domingo, 18 de diciembre de 2016

AÑORAR NO ES EXTRAÑAR

Tal vez debería llamar las cosas por su nombre sin esconderme en las sombras de lo general. Tal vez lo correcto sería llamar “te añoro” a lo que me hace añorar, a esa piel que echo en falta, más que extrañar. Es diferente el sentimiento. Creo que se extraña aquello que acaba de dejar huellas, lo mas cercano aunque difícil que regrese y si lo hace no será la misma persona que se fue. Se añora lo que dejó huella. Fíjate como lo digo, casi alargo las palabras al menos en mi entonación. Soy muy dado a hablar mientras escribo y pienso que lo que hablo con emociones y entonación se entenderá de igual forma, como sale de mi pecho o de los dedos sobre el teclado. Y no es así, nunca podrás entender lo que para mí es en este momento añorar. Es como una melancolía amarilla. Parece una tontería eso de la melancolía amarilla; pero añoro de esa forma sobre todo, y de nuevo como tonto, por la Navidad y sinceramente mientras aprieto estas teclas no pienso para nada en la Navidad, solo escucho una canción; música de fondo con letra que me dice cosas, pero sobre todo siento sentimientos.

Qué raro es eso de sentir sentimientos. No lo creas, no es lo mismo sentir que tener. Me rio por no llorar, pero hay mucha gente que tiene sentimientos pero no sabe lo que siente, como hay gente que escucha a otro hablar en Ruso y no lo entiende, casi nadie, pero hay ruido, es hablar. Hay sentimiento pero no se comprende lo que significan o tal vez no queremos. Otra expresión importante, otra decisión: no queremos. Cuántas veces hemos sentido cosas, tal vez el ejemplo más fácil sea el amor, la ternura, el cariño; y no queremos escuchar los sentimientos, no deseamos saber nada de eso que pasa, tal vez que no sabemos lo que pasa y por ese temor a lo desconocido, a lo que pueda ser, lo negamos; rechazamos entender y por ello tenemos sentimiento sin sentirlo. Difícil opción rechazar las palabras del alma, del corazón y esas verdades que se hayan gravadas en la piel. Complicado negarse a si mismo, dejar de mirarse al espejo y tan solo hacerse una idea de que somos lo que queremos en lugar de lo que somos. Complicada esta vida, en la que se llena de tiempo, y se va el tiempo, porque hay mas tiempo que vida. Posiblemente la vida no sea mas que un cupo de tiempo, un espacio matemático limitado entre un antes y  un después.

Tal vez mi amor tan solo pudo ser por un tiempo. La vida tiene un límite anterior a la muerte y después del amor quede tiempo sin vida, ese periodo comprendido entre el amor y el desamor. Tal vez se viva sin vida, porque sin amor no hay vida. Tal vez todos seamos uno muertos andantes, después de que acabe el amor y posiblemente volviendo al principio; todo esto sea la añoranza y ves que distinta  es a la extrañeza. Ésta incluso puede mirarse hacia atrás con una sonrisa, pero la añoranza, es un no volver hacia atrás ni con la mirada; es la melancolía de la vida perdida, de la falta de esencia en la respiración. En latidos anclados en las raíces sin hacer mas que empujar la sangre sin sentir absolutamente en su paso por el corazón.


Ya ves amor, tres folios en blanco juntando letras para llegar a esta triste conclusión, a un motivo sin sentido mas que en el mío para poder comprender lo que siento al margen de la Navidad, del Otoño o de estos malditos días de lluvia caídas sobre tierras dormidas de vida. Parece que ya no hay nada en pie, tan solo restos de ti y ese es mi toque para decir que añoro porque mi cuerpo vive y mi sangre circula sin crear ningún sentimiento al paso por el corazón.


domingo, 11 de diciembre de 2016

PRINCESS


Como de la nada, como si desde los bajos de una blanca sábana; surgen sin esperar, sin prever que todo lo que tocan lo cambian. Que acarician el alma, que con sus dedos terminados en uñas de colores suaves, te hacen vibrar, sentir; a veces incluso temblar de palpitaciones arrítmicas, como esas que son preludios de la emoción, de los momentos sensibles; de esos instantes que quedaran con huella en el recuerdo.

Princesas de la vida, porque son vida antes incluso que humanas. No pertenecen a la realeza y sin embargo son reales, son de aquí con sangre de la nuestra; roja viva que circula por sus venas llevando el amor de su corazón a todo aquello que arrastran con su desmesurada mirada. Princesas que reinan en el corazón de aquellos que son dignos de sus hechizos, porque saben de magia sin trucos; son de aquellas que hacen del momento una suavidad tenue tintado de color, son de las que convierten el gris en algo más que un color; sino en parte de la sonrisa de sus labios; esos tan rojos que cuando te llaman no despiertan palabras sino que te alcanzan con sus deseos llenos de besos.

Yo les llamo princesas porque hacen de mi un príncipe, no azul sino el de sus deseos. Trasforman la vida, te sacan los mejores sentimientos. Esos que nacen del corazón y te atraviesan por completo hasta alcanzar hasta la última neurona de tu cerebro, dejando de ser tu y convirtiéndote en alguien mejor. Te superas en aspiraciones y sobre todo eres capaz de enfrentarte a la vida y a sus obstáculos que no son pocos y a veces disfrazados, que te impiden ver la meta sino fuese por la llegada de esas princesas que alumbran la luz de tu mirada, se extienden más allá del horizonte y aclaran el porqué de todas las dudas que andaban disfrazadas dentro de tu almohada.


Todos sabemos de príncipes y de princesas; todos hemos tenido alguno en nuestras vidas; algunos incluso los tenemos aún, y eso nos hace ver con sonrisas, caminar con música y bailar con cada mirada porque nada más ni nada menos; que es el amor el que pone la rima.


viernes, 9 de diciembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO XX

El tejado  con sus vigas de madera podridas por el paso de tantos años, se venía abajo. Todo el caserón estaba siendo devorado por las llamas, mientras Paca podía contemplar desde esos pocos pedazos de cristal que permanecían en la ventana, como se acercaba su fin, no parpadeaba, tampoco lloraba; tan solo le pesaban los años y la añoranza de los días vividos en aquella fabulosa finca, en esas tierras ricas en frutos; en esos lindes agraciados por la naturaleza.

Paca no se movía, parecía como si todo lo que estaba ocurriendo, ni lo viera ni lo escuchara; es más, no le importaba nada. Viga a viga iban cayendo desplomándose sobre la habitación y sobre la propia cama de Paca. No sentía dolor por los golpes, solo pensaba en que en ese momento, en ese instante la nobleza de El Condado de Mudela desaparecerían, no solo por ser ella la última poseedora del título y no dejar descendencia, sino porque materialmente El Condado estaba siendo arrancado por la naturaleza de la faz de la tierra. Eso si la entristecía, mientras sus sabanas blancas se tintaban del color naranja del fuego y hacia ella se acercaban. No había podido dar un heredero ni tampoco cuidar aquellos campos ni a sus gentes, ese pensamiento si le hizo saltar alguna lágrima, se sentía culpable de aquel fin, de la destrucción y de la pérdida; ella sería recordada como la primera, única y última Condesa de Mudela.
Tras la muerte de su padre Don Bernardo de Mudela y heredar el título nobiliario, se sucedieron años prósperos y productivos en El Condado, buenas cosechas y apreciados caldos de la fruta de la vid. Se aplicaron nuevas formas de cultivo y de producción del vino bajo la dirección de Celestino, un fiel siervo del Señor Conde y también de la Condesa, agradecido del cargo que se le había encomendado a él y a su esposa Fernanda. Puso todo su empeño en hacer de los vinos de Mudela de los mas cotizados en el reino. Paca tan solo supervisaba cuentas, gastos e ingresos, en cuanto al negocio, así como todos los actos de protocolo que conllevaban el cargo y de autoridad sobre los habitantes del mismo y de sus pueblos aledaños del que dependían. Trato siempre de ser justa, comprensiva y generosa sin dejar a un lado la autoridad y por lo tanto la aplicación de castigos si ello era necesario.

El resto de su tiempo lo pasó, cabalgando a caballo, paseando y sobre todo disfrutando del amor y del cariño que le daba su eterna compañera. Margarita se mantuvo al margen tanto del negocio como de las obligaciones nobiliarias, siempre a la sombra, pero presente en la vida privada de Paca. Cumplió con el mandato de su amada y se traslado a vivir al caserón junto a ella, motivo que dio lugar a muchas habladurías y chismorreos; pero no les importaba, si la situación se agravaba, Paca no dudaba de castigar a los responsables, pero estaba mal visto, tanto su cohabitación con Margarita como los castigos por esos motivos, de ahí que conforme pasaba el tiempo y no había cambios en su vida; cada vez menos eran los actos protocolarios a los que asistió, incluso en una ocasión viajo a la capital invitada directamente por el Rey Alfonso al que conoció personalmente y sufrió en soledad la mirada de muchos de los invitados, marqueses, condes, duques; todos los nobles de aquella España anclada en su memoria, en las reglas de la Iglesia y de un pasado que ya no volvería jamás.

Sufrió el desprecio de sus siervos y también de sus iguales, pero jamás nadie se le dirigió directamente, era demasiado poderosa, El Condado de Mudela tanto por ser Grande de España solo dependía de Su Majestad el Rey, como por su poderío económico; era temido, a su paso, nobles y plebeyos debían bajar la cabeza, mas aún con la gran dignidad que le dio Paca a su título, por su justicia y ganancias económicas. Sus antepasados no habían sido tan respetados, su propio padre fue poco amigo de la nobleza, mas bien la despreciaba y muchos de sus actos violentos e injustos no le habían dado buena fama. Tampoco se había preocupado mucho de la economía del Condado, tan solo lo necesario para vivir y mantener las posesiones, fue  otra mentalidad, un pensamiento aún medieval, porque España, a pesar de encontrarse a comienzos del siglo XX, no reaccionaba, seguía anclada en otros tiempos, aún se sentía nostalgia por la pérdida de las colonias. Se vivía de recuerdos de grandeza cuando el mundo estaba cambiando, se había iniciado la revolución industrial  en Europa y en el Reino de España solo se pensaba en la pérdida de Las Filipinas y de Cuba; aunque sin querer y por la inercia de la historia los cambios llegarían y uno de ellos fue el tratar el cultivo de la vid y la crianza del vino, como un negocio prospero y rentable, eso fue obra de Paca la Jara, la Condesa de Mudela. Durante  al menos una década, así fue, y de ahí el poder económico del título.

Su cama se encontraba envuelta en llamas, el fuego empezaba a hacer mella de su cuerpo, pero Paca seguía inmóvil, no sentía dolor, todo se hundía, El Condado anegado y quemado, estaba totalmente destruido, y en un trocito de cristal que aún se mantenía en píe, se miraba, se encontraba en el reflejo su rostro y también el fuego que la devoraba, detrás de ese cristal, mas allá en el horizonte en el cielo alguien le esperaba. Margarita vestida de blanco, como un ángel con los brazos abiertos al encuentro de su amada, que desde apenas una semana, allí la esperaba para la eternidad, juntas, ya nada ni nadie las separaría jamás, ni las juzgaría ni las miraría con desprecio, en el paraíso todos sus sueños se harían realidad.

Los años pasaron y los cambios llegaban poco a poco. El Condado era ejemplo de prosperidad, pero los cambios de la sociedad no tenían freno. Poco a poco la sociedad rural que dominaba la España de la época fue convirtiéndose en urbana. La emigración del campo a las ciudades era cada vez mas intensa. Las fábricas, el comercio el bullicio de las capitales y una esperanza de mayor fortuna, también fue haciendo daño en El Condado. Cada vez los habitantes disminuían, los jóvenes se marchaban en busca de mejor fortuna, de mayores ingresos de mas prosperidad, empujados por la necesidad de la mano de obra en las grandes industrias de la capital, Catalunya, el Levante y  el norte de España. Sin embargo, de las primeras en marcharse cuando la decadencia empezaba a sentirse en el campo, fue Saturia, la madre de Paca. Murió en silencio, poco a poco se fue apagando, ya era mayor. Se fue en paz y dichosa, aquella niña que tiempo atrás cayo de sus entrañas a la tierra fruto de la violencia y de la agresión, se había convertido en Condesa y hasta agradecida estaba del hombre que la violó, aquel día nunca podía imaginarse que ese pequeño ser se convertirían en la primera mujer que llevaría en título de Mudela, aquella pequeña cosita manchada de tierra y de cabellos rojos que tantos disgustos y dolor ocasionó durante tiempo, si esa niña escurridiza y solitaria, era La Condesa, su hija bastarda semilla de Don Bernardo. Saturia murió como vivió, sola y en silencio pero en los brazos de su hija, en su último aliento le pidió un beso, nunca había sentido los labios de su hija en el rostro y Paca se acerco a su cara y le regalo un gran beso, el único, el de despedida a esa mujer que la trajo al mundo y que nunca la sintió como madre, pero en ese momento, en el último instante de su vida, la reconoció, la amo y  murió en paz.
Poco a poco, como un constante goteo, los pueblos se quedaban sin jóvenes, cada vez era mas difícil hacer una vendimia y la mayoría de los frutos quedaba sin recoger. Menos fruto, menos vino y la decadencia del Condado era evidente. Campos repletos de malas hiervas, la bodega abandonada y vacía, los establos y granja sin animales. En los últimos tiempos, El Condado tan solo podía mantener a Paca   Margarita y Fernanda, que junto a sus dos hijas eran los últimos habitantes del Condado. Los últimos años fueron tiempos difíciles, de la abundancia se pasó a la necesidad, la decadencia de la sociedad nobiliaria en España, la aparición de la industria y la clase trabajadora, las revueltas populares antimonárquicas y por lo tanto contrarias a la nobleza, forzaron la caída del Condado y todo su poderío económico y político de antaño.

La cama era pasto de las llamas y el cuerpo de Paca empezó a ser consumido, sus ojos no se cerraron y ni una lágrima derramó. Su cuerpo purificado por el fuego y su alma voló y voló hasta juntarse con su ángel que en los lindes del cielo del Condado la estaba esperando. Esas almas errantes, esa energía indomable que las unía se juntaron para siempre, en la eternidad.

El Condado de Mudela solo ha pretendido reflejar una breve historia de una mujer en tiempos difíciles, en una España que en esa época vivía de la nostalgia, de su grandeza del pasado y también, una etapa de cambio en la sociedad de principios del siglo pasado. Paca la Jara es simplemente un homenaje a la mujer, a ese ser maravilloso que es la vida, pero también a una mujer que sin quererlo, sin saberlo o incluso sin serlo, busco el amor y el cariño entre la violencia y la maldad. Una mujer sensible, no deseada en ese mundo, fruto de una violación, maltratada en ocasiones que solo pudo encontrar la ternura y el amor en otra mujer. Tan solo esa sensibilidad, esa necesidad constante del ser humano por ser amado, por ser querido, por ser acariciado por sentirse deseado y apreciado.

En esos tiempos dominados por el macho, donde el hombre era dueño y señor de su esposa, donde la mujer era un ser secundario y sierva del esposo, surgió Paca convirtiéndose en Condesa, dueña y señora de todos sus siervos, hombres y mujeres, por razones del destino y también por el reconocimiento de su padre, un pobre hombre al fin y al cabo, que vivió sin amor, en la mas infinita soledad ajeno a toda prueba de afecto y ternura. Esos sentimientos, que son innatos a todos, aparecieron al final de su vida, reconociendo y admitiendo a su hija bastarda como la legítima heredera del título y lo que es más, reconociendo su paternidad.

Los tiempos han cambiado, la mujer se encuentra actualmente totalmente integrada en la sociedad como un igual frente al hombre, al menos ante la ley, porque el machismo, el sentimiento dominante del hombre frente a la mujer y su derecho sobre ella no ha desaparecido, el tema de fondo no es el pasado, es de tremenda actualidad cuando casi cada día vemos en las noticias la muerte de una mujer por un hombre; por su pareja o cuando comprobamos que al mando de empresas y gobiernos, los hombres siguen siendo la abrumadora mayoría. La sociedad ha evolucionado mucho, pero sigue existiendo esa huella y los hombres, tenemos muchos años de deuda con las mujeres. También en la homosexualidad. Entre hombres, los gays son reconocidos, se muestran en público, triunfan en la vida, como debe ser, pero no encuentro ese mismo reconocimiento, esa misma aceptación en las relaciones entre mujeres, no se les ve, viven la mayoría en silencio, tal vez es una nueva discriminación.

Con El Condado de Mudela, además de contar una historia, reflejar una época, narrar algo que no me es fácil como la violencia y el mal; he querido en breves capítulos, dar un homenaje a tantas mujeres que han sufrido y siguen sufriendo por razón de su género y por su opción sexual.



MANUEL BARRIOS.


EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO XIX

La sucesión no fue fácil, no toda la nobleza española de aquella época pudo entender, que uno de los títulos mas grandes de España pudiera ser heredado por una hija bastarda que vivía en pecado con otra mujer. Lo legítimo para ellos hubiera sido seguir las reglas de sucesión en la familia de Don Bernardo, algún primo, un pariente lejano; pero no en una mujer nacida del pecado.

Su nombramiento, culminado a su estilo, con aquellas palabras aceptando el título y el legado recibido, fue muy criticado. Un noble no necesita justificar su linaje ni su poder sobre los siervos, un miembro de la aristocracia española, con tan solo su título se le debe respeto y obediencia sin necesidad de justificación alguna.

De forma estricta y austera, fue felicitada por cada uno de los miembros de la nobleza que asistieron al acto, así como por el representante de Su Majestad el Rey. Una vez cumplido el protocolo, todos desaparecieron, cada uno por su camino, en sus carruajes. Terminados todos los actos, Paca recién nombrada Condesa de Mudela, quedo sola en la puerta del caserón mirando al infinito, observando cada una de las cepas de los viñedos, los árboles, las cuadras, la granja, la bodega, las diferentes edificaciones, sus caminos; no se le escapo ni un solo detalle, se sentía extraña, nunca había tenido ningún poder y ahora era la dueña y señora de todo ese vasto territorio del sur de la meseta castellana. Propietaria de aquellas tierras, dueña de sus habitantes y autoridad en el Condado y de los pueblos aledaños. Se sentía abrumada, incapaz, los hechos se habían sucedido a gran velocidad, sin asumir todo lo que ello suponía aunque hacía años que su padre la había nombrado como legítima heredera; a pesar de ello ahora era una realidad y no podía ni dar un solo paso, ni mover un solo músculo, tan solo miraba el horizonte sin pestañear.

Ensimismada en sus pensamientos, asustada por la responsabilidad, por su repentina soledad, de repente, una mano, un tacto, un roce, una caricia, una mirada; Margarita a su lado, tomándola por la espalada, con su melena rubia entregada al fino viento que se había levantado, la cogió fuerte, como si supiera que en cualquier momento caería, tomo su cintura, acerco su pecho al cuerpo de Paca para que sintiera su corazón, para que materialmente comprendiera que estaba allí, que contaba con su total apoyo y su ayuda, que para ella nada había cambiado, que seguirían juntas, que las debilidades de una se complementarían con la fortaleza de la otra, que la tenía incondicionalmente, que nunca la dejaría, que tan solo la muerte las haría separar, pero que hasta entonces, allí estaría, a su lado para compartir sufrimientos y alegrías; que el amor que entre ellas existía podría con todo y con todos; pues no sería fácil gobernar esos pueblos, esas tierras, por una mujer en mundo dominado por los hombres.

Pasaron unos días y La Condesa despachaba con el capataz, encargados de los campos, de las cuadras, dando instrucciones, pidiendo consejos, a lo que no estaban acostumbrados ninguno de sus siervos y firmando documentos. También recibía a las autoridades, miembros del concejo, escribanos, notarios, el juez de paz; todos ellos estaban bajo su autoridad y su nombramiento y sus cargos dependían de ella. Mantuvo a todos los que estaban y nombró a otros; cumplía con todas sus tareas y obligaciones de forma ordenada y así cada día.  Al amanecer se levantaba de la cama, se deslizaba de las blancas sábanas de seda y contemplaba a Margarita dormida, en cierta parte la envidiaba, era un ser libre, sin obligaciones ni ataduras, tan solo permanecía a su lado por amor, un gran amor, criticado e insultado por tantos. Su vida podría haber sido mas fácil, podía marcharse en cualquier momento, no la sujetaría, y sin embargo, ahí con sus cabellos del color del oro sobre la blanca almohada, dormía como un ángel, con su rostro blanco y su conciencia en paz.

Como cada día, antes de salir para el caserón, le regalaba un delicado beso; suave, tierno, silencioso para que no despertara, para que siguiera en sus sueños y en su mundo, aunque su deseo fuese otro, despertarla, abrirle sus ojos azules y juntar sus labios a esos otros labios, de un rojo intenso y saborearlos juntando una y otra vez sus lenguas hasta tomar todo de ella. Sin embargo, en silencio, un beso en la mejilla y nada mas, cada mañana comenzaban las tareas de Condesa y a ellas se debía.

Cuando había pasado poco más de un año desde su nombramiento, Benito capataz del Condado, pues así fue nombrado por Don Bernardo y así lo mantuvo, comunicó a Paca que abandonaba su puesto y que se marchaba del Condado a la vendimia de otras tierras, que su tiempo allí había finalizado y por su puesto le pedía permiso y autorización puesto que a ella como Condesa se debía. Paca tenía todo el poder para retenerlo e incluso para que recibiera su castigo por hacer aquella petición; sin embargo lo dejó marchar, al final era un pobre desgraciado, un hombre simple, que en la juventud le cegó  con su amor, pero que cuando tuvo que tomar responsabilidades, cuando tuvo que ser un hombre, tan solo fue un villano desgraciado.  Lo dejo marchar, seguían esposados, así seguirían, no había otra opción en esa España dominada por clérigos y sotanas, a tanto poder no llegaba. Y se marchó con lo puesto. Meses después tuvo la noticia de que había muerto bajo las ruedas de un carro, con una muerte violenta, ya que al parecer sus pesadas ruedas pasaron una y otra vez por encima de su cuerpo, hasta romper en pedacitos cada uno de sus huesos. Sus restos los trajeron al pueblo para recibir cristiana sepultura. Margarita asistió, era su única familia, ya no vivían sus padres ni familiar alguno. Paca, la viuda, sin embargo no fue a dar el último adiós, ni su cargo ni sus deseos se lo permitían. Benito fue un gran engaño en su vida, había recibido su merecido.

Cuando Benito abandono su cargo de capataz y abandonó El Condado, Paca decidió hacer algunos cambios. Uno obligado debía nombrar un nuevo capataz. Para ello eligió a Celestino, el hijo de Fermin el de las cuadras que aunque hombre con conocimiento y experiencia ya era muy mayor y pocos años le quedaban. Necesitaba alguien joven, fuerte y capaz, alguien que supiera dirigir los campos, la bodega, los tratos con los comerciantes; una persona en la que pudiera confiar y le quitara alguna responsabilidad; y para ella Celestino era el hombre ideal, de poco mas de cuarenta años, criado en El Condado, lo había visto crecer y trabajar. Conocía el oficio y junto a él nombro a Fernanda, la esposa de éste, como la encargada del servicio y del  mantenimiento  de el Caserón. También la había visto crecer, criarse en El Condado y sobre todo, cuidar a su madre Saturia a la que le quedaba poco tiempo en la tierra, le sobraban los años; y le estaba muy agradecida.

Quedaba una última decisión, había pasado ya mucho tiempo desde que fue nombrada Condesa de Mudela y seguía viviendo junto a Margarita en la casa que el Conde le cedió cuando se casó. Allí no entraba el servicio, Margarita se encargaba de las tareas domésticas. Las comidas, la limpieza. Pero esa situación no podía continuar, debía trasladarse a vivir al Caserón, no solo por los rumores, sino por dignidad del título, debía ser servida por los sirvientes, no por su amada, debía residir en el lugar que le correspondía y con los lujos de esa gran casa.

Esa decisión estaba tomada por Paca, ahora debía comunicársela a Margarita que no le haría ninguna ilusión. Ella estaba encantada en servir a su amada Paca, a seguir viviendo en la discreción sin nadie mas, sin gente que entrara y saliera constantemente, que le pusiera el pollo en la mesa sin haberle retorcido el cuello ella y cocinado.

Una mañana al despertar, no solo hubo un beso en la mejilla de Margarita, ese día Paca la despertó con otro beso pero en el centro de sus rojos labios. Margarita entreabrió los parpados y dejo ver sus azules ojos regalando a Paca una suave sonrisa, le había gustado ese despertar.  Aunque después del beso, la sonrisa, el placer de los labios juntos, Paca le dio la noticia, se trasladaban a vivir al Caserón, así lo había decidido y le dio las explicaciones que entendió convenientes. Margarita dijo cien veces que no, que allí no sería feliz, que necesitaba servirla  ella y que no la sirvieran, que por favor le pidió que se marchara ella, que lo entendía, pero que la dejara permanecer allí y ser ella quien desempeñara las funciones de esa tal Fernanda, y algo mas, alguna noche, en la que los deseos carnales así lo pidieran, que era su sierva, que le mandara y obedecería en todo.

Paca la cogió de su mejillas, acerco su cara a la suya, la beso en cada una de ellas, se separó unos centímetros y de su boca salieron unas palabras suaves, tiernas pero también de Condesa: “ mi amada, tu eres lo único que me mantiene en vida, la razón por la que lucho cada día, por la que acalló miradas y comentarios, sobre tu y  yo, mi amor, tu serás servida, como si fueses mi esposo y no dudaré en acabar con la vida de cualquiera que lo ponga en duda, que nos juzgue. Mi amor por circunstancias de la vida, tu no debes servir a nadie, tienes que ser servida, te lo pido por nuestro amor, por mi y lo harás, porque además  – Paca, en ese momento tomo un poco de aire y se le acercó un poco mas – porque además, mi amor como tu señora es mi deseo y lo cumplirás”


Paca de repente despertó, se había quedado sumida en sus sueños, pero un golpe de aire rompió la ventana e hizo añicos los cristales que saltaron encima de la cama, El Condado estaba en llamas, era una imagen aterradora, todo estaba siendo devorado por el fuego e incluso la casa. El techo se había tintado de rojo y el humo empezaba a colarse entre las tablas. El caserón estaba ardiendo, el tiempo de Paca se acababa.


miércoles, 7 de diciembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO XVIII

Paca envuelta en sus pensamientos que la llevaban a los límites del limbo, conforme pasaba el tiempo estaba siendo cada vez mas, presa de las fuerzas de la naturaleza. Los cristales empezaban a romperse por el golpe de las piedras de hielo que caían del cielo, las ventanas se abrían y cerraban dando golpes sin cesar, y también estaba el fuego, alimentado por los árboles del Condado y las cepas de los viñedos, en el exterior todo era destrucción y desolación, el fin del mundo parecía cada vez mas cerca.

Tal vez no fuera el fin del mundo, pero si se acercaba el fin de su vida. Paca así lo sentía, El Condado anegado y quemado, y su vida marchita, seca, vacía con cada vez menos energía; tan solo su pasado, sus pensamientos y su mirada fijada sobre el resplandor del vidrio roto de la ventana. Miraba sin parpadear, se veía reflejada, su cara, su rostro y una leve sonrisa bañada por una comisura de goteo de lágrimas de sus ojos, no de tristeza, de añoranza, de alegría. Junto a su imagen distorsionada por el movimiento de las llamas de la vela, pudo apreciar una imagen angelical, era Margarita mirándola, sus ojos clavados sobre su rostro. Ella postrada en la cama esperando a las ánimas y un ángel vigilante protegiéndola del mal. Estaba allí con su melena rubia, con su vestido blanco y su tez morena; la miraba, la llamaba, le daba confianza, estaba allí, la protegería en el tránsito  en donde el alma original se libera del cuerpo. Sonreía, no tenía miedo, se sentía protegida, su amiga, su amada, su compañera; su extrañeza desde que hacía unos pocos días la dejo abandonada, cuando su espíritu se alzo de sus carnes para liberarse de la vida en la tierra.

Lo cierto es que Paca durante su vida siempre estuvo sola, no dependió de nadie ni de nada, ninguna atadura por las pérdidas, tampoco le habían dado amor ni presencia como para añorar a nadie, tan solo a Pili su fiel compañera durante tantos años, aunque justo en el momento de su pérdida, la llegada de Margarita ocupó esa ausencia. Su soledad había sido rica en silencio a pesar de tantos sucesos trágicos que le había tocado vivir, pero siempre se tuvo a ella, su imaginación, sus paseos, sus reflexiones. Paca durante su vida había llenado con su brillo, con su esplendor, todo el espacio que le rodeaba, a ella y a los demás. Pero ahora esa soledad vivida e incluso buscada, se había convertido en desolación, la pérdida de su amiga, su amante y compañera; la única persona que le había dado el amor del que todos estamos sedientos si no lo encontramos. Ella durante un tiempo lo había tenido con Benito, pero duro poco, y su pérdida, un día de vendimia arrollado por un carro cargado del fruto de la vid, no le desoló, tan solo la entristeció por la decepción. La desolación llegó tan solo unos días atrás cuando Fernanda se encontró al cuerpo de Margarita sin aire, sin vida, solo su cuerpo, porque su espíritu, su energía vital, no había desaparecido, tan solo se había transformado en un ángel blanco, que en ese momento, la seguía protegiendo y cuidando, observándola desde la ventana.

Desde que el Señor Conde anunció su legado, desde que Don Bernardo de Mudela informó a todo el Condado y a las autoridades de su legado, de su sucesora en el  título, de los grandes del Reino de España, a su hija Francisca, su vida cambió, todos bajaban sus cabezas a su paso, nadie se atrevía a juzgarla en su presencia ni en su ausencia ni a ella ni a su compañera Margarita con la que siguió conviviendo en su casa, sin Benito, que desde ese momento cambió de aposentos y fue a vivir como un siervo  mas con el resto de sirvientes del Condado. Ella y Margarita solas, respetadas y veneradas.

Fueron años intensos, vitales, vividos. Cabalgando a caballo, bañándose en las lagunas, disfrutando cada una de las vendimias, comiendo uvas junto al fuego, con un trozo de queso, pues como decía Margarita: “las uvas con queso, saben a beso”. El esplendor radiante de ambas inundó cada uno de los rincones del Condado, hasta el último límite de sus confines.  Fueron años de máxima prosperidad, la naturaleza les acompañaba, todo era fértil y de los ojos tristes de sus habitantes, apareció la alegría. Organizaba verbenas, bailes, fiestas por cualquier motivo. Ella como nadie, sabía que cada uno de nosotros somos capaces de transmitir la felicidad, de regalarla y contagiarla, y que ese acto generoso tienes sus frutos, y así ocurrió, El Condado cada vez era mas rico y próspero.

Su padre, el Señor Conde, desde el día que anunció su legado, se encerró en el caserón, poco se le veía, algunas veces en paseos nocturnos cuando los habitantes dormían, tan solo sus sirvientes y Paca, que decidió no solo ser la heredera del preciado título nobiliario que la convertiría en una de las Grandes de España, sino también decidió ser su hija y comportarse como tal, como Francisca de Mudela.

El Conde envejeció con gran rapidez, cada año que pasaba, para él eran décadas, poco a poco se fue apagando, las faltas de ganas de vivir, su vida carente de amor y quemada por la violencia y la sangre, habían hecho mella en su cuerpo que cada vez se apagaba mas. Tan solo le alegraba, le daba ciertas ganas de vivir, la presencia vital de Paca. Le leía libros por las tardes hasta el anochecer, hasta que llegaba la cena; el sentado en la mecedora ensimismado con su mirada fija en la ventana contemplando sus tierras. En ocasiones, no sin cierta oposición del Señor, lo cogía del brazo y le obligaba a dar algún paseo por el caserón y sus patios, le daba aliento, le daba la vida que nunca había tenido, un poco de amor, tal vez cariño, un poco de ternura tan ausente en su vida.

Algún murmullo circulaba por El Condado. El agradecimiento interesado por el Legado recibido, pero pronto callaron. Los ojos de Paca siempre habían sido muy expresivos y sinceros, y las gentes callaron, por que el cariño a la sucesora cada vez era mayor entre las gentes del Condado y de los pueblos que pertenecían a su mandato.

Una tarde de otoño durante la lectura diaria, Paca se sintió observada, entonces alzo sus ojos del libro para mirar a su padre ausente durante tantos años, la estaba mirando con ojos de felicidad, una pequeña sonrisa, una mirada cómplice, un soplo de cariño que le llegó hasta lo mas profundo de su corazón, y de repente, esos ojos fueron tapados por sus párpados, un último suspiro y el peso de su cabeza cayó sobre sus hombros. Paca se levantó, se acercó a él y comprobó que no respiraba, que su padre se había ido, que el Señor Conde de Mudela les había dejado. Lo abrazó y lloro, durante un buen rato se mantuvo junto a él hasta que llegó el momento de dar la noticia. Salió del Caserón y ordeno a Benito que convocara a todos en la puerta, allí firme, junto a Margarita, aunque guardando una distancia apropiada al momento, anunció a todos la muerte de Don Bernardo de Mudela y ordenó convocar a todos los habitantes de los pueblos aledaños y a los del Condado para preparar el sepelio durante tres días de duelo.

Así sucedió, un constante paso de gentes por la estancia donde se hallaba el féretro, todos pasaban ya con la cabeza baja  y daban su última despedida a Don Bernardo. Fue deseo de Paca que ese último acto fuera un gran homenaje a aquel hombre, que gobernó esas tierras durante años y que además fue la semilla de su existencia.

También llegaron muchas gentes de otros pueblos, otras provincias y de la capital. Toda la nobleza del Reino de España acudió al funeral e incluso Ministros del Gobierno y el asistente personal del Rey.

No solo se celebró el funeral, sino que tras éste, el representante del Rey en persona, con todos los honores, teniendo presente la escritura firmada por El Conde, nombró a Paca en el título. Ya no sería nunca mas Paca la Jara, desde ese momento se le nombró como,  Su Excelentísima Condesa de Mudela. Una vez hechos todos los honores, con Margarita cerca pero a cierta distancia cruzándose las miradas, La Condesa se saltó todos los protocolos y en un acto impulsivo se dirigió a todos los presentes, con estas palabras:


Exceléntisimos miembros de la nobleza, Grandes de España, Señor delegado de Su Magestad el Rey, sirvientes y habitantes de El Condado; a todos les dirijo estas palabras para resaltar el gran pesar que sufro por la muerte de mi padre, un gran señor, que ha llevado el título de este Condado con honor y sabiduría. A todos les manifiesto, que seguiré sus pasos, que honrare este titulo, sus tierras y sus gentes, pero que nunca olviden, sus obligaciones y deberes, porque este legado me obliga y a él me debo, respetarlo y si no es así no dudaré en castigar cualquier acto contrario a la Nobleza de El Condado de Mudela, así lo ordeno y lo haré cumplir·


martes, 6 de diciembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO XVII

Era un extraño olor el que entraba por los entresijos de la ventana, el que llegaba del exterior hasta la cama donde se hallaba postrada Paca. No era ese olor fresco y agradable de la tierra mojada, era un olor sucio, desagradable, fruto de la mezcla de la humedad y de la madera quemada de los árboles incendiados por los rayos que rodeaban el caserón, la imagen era aterradora. Lenguas de fuego caían del cielo, golpes de piedras contra los cristales de la ventana, arboles devorados por las llamas; El Condado anegado, parecía que el cielo se le caía encima, que las alimañas la buscaban, que la olfateaban, que enloquecían por morder sus carnes pellejosas y arrugadas, aunque lo que más la aterraba era el vaivén de la luz de la vela, rápido de un lado a otro de la estancia, y en un momento se paraba, iluminando su cara sobre el cristal, ahí veía su rostro reflejado y el terror que de su semblante pegado en sus retinas la abrumaban y una corriente fría le recorría todo su cuerpo paralizándolo, tan solo movido por unos vanos espasmos de dolor.

En su mente se repetía una frase constantemente: “camino a tu tumba”, esas habían sido las últimas palabras que durante muchos años dirigió a Benito. Desde aquel día, ese maldito día en el que su amada Pili fue asesinada por su esposo, ninguna palabra se intercambiaron; algún gesto de odio, de resentimiento, de desprecio; tan solo eso quedó tras ese día. Paca pasaba los días metida en la cama y dando algún paseo por El Condado, recorriendo cada uno de sus rincones con los que había compartido con Pili; fue todo para ella, su única compañera, su leal amiga, donde iba una iba la otra, siempre juntas y aquel malvado desconocido para ella, en un solo instante acabó con todo, nunca lo podría perdonar. Se preguntaba durante esos paseos, que es lo que había pasado con aquel joven amable, amante, cariñoso; que había pasado con aquel chico del que se enamoro y la desposó. Tal vez nunca lo conoció y aquella paliza hizo salir todo el mal y el odio que durante años había ido acumulando en sus entrañas. Paca no tenía respuestas, no lo podía entender, como un solo acto, en solo un día se podía pasar del cielo al infierno, de una vida maravillosa envuelta en flores de amor, a la penumbra del desamor y de las malas entrañas.

Durante esos paseos, cada día visitaba a su anciana madre, lo único que le quedaba de su sangre, a excepción de su sobrevenido padre el Señor Conde, que a pesar de su generosidad y el cariño que intentaba prestarle, para ella era un total desconocido, seguía siendo el Señor, no su padre, sino su amo. Saturia a pesar de la edad, seguía ayudando en la cocina y en las tareas del Condado, aunque las fuerzas no le acompañaban y nuevos sirvientes jóvenes se encargaban de mantener todo a gusto del Conde; ésta se negaba a ser una inútil, a dejar pasar el tiempo hasta el fin de sus días y como podía, ya pelando patatas, haciendo algún puchero o alguna tarea fácil que precisara poco esfuerzo, siempre ayudaba; necesitaba sentirse activa para no pensar, en su triste vida. Paca la visitaba y aún después de los años pasados seguía preguntándole por “potage” el último de sus hijos que nunca pudo enterrar, que dieron por desaparecido y que ella aún esperaba algún día volver a verlo entrar por el Condado. Nunca le dijo nada, prefirió mantenerla con la ilusión abierta, esa que tiene cualquier madre por muy malos que sean sus hijos, o al menos eso pensaba, porque Paca nunca sería madre. Ella había sido una hija inesperada, no deseada, bastarda del Señor y nunca habían tenido una relación madre hija normal, mas bien no tuvieron nunca ninguna relación. Saturia se encargó de criarla y nada mas, lo mucho o poco que sabía de la vida se lo había contado su abuela Fidela que en paz descanse y que con su muerte incluso le dio un aviso, una lección. Esa muerte durante la celebración de su boda no fue mas que el anunció de lo que se le avecinaba. Lo que empezó mal, nunca podía acabar bien.

Desde aquel día en el que Benito mató a Pili, ese día en el que se marcó aquel gran farol envistiéndose en la futura Condesa de Mudela, circunstancia que nunca se le había pasado por la cabeza y que ni tan siquiera  lo creía; desde aquel día nunca volvió a compartir lecho con Benito. En una estancia que habían destinado a trastero, colocaron un catre donde a partir de entonces dormiría Benito. Conforme le impuso, cada mañana al amanecer le preparaba unas torrijas y un tazón de leche recién ordeñada para el desayuno, a medio día le traía la comida de las cocinas y por las noches le preparaba embutidos; jamón, queso y una hogaza de pan para la cena, sin olvidar una frasca de vino que cada noche tomaba Paca para conciliar el sueño. Así pasaron varios años, sin cruzar palabra, Benito de capataz del Señor Conde y sirviente de la futura Condesa, ese título que se había inventado pero que había calado profundamente en Benito, tal vez, menos sabio de lo que ella pensaba, tan solo un pobre hombre, por mucho que pensaba, no entendía si había sido engañada o ese sencillo y visceral ser, era el auténtico Benito, tal vez todo fue mentira y realmente él pensaba que Paca realmente sería la futura Condesa y de ahí sus cortejos y el matrimonio.

Una mañana sin previo aviso cuando Paca se encontraba sentada en la puerta de su casa practicando el ganchillo, que un día su abuela intentó enseñarle y que nunca había vuelto a practicar y ahora era una forma de entretenimiento durante tantas horas vacías y solas que pasaba, divisó por el horizonte que se aproximaba un caballo negro y sobre él una amazona de pelos rubio y vestidos blancos; no podía ser, no se lo podía creer, era Margarita a la que no había vuelto a ver desde el día de su boda. De repente las agujas y lanas cayeron al suelo y de un solo movimiento se puso en pié, empezó a agitar la mano, y aquella figura de inmensa belleza a lomos de aquel semental le devolvió los saludos moviendo con una mano un pañuelo blanco y largo. Cuando llegó, bajo del animal, se miraron y se dejaron llevar por un fuerte abrazo y besos mojados entre lágrimas. Las noticias no habían quedado presas en El Condado, se habían dispersado por todas las tierras y pueblos de alrededor. Su situación con Benito era fruto de habladurías y cotilleos, incluso palabras ofensivas hacia Paca por parte de la familia de Benito, pero Margarita nunca las creyó, ni una solo mala palabra había salido de su boca, muy al contrario, ella conocía bien a su hermano, fue testigo de su romance con Paca de sus buenas obras hacía ella, pero nunca le engañó, cuando Paca no estaba presente, su hermano era una persona callada, arisca e interesada, no soportaba los trabajos en el campo a las órdenes de su padre y muchas veces quiso dar alguna noticia a Paca, pero decidió callar, que los acontecimientos sucedieran de forma natural puesto que lo mismo estaba equivocada. Pero no fue así, todo lo que pensaba sucedió y de forma natural se reveló.

Paca la invitó a quedarse en su casa y Margarita no lo dudo, le preguntó que pensaría su  hermano, pero a ambas les daba igual; desde ese momento nunca volverían a separarse, era la compañía que necesitaba aquella mujer que un día le hizo sentir especial, tierna y dulce con su cuerpo y con su vida, se había salvado, gracias a ella el desaparecido era potage y no Paca, y nunca lo pudo olvidar. Mas que amistad sentía amor y así se lo transmitieron ambas el día de su boda, con aquella mirada de complicidad, una mirada que era una demostración de que la unión entre ellas si que era hasta que la muerte les separara, no aquella que juró ante el Altar.

Pasaron los días, varias semanas, ambas estaban siempre juntas y dormían juntas, a Benito se lo comían los demonios, no podía dormir por las noches pensando que su hermana y su esposa dormían en la misma cama. No solo Benito era conocedor de ello, sino que las gentes del Condado empezaron a criticar esa situación vergonzosa, todos pensaban que una mujer se debía a su marido, sin embargo la Jara dormía con la hermana del esposo, era una vida en pecado delante de los ojos de todos, pues no se ocultaban en sus paseos cogidas de la mano. Su relación no era lo que la gente pensaba, ni mucho menos, tan solo dos seres desconsolados y perdidos de la vida, victimas de ella, que tan solo esperaban dar y recibir amor y ternura; y ellas se lo daban, amistad que es otra forma de amar.

Cuando Margarita no llevaba ni un mes viviendo en la casa de Paca, Benito entró en la casa junto varios hombres y mujeres del condado, todavía yacían dormidas en la cama, tiraron la puerta, el susto les hizo saltar el corazón, Benito de nuevo entrado en cólera y todas esas gentes con ojos juzgadores y de condena, las miraban como si fuesen brujas, las hijas del pecado, las enviadas por Satanás. Paca de forma contundente les ordenó que se marcharan, le echó de la casa, pero no lo hicieron, se acercaron cada vez mas, esos ojos de odio y de condena se acercaban junto con sus cuerpos, cada vez mas manos que las cogieron, las sacaron de la cama, les arrancaron las ropas, las golpearon, las tiraron por el suelo bajo la firme mirada de Benito de cuyo rostro se desprendía una suave y cruel sonrisa. No eran golpes fuertes, tan solo las zarandeaban y las llamaban putas, zorras, brujas, hijas del demonio.  De nuevos sus cabelleras eran objeto de atención, y así decían: -JARA y AMARILLA- soy hijas del demonio, así una y otra vez, incluso empezaron a corear que era una bastarda, que había sido engendrada con la semilla del diablo. En ese momento, por sorpresa, un viejo hombre, pero de gran tamaño y envergadura entro por la puerta, dio el alto a todos, y todos callaron, Paca y Margarita taparon sus cuerpos como pudieron, todo fue silencio, las miradas fijas al suelo, ni un murmullo, ni un sonido solo el de aquel hombre, Don Bernardo de Mudela, y con esa voz grave que aún mantenía sacón un papel y leyó ante todos:

Yo Bernardo de Mudela, dueño y señor de El Condado que lleva mi nombre, titulo heredado de mi padre Don Faustino de Mudela; ante el escribano-notario del municipio de Santa Cruz  declaro: que dejo como légitima heredera del titulo de Condesa de Mudela y dueña de sus tierras y personas que en ésta se hallen, a mi hija Francisca, que desde hoy tomará mi apellido y se le llamara  Doña Francisca de Mudela, debiéndoles todos respeto y obediencia”.


Una vez leído su legado, El Conde se dirigió a Benito, mirándole a los ojos, este con la cabeza baja y le ordenó, -arrodillaté  ante mi hija, baja la cabeza y le besas la mano y pon tu vida en sus manos, lo que decida lo firmaré-. Benito obedeció se  arrodilló ante Paca y puso su vida en sus manos, Paca de pronto y sin pensar lo abofeteó en varias ocasiones ante los ojos atónitos de todos los que allí se encontraban, y habló: - hoy te perdono la vida, porque como ya sabes  iniciastes el camino a la tumba, hoy has dado un gran paso, pero no es tu día, no has sufrido lo suficiente para merecer la muerte-.


lunes, 5 de diciembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO XVI

Paca se encontraba inquieta, embullada entre las sabanas blancas y las almohadas; sin hacer ningún movimiento, su cuerpo se perdía en espasmos, en temblores no provocados, tenían cierta armonía con los sonidos que procedían del exterior; el constante zumbido de las gotas de agua que se estrellaban contra el cristal de la ventana, los truenos, los árboles que caían por la fuerza del viento y el fuego de los rayos. Parecía el fin del mundo y del propio caserón crujiendo como si fueran llantos de dolor. Pero sus temblores, sus espasmos no estaban ocasionados por el miedo a esa interminable tormenta como tantas otras que había vivido, sino que le machacaban los recuerdos, hasta tal punto que no pudo contener los orines que se le escaparon, empapando los algodones y trapos que Fernanda le había puesto para que de noche no mojara la cama.


Tras la entrada en la casa de Benito envuelto   con sus ropas ensangrentadas, los ojos hinchados, vómitos de sangre, dientes partidos. Paca curó sus heridas y quedó en la cama, pasando los días y sin mediar palabra. Le ayudaba a comer, le cambiaba los vendajes y así día tras día. Las gentes del Condado le preguntaban por su marido, otros la miraban con desafío. Benito no se ocupaba de sus funciones de capataz y un día El Conde le preguntó, le reprochó que clase de marido tenía, que le había dado un puesto de gran responsabilidad y no lo había cumplido ni tan siquiera un día. Paca, que ahora era el ojo derecho del Señor Conde, le contestó que había cogido unas fiebres pero que pronto se reincorporaría al trabajo y estaría orgulloso de él. Don Bernardo la creyó, como no, era la única persona en el mundo de su sangre y además El Conde estaba haciéndose mayor, cada vez se le veía menos, no salía ni al campo, pasaba los días encerrado en el caserón como si ya nada le importara, como si encerrado en sus aposentos hubiera decidido esperar la llegada de la muerte, de ahí su interés por Benito, le había otorgado toda la responsabilidad del Condado, no confiaba en nadie y él era el esposo de su hija, su única descendencia, la que en su día se convertiría en la primera mujer en la historia del titulo nobiliario; en la primera Condesa de Mudela.


Pasados unos quince días desde aquellos sucesos, Benito estaba totalmente recuperado, pero seguía en silencio, no mostraba ningún tipo de cariño por Paca, no le hablaba, no le daba ni las gracias por todos los cuidados y sacrificios que hacía por él. Nada, de aquel muchacho dinámico, alegre y romántico quedaba, parecía que aquellos golpes que le propinaron esa noche, le habían robado el alma, tan solo le quedaba la mirada, la única expresión de donde se podía obtener algún dato de sus pensamientos, y ésta o estaba en blanco, perdida, o era la mirada del odio, del mal que le poseía, de la necesidad de ajustar cuentas. El muchacho sonriente, amable y cariñoso había desaparecido. Ahora ese cuerpo escondía el dolor, había pasado todas las etapas del duelo: el dolor, la negación, la aceptación y ahora se encontraba en su última fase: la venganza.


Al llegar la noche, Benito se metió en la cama, era pronto, no había anochecido y Paca que no sabía bien que hacer, decidió también ir a dormir, de pronto, mientras se quitaba sus ropas y se ponía el camisón, de la boca de Benito salieron unas palabras, por fin le habló, -Paca, mañana al amanecer saldré de la casa y cumpliré con el cargo que me dio El Conde-, Paca se giró con una sonrisa, deseaba que se enfrentara a la vida, que cumpliera con el cargo que le había encomendado su padre. Le miró a la cara y vio esa mirada de odio, el color de la venganza y su sonrisa poco a poco desapareció. Benito se incorporo y agarró el cuerpo semidesnudo de Paca. Ella ardía en necesidad de su carne, tanto tiempo sin saborearla, sin ser poseída. La atrajo con violencia hacia él, le arrancó con un movimiento la poca ropa que la cubría, la tiró en la cama, estrujo sus senos con sus grandes manos, la mordía mas que besarla, pero Paca no sentía dolor, necesitaba ser tomada, sentirse mujer, ser deseada.  Benito no sentía deseo, era otro sentimiento, quería descargar su furia contra su cuerpo. Le abrió los muslos y bajo sus pantalones de donde salió su miembro erecto rojo y desafiante y la penetró, con golpes bruscos como si deseara romperla, apuñalarla. Paca sentía, se mordía los labios en cada movimiento, pero no se quejo, no salio ni un sonido de su boca, por el contrario lo besaba y acariciaba, mientras el terminó con un gran gemido depositando en sus entrañas toda la semilla acumulada, todo el veneno que lo poseía. Se tumbo sudoroso y entre suspiros dijo, -Paca mañana será mi primer día-


No pudo dormir en toda la noche, no sabía que querían decir esas palabras, un primer día, un nuevo día o una nueva persona, ya lo era, nada bueno presagiaba, su matrimonio entre flores, amor y felicidad tan solo había sido un sueño y ese sueño no se haría realidad.

Cuando una pequeña luz empezó a divisarse en el horizonte, Benito se levantó de la cama y empezó a vestirse de campo; chaleco, botas, boina y una garrota en la mano. Paca se hizo la dormida aunque lo miraba de reojo. Veía a Benito con movimientos controlados, sin perder el tiempo, de forma ordenada se fue vistiendo y cuando terminó, abrió la puerta de la casa y salió, sin un beso de buenos días o de despedida; nada. Paca asustada y triste a la vez, se quedó en la cama, no sabía lo que ese día pasaría, pero no quería verlo, no pensaba levantarse, cubriría su cabeza con las sabanas y aislarse del mundo, no quería ver ni saber, solo quería que el día pronto pasara y volverlo a ver entrar por la puerta de la casa, tal vez con un ramo de rosas o de amapolas, pero sabía que eso era un sueño, que en su vida ya no había flores, que la penumbra de nuevo volvería. Tomo a Pili que a penas se movía la metió con ella en la cama por primera vez desde su matrimonio, a Benito no le agradaba dormir con Pili en la cama, y de así las dos en todo el día se moverían.



Benito con paso firme y seguro se dirigió sin pestañear a los aposentos de los sirvientes del Condado, con la garrota en la mano y sin que nadie le esperara, entró dando una patada en la puerta que se desquebrajó y se hizo añicos,  se oyeron movimientos, gritos, algunos desperezándose del sueño, entró como un rayo y sin mirar, sin saber quien se hallaba en cada cama, empezó a golpes con la garrota, porrazos sobre cuerpos de hombres y de sus mujeres que dormían en sus camas, no discriminó, tan solo daba golpes sobre cada cuerpo que se movía,  en la cabeza en sus miembros; algunos intentaban parar aquella locura, pero Benito estaba poseído por la hiel de la venganza, por el odio y siguió sin parar de dar golpes sobre cabezas, brazos, cuerpos, los gritos se oyeron en todo el condado, seguía y seguía hasta que dejaron de moverse cada uno de esos cuerpos sin rostro, solo se oían quejidos, lamentos de dolor. Benito se quedó quieto, la luz del amanecer ya entraba por las ventanas y su figura podía reconocerse, todos sabían quien era, era Benito tomado por el demonio, por el odio, Satanás vestido de hombre. Llegó el silencio, nadie se atrevía a lamentar sus dolores ni a soltar una palabra. Varios minutos de silencio, hasta que Benito con voz fuerte y autoritaria les ordenó levantarse, quería a todos  fuera en dos minutos. Salió por la puerta y delante de ella quedo firme, cubierto con la boina y garrota en mano, espero la salida de todos. Y así fue, todos salieron, cada uno vestido como pudo, con sangre en las caras, hombres y mujeres cumplieron la orden del capataz. Una vez todos en fila, miró a cada hombre y a cada mujer, y uno a uno le dijo que era el jefe, que estaban a sus ordenes, que a partir de ese momento solo cumplirían sus mandatos o se verían de nuevo con su garrota en sus carnes, que trabajarían desde el amanecer hasta el anochecer y que lo quería ya, en ese momento y todos como corderos corrieron como pudieron, entre sangre y dolor a cumplir sus órdenes.


Así transcurrió el día, Benito a caballo recorría una y otra vez todo el Condado vigilando que sus órdenes se cumplían y algún osado que se atrevió a mirarle a la cara, se llevó un nuevo garrotazo en sus sienes, no podían ni mirarlo, tan solo cumplir sus órdenes y trabajar, desde el amanecer hasta el anochecer.

Se hizo la noche y Benito volvió a su casa, abrió la puerta, en la mesa no estaba la cena, miró y vio a Paca en la cama cubierta por las sabanas, la llamó por su nombre y le preguntó con reproche -¿que haces en la cama?, ¿y la cena de tu hombre?-. Paca retiró las sabanas, se incorporó y Pili asomó la cabecita, los ojos de Benito se encharcaron de sangre, y le gritó -¿ que hace la perra en la cama?-, Paca solo decía –no, no, no por favor, nunca mas- , pero ese día Benito no atendía a suplicas ni a lamentos, ese día Benito solo era el amo, en ese día todos cumplieron sus órdenes menos su mujer y Paca cuando fue a coger a Pili, a poner su cuerpo entre ella y la garrota, llegó tarde, toda su ira cayó sobre el envejecido y frágil cuerpo de Pili, la garrota la rompió en dos, tan solo un pequeño aullido, un lamento de quien la había acompañado toda su vida y en todas sus tragedias, el único ser que había querido. Quedó rota en el suelo sin aliento con los ojitos abiertos, sus orejitas caídas y un solo movimiento, el del suspiro de su muerte.



Paca lloró y lloró, pero una vez secadas sus lágrimas, ella si le desafió se le quedó mirando a la cara, sin pestañear, firme, autoritaria, se acercó a Benito embriagado de autoridad y poder, y ella cada vez mas cerca y con voz baja sin necesidad de levantarla, cuando estaba a penas a diez centímetros le dijo: - tu serás mi marido, yo soy tu mujer, pero yo seré La Condesa de Mudela y yo seré tu ama y dueña, me harás la comida, me harás la cena, limpiaras la casa y si te lo ordeno me lamerás los pies. Hoy has matado al ser que mas he querido en mi vida, hoy para ti empieza tu camino hasta la tumba.


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XV



A Paca se le humedecían los párpados recordando aquel día, pasaron tantas semanas de preparativos, de nervios, de ilusión por su matrimonio y, porque no decirlo, por saber quien era su padre que con ocasión del matrimonio no había reparado en gastos y parecía igual de ilusionado que ella. El Señor Conde, Don Bernardo de Mudela, no solo tenia sentimientos, se lo había demostrado en mas de una ocasión defendiéndola de sus hermanos y de los supersticiosos avaros de su riqueza, su melena, su vello rojo. No habían sido solo actos de humanidad, se trataba de defender a su hija bastarda, no reconocida, sin sus apellidos, pero por sus venas corría su sangre y eso al Conde, tradicional en cuestiones de linaje, no podía olvidarlo y queriendo o sin querer, ella era su hija.


Paca se olvidó de la tormenta, ensimismada en sus sueños, los relámpagos, los rayos y los truenos se habían convertido en una monotonía que no le sorprendía ni cuando el cielo mandaba uno de sus mayores gemidos. En sus pensamientos, tampoco le perturbaba la presencia de luces y sombras, de sonidos sacados de gargantas dolientes, de espíritus errantes, de la muerte que la cortejaba. Casi la deseaba, sola en el mundo con su cuerpo marchito e inútil tirado sobre la cama y dependiendo siempre del humor y de los servicios de Fernanda en un condado muerto y abandonado por el paso del tiempo y los infortunios sucedidos durante tantos años; ya nada le quedaba tan solo sus recuerdos y esos permanecerían para siempre. Los recuerdos y el tiempo vivido, es lo único que le quedaba como a cualquier ser humano, en definitiva la vida es el fruto de lo que has vivido, de las experiencias, de las personas que te han rodeado y de cada una de las circunstancias que al final componen nuestra memoria. Sin futuro alguno el pasado era Paca, ahora postrada en la cama no era nadie, tan solo alimento de alimañas y de almas hambrientas esperando a su presa, por todo ello, la muerte con su túnica negra  y su guadaña, no le asustaba.


Unos días antes de la boda y de su muerte en pleno festejo, su abuela Fidela le contó como llego a este mundo, lo recordaba con detalle, aquel día de vendimia cuando su madre se encontró indispuesta dolorida y de pronto calló envuelta en sangre y placenta al suelo entre el barro y la tierra. Nadie había tenido noticia de su estado de gracia, nadie se lo había notado a su madre, entrada en carnes tras parir cuatro haraposos hijos y sus vestimentas holgadas y negras. Nació entre la tierra del Condado y también de su sangre, y en ese mismo instante, tras ser limpiada por ella se apreció un fino bello aterciopelado sobre su cabeza, su madre al instante la llamó Paca y el Señor Conde lo ratifico, con el de jara.


Ante sus preguntas, lógicas de si había existido alguna relación entre su madre y el Señor, Fidela le narro con detalle lo que ocurrió aquella noche cuando El Conde entro en los aposentos de su madre. En su habitación continua y forzándose para que no se oyeran sus lamentos, fue testigo presencial de lo sucedido, y como la semilla de los Mudela había entrado y fecundado en el vientre de su madre.
Su abuela se sorprendió pero Paca no sintió dolor alguno por la forma en la que había llegado al mundo, era feliz, pronto se desposaría sería de Benito en cuerpo y alma, y conoció su origen, tenía un padre y nada menos que el Señor Conde.


Pocos días después su abuela Fidela se encontraba dentro de una caja de pino, en su estancia encima de la cama, con la tapa abierta los ojos cerrados y la boca engullida entre los huesos. No había nada de ella, la mortaja negra la cubría y las viejas del pueblo junto con su madre la rodeaban rezando durante el velorio de difuntos. Sin mas actos, pues se trataba de una simple campesina, al día siguiente, tras las bendiciones del cura, fue llevada en la caja en un carro tirado por dos mulas al cementerio, seguido por el duelo, las gentes del Condado y del pueblo, había sido muy querida por todos, pero el Señor Conde no hizo en ningún momento acto de presencia, su sangre no era noble y por lo tanto poco le importó su muerte.


Tumbada entre las sabanas blancas, Paca recordaba que ella junto a su recién esposo, Benito, abrazados el uno al otro junto con su madre, caminaban tras el carro en primera fila, todos de negro, como la procesión de los finaos hasta llegar al cementerio, donde habían abierto una zanja. Bajaron la caja y entre lloros, allí la metieron tirando tierra sobre ella y clavando sobre ésta una cruz de madera con su nombre en el centro. Allí se quedó, entre los muertos, bajo la tierra para convertirse en polvo, puesto que polvo somos y en polvo nos convertiremos, así lo había manifestado el cura antes de darle santa sepultura.

Pasaron unos días y Paca y Benito ya se encontraban viviendo solos, en esa casa anexa al caserón que El Conde les había cedido de regalo, para que pudieran vivir en intimidad fuera de los albergues del servicio.  No habían tenido luna de miel, mas bien había sido una luna de hiel, amarga y desgraciada, pero se sentía feliz haciendo las tareas domesticas, preparando el desayuno y la cena a su amado esposo. La comida la tomaba en el pueblo, cada día iba y venía pues seguía trabajando en el campo con su familia, tenían casa, pero también necesitaban el sustento necesario de cada día, por lo que Paca pasaba todo el día a solas, entraba y salía, pero estaba sola, acompañada de Pili, ya muy mayor, también vieja como su abuela antes de morir, prácticamente no se movía solo salía de la casa para hacer sus necesidades. Paca la acariciaba y la subía sobre su regazo sentada en una silla y así pasaban las horas, desde su desposorio no había vuelto a sentir la carne de Benito sobre la suya, llegaba cansado del duro trabajo en el campo y los viajes de ida y vuelta, por lo que, al anochecer llegaba a la casa agotado pero siempre con un regalo para Paca, una flor, un dulce, cualquier cosa, y ese era el momento mas especial del día mientras se abrazaban y se besaban, después la cena y Benito a la cama, reventado de cansancio y sin mas deseo que el sueño, sin buscar la carne de Paca, tan solo abrazados en la cama, se besaban y un hasta mañana, no había mas, y a veces a Paca le desconsolaba, al parecer el matrimonio terminó con la pasión, o tan solo era la vuelta a la realidad de su vida.


La tristeza de Paca se fue incrementando y al parecer se le notaba en su rostro. Su vida era tan simple y solitaria como siempre lo había sido y su esperanza de cambio tan solo consistió en un cambio de casa y un acompañante en la cama. Los días pasaban y todo era igual. Un día se encontró con su padre, el Señor Conde, como le llamaba, nunca se atrevió a mostrar esa palabra de cariño y parentesco y este en un acto de humildad le pregunto sobre su felicidad. Paca sorprendida ante ese interés del Señor rompió a llorar, fue un acto espontáneo, sin pensar, sin meditarlo, sorprendida y su padre la abrazó con esas grandes manos la apretó contra su cuerpo en un acto de consuelo que ni en sueños se esperaba, la soltó y de repente pronunció unas palabras: -tranquila Paca, todo se arreglará-.


No imaginaba de que podía estar hablando, que podía hacer por su felicidad, hasta que esa noche cuando Benito llegó a la casa y abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, se quitó la boina y la cogió en brazos, era feliz, la besaba, la zarandeaba, hasta que la soltó y le contó. El Señor Conde le había llamado cuando llegaba al Condado, le esperaba en la entrada, conversó con él y le ofreció nada menos que ser el capataz del Condado, el encargado de todos los viñedos, de las tierras y de las granjas, era increible tal acto de generosidad y también de responsabilidad que le había dado a Benito, sin embargo, ello suponía que ya no tenía que ir al pueblo que pasaría los días en El Condado, que ambos estarían cerca y esa noche si, esa noches si saboreo la carne de Benito y ella se entregó una y otra vez, su deseo mas secreto, era ser encintada y regalarle un hijo a su amado Benito.

Al día siguiente el Señor Conde convocó a todos los sirvientes del Condado y comunicó la noticia, el nuevo capataz sería Benito dejando de lado al anterior y a otros que vivían con la esperanza de obtener ese cargo de confianza del Condado.


La noticia no fue bienvenida para muchos, mas bien muy mal venida, pero Benito y Paca eran felices. Al día siguiente Benito tenía una cita con el Señor y con otros sirvientes, debían informarle de todo y como debía dirigir esas tierras y todo lo que ello conllevaba, como los viñedos, la bodega, los establos, el ganado, granjas y otros cultivos; todo bajo su dirección y todos bajo su mandato.



Le costó al principio hacerse con tantas responsabilidades y mas aún con la enemistad de muchos de los siervos, que mas que ayudarle a aprender su nueva tarea de tanta responsabilidad, cada día se lo ponían mas difícil. Una noche cuando se dirigía hacia su casa, de pronto, de entre la oscuridad vario hombres de negro le rodearon, se sintió amenazado, les ordenó como capataz que se fuera cada uno a su casa sino querían sufrir las consecuencias, sin embargo poco caso le hicieron, cada vez mas arrinconado, los alientos de esos hombres los sentía cada vez mas cerca hasta que uno de ellos dio el primer paso, un golpe en su estomago que le hizo encogerse de dolor, después una patada en sus genitales que terminaron con él en el suelo y después patadas y mas golpes, ya no sentía nada, le golpeaban y le pataleaban y no sentía mas que la calidez de la sangre brotando por sus mejillas y por todo su cuerpo. Cuando ya sintieron desahogados, los hombres se marcharon y Benito quedó postrado en el suelo, dolorido sin apenas poder moverse y arrastrándose  llegó a la puerta de su casa a la que dio unos tímidos golpes, no se abría e insistía, de repente Paca se percató, abrió la puerta y aterrada vio a su amado tirado en el suelo entre un charco de sangre, sin levantar la voz y sin que sus lloros salieran de su boca, lo metió en la casa como pudo y lo tumbó en la cama. Curo sus heridas, lo lavó, le apretó con unos trapos todo su cuerpo para sujetar sus costillas y le dejó dormir. Pasó toda la noche y todo la mañana siguiente sentada a su lado, hasta que despertó, abrió los ojos, Paca se tiro hacia él y sin querer le hizo soltar un gemido de dolor, los dos se miraron, sabían que la decisión del Conde les traería problemas y ahí estaban, se miraron y juraron por el bien de ambos, mantener ese secreto, no informar del suceso al Conde, sería peor, sin embargo, a partir de ese día Benito cambiaría, se haría respetar y su mandato sería firme y severo, a partir de ese momento Benito dejaría de ser el mismo, un hombre bueno y generoso y convertirse en un tirano capataz, que no solo afectaría a sus subordinados, sino también a su matrimonio. Nada volvería a ser lo mismo.


sábado, 3 de diciembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO XIV

Unos pasos, el golpeo de las puertas y ventanas, los chascarridos de la madera; una sinfonía de sonidos rodeaban a Paca en su mecedora, junto con los gritos del cielo en mitad del silencio. Otro árbol en llamas arrasado por una lengua de fuego, por la rabia del cielo, la condena de los vivos y el susurro perceptible de los muertos.


Intranquila, con el poco vello de su piel como escarpias, el terror dibujado en su cara, fija la mirada, reflejada en el cristal; se miraba y mas se aterraba, se acercaban, unos pasos, lentos, pesados, arrastrándose hacía su estancia y, la puerta golpeaba, se abría y cerraba, una brisa gris penetraba, las animas errantes que circulaban en torno a ella, sin llegar a tocarla, la miraban, susurraban, le invitaban a seguirlas, tenían rostros, algunos conocidos. Las animas que en el día de los difuntos decían caminaban por el tejado, las tenía a su lado, acercándose, celebrando los finaos su nueva presa, su compañera cuya alma no se vería envuelta en una fina sabana blanca de hilo para ascender a los cielos, sino que permanecería encerrada en una brisa oscura, atrapada entre el cielo y el infierno.


Y los pasos cada vez mas cerca de la puerta, tan cerca que la tocaban y se aproximaban hacia ellas, sus ojos se salían de sus órbitas, ni uno de sus marchitos músculos se movía, ni su cara atrapada en el cristal oscureciendo por la mancha que se acercaba, se aproximaba, estaba cerca, la atrapaba, hasta que de los hombros la cogió. Un leve quejido, no llego a ser un grito emano de su garganta. Ya estaba cogida, atrapada por las animas, hasta que una voz se alzo: - Dña. Paca a la cama-. Una voz brusca y sin ningún tono de delicadeza, como siempre, era Fernanda, ruda y austera, con su ropajes negros empapados de agua y el pañuelo cubriendo su cabellera.


Fernanda no era una mujer de su agrado, era una persona sin sentimientos, sin alma, había nacido en El Condado, la hija de Hipólito el encargado de las cuadras, nació cuando Paca unos meses antes de su boda y siempre había estado a su lado, y aunque nunca cruzaron muchas palabras en ese momento fue un alivio, era Fernanda para llevarla a la cama y no una de esas animas deseosa de atraparla para llevársela junto a ellas al limbo de las tinieblas.


La puso en pié con gran esfuerzo, Paca estaba mas pesada de lo normal, era como un peso muerto que se arrastraba sin mover prácticamente los pies, estirada y empujada sin mas miramientos por Fernanda. Al final consiguieron llegar a la habitación, la cama ya la estaba preparada, Fernanda ya lo había previsto, esos eran los pasos y los ruidos que tanto la habían aturdido. Las sabanas blancas como la cal y una suave manta, a pesar de la tormenta, todavía no había llegado el frío y para Fernanda era ropa suficiente, aunque Paca, vacía de energías y calorías siempre sufría de frío pero no hablaba, no se quejaba, total poco le quedaba, estaba en las puertas del purgatorio y las animas posicionadas para darle la bienvenida al mundo de los muertos en vida.

La tumbó sobre la cama, no sin antes llenar una palangana de agua y lavarle la cara, el cuello, los brazos y las piernas, esos trozos de huesos que la sostenían. Mas que lavarla la frotaba, le rasgaba la piel como si quisiera sacarle brillo. Fernanda era una mujer tullida sin miramiento, harta posiblemente de tener que andar cuidando de una vieja que al menos ya solo era una, hasta entonces había tenido que dedicarse a ella y a Margarita, muerta apenas hacía una semana.


Una vez restregada y secada con un trapo que mas parecía una lija, le cubrió, no sin antes dirigirse hacia el ventanal del dormitorio principal donde dormía para cerrar las contrapuertas, pero Paca sacando un hilo de voz le pidió que no lo hiciera, que quería ver la tormenta y los árboles en llamas. Fernanda la escuchó y salió de la habitación entornando la puerta, sin cerrarla del todo, como si quisiera dejar un hueco para que entraran las sombras y pronto se llevaran a la vieja.


Tumbada, boca arriba como quedaría toda la noche y como cada noche, trató de girarse un poco a la derecha hacia el gran ventanal. Desde allí se veía todo el condado, el torrencial que caía, los rayos y los árboles en llamas, ya eran mas de cinco los que eran presa del fuego, y de nuevo tumbada, como si estuviera amortajada, su cuerpo en el cristal se reflejaba por el efecto del candil encendido. No podía pasar la noche en la oscuridad y siempre quedaba un candil encendido hasta que se consumía y se apagaba cerca del amanecer

Allí sin apenas nada de sueño, tumbada, mirando al techo del dormitorio y de vez en cuando al ventanal cuando las culebras de luz caían del cielo, empezó a recordar el día de su desposorio, tal vez al ver a Fernanda que nació unos días antes.


Empezó siendo el día mas emocionante de su vida, el mas feliz, continuo pero como todo en su vida, la felicidad no duraba por mucho tiempo. Era un domingo caluroso, el Conde, su padre lo había organizado todo, desde la ceremonia que se celebró en la capilla del Condado haciendo venir al cura y al sacristán del pueblo, hasta el convite, todos fueron invitados, los habitantes del condado y todo el pueblo que llevaba su nombre.


Paca hacía noches que no dormía pensando en el momento, en esos días se veía poco con Benito, su tarea fundamental era participar en los preparativos; el banquete, las flores, el vestido; si el vestido que su madre le había hecho de fino hilo blanco, ceñido en la parte superior y con vuelo desde la cintura de seda natural,  comprada en la ciudad por El Conde. Se lo probó una y mil veces junto con su velo que le cubría todo su rostro, hasta el momento en el que tras la bendición del cura, Benito se lo levantara una vez desposada.


Llegó el día, por fin la ultima prueba del vestido, la definitiva, estaba en pié desde que cantó el primer gallo he hizo levantar a todo el mundo salvo a Fidela, su abuela que desde la tuberculosis se consumía en la cama. Saltaba de un lado a otro, estaba gozosa, no solo por el matrimonio; sino porque tendría su propia casa, unos aposentos anexos pero independientes del caserón y lejos del servicio, por mandato del Conde, de su padre. Allí viviría con su amado que vendría del pueblo a vivir al Condado y soñaba con hijos, con muchos hijos. Era pura vitalidad la que se desprendía en cada uno de sus movimientos, de sus ojos, de su empalagosa sonrisa coqueta de mujer enamorada y deseosa de celebrar el día mas importante de su vida, y además tenía un padre que la llevaría al Altar cogida del brazo para entregarla a Benito.


Así sucedió, llegó la hora, y el Conde entro en los aposentos del servicio, se le iluminó la cara al ver la belleza de Paca. Un cuerpo duro, robusto, de firmes y generosos senos, unas prominentes caderas y largas piernas y sobre todo, lo que mas la embellecía, era el contraste del velo sobre su pelo rojo, le daba una especie de aurea sobre su cabeza, parecía un ángel y el Conde se sintió padre, haría de padre por primera vez, daba igual la forma en la que Paca llego al mundo, la forma que fuese, había creado una mujer, se convirtió  en padre de toda una amazona sin pasar por la niñez.


La cogió del brazo y su madre y su abuela llevada en una silla la siguieron detrás, todos en fila esperaban, se aproximaron a la pequeña capilla repleta de las gentes del Condado y del pueblo, tomaron el pasillo central y al final, Benito esperaba al lado de Margarita, ella su única amiga, además era la madrina de su amor.

Frente al Altar, cogieron sus manos y a su lado El Conde y al lado de Benito Margarita bellísima con un vestido rosa fuerte, un color que jamás había visto y que deslumbraba con su pelo rubio recogido con velo y peineta.


El cura dio la ceremonia y llego el gran momento, la gran pregunta, primero a Benito, si quería a Paca por esposa, y respondió con un si quiero, y luego le toco a ella, -¿Paca quieres a Benito como esposo, en la salud, en la enfermedad y hasta que la muerte os separe?- Paca con voz firme y segura deseosa de librar las mágicas palabras del amor generoso, ese que sale del corazón y se ofrece a Dios y a toda la comunidad para que sea conocido, para que no exista la mas mínima duda de su entrega, contestó saliéndose del simple “si quiero” y dijo: -si, lo quiero todo para mi y para siempre-. Benito sonrió y El Conde la miró sorprendido por su espontánea respuesta, pero así era Paca, naturaleza salvaje, pura pasión, y Margarita cómplice de su naturaleza le guiñó un ojo, en prueba de felicidad y de alegría por su querida amiga y por la felicidad de su hermano.


Benito le levantó el velo, y una vez liberado su rostro la beso, no estaba previsto, se oyeron murmullos entre los presentes, pero ninguno de los dos pudo impedir dejarse llevar por la pasión del momento. Cogidos del brazo salieron de la capilla y una lluvia de arroz calló sobre ellos, corrieron para evitarlo y se abrazaron y besaron.


Tras la ceremonia llego el banquete, comida para todos, los mejores manjares, habían matado pollos y cerdos del Condado para el festejo y corrió el vino, litros de vino, esta vez de los mejores, de los que guardaba El Conde en la bodega para momentos especiales.


Un grupo flamenco traído de la cercana Andalucía amenizó el banquete y tras este los bailes, todos lo hicieron, y también los recien  casados, cuando en un momento se oyó un grito, un ensordecedor grito que supero el tono de los músicos y cantantes, era su madre con su abuela en el suelo gimiendo, una uva traicionera se le atraganto en la garganta, no podía respirar, Paca de la felicidad pasó al dolor, corrió hacia ella, Fidela en el suelo se ahogaba, le daban golpes en la espalda y nada, sus ojos sangrantes por la falta de aire parecían reventar, cada vez mas morada, su rostro de color lila y sus labios queriendo con quejidos agarrar algo de oxigeno, pero no podía y poco a poco, fue cayendo hasta que la vida le abandonó.



Su abuela había sido su madre, la había cuidado desde niña mas que la suya, lo era todo para ella, su vida, su pasado se apagó de repente y también su dicha, su felicidad. El primer día de casada, la muerte había vencido al final.