viernes, 25 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO II

Paca miraba por la ventana, sin parpadear, perdida en el horizonte de la inmensa llanura poblada de cepas centenarias a lo largo de todo el Condado. Sus parpados arrugados y profundas ojeras se hundían en lo más profundo de su cara castigada por el tiempo y la vida. Algún movimiento esporádico, más que por vitalidad, por reacción, a un pequeño ruido, a un rasquido lejano, o próximo. El caserón se encontraba casi desierto, tan solo algún sirviente, pero la vendimia había acabado y pocos eran sus habitantes. Todo el caserón para ella sola acompañada por pequeños ruidos, crujidos de la madera vieja, la puerta entreabierta y la sensación de estar siendo observada, escuchada por los fantasmas de su pasado. Miraba al infinito respirando a duras penas, pero sin fuerza para girarse y mirar hacia la puerta. Temblaba, escalofríos de terror, de espíritus atrapados entre aquellas paredes. El miedo lo llevaba dibujado en su rostro, y nada absolutamente nada, ya le podía asustar, aunque recordando tantos sucesos vividos, esos ruidos, tal vez tan solo el palpitar de la propia casa, o de alguien escuchando, esperando al acecho para acabar con su vida arrancando su cuello con una navaja. Lo pensaba, lo intuía, pero la mirada no podía apartarla de ese horizonte.


Con el miedo apoderado de su cuerpo, Paca seguía recordando, seguía inmersa en sus pensamientos y en las historias contadas por Fidela, su abuela. Y en ese momento llegó a su memoria aquellas historias narradas de forma minuciosa que le contó sobre el Conde, antes de que ella cayera a la tierra un día de septiembre.

Según ella, su abuela Fidela, el Sr. Conde había heredado el Condado de forma accidentada y poblada de sucesos misteriosos e ignorados por un pueblo sumiso, solo dispuesto a obedecer y a mirar hacia otro lado, cuando del Conde se trataba. El Sr. Conde había heredado el Condado y el título honorífico, tras quedar como único heredero de su padre, su predecesor. Tuvo dos hermanas mayores que él, herederas legítimas que le precedían en el orden sucesorio. Pero por circunstancias y sucesos sin resolver, ambas murieron por extrañas circunstancias, ninguna de ella de forma natural, una envenenada y la otra arrollada en un camino por un carro que la dejó lisiada durante años hasta que un día apareció muerta ahogada por su propia sangre.


Cuando su padre murió, él fue el único heredero del Condado y de su título, Bernardo que así se llamaba, se convirtió en Bernardo de Mudela. Con apenas treinta años de edad, se apoderó de todo el condado, sus viñedos, las bodegas y de todos sus habitantes. Estaba casado. Su padre se aseguró formalizar un matrimonio de conveniencia. Un matrimonio que le asegurará aumentar su poder, sus propiedades y su riqueza. De esta forma, formalizó un acuerdo con un poderoso marqués de la cercana Andalucía también propietario de extensos viñedos y de esta forma crear una unión que no solo le daba más poder económico sino también político, en esa España dominada por los caciques rurales de principios del siglo XX.


El Marqués de Montrijo, conocido terrateniente andaluz tenía una hija, Rocio que contaba con veinticinco años de edad. Pensaban que ambos tenían la edad perfecta para el casamiento y asegurar la descendencia cuando tanto el marqués como el conde les quedaban pocos años por delante.


Al Conde nunca le gustó ni quiso a esa mujer, pero aceptó el matrimonio, tanto por obediencia a su padre como por interés, su ambición carecía de límites. Según le contaba su abuela Fidela. El día de la boda todo el condado se vistió de gala, acudieron al caserón todos los habitantes del condado y pueblos cercanos. La novia, Rocío de Mondejar, según le contaba su abuela, apenas se le veía entre ese voluptuoso vestido blanco con la cara envuelta por un velo. Era pequeña, famélica y sin nada de carne entre la piel y sus huesos. Ese día corrió el vino y todos los asistentes terminaron con la cabeza embozada por los efectos del preciado zumo de las uvas. Sin embargo, según contaban, el Sr. Conde esa noche no tuvo noche de bodas, no durmió con su reciente esposa. Rocío era una vieja de veinticinco años, con los ovarios como pasas y la vagina como un higo seco.


Bernardo por lo contrario tenía fama de galán y de estar bien dotado. Vestía de forma elegante al estilo de un señorito rural de la Mancha. Trajes negros de franela, camisa blanca sin cuello abrochada al cuello que a veces parecía que le impedía respirar por lo apretada y almidonada que la llevaba. Faja negra y garrota de madera noble, que no tanto la utilizaba para ayudarle a andar, sino para levantarla cuando daba alguna orden, amenazadora la apuntaba cuando levantaba su voz grave y autoritaria. La levantaba y mandaba y obedecían, la consecuencia era un garrotazo que pocos se llevaron, porque ante una orden del señor, todos obedecían sin levantar la mirada.


Muchas mozas del Condado, le miraban y suspiraban ante su presencia. Sus deseos carnales se encendían ante su presencia y más de una mojaba sus bragazas ante su presencia. Como contaban, no sabían que era más grande, la garrota de la mano, o la que le colgaba entre las piernas. Pero el señor era caprichoso y no le atraían las presas fáciles, aunque no dudaba en ocasiones de hacerse con los favores carnales de alguna lugareña deseosa de ser llenada por ese poderoso bastón.


Orgulloso tanto de su poder terrenal como del carnal, como decían, al Conde no le gustaban las presas fáciles, más bien aquellas que se escabullían y no le dedicaban ni una sola mirada de deseo. Entre ellas se encontraba su madre Saturia, que vivía en el caserón recién enviudada, en los aposentos de  los empleados del servicio doméstico, junto a sus hijos y su madre.


Así un día, en el que los hombres dormían en el campo haciendo faenas en los viñedos, el Sr. Conde entro en los aposentos de su madre. Dormía en una habituación continua a la de la abuela Fidela. Entro sin importarle hacer ruido, abrió la puerta de su habitación, y sin mediar palabra, se bajo los pantalones, los calzones, se quitó la faja y la chaqueta, y solo con la camisa puesta y su bastón encendido entre las piernas, agarró a mi madre, le dio dos bofetones con sus enormes manos en la cara, la cogió de las nalgas, le arrancó la bragaza, abrió sus piernas y metió su deseoso pene hasta las entrañas de su madre, que por no molestar, por no hacer ruido ni respiró aunque con el horror marcado en su cara soporto el dolor de  esa estaca que la empujaba hasta la garganta y con la boca tapada, así aguantó hasta que el señor la lleno con toda su semilla, y saciado, tiro a su madre sobre al suelo, colocó sus calzones, pantalones, chaqueta y faja y abandonó el aposento.


Su abuela le contó, que ella sufrió cada instante de ese momento, oyó la entrada del señor, y desde el principio supo cuales eran sus intenciones. Se acurrucó en la cama, se mordió la lengua y apretó sus ojos para que no se le escapara ni una sola lágrima.



Paca mirando fija el horizonte, no pudo sujetar sus lágrimas mientras lo recordaba, esa noche, como así le contó Fidela, su madre encintó y fue engendrada, así se fecundó a ella, a Paca la Jara.



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