miércoles, 30 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO IX

Un golpe; un enorme estruendo unido a una rama de luz cayó del cielo, golpeo contra la tierra, tan solo a unos pocos metros de la mirada que alcanzaba Paca por la ventana y una llamarada de fuego acabó con la copa de un árbol solitario que creció con ella entre las cepas del viñedo, ese árbol donde se cobijaba, donde junto con Pili pasaba los calurosos días de verano. El fuego se comió las ramas que se alzaban por encima de su tronco pero como por un acto divino o tal vez, por la cantidad de agua que caía del cielo, tardó poco en apagarse y no acabar con él definitivamente. Ese árbol era suyo había crecido con ella y como ella se resistía a morir, luchaba contra las fuerzas de la naturaleza y a pesar del rayo, tan solo unas cuantas heridas que pronto cicatrizaron, tantas como las que Paca tenía en toda su alma y en su cuerpo.


La tormenta se apoderó de todo el cielo y las tierras del Condado y atrapada, encerrada en el límite de la tierra que para ella era el desfiladero de despeñaperros, se agarraba como los gatos con sus garras y durante horas permanecería descargando la ira de Dios, como decían las viejas, y ahora que ella lo era no tanto por su edad sino por la llagas de su alma, también lo pensaba; el misterio, la oquedad del vacío tras esa muralla montañosa  que lindaba al sur del Condado. Lobos, alimañas, seres terribles y hambrientos de carne, vivían al otro lado, en el linde del Condado, mas allá en la frontera, otro mundo desconocido para Paca, donde los pastores perdían sus rebaños atacados por animales sedientos de sangre. Nunca se acercó, en verdad nunca salió del territorio del Condado, ni al norte ni al sur, tan solo al pueblo que llevaba su nombre;  ahí  fue en muchas ocasiones, el pueblo se le hizo conocido a penas a unos kilómetros y Benito fue el motivo de sus aventuras y sus escapadas cuando nadie la echaba de menos.


Paca tenía los ojos encharcados de lágrimas, lamentaba las heridas de su árbol donde tantos momentos había pasado de niña y de mayor con Pili su eterna compañera, pero también con Benito, ese chico rubio de ojos claros que gracias a su valentía y de su amor como pronto descubrió la libro del acecho de su hermano y del guardia murciano que al fin fueron castigados como se merecían y desde entonces todo se acabó, su pelo rojo ya no fue objeto de supersticiones ni deseos. Bueno de deseos ajenos si, tras ese día, su piel, su pelo, su corazón y toda ella se había convertido en el deseo de Benito.


En aquellos días Benito llegó al Condado a la vendimia con toda su familia, su padre su madre y su hermana. Esta última se llamaba Margarita, era una mujer cumplidos ya los dieciocho años, jamás había visto una mujer tan bella, también de cabello rubio, casi blanco y ojos transparentes, le parecía hermosa, un ángel divino, tal vez porque su rostro era el rostro de Benito y aquel acto la conmovió y de la atracción que sintió por él nada mas verlo que le empujaba junto a Pili a seguir sus pasos por el campo donde andaba arrancando el fruto a las cepas; esa atracción se convirtió en amor. En un amor loco, en ese amor ansioso, ese amor que no te permite ver mas allá de la persona amada y que precisa de estar junto al amado en cada momento. Ese amor que no se desprende ni durante las horas de sueño, porque es obsesivo, es todo; el mundo empieza y se acaba con ese amor.


Después de que el Conde acabó con la vida del guardia murciano y su amado Benito con la de su araposo hermano, ella corrió y se escondió en su pequeño agujero, su lugar secreto, su espacio íntimo, al poco se acercó Benito y descubrió todo su mundo y tras una mirada todavía con los ojos ensangrentados y mojados por el terror que había pasado, tras esa mirada, lentamente se fueron aproximando haciendo mas pequeño el espacio, el temblor le arrebataba la vida, la tensión, ese chico de ojos claros cada vez mas cerca, los cuerpos se sentían sus olores se olían  sus palabras se oían a pesar del silencio. Unos dedos, la mano entera, la de uno y la del otro, se rozaron, sudorosos ambos, se tocaron, se cogieron y en un impulso al igual que el del rayo que acabó con la copa de su árbol, con la misma intensidad del trueno, con la luz del relámpago; el chico con fuerza oprimió su mano la llevó hacia él y los cuerpos se unieron con el hambre y el deseo de sus labios eternizando un beso infinito, donde sus lenguas se entremezclaron saboreando cada uno de ellos el sabor del otro, llegando a morder los labios por el deseo de tener, de saborear la carne amada, como el lobo con los rebaños. El amor es hambre de comer, de poseer, de entregarse y dejarse llevar por la persona amada. Así los sintió Paca en aquellos momentos y así lo recordaba, allí tantos años después sentada en su mecedora con la mirada fija en la ventana donde por arte de magia se reflejaba la silueta de su gran amor, el primero y el único que tendría en toda su vida, fue eterno, y seguiría siéndolo incluso tras la muerte.

Nunca olvidó ese beso de furia de deseo puro; fue un beso infinito, cuando se despegaron las bocas, la del uno y la del otro el agotamiento dibujaba sus caras pero también una media sonrisa y una mirada baja, esa mirada cómplice del amor y la ternura, poco a poco tras sus bocas, sus manos se fueron separando, una voz lejana llamaba a Benito, era la de su madre, se hizo la noche y debían volver a sus aposentos a la hora marcada por el Señor Conde, sin fuerzas, sin querer, sin voluntad. Benito se separaba, se alejaba centímetro a centímetro sin dejar de juntar sus miradas. Salió y se alejó, Paca quedo ensimismada, alejada de la realidad, se deslizó por la pared cayendo al suelo, sin fuerzas pero con la energía y vitalidad que ocasiona un acto de amor. Sentada cogió a Pili y la abrazo entre lágrimas y sonrisas, la perrita le lamía las lágrimas y movía su rabito, aquel pequeño animal parecía que lo entendía todo, sabía que esas lágrimas no eran como otras lágrimas, era consciente que su dueña era feliz, muy feliz como nunca lo había sido, con su lengua y su rabito demostraba que ella también era feliz.


Ese año la vendimia se le hizo muy corta, desde aquel beso a penas quedaban unos días para finalizarla y Benito junto a su familia se marcharían, vivían en el pueblo al que pertenecía el Condado, a pocos kilómetros, pero ya no estaría allí, cerca de ella, aprovechado cada momento en el que Benito se le permitía para besarse en su escondite o debajo de ese árbol. Pocas palabras se cruzaban, solo se deseaban y mas que hablar sus bocas, éstas pedían la otra boca, y entre abrazos y besos pasaron los días hasta que llegó el último, el día que finalizaba la vendimia.

El fin de la vendimia era toda una fiesta. El Señor Conde mataba un gorrino para invitar a todos los que habían participado en la cosecha y también circulaban litros de vino, acabando la mayoría durmiendo por el campo tras la comida, el vino, que por cierto no era de los mejores que conservaba, y bailes de los campesinos.


Durante esa noche, cuando la mayoría se encontraba durmiendo embriagados por  el caldo de la vid y nadie les iba a echar de menos, corretearon juntos al lugar secreto de Paca que también lo era de Benito desde aquel día y entre risas, miradas, besos, llegaron a su refugio, sofocantes se tumbaron en el suelo, se miraron, acercaron sus labios, se hundieron en un largo beso, un beso que era una despedida, y sus cuerpos y sus corazones no conformes con la unión de sus bocas, cercanos, vibrantes y apasionados, se juntaban cada vez mas, se separaron un centímetro, se miraron, ambos querían algo mas, y lentamente muy despacio con ternura; Benito tomo la iniciativa, fue desabrochando botones, desatando cintas; despojando a Paca de sus ropas. Poco a poco, mirándose a los ojos, dejándose llevar, de pronto los senos de Paca quedaron desnudos, eran exuberantes, firmes y deseosos de ser tomados. Y así ocurrió, Benito fue acercando su boca  a esos senos desnudos coronados con unos pezones sonrosados duros donde descargó todo su deseo de hambre por la carne, la necesidad tomar a su amada, y ardientes siguieron se quitaron uno al otro sus ropas dejando sus cuerpos desnudos abrazados en el suelo hasta el momento en el que Benito ayudado por Paca que gritaba ser penetrada introdujo su miembro erguido en el cuerpo de Paca. Un pequeño estallido de dolor mínimo comparado con tanto placer y unas gotas de sangre por la ruptura de su virgo, con suaves movimientos al principio y locos y fuertes al final sintieron la unión divina de los dos, convirtiéndose en un solo cuerpo hasta que un estallido final tras saborear uno al otro cada centímetro de su piel, se separaron agotados y bañados en sudor. Ambos estaban paralizados hasta que de nuevo juntaron sus manos y desnudos quedaron en el refugio de Paca hasta el amanecer.



Ese día que nunca olvidaría, Paca se sintió por primera vez mujer, del que sería su único hombre.


EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO VIII

Retrocedía su mirada no con el ánimo de encontrar la figura de nadie de carne y hueso, de ningún ser vivo, se giraba para contemplar posiblemente algún fantasma del pasado. La puerta se abría y cerraba, y una lámina intensa de aire helado se colaba hasta llegar a rasgar su rostro. Se giraba con el terror de encontrar algunos ojos mirándola desde el otro lado de la puerta surgidos desde las mismas entrañas del infierno, y también lo hacía para comprobar con escasa esperanza, la posible llegada de Fernanda, pero esta no lo haría, era demasiado pronto para prepararle la cena y la cama, y la tormenta la retrasaría aún mas, el chaparrón cada vez se incrementaba mas y mas y el cielo parecía caer de golpe encima de todo el Condado.


Resignada y con el miedo en el cuerpo, compañero de viaje durante toda su vida, de nuevo dirigió su mirada junto con sus pensamientos al ventanal desde donde  podía contemplar la plenitud y la grandeza del Condado, y en un momento, cuando una de tantas luces de fuego iluminaban el cielo, le pareció que una imagen se reflejaba en el cristal, tenía forma humana, era un rostro conocido. Petrificada, inmóvil esa imagen se le quedó grabada y como no la recordaba y estaba ahí, dibujada en el cristal, no fue pánico lo que sintió; fue ternura, amor y felicidad deseosa de que fuese real y ese rostro aún permaneciera con vida.


Benito era un chico que conoció cuando a penas ella había cumplido los quince años y su mundo seguía girando alrededor de Pili, su madre y su abuela. Apareció en el Condado días antes de iniciar la vendimia, era un jornalero de unos diecisiete años que como tantos otros eran contratados para arrancar el fruto de las cepas. Nunca se había fijado en ningún chico ni en ningún hombre. Sus únicas figuras masculinas era el Señor Conde y sus desarrapados hermanastros, y la verdad, no había mostrado ningún interés por el género masculino, no había sentido amor ni cariño por ninguno y aún menos deseo carnal del que ya era conocedora.


Hacía varios años que ya era mujer, como así le dijo su abuela Fidela cuando un día comprobó como sus bragazas se mojaban y se tintaban de un rojo oscuro, de sangre. Sintió miedo, pensaba que iba a morir desangrada por el derrame de sus genitales que hasta entonces tan solo los había considerado como un orificio para poder mear. Para ella, durante la infancia, no existía mas certeza que las palabras de su abuela. Las mujeres meaban por un agujero y los hombres por un grifo, y como le decía su abuela, la diferencia tan solo era porque los hombres tenían que hacerlo de pié para no perder el tiempo durante el trabajo. Ella lo había visto, era verdad, cuando correteaba por el campo junto a Pili, los hombres sacaban lo que para ella era una especie de salchichón y meaban sin agacharse, y ese sería el motivo del sistema.


Aquél día en el que la sangre le chorreaba entre las piernas, no sabía a quién acudir, no sabía que hacer, no quería que la viera nadie y menos contarlo. Trataba sin conseguirlo parar aquel sangrado, pero no lo conocía y un pequeño y molesto dolor sentía dentro de sus tripas. Pensó que estaba enferma, y como no paraba, corrió hacia las cocinas encontrándose a su abuela, le contó lo que le pasaba, se bajó las ropas empapadas de sangre pastosa, y de ese agujero por donde hasta entonces tan solo meaba, que ya  se encontraba cubierto por un fino vello de color de su pelo, seguía un goteo incesante de sangre. Su abuela la tranquilizó, incluso le dio un beso y un abrazo, tan solo le dijo que ya era mujer, y que esa sangre le aparecería mas o menos cada mes para recordarle que era mujer, y que como todas ellas eran las únicas de poder dar la vida, de tener niños, de darles sangre y que esa sangre derramada era la que tenía para dar la vida. Según su abuela, era una virtud de la mujer, podían dar la vida mientras que los hombres tan solo ponían la semilla escupiendo por el rabo. No entendió nada, pero le pareció bonito, si lo decía su abuela sería verdad, la mujer es la fuente de la vida y esa misma vida se lo recuerda con sangre cada mes.


A los quince años, cuando vio por primera vez a aquel chico de ojos claros y pelo amarillo, jornalero contratado para la vendimia junto con toda su familia; todos los cambios de su cuerpo estaban en plena evolución, mas bien ya la habían transformado. De sus pequeños pezones habían crecido unas generosas mugres como a las vacas, y también su abuela le contó el motivo, que como había visto tantas veces en las vacas, las marranas, las ovejas y otros animales, eran fuente de vida, algo único de las hembras, de ahí las mujeres pueden alimentar a sus cachorros, a sus hijos, cosa que los hombres no pueden hacer, mas bien, como decía Fidela, los hombres no pueden  ni comer solos,  las mujeres tienen que hacerle la comida o caerían hambrientos. También le había brotado un fino bello pelirrojo por donde meaba, y su abuela le contó que era para proteger la fuente de la vida que se encontraba por donde meaba, explicación que no entendió en aquel momento pero que a los quince ya sabía; lo sabía y lo entendía todo, incluso que por donde meaba también a veces, cuando la curiosidad le invadió por aquel vello que le nacía, cuando lo acariciaba, sentía una especie de cosquillas agradables que sin saber que era, le gustaba. A los quince cuando llegó Benito, ya las preguntas estaban contestadas.


Nada mas ver a aquel muchacho de ojos claros se sintió diferente, el corazón le latía mas rápido cada vez que se lo cruzaba, y sin acariciarse esas cosquillas las sentía, era como una fuerza incontrolable de ser cogida de ser abrazada y rodeada por los brazos fuertes de aquel chico, de rozar sus labios, de coger sus manos y llevarlas a su pecho para que frenara a su corazón latente.


Pasaban los días y desde la mañana hasta la noche lo buscaba, intentaba tenerlo cerca, bajar la mirada cuando el la observaba y su tez blanca se sonrojaba. Era una fuerza incontrolable, un deseo de verlo y de estar junto a él. Paca estaba por primera vez enamorada, y su triste vida y toda la maldad y fealdad, se convirtió en un campo de flores, de colores y perfumes, sonreía y lloraba, todo su cuerpo estaba alborotado, encendido, fogoso y deseoso de tocar, abrazar y besar a Benito como así le llamaban.

Ella ignoraba por completo si él sentía algo por ella, lo cierto es que le sonreía y ella se ruborizaba, no mediaron hasta ese momento palabra alguna, ninguna cruzaron ni conocía sus sentimientos.


Al iniciar la vendimia era normal que los guardias aparecieran por el Condado para controlar a los jornaleros, a veces se colaban ladrones y delincuentes que saqueaban  parte de las cosechas. Ese día llegaron tres beneméritos, el sargento, el cabo y el guardia murciano. El Sargento fue recibido por el Señor Conde en su despacho donde hablaban y degustaban alguno de los buenos caldos viejos que conservaba y cuidaba el Señor Conde, el cabo y el guardia andaban preguntando a unos y a otros, entrevistándose con los jornaleros, algunos eran conocidos de otras vendimias, pero otros era la primera vez y se empeñaban mas con estos con preguntas y papeles que les exigían. Paca trababa de estar cerca de Benito y él y su familia eran nuevos y estaban siendo interrogados por el cabo y el guardia, ella sentada junto a una pared y Pili en su regazo no dejaba de mirar a Benito; en un instante en un momento el guardia murciano levanto su mirada y la dirigió hacia Paca, la miró y le sonrió, con la mano le indico que se acercara y levantó la voz –Jara ven pa ca-, ni se inmuto en ese momento, pero éste de nuevo insistió y con la voz mas autoritaria, Pili estaba con las orejas caídas mientras ella se levantó y se dirigió hacia el guardia, sin preguntas y sin tan siquiera mediar palabra la cogió y agarro con su mano la entre pierna, Paca intentó alejarse pero la fuerza del guardia era muy superior a la suya, Pili empezó a ladrar pero de una patada del guardia fue a parar contra la pared, no le pasó nada pero ya no se acercó ni ladró mas. El murciano le dijo –aquí ya tienes pelos rojos jara-  y dijo a los que allí se encontraban que esos pelos de la entrepierna son los que mas suerte dan, atraen las buenas cosechas y la fortuna.


Paca intentaba liberarse pero le era imposible, ahora estaba cogida por el murciano y uno de sus desarrapados  hermanos. El murciano le dijo que le bajara la falda y la braguera para ver ese vello tan cotizado para el murciano y las gentes ignorantes que así le creían pues venía de otras tierras, de esos lugares bañados por el mar donde reinaba la abundancia. Cogida debajo de los brazos por el guardia y su hermano empezó a bajarle la falda mientras Paca pataleaba y gritaba, no paraba de gritar, su abuela atónita lo estaba presenciando y nada hacía, no podía meterse con los guardias era tan solo una sirviente del Conde. Su hermano apenas podía sujetar las piernas de ella, ya tenía mas fuerza que cuando era pequeña, no podía bajarle las ropas para coger ese bello tan preciado. Cuando pareció  que lo había conseguido, Benito se abalanzó sobre su hermano con una hoz en la mano y sin dudarlo lo cogió del cuello y le arrancó la cabeza por el cuello cayendo esta al suelo con la mirada fija en Benito y su cuerpo, todavía con fuerza poco a poco soltaba las piernas de Paca. La cabeza rodó emanando sangre y desparramando por el barro los sesos. En ese momento el murciano cargó su escopeta y apuntando a Benito se dispuso a disparar, y un estruendoso ruido silenció el Condado. Paca con los ojos cerrados, su amado Benito lo habían matado. Oyó la voz del Conde y abrió los ojos y atónita lo miró. El Conde tenía su escopeta humeante había disparado al guardia justo en el ojo atravesando el cartucho toda su cabeza y desplazando su ojo derecho a mas de cien metros por donde salió rodando, se giró y vio a Benito en el suelo con las manos tapando su cabeza, como protegiéndose de un disparo seguro. El cabo levantó su escopeta y apuntó al Conde dispuesto a disparar, pero una orden le hizo bajar su arma, era la del Sargento que tantas cosas y favores debía al Conde, le ordenó bajar el arma y con voz firme dijo que no había pasado nada, tan solo un incidente entre el guardia y el desarrapado hermano y nada mas. Ordenó a todos que se fueran y que el que hablará del incidente se las vería   con él. El silencio estaba asegurado.



Paca salió corriendo junto a Pili a su escondite, subiéndose la falda como podía pero no paraba de correr, no miraba hacia atrás. Llegó a su lugar secreto se acurrucó junto a Pili y de repente oyó unos pasos, alguien entraba, era Benito, su amado Benito, se levantó, se dirigió hacia él y con un impulso incontrolado mutuo de ambos deseosos de sus cuerpos se abrazaron y se perdieron en un profundo beso donde cada uno de ellos entregó su corazón mordiendo sus labios y juntando sus lenguas para sentir el sabor del amado. Ese día Paca la Jara, sintió por primera vez la llamada del amor.


martes, 29 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO VII

La habitación cada vez se copaba de mas sombras. Paca sentada en la mecedora con su mirada fija en la ventana, tan solo se escapaba de sus pensamientos, cuando un rayo de luz caía desde el cielo e iluminaba la habitación, a penas sentía, pero tenía miedo. Siempre tuvo miedo a las tormentas, pero ahora no era capaz ni de encender unas velas. Las tenía a su derecha, solo tenía que mover un brazo y tomarlas y prenderlas con un fósforo, pero le pesaban las manos y a penas se movía, solo la luz de los rayos llegaba por la venta y la habitación crujiendo con cada trueno, le alteraba conforme se acercaba lo mas duro de la tormenta, lo peor aún no había llegado.


Giraba con movimientos cortos su cabeza, intentando alcanzar con su mirada la puerta, que entre abierta no paraba de golpear contra el marco. Una corriente de aire entraba por el entorno por esa puerta procedente de alguno de los rincones del caserón. Estaba sola, Fernanda aún no había llegado para prepararle la cena, todavía era pronto, y con ese nubarrón aún tardaría mas. Se sentían diminuta en aquella casa, y esa brisa de aire, quien sabe de que rincón vendría le producía escalofríos, sentía como si la tomara y la arrastrara a ese mas allá que desde hace tiempo le esperaba pero que ella se resistía a pasar, se aferraba a la escasa vida que le quedaba, con sus escasas energías y con un cuerpo marchito por el paso del tiempo y los golpes de tanta desgracia vivida.

Paca en su pensamiento, se negaba a recordar solo las cosas malas, se esforzaba en pensar momentos de felicidad vividos que también habían existido, pero en cuanto lo intentaba, de nuevo otro suceso le apartaba de las cosas bellas.


Un golpe, otro golpe, cada uno de ellos mas fuerte, y otros golpes de otras puertas, de otras ventanas o de tantos escondites y lugares que ocultaba el caserón. Un rayo de repente y un fuerte estruendo en el horizonte de los viñedos, la hizo tambalear, y aunque sin a penas fuerzas miró hacía atrás, miró la puerta que se abría y cerraba. Manteniendo la cabeza erguida y los ojos todo lo abiertos que podía, vio abrirse un poco mas la puerta con un golpe de aire, se fijó atentamente, solo había penumbra y sombras que se movían con la sensación de que alguna de ellas se disponía a entrar y atraparla, envolverla y llevarla con ella. Algún espíritu que aún permanecía en la casa camuflado en sombra y guiado por el viento hasta su minúsculo cuerpo blanco plagado de pecas naranjas y rojas como su pelo.


Con ojos aterrorizados de nuevo, a duras penas volvió a su posición inicial, delante de la ventana, observando la tormenta e intentando encontrar un pensamiento que se la llevara de ese lugar, en ese momento, antes de que alguna sombra lo hiciera.


Recordó de nuevo su infancia, aquellos días como ese, cuando las nubes se aferraban a no caer por el desfiladero de Despeñaperros, cogía a su querida Pili y ambas huyendo de las viejas de luto permanente rezando alrededor de una mesa, se escondía en su lugar secreto, ese pequeño espacio que había encontrado, un agujero entre el caserón y la bodega que al parecer nadie conocía y no se fijaban en el. Solo cubierto por unas tablas, que con su poca fuerza de niña podía retirar y volver a cerrar, y allí junto con Pili, pasaba grandes ratos escondida de sus hermanos, de las tormentas y del resto del Condado, era su pequeño espacio propio, el único lugar íntimo que había descubierto un día jugando y que entro por su curiosidad o por su necesidad de tener algo suyo, algo que no fuese de nadie más.


Allí pasaba el tiempo con Pili y otras compañías, que al principio le daban miedo, pero que termino acostumbrándose a ellas. Eran las ratas que entraban y salían, ella no las molestaba ni estas a ella, sin embargo Pili saltaba sobre su regazo y de ahí no se movía con las orejas empinadas y siguiendo a cada una de ellas con sus ojos saltones y sin perderlas de vista.

En ese lugar donde salió aquel día y al girar, sin ser descubierta, fue cuando la atraparon sus hermanastros, esos seres sin conciencia y le arrancaron su preciado pelo, en ese lugar donde pasaba tantas horas es donde planeó muchos de sus actos buenos y otros tantos malos, tal vez mas éstos y de ahí su miedo a las sombras, a ser llevada al infierno.


En primavera, el Condado se llenaba de pajarillos que posaban sus nidos entre las tejas y los árboles. Le gustaba oírlos cantar, revoloteaban a su alrededor, como salían y entraban de sus nidos llevando comida a sus polluelos. Un día Pili cuando correteaba por el campo se encontró un pajarito herido tirado sobre la tierra, se le quedo mirando pero su olor a sangre también le incitaba a darle un bocado, ella llamó a Pili y le obedeció, se acerco y comprobó que estaba herido, era un jilguero de vivos colores, lo tomo entre sus manecitas y lo llevo al caserón, a las cocinas donde se encontraba su abuela, entre las dos intentaron cuidarlo, y Fidela que tenía cierta facilidad con las manualidades le construyó como pudo una jaula donde lo metió y le daba de comer semillas que encontraba por el campo y de beber con una gotita de agua en su mano.


Pasaron los días y se movía cada vez mas, se estaba recuperando y se chocaba constantemente con las barras de madera de la especie de jaula que su abuela le construyó. Un día de forma inesperada, empezó a cantar, era hermoso, los colores de sus plumas brillaban, se revoloteaba y cantaba de forma fina y armónica; Paca se conmovió y no podía verlo mas allí atrapado, estaba totalmente curado. Cogió la jaula, seguida por Pili como siempre, su sombra durante quince años de su vida, y cerca de su escondite, donde además delante crecía un frondoso árbol, puso la jaula en el suelo y le abrió la puerta. Al principio el jilguero temeroso se quedó en un rincón, Paca lo cogió suavemente entre sus manos, lo saco, subió sus manos y de repente se desprendió de ella y se puso a volar hasta alcanzar una de las ramas de aquel árbol. Paca empezó a sonreir, lo veía saltar, volar de un lado a otro, estaba totalmente curado y Pili embriagada de esa felicidad, no paraba de ladrar, de mover el rabo y de correr en círculos alrededor de ella. Fue un momento feliz, uno de los pocos felices de su vida. Su unión con los animales, con el espacio, con la naturaleza es lo que la hacía vivir y sonreir, todo lo contrario que le ocurría con las personas.


Una vez liberado a Colorín, como así lo había llamado, se metió en su escondite para guardar la jaula que le había construido su abuela con sus manos, era suya y la quería conservar, la dejó en un rincón y como tantas veces sentada en el suelo, se quedó jugando con Pili lejos de las gentes que poblaban el condado. De repente, notó que la jaula se movía, le entró un ataque de pánico, pero este se marchó al instante; una rata enorme, la mas grande que había visto jamás se había colado en la jaula, sin pensarlo, por puro instinto, cogió y cerro la puerta quedando encerrada. El roedor furioso no paraba de lanza gruñidos, de moverse. Paca no se acercaba, enseñaba sus incisivos cuando abría su boca con tan solo la finalidad de morder. Se quedó pensando, y salió de allí, fue a los establos seguida por Pili y buscando encontró una cuerda, y se la llevo a su escondite, la paso por las barras de madera y la ató; nada bueno se le estaba ocurriendo, pero no dejaba de pensarlo. Paca dejó pasar las horas, se hizo de noche, ella sabía que nadie la echaría de menos, tanto su madre como su abuela sabían que le gustaba dormir algunas noches sobre la tierra mirando las estrellas, por eso nadie la buscaría.

Cuando la noche se había cerrado completamente, salió de su escondite agarrando la jaula con la rata y sin hacer ningún ruido, así también se lo ordenó a Pili que en todo la obedecía. Salió despacio, camino sin sentir sus propios pasos, solo se oía el movimiento de la rata en la jaula que se hallaba atrapada y se dirigió a los aposentos donde dormían sus hermanos, abrió la puerta, apenas se podía ver, no se oía nada mas que las respiraciones de éstos, buscó la cama que estaba a la izquierda contra la pared donde sabía que dormía aquel que tiempo atrás había tratado de ahogar a Pili, se acerco casi sin respirar aunque el corazón se le salía del pecho, de la fuerza y rapidez con que latía. Este estaba inmerso en un profundo sueño desde hacía horas, nada podía descubrirla, se puso a su lado, Pili entre sus piernas con las orejas todas hacia abajo, cogió la jaula con la rata, levanto un poco de la manta que cubría aquel engendro humano, abrió la puerta de la jaula sobre ese hueco abierto, y la rata de un salto se coló y ella con un acto instantáneo cubrió con la manta a su hermanastro para que la rata no pudiera salir, salió de inmediato de la habitación de pronto se oyeron gritos de terror, la rata no paraba de morder y morder a ese ser que se perdía en gritos de dolor con cada mordido de la rata atrapada, le devoraba las piernas, de un mordisco le arranco sus genitales, sus otros hermanos acudieron en su ayuda levantaron la manta y ante tal imagen se quedaron petrificados, huyeron al ver la rata con todo su hocico manchado de sangre y con trozos de carne, empezaron a gritar a llamar a la gente, pero la rata no paraba de morderle, de destrozarle la cara, de comerse hasta los mocos de ese bárbaro que un día quiso ahogar a Pili. Cuando llegó la gente, nada se pudo hacer, este se hallaba vomitando sangre, con los ojos arrancados, soltando un suspiro de dolor que apenas se oyó, hasta que giró su cabeza despellejada y no volvió a respirar. La rata fue machacada hasta la muerte por uno de los labradores con un palo.



En ese momento Paca ya se encontraba lejos, había oído los gritos, estaba en su escondite con Pili y la jaula vacía, se encontraba excitada y asustada, pero no arrepentida; empezaba la venganza de Paca la Jara.


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO VI

La soledad había sido la única compañera en la vida de Paca. Su vida fue una soledad compartida y a veces una soledad sonora. Ensimismada en sus pensamientos, una ligera sonrisa broto de entre sus labios. La mayor parte de su vida estuvo sola pero no podía olvidar, la única compañía que tuvo durante muchos años desde su tierna infancia hasta la madurez. Esa fue su perrita Pili, aquel trozo de amor de humanidad y de belleza que en día inesperado se desprendió de la rudeza del Conde, fue un momento inolvidable y una presencia constante en su corazón, como decían  los mayores, nada es bueno o es malo, será lo que Dios quiera, y de aquel horroroso incidente con sus hermanastros, Dios quiso que algo bueno le sucediera, descubrir que el Conde, su padre, tenía un corazón en el pecho, cosa que muchos habían llegado a dudar.


Paca seguía mirando por la ventana, apreciando como se aproximaban los grandes nubarrones y como invadían todo el condado con sus negras sombras iluminadas por rayos de luz en el firmamento, prácticamente no se percataba de la tormenta, y como pensó, toda su vida estuvo sola, pero su soledad fue sonora durante muchos años, los ladridos de Pili, sus a veces lloros pidiendo un trocito de carne, sus pezuñitas subiendo por encima de ella hasta postrarse en su lecho. Fue todo su mundo, inseparables, donde Paca iba, Pili le seguía o  a veces al contrario, día y noche, porque en su cama siempre ella era la primera en subir y cobijarse entre el cuerpo de Paca, y así su mundo y su universo se reducía, a compartir su vida con aquel pequeño ser que le dio las únicas sonrisas en toda su vida, y hoy aún, mirando por la ventana, observando la brutal tormenta; hoy, incluso hoy una sonrisa de nuevo entre sus pellejos moribundos  que cubrían los huesos de su cara, había conseguido desprenderle cuando ya poco, le quedaba por sufrir.


Fueron quince años de su vida viviendo para Pili, y ésta por ella. A penas había cumplido los cinco años cuando aquel día sus hermanastros la cogieron la amordazaron y le arrancaron de cuajo cada uno de sus pelos rojos, esos tan preciados para el guarda murciano. Entonces llegó Pili y lo que fue el horror se convirtió en un espejo invertido y la belleza triunfó, desde entonces hasta que llegó a los veinte años. Pili fue su amiga, su compañera, su diversión, su vida compartiendo con ella el pan y la sal como decían las viejas, desde la mas tierna infancia, la adolescencia hasta la madurez.


Mientras el caserón crujía con cada trueno, con cada lamento del cielo por los males de los hombres, como su abuela le contaba durante las tormentas, Paca seguía inmersa cada vez de forma mas profunda en sus pensamientos, en el pasado, lo único que le quedaba, todas aquellas vivencias buenas y malas, aunque estas últimas fueron mas abundantes, que  había ido metiendo en las alforjas que eran el contenido de una vida, su vida. Así prácticamente sin pestañear, esa sonrisa seguía dibujada en sus resecos labios. Recordaba su infancia, una infancia complicada, pero también con momentos tiernos y simples, como fue su vida. Una vida de trabajo, de sacrificios, pero quedaban aquellos vividos de pequeña junto a Pili. Recordaba esos grandes paseos que se daban por la parte mas profunda de los viñedos, en aquellos días de Agosto cuando la fruta empezaba a madurar y la cepas estaban copadas de hojas y racimos de uvas. Caminaban lo mas lejos posible, Pili con la lengua fuera, bebiendo agua de vez en cuando de alguna charca, cansada, fatigada, corría junto a su dueña, inseparable la una de la otra, y llegaban junto a un árbol que se encontraba en las lindes del condado, y bajo su sombra se sentaba junto a Pili, allí las dos solas, como si fueran un único universo, como si no existiera nada ni nadie mas que ese circulo formado de amor entre ese ser de grandes orejas, ojos saltones y rabito juguetón y ella, esa niña pelirroja, a veces temida y otras adorada por lo peculiar de su aspecto.

Allí se les pasaban las horas muertas, descansando del paseo, refrescándose del castigador sol del mes de Agosto y aunque la sombra del árbol era generosa, Pili se acurrucaba junto a ella, no la dejaba prácticamente respirar ni moverse, necesitaba sentir sus manos sobre su cabecita, caricias en su peludo cuerpo en parte negro y en otra marrón, pero de panza blanca como la leche. Allí Paca sacaba de entre una bolsa trozos de chorizo, de salchichones que cogía de las despensas, y con una hogaza de pan, un trocito para Pili y otro para ella, todo, hasta la última miga la compartían, Pili se relamía y moviendo su rabito cada vez con mas velocidad, le pedía mas y mas, parecía insaciable, pero no era el hambre, era la felicidad de esa pequeña cosita que un día la desprendieron de las ubres de su madre para ser entregada a aquella niña que fue su salvación, ya que su fin era ser ahogada como hacían con todas las camadas con las crías mas pequeñas y menos valiosas,  y Paca, gracias a aquel suceso fue su salvación, y ésta ahora recordándolo, no sabía si ella fue la salvación de Pili o ésta la salvación de ella.


Un día, no sabe cual, cuando Pili ya tenía un año,  Paca se cruzó con uno de sus hermanos, uno que ni recuerda su nombre pero que le doblaría la edad, entre doce o trece años; ese día, de los pocos que se cruzaba con alguno de aquellos hombres con forma de mono desde el acontecimiento que le marcaría su vida; se le acercó, cuando lo tenían prohibido. Ella y Pili se encontraban a la sombra del porche delante de las cocinas donde se encontraba su madre, su abuela y otros sirvientes del Conde; este la miró, ella bajo la cabeza no quería mirarle el rostro y recordar el daño que le había causado él y sus otros tres hermanos, y poco a poco se le fue acordando, cuando tanto por mandato del Señor como de su propia madre lo tenían prohibido. Éste, con su escaso cerebro, bien lo olvidó o tal vez su maldad superaba incluso el miedo al Señor Conde, no tanto a su madre que le daba igual. Paso a paso se le fu acercando, Paca lo notaba, sentía su proximidad y también Pili que con cada paso, se le juntaba cada vez mas formando un todo unido entre su cuerpecito y el suyo. Pili cada vez tenía las orejas mas bajas, casi ni se le veía y Paca temblaba cada vez mas con cada paso que aquel ser daba acercándose a las dos.

Llegó junto a ella, las dos acurrucadas con la cabeza entre las piernas y Pili entre ellas, y el terror le inundó cada vez mas, nada bueno podía esperar de ese horroroso ser. Recordando, Paca fijó en la ventana esa sonrisa que momentos antes se había dibujado en su rostro marchito, se convirtió en un gotear incesante de lágrimas. Aquel día juro venganza. Cuando ya se encontraba pegado a las dos, el hermanastro, cogió de la cabeza a Paca, se la levantó, le arrebató el pañuelo que aún llevaba, y vio como su cabeza ya se había cubierto de nuevo de esos pelos rojos, abrió su apestosa boca y le vociferó –Jara, o te lo arrancas o te lo arranco- Paca estaba inmóvil presa del terror, no pudo contestar a las voces de ese ser que habían llegado hasta la cocina y habían alertado a su madre que rápidamente miró por la ventana y ante la escena se apresuró a salir de la cocina.


Como Paca no le contestó, ese monstruo de hermano le cogió de la cabeza dispuesta a arrancarle uno de los pequeño mechones que ya tenía de su rojo pelo, en ese instante, cuando procedía a arrancarlo, sin poder esperarlo, sin tan siquiera un movimiento que avisara de su acción; Pilí saltó de entre sus piernas alcanzando la cabeza de aquel abominable niño, lo atrapo en la cara y con sus pequeños pero afilados dientes se le engancho en la nariz, le apretó y un chorro de sangre empezó a derramarse desde su cara. Paca quedó atónita, nunca había sentido la bravura de Pili, tan pequeña, tan cariñosa. Se le quedó agarrada en la cara y aquel encharcada su cara de sangre se la quitó como pudo de encima, llevándose Pili un trozo de carne de su nariz entre sus colmillos, éste gritaba de dolor, pero también de odio, y aunque se desangraba, cogió a Pili del rabo y se la llevó colgando como se hacía con los conejos. Paca estaba aterrorizada, gritaba sin parar -¡ no, no, no, déjala, no, no te lo suplico te daré cada uno de mis pelos, suéltala! Su madre que ya se había percatado del suceso, salió le ordeno a gritos que la dejara, pero éste no hacía caso de nada ni de nadie, la ira le invadía, se llevó a Pili y a Paca enganchada a sus piernas para no dejarle ir, pero de una patada en la cara hizo saltar a Paca por los aires quedando tirada sobre el suelo aterrada mirando la cara de Pili colgando, con la miraba pidiéndole ayuda gritando socorro con fuertes lloros. La bestia se dirigió al pozo y cogió el cubo, metió a Pili que ya estaba inmovilizada, sin apenas fuerzas para defenderse y se dispuso a atarlo a la soga del pozo para tirar a Pili hasta el fondo, de repente, sin esperarlo, su madre de nuevo le ordeno que lo dejara y sin hacer ningún caso, el monstruo de hermano siguió con su plan, y de repente, un estruendo, una explosión, su madre había cogido una escopeta que por casualidad se encontraba apoyada en un pilar de algún hombre que había salido a cazar en el coto y habría entrado a coger sustentos; y disparó con toda precisión dando en el centro del hombro de aquel maldito hijo. El cartucho le atravesó y saltaron astillas de sus huesos por el aire, la sangre brotaba del agujero que le había causado y sin fuerza, soltó el cubo donde estaba Pili, que al verlo salió corriendo y se tiró sobre Paca a la que no dejo de lamer la cara y esta se levanto y la abrazó tan fuerte que hasta un quejido salió de aquella pequeña cosita. En ese instante, Paca fijo su mirada sobre los ojos de su hermanastro, y de ellos salieron fuego, salió toda la fuerza de la venganza que le esperaría de Paca la Jara.





lunes, 28 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO V

Parecía que el cielo caía sobre la tierra, pero Paca bien sabía, que aquello no había hecho más que empezar, que al cielo le faltaba soltar su alimañas más malignas, entre truenos, rayos y centellas. Tantas había vivido que por lo menos aquella que acababa de empezar, que comenzaba a soltar sus primero alaridos y a iluminar el cielo con culebras de luz; no era más que el comienzo, duraría tres o cuatro horas más por lo menos, y lo sabía, claro que lo sabía, tantas había vivido, que el motivo por el que se decía que en esas tierras el cielo era especialmente cruel, es porque la tierra sea caía unos cuantos kilómetros más abajo, que allí el cielo se agarraba para no caer en la gran fosa montañosa de Despeñaperros, la frontera de la meseta castellana y la tierra andaluza, una frontera natural a la que así le llamaban y llaman por ese nombre Despeñaperros, porque al parecer en las jaurías cuando estos hambrientos y sedientos de sangre, caían por el desnivel y se despeñaban por el desfiladero, o al menos eso le contaron a Paca cuando era pequeña cuando tantas veces preguntó el porqué de ese nombre. 


Entonces de pequeña a veces, cuando no conseguía dormir, cuando las pesadillas le atormentaban la noche y la despertaban, entonces lloraba, pensando en los perros caídos en ese lugar, acumuladas sus sangres uno junto a otro, con sus cabezas abiertas y los sesos mezclados con sus hocicos moqueando las últimas babas, y no le daba miedo le daba pena, y pensaba, y recordaba, ahora durante la tormenta con los párpados latiendo sin poder cerrarlos, en su perrita que había sido su compañera desde la infancia y que un día, de esos extraños en los que el Señor se acercó hacía ella y le habló, se la entregó, se la regaló, tal vez el único regalo de su padre, lo único bueno que hizo por ella; el regalo de esa perrita a la que llamó “La Pili”.

Ese gesto humano, lo tuvo el Conde a los pocos días de aquel suceso en la que tras la visita de la benemérita, el señor guardia, el murciano, magnificó los poderes benéficos de los mechones de pelo rojo, como el suyo, y tras quitarle suavemente un mechón sus hermanos ciegos por la superstición y por la poca razón que la vida les había dado, se lo arrancaron de cuajo, sin mirar el dolor de Paca a la que poco o nada querían, mas bien despreciaban, y en ese día tan solo por su valioso pelo rojo del que fue despojada y su cabeza tras la derrama de sangre, quedó encostrada, a pesar de las curas que le dieron su madre y su abuela que apenas podían parar los brotes de sangre roja, mas roja de lo normal, era un rojo fresco, una sangre fluyente, empapante de trapos y harapos; pero que al final entre ellas y el boticario que fue llamado al pueblo, frenaron el desangre y taparon su cabeza como a las abuelas, con un pañuelo en la cabeza, de color negro, no sabía si porque no había otro color en el condado, o si por el contrario para que no se apreciara, las calvas de la cabeza de la Paca.


Aquel día haciendo un esfuerzo para recordarlo intentando que el mismo le hiciera olvidar la tormenta que cada vez era mas potente y con sus truenos llegaba a hacer vibrar la tierra; recordando a veces del olvido; cuando el Conde fue informado de lo sucedido, dejó atrás su indiferencia por la bastarda y también por cualquier sufrimiento humano, ya que a él no le preocupaba ningún mal ajeno. Sin embargo, la crueldad y el terror de los hechos le hicieron entrar en cólera y ordenó inmediatamente que trajeran a sus hermanos, a los cuatro, que en lugar de piernas y manos solo tenían manos, sus cuerpos eran como el de los monos, encorvado y ajorobados, como dicen que era su padre, el que fue marido de su madre, grandullón de tullido pelo negro que prácticamente le cubría la totalidad del rostro, y de cejas pobladas sin descubrir el entrecejo. A él habían salido los cuatro arangutanes, no solo en lo físico, sino en lo violento de su carácter y en el poco cerebro que había bajo ese botijo peludo de cabeza que surgía entre sus hombros caídos.


El Señor los llamó y aquellos acudieron empujados por los hombres que habían recibido la orden del Conde, mas encorvados que nunca, allí estaban presentes delante de ese hombre que al lado de ellos parecía más grande e imponente. Los cuatro con las manos ensangrentadas de la sangre de Paca y pelos rojos resecos entre las uñas, no levantaban cabeza, y el Conde sin hacer más palabra les dijo con voz alta y autoritaria “una más y os corto los huevos” y de pronto, sacó su navaja, recién afilada, limpia y brillante de bajo su faja, y la abrió, y repitió “con ésta os corto los huevos”. Los cuatro monos de hermanastros de Paca no pudieron contenerse, o no quisieron, su sesada no daba para más, y de pronto una olor a pocilga como la que había donde se crían los cerdos, empezó a cubrir el ambiente. Los hombres de El Conde no aguantaron y taparon su nariz y el Señor los miró, a él también le había llegado esa fétida olor. Sí, los cuatro, todos ellos, se habían cagado y un liquido marrón empezó a deslizarse por sus piernas, era la mierda. El Conde levantó su garrota y lleno de ira, y también por el asco, empezó a darles a garrotazo limpió en la cabeza, en la espalda, en todas las partes de sus abominables  y guarros cuerpos. Estos empezaron a correr, a huir entre garrotazos dejando por su camino un reguero de una masa marrón, un tanto liquida, que partía humeante de sus traseros.


A los pocos días fue cuando el Señor Conde la llamó:- ¡ JARA!!!!-, ella  estaba sentada en el suelo fuera de las puerta donde se encontraba la cocina, sin alejarse mucho de su madre y su abuela que allí hacían su faena. Ella recordaba que apenas podía levantar la cabeza del dolor que sentía en toda ella, miró asustada hacía el Señor Conde, atemorizada, nunca le había dirigido la palabra, ni se le había acercado, con voz alta y autoritaria, repitió -ven Jara!!- , recuerda que se levantó con la cabeza baja y se le acercó. No medio más palabra, de entre sus manos una cosita marrón tirando a negra surgió, cabía en la mano del Señor y se la dio, y sin más el Conde que era hombre de pocas palabras y menos sentimientos, se dio la vuelta y se marchó. Paca recordó ese momento como uno de los pocos felices de su penosa vida, era una perrita pequeña de ojos saltones y grandes orejas, no era guapa, no era como los perros del Señor Conde, elegantes, valiente y foraces, era pequeña, desproporcionada, ociquito alargado y esos ojos tan grandes que la miraban. Y la agarró entre sus brazos y la miró y saco su lengua y rozó la nariz pecosa de Paca y siguió lamiéndola, en ese momento fue feliz muy feliz, y fue desde aquel instante su única amiga, a la que cuidaría durante años y que por supuesto la protegería de la caída por el paso de despeñaperros. Desde aquel instante la llamó Pili, no había explicación, le salió de dentro, como a veces le ocurría, una cara para ella era un nombre aunque no coincidiera con la realidad.



Paca, seguía fijamente mirando por la ventana los rayos y culebras que caían por todas partes del Condado, pero ausente ante el recuerdo de Pili, su perrita, un trozo bondadoso del Señor Conde, que jamás olvidaría, para bien y también para mal. Con Pili,  Bernardo de Mudela, entro a formar parte de  su  vida, ella no supo que era su padre hasta pasados muchos años. En ese instante el Conde fue querido por su ternura austera hacia ella, pero el Señor en ese momento no podía  imaginar lo que iba a implicar a su vida, entrar en el mundo de Paca la Jara.



domingo, 27 de noviembre de 2016

FEELINGS

Lo primero que me vino a la cabeza al pensar en  sentimientos, es que no caducan; que no se pueden negar porque no dependen de ti. Sentimientos que a veces se confunden con emociones y a veces incluso con apegos de la razón. Sentimiento vestido de deseo u otras veces de necesidad, de ausencia, de abatimiento; de extrañeza.

Sentimiento que busca el cuerpo, que siente como la palabra misma lo dice, que lastima la piel o que busca su caricia. Sentimiento que hace palpitar al corazón. Esa irracional aceleración del ritmo cardiaco con tan solo pronunciar un nombre, ver una fotografía; e incluso sentirla a kilómetros de distancia con tan solo una idea, una imagen; un sueño tachado de pesadilla en una noche de insomnio.

Ese que hace que las glándulas de la piel se despierten, que nos suden las palmas de las manos, que perdamos el mismo sentido de la orientación y de la dimensión espacio tiempo. No hay justificación que lo demuestre. No hay formula lógica ni ecuación racional que nos de el resultado.  En un mundo experimental, donde todo tiene su explicación bioquímica, incluso el amor por la segregación de no sé cuantas sustancias a la vez; en esa maldita estupidez humana de querer dar explicación a todo; en este mundo, el sentimiento carece de empatía porque no tiene explicación con fórmulas de la química orgánica ni de la inorgánica; ni de la física tradicional ni de la tan denostada cuántica. No tiene valor de cambio, no es comprable ni vendible; el sentimiento se tiene o no, se posee sin haberlo llamado, sin haberlo pedido y a veces incluso sin necesitarlo e incluso puede resultar inoportuno. Sentimiento es esa electricidad que levanta el vello de la piel, que hace que la niña de los ojos se dilate; que nos pone en alerta de protección, no tanto de nosotros como de aquel por el que se siente.

A veces nos preguntamos que es esa fuerza que nos conduce al suspiro, a acelerar la respiración sin ser capaces de obtener ni un milígramo de oxigeno. Que fuerza tan brutal que altera la respiración que pronuncia el nombre de lo sentido con simples quejidos que son prueba de amor, de necesidad de alcanzar, de tocar; de poseer en todas sus dimensiones físicas e incluso espirituales. El sentimiento es la llamada a la atracción sexual, ese motivo por el que necesitas acariciar y desnudarte en cuerpo y alma para poseer y ser poseído. Para alienarte, dejando de ser tu y convirtiéndote en un mensajero de las necesidades del alma y del cuerpo.

Amar es el mayor sentimiento, ese que nos lleva a querer; que es la razón de ser. No encuentro explicación a la vida sin amor. No entiendo ni tiene sentido vivir por vivir, dejarse los años en acumular sin dar. Ir creando necesidades sin culminar aquella que nos da razón de la vida, ese porque tantas veces buscado pero que se deja en incógnita. Posiblemente porque es tan fuerte, tan duro; una lección tan difícil de aprender que se deja para el día siguiente, como tantas cosas se dejan en la vida y al final lo único que pasa es el tiempo y esa propia vida sin haberla vivido, porque no olvidemos que una vida sin amor no es una vida. Una vida sin disfrutar de los sentimientos no es real, es simplemente una ficción mal interpretada de nuestra propia persona; una falta de capacidad de seducción de lo auténtico, de aquello que se encuentra tatuado en oro en el corazón.


La vida es sentir el ahora mismo, nada más; ni un segundo  más delante. La vida es percibir esa brisa de aire que acaricia la cara y hacerla nuestra, asumirla; vivirla como el instante mas auténtico que existe; ese presente radiante que llamamos momento. Ese oxigeno que se cuela en nuestro cuerpo, que nos invade y sentimos que circula, a veces mas rápido, otras mas lento; pero es vida; esa es la vida porque la vida no es más que un sentimiento y si no la sientes; has perdido la vida.



sábado, 26 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAÍTULO IV

Paca con su mirada fija en la ventana, no podía controlar el temblor de sus manos, los escalofríos que  recorrían cada centímetro de su piel vieja y arrugada, intentaba sujetar sus manos con sus retorcidos dedos, deformados por tantos años de trabajo y por la artrosis que le invadía todo su cuerpo. Sus ojos, fijos se ensombraban con cada vaga palpitación de sus párpados, intentaba cerrarlos pero no podía, le venían tantas imágenes del pasado, que le impedían apartar la mirada, intentar dormir y no presenciar la tormenta que se avecinaba desde el horizonte hasta el Condado.


Eran nubes negras como la tez moviéndose a tal velocidad que le impedían seguirlas, pero si esas culebras de luz que precedían a un estruendoso rugido del cielo. Siempre tuvo pánico a las tormentas, de niña su abuela Fidela metido en su mundo supersticioso y temerosa de Dios, le decía que las tormentas eran un castigo divino, que Dios se enfadaba y soltaba ese enfado con rayos y truenos, y que había que rezar y decir constantemente alrededor de una vela encendida “Santa Rita, Santa Rita que en el cielo estas inscrita” y algo mas que no podía recordar. Paca no podía distinguir, si sentía mas miedo por el rugido del cielo y sus rayos de luz, o por los rezos de las mujeres sentadas alrededor de la mesa camilla con la vela en el centro, murmurando esas palabras y rezos de forma constante. Esas mujeres, todas ellas vestidas de negro, con zapatillas negras, medias negras, faldas negras, camisas negras y lo que mas le asustaba, con su cabeza tapada por un pañuelo negro. Ahí, entorno a la mesa y la vela, los truenos, los rayos, y esas viejas rezando entorno a la vela.


Siguiendo la costumbre, de sus labios que apenas podía mover, empezaron a salir unas palabras, Santa Rita…era un murmullo que seguía ya por inercia. Recordaba mientras el cristal de la ventana era golpeado con fuerza por una enormes gotas de agua que empezaron a caer, pocas pero grandes, y luego igual de grandes pero un fuerte chaparrón que bombardeaba su ventana; recordaba que cuando alcanzó los cinco o seis años y había tormenta, y las viejas se reunían alrededor de la mesa y los hombres quedaban fuera también rezando pero no por temor a Dios sino por los daños que podría producir la lluvia y la pedrisca en las uvas y las cepas; cuando tenía esos años y se podía escabullir o mejor huir de su abuela, su madre y demás mujeres de la habitación y de los hombres fuera de la casa; salía en silencio de la casa del servicio, sin que aquellas mujeres inmersas en sus rezos pudieran verla, estaban ensimismadas inmersas en la repetición constante de las palabras, y salía sin que la vieran, y sin que tampoco lo hicieran los hombres cobijados bajo el porche solo preocupados por los daños en la cosecha, entre ellos al centro como siempre el Señor Conde con su boina y garrota en mano; entre ellos pasaba y de puntillas se alejaba a cobijarse a su lugar preferido, un lugar seguro, de la tormenta, de las viejas, de los hombres y de tantas otras cosas de las que tuvo que huir durante su infancia.


Paca nació pelirroja, ni su madre ni el Conde tenían ese color de pelo, ni esa tez blanca en la cara pintada por multitud de pecas rojas, motivo por lo que el Conde nada mas nacer, cuando se hallaba tirada sobre la tierra intentando escapar de la placenta entre los aturdidos ojos de las gentes de la vendimia, por ello, desde ese momento y en palabras del Conde, era Jara, y desde aquel mismo momento siempre la llamaría Jara, ni tan siquiera Paca, todo el mundo cuando la llamaba lo hacían por Jara. Su abuela, su madre, los jornaleros, todos los seres que habitaban el Condado la llamaban Jara. Jara, ven, haz esto, no lo hagas, siempre Jara.


En una sociedad llena de prejuicios, de supersticiones y de extraños miedos a lo desconocido, el color de su pelo, su tez blanca, sus pecas, la hacían diferente, nadie en el Condado era como ella, todos, absolutamente todos eran de pelo negro y tez oscura, y ella no, ella era diferente y eso en esa sociedad creaba atención, a veces repulsa y temor.


Sin embargo, un día de verano cuando el calor acechaba al Condado y las chicharras no dejaban de cantar, se presentó en el caserón una pareja de la  benemérita, bien conocidos en el Condado y por el Señor Conde, por las veces que acudían a preguntar, porque nunca a investigar alguno de tantos sucesos que allí acontecían. El respeto por el Conde y las perras que éste les ofrecía siempre les hacía mirar hacia atrás y olvidarse de cualquier suceso que allí acontecían. Ese día acudió el cabo junto con un guardia nuevo, según dijeron no era de la zona, no era hijo de la olvidada estepa manchega, al parecer había nacido y se había criado en tierras murcianas, allí cerca de la costa, en un pueblecito pesquero junto al Mediterráneo. Nadie lo conocía y fue presentado al Señor Conde por el cabo, que con mucho respeto hizo las precisas referencias dado el linaje del Señor.


Paca se concentró en ese día, como una defensa para dejar de oír y ver la tormenta, huyendo como siempre del terror del castigo divino; y así ensimismada, recordó que ese día había aparecido un hombre apuñalado entre las cepas fruto de una pelea con otro del condado por un asunto de faldas, zanjando sus adversidades mediante el cruce de navajas de esas brillantes venidas de Albacete, y como siempre, un ganador vivo y el otros tirado en el suelo con mas de siete puñaladas en el vientre, que recordaba haberlo visto aterrada como de esos agujeros en sus entrañas le salía la comida que todavía no había digerido. Sin embargo, lo beneméritos oyeron al Señor Conde y no preguntaron nada mas, un accidente mas del Condado. Cuando  procedían a marcharse tras recibir una bolsa de monedas del  Conde, el guardia murciano recordaba que la vio y se fijo en ella, y comento “que niña mas guapa”, nunca nadie le había dicho guapa, todo lo contrario, mas aún a veces huían de ella como las alimañas. El Señor le dijo al guardia, -pero si es jara- y el guardia contó que en su tierra las mujeres de pelo rojo eran muy valoradas, y es mas que un mechón de un pelo rojo daba buena suerte, tanto era así, que pidió con los respetos al Señor, si era posible coger un mechón de la niña. Paca recordaba esa imagen perfectamente, intentó salir corriendo, pero los hombres no le dejaron, el Conde dijo que hiciera lo que quisiera, entonces, cogida de los brazos prácticamente inmovilizada, el guardia se acercó, sacó su navaja, también de Albacete, y suavemente tomo un mechón de su pelo lo corto sin hacerle a penas daño y se lo guardó en su bolsillo como si fuese un talismán.


Paca lo recordaba como un momento bonito de su vida, sino fuera por lo que sucedió tras aquél instante, tras ese acto, después de que el guardia dijera que el pelo jaro daba buena suerte.


Ni el Conde ni el resto de gentes hicieron mucho caso al comentario del guardia, eran supersticiones de forasteros, no iba uno de fuera a cambiar lo que opinaban de ella, mas que suerte fruto de un pecado, de una violación y por lo tanto un castigo de Dios, una niña maldita; pero sin embargo sus hermanastros quedaron prendidos por ese guardia forastero, lo escucharon sin parpadear, no perdieron detalle mientras le cortaba ese mechón de su rojo pelo.


Sus hermanastros eran cuatro y mayores que ella, sin padre viviendo un poco como querían y guardando poco respeto ni a su madre ni a su abuela, tan solo a los capataces y por supuesto al Conde que tampoco se fijaba mucho en ellos salvo cuando hacían alguna travesura y su garrota acababa golpeando la espalda o la cabeza de alguno de ellos.


Paca vio, intuyó la mirada maldita de sus hermanastros y sintió terror y salió corriendo y encontró un lugar, un pequeño agujero entre la pared de la casa del servicio donde podía escurrirse y entrar en un habitáculo, qué aunque pequeño, cabía perfectamente y convirtió en su lugar de huida, en su escondite secreto que nadie conocía, allí paso muchos días desde que aquel guardia fue al Condado, aquel maldito murciano. Salía para hacer las comidas junto a su madre, vigilante de que sus hermanos no la vieran a solas, y de la cocina a su guarida, y de la guarida a su cama por la noche junto a su abuela Fidela.



A Paca se le enrojecían los ojos, al igual del color de su pelo, recordando aquellos momentos, no oía los truenos, ni los golpes de la lluvia sobre la ventana, ni veía los rayos y centellas que caían del cielo, solo recordó aquél día que saliendo de su escondite, de su lugar privado, de su pequeño paraíso, se encontró de cara con sus cuatro hermanastros que la rodearon, la cogieron; no pudo escabullirse como siempre, no pudo gritar ni llamar a nadie; un trapo le metieron por la boca, y sin contemplación alguna, sin miramiento, sin que pudiera gritar de dolor de sufrimiento, de terror, entre los cuatro, empezaron a arrancarle mechones de su pelo, sin navaja, sin tijeras sin nada, tan solo con tirones de sus manos, una mano y otra, doce manos que la sujetaban y le arrancaban su pelo, mechón tras mechón y ni tan siquiera un grito podía salir de su dolor, le arrancaron uno tras otro, hasta que ya un poco sumidos en el miedo vieron los chorros de sangre que brotaban de su cabeza. Toda su cara y cuerpo lleno de sangre. Cuando el miedo les invadió, la tiraron al suelo y huyeron corriendo con los mechones arrancados de su pelo; pero el mayor antes de salir corriendo, se giró y le dijo: -te arrancaré todos los pelos, y tendrás mas, en mas sitios, te los arrancaré todos; eres una  maldita Jara-.



viernes, 25 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO III

Paca miraba fijamente por la ventana, el cielo empezaba a encapotarse, las nubes que se avecinaban por el horizonte cada vez eran mas negras y su visión se hacía cada vez mas corta. Los años y esas lagrimas fijadas en los ojos sin llegar a desplazar una lágrima, limitaban sus miras pero sus oídos en esos momentos se agudizaban mas, y cada susurro cada chasquido de la casa, le llegaba y un escalofrío recorría su empellejado cuerpo.


En esta época eran pocos los habitantes del caserón. El servicio vivía en una casa aneja junto a la bodega donde reposaba el mosto, que tras fermentar se convertiría en el preciado vino de la cercana vendimia. La casa contaba con dos plantas y una enorme boardilla por la que se accedía por la planta alta a través de unas escaleras de madera de caracol, donde en mas de una ocasión, de pequeña huyendo de sus hermanastros mayores, se golpeó y calló dando con su cuerpo escalón tras escalón.


La planta baja, contaba con una enorme entrada de la que partían cada una de las estancias, el salón principal, varias salitas pequeñas donde solía reunirse la Señora Condesa con sus amigas para juntarse a jugar al tute y beberse unas copas de mistela de la bodega. En mas de una ocasión Paca vio a la Señora dar mas de un tumbo por la casa después de haber dado buen provecho del dulce vino que tanto gustaba para saciar sus penas.

En esa planta baja también se encontraba el despacho del Señor Conde donde se reunía con los tratantes de vino y sus capataces. Nadie se acercaba a esa habitación, decían que el Conde en mas de una ocasión sacó un pistolón ante alguna visita inesperada, incluso a la Señora Condesa. En ese despacho se encontraban sus libros y todos los papeles y documentos del negocio y de sus propiedades, algunos guardados bajo siete llaves, para ocultar los secretos que guardaba, sobre todo, como había conseguido las escrituras de algunas propiedades. Pero sobre todo la enorme cocina y sus despensas, donde niña había pasado horas contemplado a su madre y a su abuela cocinar para los Condes y los días eternos entre fogones en época de fiestas o cuando había invitados. Se cocinaban pollos, se les desplumaba y allí mismo se les retorcía el cuello y con la sangre caliente los metían en los pucheros o en el horno de carbón que siempre permanecía encendido.


En la planta de arriba se encontraban los aposentos, el dormitorio principal, que las malas lenguas comentaban nunca había pisado el Señor y donde consumía sus penas la Condesa. Contaba con diez aposentos y tres baños, uno el de la Señora siempre con olor a jazmín y a maderas perfumadas, y el del señor por lo contrario a heces y orina, un olor acre que en alguna ocasión invadía todas las estancias.


Ahora Paca estaba sola en la estancia donde la Señora permanecía horas, en esa mecedora donde se encontraba ella, fija mirando por la ventana, viendo pasar la vida sin vivirla tan solo agarrada como oro en paño a una botella de mistela. Tan solo Fernanda pasaría a hacerle la cena, pero en ese momento se encontraba sola, absolutamente sola en el enorme caserón, la puerta entornada y un pequeño chasquido por momentos la estremecían. Sí, el miedo lo conocía, desde que nació el miedo fue su mayor compañero, y ahora seguía sintiéndolo, en cada susurro esperando de un momento a otro a que alguien se le acercara, despacio, sin hacer apenas ruido por su espalda y le rebanara el pescuezo como tantas veces había tenido que ver.


No sabía si por el miedo curtido en su rostro o por las negras nubes que se acercaban, empezó a recordar, tal vez para fijar la mente en otros pensamientos. Recordaba mientras se mecía timidamente y una corriente fría le llegaba por la espalda. Un día, cuando ya tenía sobre los trece años, Paca le preguntó a su abuela Fidela, su confesora y cuenta cuentos, que no sabía si bien eran ciertos, o algunos fruto de su imaginación; le preguntó porque todo el mundo decía que se llamaba Paca por su tía la hermana de su madre y también hija de su abuela. Fidela, en la casa aneja a la bodega donde vivía con su madre, sus hermanos, su abuela y otros miembros del servicio, un día de otoño, como ese otoño que estaba viviendo pero mucho mas frío, cerca de la chimenea, le contó que su tía Francisca  era su primogénita, tan solo tuvo dos hijas, ella y su madre Saturia. A penas se llevaban dos años la una de la otra, y le contó que estaban muy unidas, que siempre jugaban juntas de pequeñas, que le ayudaban con el servicio, pero a diferencia de su madre, su tía Francisca era orgullosa y con altas miras en su futuro. Para una mujer de la época progresar socialmente tan solo era posible con un buen casamiento. Para ella el Condado era un lugar pequeño de miras y de futuro, le asfixiaba, necesitaba salir de allí como fuera, sus miras eran la capital de la provincia, o tal vez, algo mas la gran capital, que salvo el Conde pocos habían tenido la posibilidad de visitar.


Aprovechaba cualquier oportunidad para poner sus objetivos lejos del Condado, cualquier visita de un forastero, ella se insinuaba, incluso se ofrecía a trabajar de criada o en cualquier tarea con tal de salir de allí. Era diferente a mi madre que estaba resignada a seguir los pasos de mi abuela y de sus antepasados, todos siervos del Conde de turno.


En una ocasión llegaron al Condado invitados por el Señor Conde, a penas un año antes de que Paca naciera, cinco hombres de negocios vistiendo elegantes trajes dispuestos a comprar toda la producción de vino de la temporada para llevarla en tinajas a Madrid, ese lugar del que se oía hablar pero del que nadie sabía nada, donde al parecer vivía el Rey y al que en alguna ocasión visitaba los Condes como parte de la aristocracia de la alta sociedad rural española. Incluso algunos decían, que a veces sin que nadie tuviera noticias, el Rey iba al Condado de caza a pegar cuatro tiros a conejos, perdices y a algún jabalí, y que se llevaba algunas piezas como triunfo aunque el disparo no procediera de su escopeta. Esos hombres de la gran capital llegaron y se aposentaron en las habitaciones de invitados durante tres días. La tía Francisca según le contaba su abuela, le hacía todo tipo de cumplidos y ofrecimientos para que se la llevaran a la capital. Insistía constantemente y sus ofertas cada vez subían mas de precio. Francisca era una mujer entrada en carnes pero de una gran belleza, senos fructuosos y muslos rollizos, como gustaban a esos hombres de la capital acostumbrados a alternar con famélicas cupletistas y señoritas de la ciudad.


Durante esos pocos días que esos hombres estuvieron en el Condado, mas de uno se llevó los favores sexuales lascivos de Francisca esperando encaprichar a algunos de ellos. La abuela Fidela en uno de esos días pudo presenciar una fuerte regañina del Conde que no podía permitir que una de sus siervas siguiera a aquellos hombres como una zorra en celo. Ella rebelde, y deseosa de dejar el Condado y al Señor, no le obedeció y siguió insistiendo, insinuándose, casi suplicando que la llevaran lejos de allí, que no soportaba mas esa vida, que necesitaba espacio, una ciudad, que solo la llevaran y ella sabría ganarse la vida.


La abuela Fidela le contó, que en la última noche en la que los hombres de la capital permanecieron en el Condado, vio a Francisca coger unas sabanas y meter sus enseres dentro de ellas, le preguntó que hacía, y le contestó que uno de los señores la pondría a servir en su palacio del barrio de Salamanca en Madrid, que ya nunca volvería, que se marchaba. Mi abuela la intentó parar, le suplicó que no se marchara, pero no hubo forma de calmar ese torbellino de libertad que tenía apoderada a la tía Francisca. Intentó retenerla y sin ningún respeto ni clemencia llegó a apartar a mi abuela de su camino con un enorme empujón dando la abuela con sus huesos contra el suelo.


Esa noche no durmió en los aposentos del servicio y al amanecer se oyeron grandes gritos que procedían de la bodega, la abuela de repente los oyó y salió como todos los sirvientes hacia la bodega, también mi madre y mis hermanastros, se temía lo peor, los gritos eran aterradores, llegó a la bodega, y allí varios hombres subidos en escaleras sacaron el cuerpo de Francisca inmerso en una de las tinajas. Tenía el cuerpo rojo, tanto del vino como de la sangre que aún fluía de su garganta rajada y de su vientre apuñalado como un colador. Le contó que la sacaron la limpiaron como pudieron, la depositaron en el suelo, y de pronto un gemido salió de su cuerpo que hizo que todos despavoridos dieran varios pasos atrás, fue como su último gemido, un vómito de sangre y vino mezclado que salió de su cuerpo muerto. Por ello nada mas nacer ella su madre le puso su nombre, Francisca aunque siempre se le conocería, como Paca la Jara, por sus cabellos rojos, tez blanca y pecas en el rostro.



EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO II

Paca miraba por la ventana, sin parpadear, perdida en el horizonte de la inmensa llanura poblada de cepas centenarias a lo largo de todo el Condado. Sus parpados arrugados y profundas ojeras se hundían en lo más profundo de su cara castigada por el tiempo y la vida. Algún movimiento esporádico, más que por vitalidad, por reacción, a un pequeño ruido, a un rasquido lejano, o próximo. El caserón se encontraba casi desierto, tan solo algún sirviente, pero la vendimia había acabado y pocos eran sus habitantes. Todo el caserón para ella sola acompañada por pequeños ruidos, crujidos de la madera vieja, la puerta entreabierta y la sensación de estar siendo observada, escuchada por los fantasmas de su pasado. Miraba al infinito respirando a duras penas, pero sin fuerza para girarse y mirar hacia la puerta. Temblaba, escalofríos de terror, de espíritus atrapados entre aquellas paredes. El miedo lo llevaba dibujado en su rostro, y nada absolutamente nada, ya le podía asustar, aunque recordando tantos sucesos vividos, esos ruidos, tal vez tan solo el palpitar de la propia casa, o de alguien escuchando, esperando al acecho para acabar con su vida arrancando su cuello con una navaja. Lo pensaba, lo intuía, pero la mirada no podía apartarla de ese horizonte.


Con el miedo apoderado de su cuerpo, Paca seguía recordando, seguía inmersa en sus pensamientos y en las historias contadas por Fidela, su abuela. Y en ese momento llegó a su memoria aquellas historias narradas de forma minuciosa que le contó sobre el Conde, antes de que ella cayera a la tierra un día de septiembre.

Según ella, su abuela Fidela, el Sr. Conde había heredado el Condado de forma accidentada y poblada de sucesos misteriosos e ignorados por un pueblo sumiso, solo dispuesto a obedecer y a mirar hacia otro lado, cuando del Conde se trataba. El Sr. Conde había heredado el Condado y el título honorífico, tras quedar como único heredero de su padre, su predecesor. Tuvo dos hermanas mayores que él, herederas legítimas que le precedían en el orden sucesorio. Pero por circunstancias y sucesos sin resolver, ambas murieron por extrañas circunstancias, ninguna de ella de forma natural, una envenenada y la otra arrollada en un camino por un carro que la dejó lisiada durante años hasta que un día apareció muerta ahogada por su propia sangre.


Cuando su padre murió, él fue el único heredero del Condado y de su título, Bernardo que así se llamaba, se convirtió en Bernardo de Mudela. Con apenas treinta años de edad, se apoderó de todo el condado, sus viñedos, las bodegas y de todos sus habitantes. Estaba casado. Su padre se aseguró formalizar un matrimonio de conveniencia. Un matrimonio que le asegurará aumentar su poder, sus propiedades y su riqueza. De esta forma, formalizó un acuerdo con un poderoso marqués de la cercana Andalucía también propietario de extensos viñedos y de esta forma crear una unión que no solo le daba más poder económico sino también político, en esa España dominada por los caciques rurales de principios del siglo XX.


El Marqués de Montrijo, conocido terrateniente andaluz tenía una hija, Rocio que contaba con veinticinco años de edad. Pensaban que ambos tenían la edad perfecta para el casamiento y asegurar la descendencia cuando tanto el marqués como el conde les quedaban pocos años por delante.


Al Conde nunca le gustó ni quiso a esa mujer, pero aceptó el matrimonio, tanto por obediencia a su padre como por interés, su ambición carecía de límites. Según le contaba su abuela Fidela. El día de la boda todo el condado se vistió de gala, acudieron al caserón todos los habitantes del condado y pueblos cercanos. La novia, Rocío de Mondejar, según le contaba su abuela, apenas se le veía entre ese voluptuoso vestido blanco con la cara envuelta por un velo. Era pequeña, famélica y sin nada de carne entre la piel y sus huesos. Ese día corrió el vino y todos los asistentes terminaron con la cabeza embozada por los efectos del preciado zumo de las uvas. Sin embargo, según contaban, el Sr. Conde esa noche no tuvo noche de bodas, no durmió con su reciente esposa. Rocío era una vieja de veinticinco años, con los ovarios como pasas y la vagina como un higo seco.


Bernardo por lo contrario tenía fama de galán y de estar bien dotado. Vestía de forma elegante al estilo de un señorito rural de la Mancha. Trajes negros de franela, camisa blanca sin cuello abrochada al cuello que a veces parecía que le impedía respirar por lo apretada y almidonada que la llevaba. Faja negra y garrota de madera noble, que no tanto la utilizaba para ayudarle a andar, sino para levantarla cuando daba alguna orden, amenazadora la apuntaba cuando levantaba su voz grave y autoritaria. La levantaba y mandaba y obedecían, la consecuencia era un garrotazo que pocos se llevaron, porque ante una orden del señor, todos obedecían sin levantar la mirada.


Muchas mozas del Condado, le miraban y suspiraban ante su presencia. Sus deseos carnales se encendían ante su presencia y más de una mojaba sus bragazas ante su presencia. Como contaban, no sabían que era más grande, la garrota de la mano, o la que le colgaba entre las piernas. Pero el señor era caprichoso y no le atraían las presas fáciles, aunque no dudaba en ocasiones de hacerse con los favores carnales de alguna lugareña deseosa de ser llenada por ese poderoso bastón.


Orgulloso tanto de su poder terrenal como del carnal, como decían, al Conde no le gustaban las presas fáciles, más bien aquellas que se escabullían y no le dedicaban ni una sola mirada de deseo. Entre ellas se encontraba su madre Saturia, que vivía en el caserón recién enviudada, en los aposentos de  los empleados del servicio doméstico, junto a sus hijos y su madre.


Así un día, en el que los hombres dormían en el campo haciendo faenas en los viñedos, el Sr. Conde entro en los aposentos de su madre. Dormía en una habituación continua a la de la abuela Fidela. Entro sin importarle hacer ruido, abrió la puerta de su habitación, y sin mediar palabra, se bajo los pantalones, los calzones, se quitó la faja y la chaqueta, y solo con la camisa puesta y su bastón encendido entre las piernas, agarró a mi madre, le dio dos bofetones con sus enormes manos en la cara, la cogió de las nalgas, le arrancó la bragaza, abrió sus piernas y metió su deseoso pene hasta las entrañas de su madre, que por no molestar, por no hacer ruido ni respiró aunque con el horror marcado en su cara soporto el dolor de  esa estaca que la empujaba hasta la garganta y con la boca tapada, así aguantó hasta que el señor la lleno con toda su semilla, y saciado, tiro a su madre sobre al suelo, colocó sus calzones, pantalones, chaqueta y faja y abandonó el aposento.


Su abuela le contó, que ella sufrió cada instante de ese momento, oyó la entrada del señor, y desde el principio supo cuales eran sus intenciones. Se acurrucó en la cama, se mordió la lengua y apretó sus ojos para que no se le escapara ni una sola lágrima.



Paca mirando fija el horizonte, no pudo sujetar sus lágrimas mientras lo recordaba, esa noche, como así le contó Fidela, su madre encintó y fue engendrada, así se fecundó a ella, a Paca la Jara.