco manitas, eso de hacer cosas con las manos no le va absolutamente nada es mas bien torpe. Después el ir a comprar la cena y la comida de Navidad, donde todos nos juntamos en casa de mi abuela paterna, que ésta si que tiene un pedazo de árbol. Se levanta a las seis de la mañana, recoge a mi abuela que ya tiene sus años pero la invade de esa ilusión que el tiene, y se van al mercado a hacer las compras. Y los regalos, lo mismo, cada uno por su lado para  mantener la incertidumbre, y de nuevo la noche de reyes, donde yo creo que vuelve a ser un niño o recupera bonitos recuerdos de su infancia; nos hace poner a nosotras, a mis tios y a mi prima, los regalos al lado de un par de zapatos de cada uno. Y a la mañana siguiente, casi al amanecer, nos despierta a todos para que a la vez abramos los regalos. Vive cada momento como si en cada suspiro se le escapara un trozo de vida. Tanta es la pasión que a todos nos contagia y realmente provoca lo que dicen llamarse el espiritu navideño. Todos los años sigue su ritual. Comida los tres el día de noche buena y el de noche vieja en un restaurante antes de ir a cenar a casa de mi abuela paterna. Mandar mensajes de felicitación a todo conocido o por conocer. A mi y a mi madre nos gusta verlo con esa ilusión, sentir su felicidad, compartirla con él, porqué su felicidad es la nuestra, aunque yo no haya salido tan apasionada como él, soy un poquito más tranquila, como mi madre, de mas silencios y menos truenos.

En fallas, más de lo mismo. Nos mata. Los tres últimos días de fallas nos hace ponernos un blusón el típico pañuelo, y a la calle desde las doce de la mañana hasta las doce o mas de la noche. Quiere verlo todo, sentir en su cuerpo la fiesta. Cuando a veces mi abuela materna viene por esas fiestas, ya es la locura. El mismo ritual con mis dos abuelas, las agota, las mata. Es un deseo incontrolable de compartir, de disfrutar con la escusa de la fiesta, que todos estamos juntos, que estemos pegados los unos a los otros, y como no podía ser de otra forma, en cada uno de esos momentos aparece la mami con la cámara de fotos, y otros cientos de fotos que luego se pasa horas y horas mirando. Esa necesidad de fotografiar, es un deseo de eternizar cada momento, de repasar cada instante vivido, y eso sí darle unas cuantas a mi abuela materna, que aunque no haga fotos, las colecciona como joyas, porque luego a la vuelta a su casa, allí tan lejos cuando esté junto  a su soledad no buscada, las mire y las mire una y otra vez y se las enseña a sus amigas, orgullosa de la familia que tiene y la suerte de poder viajar y darles un poquillo de envidia, que también le gusta.

La hora se aproxima, no quedan más de cuarenta minutos y ya no recuerdo cuantos llevo aquí, pero pasó rápido. Aún me queda tiempo para un último cigarro y unas cuantas páginas para completar esta libreta. Ya pocas. Necesitaría cientos y cientos de  libretas para contar lo que hasta ahora ha sido mi vida. Sus vivencias más destacadas, mas inolvidables, pero son tantas como días porque he sido tan feliz, y lo seguiré siendo me imagino; esto no es más que una nueva etapa, para poder seguir poniendo negro sobre blanco el destino que se me avecina.

Que morenos están todos ¡por favor!, y yo blanca como la leche. Este ha sido uno de esos veranos pasados en la ciudad donde nació mi madre, pero existieron otros veranos, donde yo podía competir con el mas dorado que pasa por aquí.

En mi vida han existido tres clases de vacaciones, sucediéndose de forma rutinaria. Ya conté con anterioridad, que una de ellas era como la de este año, cuando viajábamos al país donde nació mi madre y lo pasábamos allí con mi abuela materna. Otro de ellos, eran vacaciones exclusivas de los tres. Solos, juntos y sin nadie más. Estas vacaciones podría decir que eran las más morenas. Absolutamente de playa y sol en su totalidad. Mi padre y mi madre se conocieron en una playa del sur. Mi padre fue sólo a pasar unos días de vacaciones y allí se encontró durante un atardecer a mi madre. Mi madre trabajaba en un restaurante y por casualidad mi padre se sentó en la terraza, como yo estoy en estos momentos. Mi madre que llevaba muy pocos días en este país le pregunto como pudo que deseaba tomar, le atendió; y mi padre no pudo prácticamente contestar. Él cuenta que todo su cuerpo quedo entumecido, que no fue capaz de articular palabra alguna, que no sabía lo que quería tomar, que lo único que su corazón le impulsaba era besar a esa chica joven de cabellos rubios y ojos claros y rasgados, de mofletes prominentes  y de cuyos labios frondosos emanaban palabras que prácticamente no podía comprender. Según me cuentan los dos, algo mágico ocurrió en ese momento. Mucho más ardiente para mi padre que para mi madre. Mi padre se enamoro justo en ese momento. Desde entonces cuenta, que ya no existía persona alguna mas para él, que había encontrado su media naranja, su gran amor tantos años buscado. Mi madre sin embargo cuenta, que ella sintió que era una persona especial. Una persona que le gustó, que le hizo gracia, pero que su amor fue mas elaborado, mas madurado con el tiempo.

A partir de ese día, lo que iban a ser unos cuatro días de estancia de mi padre en esa playa donde muchos años pasamos las vacaciones, se prolongaron por muchos mas días de ese mes de agosto. Se fue, volvió otra vez, incluso en una ocasión para pasar tan solo un día con mi madre, y eso que esa playa esta a una distancia considerable. Pero tan fuerte impacto le había causado en su corazón, que no le costaba hacerse unos cientos de kilómetros en un día, tan solo para ver esos ojitos, esa carita, esa mujer de la que no querría separarse jamás.

Las vacaciones en esa playa son sublimes. Sol, agua, arena, noches de fiesta. Vacaciones en libertad, donde la piel calentada bajo el sol se dora en su totalidad. Bañándonos en un mar de sol y agua sin más obstáculo que la brisa del viento que acaricia nuestra piel. Juntos los tres, en cuerpo y alma, sin nada más que nuestros corazones atrapados en uno solo. Cogidos de la mano caminando por la orilla del mar, o jugando en la piscina, donde el mayor premio es conseguir unir nuestros labios en  un beso único sumergidos entre las aguas.

Esas vacaciones han influido mucho en lo que soy. La simbiosis perfecta entre el cuerpo y la naturaleza, la unión con la madre tierra, el sol, el mar. Mi cuerpo es mi castillo y la decoración es lo menos importante. Me maquillo lo mínimo y la ropa, como ya dije la escojo sin muchos problemas. La mayoría de la gente quiere demostrar ante los demás lo que son por su forma de vestir. La diferencia entre clases sociales, entre ideas políticas, y en lugar de usar la palabra, con el hábito hacer una demostración de sus riquezas o sus miserias. Lo que soy lo transmito por mis ojos, con la palabra, con el corazón. No con los trapitos, que mas o menos caros, pretenden marcar fronteras para que no exista mezcla entre distintas clases. Entre  la naturaleza y yo, solo está mi cuerpo, lo demás tan solo son adornos que nos alejan de nuestros orígenes, de nuestro propio nacimiento.

Las otras vacaciones eran diferentes. También de sol y playa, pero ya no somos los tres, solos, juntos, sin necesitar nada ni a nadie mas. Son las vacaciones donde ibamos con mis tíos, con mi abuela paterna, a veces con mi prima y otras con mi abuela materna que venía por verano. Recuerdo esas vacaciones, mas cuando era niña, pero también de mayor. En un apartamento, un camping. Donde todos, la familia al completo con las abuelitas disfrutábamos de nuestra unión. Jugando con mi abuela materna haciendo castillos en la arena. Es toda una artista haciendo figuras en la arena, cualquier cosa que pasaba por su cabeza la plasmaba. Como una niña mayor. No me necesitaba, ella sola sobre la cálida arena se entretenía. Con mi abuela paterna, sin embargo, recuerdo jugar en el agua. haciendo corros casi en la orilla porque le dá pánico el agua. Cuando ésta le llega sobre los tobillos dice que ya no hace píe, ¡¡jajaja!!. Son vacaciones entrañables, pero no tan íntimas como las anteriores, porque esas eran como trasladar el calor de nuestro pequeño salón de casa a la playa, los tres juntos, solos pero juntos.

Escribiendo estas palabras, soy consciente de que soy muy afortunada, que he sido y pienso que seguiré siendo muy feliz. Que no necesito gran cosa para esa dicha, que con el amor que respiro en cada momento me siento llena, pletórica de felicidad.

Sin querer, he llenado de palabras y de sentimientos esta libreta mientras esperaba la hora de empezar las clases, ha llegado a su fin, y ha llegado la hora de empezar. Voy a pagar y definitivamente cruzar esa puerta por donde algo nuevo se me avecina, donde una nueva etapa de mi vida va a comenzar. Y estoy sola, como lo he estado desde que comenzó a amanecer.