viernes, 25 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO III

Paca miraba fijamente por la ventana, el cielo empezaba a encapotarse, las nubes que se avecinaban por el horizonte cada vez eran mas negras y su visión se hacía cada vez mas corta. Los años y esas lagrimas fijadas en los ojos sin llegar a desplazar una lágrima, limitaban sus miras pero sus oídos en esos momentos se agudizaban mas, y cada susurro cada chasquido de la casa, le llegaba y un escalofrío recorría su empellejado cuerpo.


En esta época eran pocos los habitantes del caserón. El servicio vivía en una casa aneja junto a la bodega donde reposaba el mosto, que tras fermentar se convertiría en el preciado vino de la cercana vendimia. La casa contaba con dos plantas y una enorme boardilla por la que se accedía por la planta alta a través de unas escaleras de madera de caracol, donde en mas de una ocasión, de pequeña huyendo de sus hermanastros mayores, se golpeó y calló dando con su cuerpo escalón tras escalón.


La planta baja, contaba con una enorme entrada de la que partían cada una de las estancias, el salón principal, varias salitas pequeñas donde solía reunirse la Señora Condesa con sus amigas para juntarse a jugar al tute y beberse unas copas de mistela de la bodega. En mas de una ocasión Paca vio a la Señora dar mas de un tumbo por la casa después de haber dado buen provecho del dulce vino que tanto gustaba para saciar sus penas.

En esa planta baja también se encontraba el despacho del Señor Conde donde se reunía con los tratantes de vino y sus capataces. Nadie se acercaba a esa habitación, decían que el Conde en mas de una ocasión sacó un pistolón ante alguna visita inesperada, incluso a la Señora Condesa. En ese despacho se encontraban sus libros y todos los papeles y documentos del negocio y de sus propiedades, algunos guardados bajo siete llaves, para ocultar los secretos que guardaba, sobre todo, como había conseguido las escrituras de algunas propiedades. Pero sobre todo la enorme cocina y sus despensas, donde niña había pasado horas contemplado a su madre y a su abuela cocinar para los Condes y los días eternos entre fogones en época de fiestas o cuando había invitados. Se cocinaban pollos, se les desplumaba y allí mismo se les retorcía el cuello y con la sangre caliente los metían en los pucheros o en el horno de carbón que siempre permanecía encendido.


En la planta de arriba se encontraban los aposentos, el dormitorio principal, que las malas lenguas comentaban nunca había pisado el Señor y donde consumía sus penas la Condesa. Contaba con diez aposentos y tres baños, uno el de la Señora siempre con olor a jazmín y a maderas perfumadas, y el del señor por lo contrario a heces y orina, un olor acre que en alguna ocasión invadía todas las estancias.


Ahora Paca estaba sola en la estancia donde la Señora permanecía horas, en esa mecedora donde se encontraba ella, fija mirando por la ventana, viendo pasar la vida sin vivirla tan solo agarrada como oro en paño a una botella de mistela. Tan solo Fernanda pasaría a hacerle la cena, pero en ese momento se encontraba sola, absolutamente sola en el enorme caserón, la puerta entornada y un pequeño chasquido por momentos la estremecían. Sí, el miedo lo conocía, desde que nació el miedo fue su mayor compañero, y ahora seguía sintiéndolo, en cada susurro esperando de un momento a otro a que alguien se le acercara, despacio, sin hacer apenas ruido por su espalda y le rebanara el pescuezo como tantas veces había tenido que ver.


No sabía si por el miedo curtido en su rostro o por las negras nubes que se acercaban, empezó a recordar, tal vez para fijar la mente en otros pensamientos. Recordaba mientras se mecía timidamente y una corriente fría le llegaba por la espalda. Un día, cuando ya tenía sobre los trece años, Paca le preguntó a su abuela Fidela, su confesora y cuenta cuentos, que no sabía si bien eran ciertos, o algunos fruto de su imaginación; le preguntó porque todo el mundo decía que se llamaba Paca por su tía la hermana de su madre y también hija de su abuela. Fidela, en la casa aneja a la bodega donde vivía con su madre, sus hermanos, su abuela y otros miembros del servicio, un día de otoño, como ese otoño que estaba viviendo pero mucho mas frío, cerca de la chimenea, le contó que su tía Francisca  era su primogénita, tan solo tuvo dos hijas, ella y su madre Saturia. A penas se llevaban dos años la una de la otra, y le contó que estaban muy unidas, que siempre jugaban juntas de pequeñas, que le ayudaban con el servicio, pero a diferencia de su madre, su tía Francisca era orgullosa y con altas miras en su futuro. Para una mujer de la época progresar socialmente tan solo era posible con un buen casamiento. Para ella el Condado era un lugar pequeño de miras y de futuro, le asfixiaba, necesitaba salir de allí como fuera, sus miras eran la capital de la provincia, o tal vez, algo mas la gran capital, que salvo el Conde pocos habían tenido la posibilidad de visitar.


Aprovechaba cualquier oportunidad para poner sus objetivos lejos del Condado, cualquier visita de un forastero, ella se insinuaba, incluso se ofrecía a trabajar de criada o en cualquier tarea con tal de salir de allí. Era diferente a mi madre que estaba resignada a seguir los pasos de mi abuela y de sus antepasados, todos siervos del Conde de turno.


En una ocasión llegaron al Condado invitados por el Señor Conde, a penas un año antes de que Paca naciera, cinco hombres de negocios vistiendo elegantes trajes dispuestos a comprar toda la producción de vino de la temporada para llevarla en tinajas a Madrid, ese lugar del que se oía hablar pero del que nadie sabía nada, donde al parecer vivía el Rey y al que en alguna ocasión visitaba los Condes como parte de la aristocracia de la alta sociedad rural española. Incluso algunos decían, que a veces sin que nadie tuviera noticias, el Rey iba al Condado de caza a pegar cuatro tiros a conejos, perdices y a algún jabalí, y que se llevaba algunas piezas como triunfo aunque el disparo no procediera de su escopeta. Esos hombres de la gran capital llegaron y se aposentaron en las habitaciones de invitados durante tres días. La tía Francisca según le contaba su abuela, le hacía todo tipo de cumplidos y ofrecimientos para que se la llevaran a la capital. Insistía constantemente y sus ofertas cada vez subían mas de precio. Francisca era una mujer entrada en carnes pero de una gran belleza, senos fructuosos y muslos rollizos, como gustaban a esos hombres de la capital acostumbrados a alternar con famélicas cupletistas y señoritas de la ciudad.


Durante esos pocos días que esos hombres estuvieron en el Condado, mas de uno se llevó los favores sexuales lascivos de Francisca esperando encaprichar a algunos de ellos. La abuela Fidela en uno de esos días pudo presenciar una fuerte regañina del Conde que no podía permitir que una de sus siervas siguiera a aquellos hombres como una zorra en celo. Ella rebelde, y deseosa de dejar el Condado y al Señor, no le obedeció y siguió insistiendo, insinuándose, casi suplicando que la llevaran lejos de allí, que no soportaba mas esa vida, que necesitaba espacio, una ciudad, que solo la llevaran y ella sabría ganarse la vida.


La abuela Fidela le contó, que en la última noche en la que los hombres de la capital permanecieron en el Condado, vio a Francisca coger unas sabanas y meter sus enseres dentro de ellas, le preguntó que hacía, y le contestó que uno de los señores la pondría a servir en su palacio del barrio de Salamanca en Madrid, que ya nunca volvería, que se marchaba. Mi abuela la intentó parar, le suplicó que no se marchara, pero no hubo forma de calmar ese torbellino de libertad que tenía apoderada a la tía Francisca. Intentó retenerla y sin ningún respeto ni clemencia llegó a apartar a mi abuela de su camino con un enorme empujón dando la abuela con sus huesos contra el suelo.


Esa noche no durmió en los aposentos del servicio y al amanecer se oyeron grandes gritos que procedían de la bodega, la abuela de repente los oyó y salió como todos los sirvientes hacia la bodega, también mi madre y mis hermanastros, se temía lo peor, los gritos eran aterradores, llegó a la bodega, y allí varios hombres subidos en escaleras sacaron el cuerpo de Francisca inmerso en una de las tinajas. Tenía el cuerpo rojo, tanto del vino como de la sangre que aún fluía de su garganta rajada y de su vientre apuñalado como un colador. Le contó que la sacaron la limpiaron como pudieron, la depositaron en el suelo, y de pronto un gemido salió de su cuerpo que hizo que todos despavoridos dieran varios pasos atrás, fue como su último gemido, un vómito de sangre y vino mezclado que salió de su cuerpo muerto. Por ello nada mas nacer ella su madre le puso su nombre, Francisca aunque siempre se le conocería, como Paca la Jara, por sus cabellos rojos, tez blanca y pecas en el rostro.



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