martes, 1 de noviembre de 2016

EL MASAJE DEL TERROR

Tal vez fue un error tomar un masaje en la noche de Halloween, pero se encontraba algo dolorido y con fuertes contracturas en la espalda, no pensó que la ciudad estuviera llena de catrinas, muertos vivientes, payasos diabólicos ni de otras tantas criaturas infernales. Era una fiesta que no acababa muy bien de entender y por eso no llegó a valorar el colapso de tráfico que se encontraría en la ciudad. Había reservado para las 17 horas y siempre le gustaba llegar con un poco de antelación. Pitidos, frenazos, palabrotas; de todo encontró en ese trayecto menos el relax esperado con el masaje, aunque no estaba lejos y le esperaban las manos de Ester, ya conocidas y mágicas cuando recorrían su piel y se dejaba llevar por cada uno de sus músculos entumecidos.

Al fin llegó a las proximidades del establecimiento pero no encontraba aparcamiento. Veinte minutos y la cita y aún en el vehículo. Mal decía, la relajación al parecer se iba hacer esperar, pero de nuevo recordó las manos Ester y su sonrisa  volvió a circular por su rostro. Una vuelta más, quince minutos y la cita, los nervios y la decisión; el parking que aunque no le gustaba nada, no había otra solución en aquella tarde de tráfico infernal. Llegó al más próximo y al final consiguió aparcar susto tras susto, en cada curva, con cada columna; odiaba los aparcamientos subterráneos y tan solo la idea de las manos de Ester fue superior a su terror por aquellos laberintos de pilares y de coches envejecidos por la falta de sol.
Bien aparcado, faltaban diez minutos, tiempo suficiente ya que solo tenía que cruzar la calle para someterse a esas manos que le hacían trasladarse de la realidad a los sueños. Del mundo de la imágenes, olores, sabores y sonidos; al de las sensaciones, al de los sentidos más allá de lo razonable y tal vez de lo humanamente comprensible.

Llamó a la puerta como siempre, unos segundos eternos hasta que Marian pulsaba el botón automático y ese sonido que le invitaba  a empujar. Entrar ya era una experiencia, música new age, olor a sándalo, incienso y pachuli. El paraíso tras una puerta de cristal y al otro lado las manos de Ester y la sonrisa de Marian la recepcionista y encargada del local. 

Nada más entrar ya tuvo sensaciones diferentes. Varias personas esperando y no era normal. La recepcionista era otra, no encontró la cara amable de Marian, sino una chica siniestra, con el pelo sucio, mal color de cara; todo muy extraño, pero en fin era un lunes de puente y la gente parecía diferente. La chica del mostrador le miró, y el como siempre dijo que tenía cita a las 17 horas, la chica insistió y le saludo muy amable por su nombre. Se sorprendió al recibir una sonrisa de aquella mujer y por eso no cambió su cara de póker. Ella insistió y se descubrió, era Marian, mal vestida y mal aliñada. Todo muy extraño, ella se disculpó y le informó de que había retraso porque se habían acumulado los clientes a la vista de una reciente oferta muy sugerente. Él lo entendió sin problema, total invertiría toda la tarde en las manos de Ester por lo que le daba lo mismo diez minutos antes que después, además se encontraba muy feliz y relajado en aquel lugar, aunque fuese en su entrada, en un sillón que no llega muy bien a dominar; pues tenía más pinta de tumbona sin serlo, que lugar donde acomodar el trasero. Se sentó y se entretuvo mirando sus redes sociales en el teléfono y observando a Marian y los clientes.

No pasaron más de diez minutos cuando la recepción estaba despejada y tan solo quedaba él a la espera. Como ya era casi de la casa y había confianza, no tenían problema en atender a otros antes y por supuesto a él le encantaba ese trato tan familiar y privilegiado. De pronto llegó una chica menuda pero con una gran sonrisa, al menos la que recordaba, pero aquella tarde aunque la tenía no era igual. Su cara estaba distorsionada, sus ojos eran diferentes como si le hubieran dado un golpe en uno de ellos y le pareció algo asustada. Le invitó a seguirla  y le ofreció entrar en una sala diferente, en la que nunca había estado. Era de color chicle de fresa, bastante agradable salvo por un detalle; un ramo de claveles en el centro del tatami en lugar de las florecillas de siempre. Esas flores le sobrecogieron, eran las típicas del día de los muertos, las que su abuela cuando era niño llevaba a los cementerios para alegrar la jornada a los parientes muertos. No era un mal recuerdo pero el olor a muerto de ese día en su infancia no era el mejor contexto para la relajación buscada. Tampoco lo eran las velas que rodeaban el tatami. Siempre había velas, es más muy agradables para dar ambiente al masaje. Esa tarde sin embargo eran velones grandes, que desprendían una fuerte luz y estaban colocados alrededor, de una forma distinta, como iluminando esos claveles en el centro del tatami. En forma de altar.

Se dio la ducha y se preparó para el masaje, Ester había retirado sutilmente esas flores, sin embargo quedaban a un lado justo en el centro de la velas mayores. Tras unos minutos Ester volvió con sus biberones de aceite caliente con el que envolvía con sus manos la piel del paciente de una forma majestuosa y agradable, como lo era ella y sus conversaciones, aunque en aquella tarde su sonrisa era distante y penetrante.

La música también la habían cambiado, algo de coros, como de monasterio medieval, gregoriano; de esos que cantan los monjes encapuchados a la hora de maitines. Algo así parecido pero sin retorno, había caído en sus manos, todo era relax, sensación, paz interior; tal vez algo de terror cuando dejaba ver su rostro deformado, pero sus manos al cielo le llevaban aunque estuviera en el mismísimo infierno.

Después de una media hora, cayó en un estado de trance, las imágenes estaban distorsionadas, tirado sobre ese tatami y cubierto con el aceite caliente, cada vez más tibio; no era aceite, era un líquido de tonos granátes. Entorno los ojos sin poder abrirlos, intentó moverse sin poder levantar un músculo de su cuerpo. Las manos de Ester circulaban concéntricamente sobre su piel, extendiendo ese color rojo por todo su cuerpo e invadiendo el olor de la estancia de ese típico aroma metálico de la sangre.
Aceleró su respiración, estaba atrapado en sus manos, no podía salir de aquel espacio donde la sangre fluía a borbotones. No le gustaba la sangre, quería chillar, pero no podía, necesitaba correr o de allí jamás saldría. Las manos de Ester le impedían cualquier movimiento, giraban y giraban sobre su piel, extendiendo ese manto rojo, ese olor oxidado en el que se había convertido su cuerpo. Esa música coral continuaba atormentando sus oídos, entraba en su cerebro y no le dejaba pensar. Vio esa penumbra a través del espesor de sus párpados, Ester no estaba sola; también pudo ver a Marian y a otras masajistas vestidas con trajes de colores y sus caras pintadas, cantaban al ritmo del coro de los monjes sin llegar a tocar su cuerpo; éste solo era dominado por Ester y su jugo de sangre con la que lo pintaba como un cuadro impresionista pero macabro.

El cansancio se apoderó de él, no quería pelear, se dejó llevar, por esos ojos, por esa sonrisa, por esa música, las velas y las dulces caricias de las palabras de Ester.

La pudo oír, su cara estaba junto a la suya, le hablaba. Abrió los ojos, ya no había música solo la voz de Ester que le informaba como siempre que el masaje había llegado a su fin. Se levantó de un solo golpe y allí no había nadie. Seguían las velas y su piel no estaba bañada en sangre, era la vaselina de siempre empapado, pero aceite, nada de color rojo. Ester le sonrió y salió de la estancia no sin antes decirle que se había relajado mucho, que incluso se había quedado dormido en algún momento. Respiró profundamente y se metió en la ducha, todo era fruto de esa noche de Halloween. El ambiente, los disfraces de Ester y de Marian que ni había reconocido y sonrió mientras el agua caía de su cabeza a los pies.


Terminó por ponerse los zapatos y sonrió recordando ese sueño y las manos de Ester. Se calzo en último lugar no sin antes pelearse con los cordones de esas deportivas. Mirando al suelo volvió a ver ese tatami y las velas, fuertes, grandes, con mucha luz; y de nuevo el tatami, y el centro de éste, los claveles en medio y en el centro su cuerpo marcado, señalado, tatuado en el suelo; en cruz, con señales de clavos  y un circulo que dibujaba su perfil, de un color diferente; se acercó, miró; era rojo intenso y olía a metal oxidado. Ahora si gritó, salió corriendo y en la entrada como siempre Marian que no permitió que escapara: aún no había pagado.


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