viernes, 25 de noviembre de 2016

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO I


Francisca se hallaba sentada junto a la ventana. En su mecedora de madera donde tantas veces había sido dormida entre los brazos de su abuela Fidela, la madre de su madre; sentada allí, ensimismada entre sus recuerdos y la visión que le ofrecía el paisaje otoñal del viñedo, sombrío, desierto; poblado hasta el horizonte, hasta donde su mirada llegaba, por miles de cepas viejas, retorcidas por decenas de años sometidas al castigador sol del verano y a las heladas invernales de la baja meseta de España. 


Miraba sin pestañear, como si se hallara hipnotizada por esa sensación de penumbra y muerte, como ocurría siempre durante toda su vida tras la alegría y la fiesta de la vendimia. Perdida también en sus pensamientos, en su larga vida a la que a penas le quedaba un suspiro, y de tantos momentos felices vividos en ese caserón que albergaba una inmensa bodega, pero también de tantos momentos de sufrimiento de sangre vertida en esos campos tanta como la del fruto del zumo de las uvas cuando lo obtenían a ritmo de canciones populares, saltando sobre las uvas para obtener ese preciado jugo tan valorado, y a veces tan traicionado. 

Se mecía lentamente, a penas le quedaba aliento, no tenía fuerza ni para respirar, pero sin embargo se cerraba así misma, con las dos manos cogidas apretando tanto como podía; unas manos arrugadas, con dedos retorcidos y callosos por el paso del tiempo y el trabajo de tantos años de su vida. Apretaba las manos, en un intento baldío de sujetarse, de no dejar salir ese último aliento, que a duras penas podía contener. 

No había conocido el mundo, a penas en alguna ocasión había bajado al pueblo durante la juventud, prácticamente toda su vida la paso en ese caserón, la bodega y los viñedos de ese ultrajado y desposeido Condado de Mudela. 

Mientras contenía ese suspiro, Francisca con los ojos brillantes, perdidos y llorosos y su cara quemada por el sol y arrugada por el tiempo, recordaba cuando su abuela Fidela le contaba el día que nació. Fue durante un caluroso mes de Septiembre, durante la vendimia. Su madre Saturia ya había tenido cuatro hijos, todos varones de su desgraciado marido que un día apareció ahorcado entre las tinajas de la bodega. Si, Francisca era bastarda, hija del señor conde, y no era un secreto, el señor poderoso no se avergonzaba nunca de sus acciones, y desgraciado el que le juzgara u opinara de él, su cabeza se separaría de su cuerpo con tan solo una mirada. Si, Francisca era la hija bastarda del conde pero nunca la reconoció aunque fuese un secreto a voces. Su abuela le contó que su madre ocultó su embarazo, por vergüenza o por temor al señor, nadie supo de su estado hasta aquel día, si aquel día del mes de septiembre que durante la vendimia, de pronto, y junto con todos los jornaleros y demás que se encontraban arrancando los racimos de uvas de sus cepas, de pronto un dolor insoportable la invadió y tirada entre las tierras secas y rojizas del campo, de repente despojada de sus ropas, arrancadas a pedazos por el dolor, asomo la cabeza de entre las piernas sucias de su madre, y entre sangre roja y cuajada; envuelta en una pegajosa lava, calló a la tierra, mirada con los ojos atónitos de todos los vendimiadores. 

La cogieron de entre la tierra, la separaron con unas tijeras de podar del seno de su madre, la limpiaron con un trapo sucio echándole agua de un botijo que allí tenían para sofocar la sed de ese caluroso día de vendimia, y todos los ojos se desprendieron de ella y se dirigieron hacia su madre, tirada en el suelo, sudorosa y abandonada, mirándola con ojos que la condenaban como a una zorra sobada, y esas caras secas, duras de la gente del campo, de la mirada pasaron a la pregunta, ¿quien es el padre, Saturia?. Nadie la atendía, dolorosa hasta en su alma, siguió tendida entre la tierra, medio desnuda por las ropas arrancadas, y mil veces la misma pregunta, y no le salían las palabras, su dolor no la dejaba, ni el llanto de Francisca que todas aquellos gritos y preguntas tapaba. A penas pudo sentarse en el suelo, tapar sus pechos endurecidos y su vagina manchada de sangre y tierra, cuando sin esperar, Saturia abrió la boca y de ella salió toda su alma de golpe, sin pensarlo con un tono firme y seco –no es de nadie, es mi hija, es Francisca, como mi hermana-. 

Todos atónitos quedaron, aquel diminuto ser envuelto entre trapos, ya no era una alimaña, tenía nombre, era Francisca, el nombre de la hermana de Saturia que un día apareció muerta flotando sobre el vino de una tinaja. 

Quedaron callados, no hubo mas preguntas ni mas miradas, todos los vendimiadores, los bodegueros y labradores, sus hijos y familias que participaban en la vendimia, dejaron de mirarla y se volcaron hacia Francisca, se la pasaron unos a otros, también estaban sus otros cuatro hijos varones legítimos. El semblante de todos cambió, se enterneció y miraron con sorpresa ese poco pelito que tenía Francisca. Era como fino como la seda, era rojo, como el color de la tierra donde nació. 

Y su abuela Fidela le contó, que en ese momento se hizo paso entre tantas manos negras ensuciadas, y la cogió, la envolvió con una sábana blanca no sin antes terminarla de limpiar, con agua de esos botijos. Limpia y aclarada, su pelo rojo brillo cada vez mas entre una piel blanca, tanto o mas que esa sábana. En ese momento cuando dejo de llorar, cuando el silencio por fin se hizo dueño de la situación, de entre la muchedumbre, se oyó una voz, una voz grave y contundente, era la del Sr. Conde, y dijo: “es JARA”. Todos se miraron y agacharon la cabeza, desde aquel momento, desde ese mismo instante en el que había salido de las entrañas de su madre, Francisca nunca mas sería llamada Francisca, sería “PACA LA JARA”.





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