domingo, 25 de junio de 2017

VALERIA Y EL TREN. -CAP. IX- VALERIA Y NADA MÁS



Durante las primeras horas en ese hotel de Londres, Valeria descanso, apenas salió de la habitación como si temiera que la descubrieran en esa enorme metrópoli. No dormía, ni tan siquiera soñaba; se encontraba en un estado de sopor donde los recuerdos se le agolpaban en las puertas de su consciencia.

Con los ojos cerrados tumbada en la cama paso la mayor parte de esos días antes de decidirse a ir a vivir con su amiga April, esa alocada danesa, rubia de ojos casi transparentes que le había hecho pasar mas de un momento de apuro durante su estancia en la ciudad que la vio nacer. Valeria no era una chica muy lanzada en lo relativo a las relaciones con los chicos, mas bien lo contrario. Romántica por educación y tierna por convicción, Valeria vivía de su mundo e invitaba al mundo a vivir de su fantasía. De la realidad inventada como le decía su papa a la realidad impuesta. Ese tramo en el que no supo abrir puentes, en donde la salida de una no suponía la entrada en otra, sino por el contrario la caída al rio del destino sin remo donde guiarse.

April era la típica nórdica que había superado las fronteras de la moralina de la Europa del Sur. Una chica que vivía los momentos o los reducía a los instantes con su mirada infantil y su cuerpo de hembra leonina con el que exprimía a los hombres hasta lo más mínimo de su significante. Una mujer sin sorpresas pero de muchas ganas de llevarse la vida por delante con su cuerpo bien formado, atlético, cultivado en los gimnasios de Copenhague, sus pechos firmes y duros junto con su culo fruto de las series de sentadillas, esculpido de tal forma que parecía hecho a mano. Una joven atrevida, sexy, erótica; una hembra dispuesta a jugar a ser la dueña de las pasiones masculinas y muy diferente a Valeria. Ésta una mujer de poco sexo y mucho amor; como le decía en sus conversaciones con April, el orgasmo con amor es la imagen de Dios, sin amor no es mas que hambre saciada con carne, de eso que Valeria no comía y se negaba a introducir en su escueto pero elegante cuerpo. Valeria estaba hecha del amor de una noche para la eternidad, esa que por desgracia se había roto como la cadena de una bicicleta que de repente deja de girar.

Entre visión y visión, Valeria pensó e incluso se le desprendió alguna sonrisa, que con su querida April habría mucho sexo en esa casa, aunque ella tan solo sería un habitante que no molestaría en los avatares de su amiga porque lo menos que le apetecía en esos momentos era conocer a nadie y menos tener que sobar pieles babeantes de lujurias con hambre de saciar sus instintos mas carniceros.

Se le pasaron las horas entre pensamientos y espacios en blanco. Entre ellos el sonido de los mensajes de su Iphone. Lo miró y lo temido ocurrió, varios mensajes de su padre que al parecer ya se encontraba fuera de prisión gracias a su declaración y también de Tania, la amiga de su padre que trabajaba en Londres. Su padre tan solo le suplicaba que se cuidara y que ahí tenía el teléfono de Tania, que le daría trabajo, que le ayudaría a buscar casa; que la llamara  y que su mama seguía en coma neurológico o cerebral. Valeria no era persona de hacer sufrir y contesto de forma escueta a su padre, le dijo un seco estoy bien y llamaré a Tania.

Entre un pensamiento y otro siempre se intercalaban esas visiones en blanco, de la nada; ese punto de luz que no lograba alcanzar y las voces, las caricias en sus brazos y en su cabeza, como si una multitud la quisiera atrapar y ella corría sin avanzar hacia ese punto de luz, hacia la esperanza de volver atrás, de recuperar lo no vivido, de sentir de nuevo la vida, de olvidar los últimos sucesos y continuar con su vida planeada y bien organizada, con su mundo de color de rosa y los cabellos de princesa como siempre había imaginado y de tal sueño no podía escapar sin perderse, sin caer en el fango de un rio repleto de pirañas y de todo tipo de alimañas dispuestas a llevarse lo poco que quedaba de Valeria.

De esa forma Valeria iría a vivir en un par de días con April, sería testigo de sus idas y venidas, de sus parejas y sus trios; de todo eso que le hacían feliz y ella en su trabajo en el Santander en pleno Soho, pelando hortalizas y cortándolas a la perfección tal y como le había enseñado su maestra Tania, esa mujer recta, erguida y disciplinada de un corazón tan grande que no era capaz de mostrarlo salvo una caricia intencionada en su sonrisa. Valeria ya la conocía y se encontró protegida bajo los brazos de Tania, ese eslabón perdido de su padre en la metrópoli donde sus huesos se dejaron caer tras el abismo de la locura de la traición de su propia existencia.

La luz y los recuerdos, esa forma en la que tenemos de revivir y como siempre decía las cosas bonitas deberían poder vivirse al menos dos veces. Ella había vivido una porque nunca pensó en que perdería esa vida que tenía y de repente se encontró regresando en ese tren de su vida llamado Stansted Express rumbo al aeropuerto donde dejo un poco de si misma el primer dia en el que decidió aterrizar en un otoño que no solo tiró las hojas de los árboles sino su propio ser, ese en el que se había situado sin saber vivir del aliento ajeno, del carril de las vivencias y del sabor de las existencias. Valeria como mujer niña que se trataba tal como si nunca hubieran crecido sus pechos y su cuerpo siguiera siendo templo y no taberna. Valeria en ese avión en el que regresaba siguió persiguiendo luces que le circulaban alrededor de su estrecho cuerpo de adolescente crecida.

Valeria no sabía dónde se encontraba la ida y la vuelta, no era capaz de diferenciar si volvía o se marchaba, no tenía conciencia de hogar, de lugar de residencia; así mientras miraba por la ventanilla del avión amarillo, no sabía si era un viaje de ida o de vuelta, si su casa estaba allí o allá, o tal vez fuera ese aparato o mejor dicho el tren. Su vida en los últimos meses era el Stansted Express. Ese lugar en el que el olor a huida le cambio la forma de mirarse las manos, hasta descubrir que era lo único que tenía, una encima de la otra sobre las orillas de sus muslos tapados por unos vaqueros que jamás podría dejar de ponerse.

Dentro de sus lágrimas donde nacía su alma, Valeria se encontraba feliz mientras sentía como aterrizaba ese avión en el aeropuerto de la ciudad que la vio nacer; su mama había salido del coma y según le habían dicho estaba fuera de peligro, su golpe no fue mortal ni nunca quiso que fuese asi, tan solo un acto reflejo de querer quitar del medio no a ella, sino lo que significaba, el amor, la ternura, la maternidad; todo eso que había abandonado desde el momento de la traición, ese en el que dejo de ser una persona excepcional para convertirse en vulgar, una más; como dicen una cualquiera entre un montón de gente ordinaria.

Si había algo que superaba a Valeria y su pequeño mundo era lo vulgar. Una chica escasa de extras pero con mucha clase, eso que algunos le decían una mujer de estilo que con tan solo básicos lucía mejor que cualquier otra con toda la moda por bandera. Se encontraba feliz mientras veía como el avión hacía las maniobras de aproximación a la terminal, esa que ignoraba si era un principio o tal vez otro final.

El avión amarillo totalmente parado y todo dispuesto al desembarco, de ella y de toda su vida, porque ahí junto a su mochila Valeria llevaba lo mas preciado de su existencia, consigo siempre viajaba un pequeño corazón capaz de acoger a todo aquel que tan solo quisiera comprender el porqué de su vida, de aquello que le habían hecho entender entre canciones de amor y caricias en un amanecer.

Valeria como siempre salió de la terminal dispuesta a coger un taxi con la cabeza arriba y la mirada al frente. Su dignidad llamaba la atención, cómo podía expresar tanto un cuerpo y el semblante de un ser tocado especialmente por algún ángel que en lugar del cielo prefirió quedarse con ella en la tierra de infiernos y locuras. Valeria era todo carácter, una mujer sin muchos deseos pero digna de ser lo que era, algo que sin esa dignidad le hubiera sido muy difícil mantener durante sus escasos años de vida. Valeria era el amor andando por los pasillos de un aeropuerto, era esa canción que todos hemos querido alguna vez componer.

Si el amor tenía nombre se llamaba Valeria, si la sensualidad tenía mujer, era Valeria; si la dulzura tenía color era el de Valeria, si la ternura era una caricia, estaba en los dedos de Valeria. Saliendo del aeropuerto tomo el taxi en dirección al hospital, la autovía y el boulevard. Esa era su ruta hacia su origen, hacia la mujer que en su lecho la había llevado durante su gestación y esa que junto a su padre eran los fabricantes en exclusiva de Valeria, la mujer que al llamarse amor fue un amanecer que jamás llegó.

El taxi, la autovía y el boulevard hasta la puerta del complejo hospitalario en el que entró conociendo el camino y siguiendo esa luz. Valeria podía llegar con los ojos cerrados, no porque recordara especialmente ese día en el que entró para despedirse de ese cuerpo que tan solo respiraba y que se llamaba mama. No era esa su orientación sino esa luz blanca, esa que le perseguía en todos sus viajes en el tren, esa que junto con las voces y las manos le atrapaban cada vez que el Stansted se ponía en marcha en una o en otra dirección.

Las manos la llevaban en volandas, incluso tuvo que tomar carrerilla de la forma que la empujaban persiguiendo esa luz y los sonidos de voces cada vez mas conocidas se acercaban a su cara, era prácticamente parte de sus mejillas. Un pasillo, otro; un ascensor y un giro y la habitación donde al verla tuvo que cerrar los ojos porque esa luz ya no giraba, ya no corría delante de ella llegó al lugar donde los ojos de su madre se encontraban incorporados en una cama de hospital con cables, monitores y ruidicitos de esos feos que salían en las series de la Fox.  La luz no le dejaba mirar a la cara de esa rubita tumbada sobre la cama y sonriente como siempre hasta cuando lloraba. Era la ternura de un ser que le dio su ángel y al otro lado;  ese lado ni lo nombró, ese hombre que tumbado en la cama era la misma imagen del perdón y del fracaso. De esos hombres  que por darlo todo se quedan sin nada, porque no saben administrar sus sentimientos y son fruto de las emociones sin las barreras arquitectónicas de la inteligencia.

Valeria se acercó y quedo prendida en el marco de la puerta de la habitación, no podía entrar, las manos no le dejaban y las voces escupían sus palabras tan cerca que incluso trataba de alejarse. Las llegó a ver, estaban cerca, no podía moverse. Valeria se quedó mirando porque ahí estaba toda su vida y sin saber porque, de nuevo se quedó sin amanecer.








domingo, 11 de junio de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP. VIII- VALERIA A LA INVERSA




La tragedia  de la vida es que no existe la felicidad, solo hay algunos momentos de alegría y otros de tristeza, pero nadie consigue ser feliz. Valeriaa miraba fijamente por la ventanilla del taxi que le conducía al aeropuerto de la ciudad que la vio nacer. Era un paisaje conocido, ese que le decía que ella si había sido feliz en esas calles de las que la había desterrado el desamor y la traición; la falta de respeto, la infidelidad; el acto menos humano, el más cruel, ese que para ella era de una gravedad superior a la propia muerte. Su vida había sido un momento de felicidad porque su madre se la había arrebatado y su padre con sus condescendencia había empujado a que todo se precipitara, a que ese mundo en el que vivía se viniera abajo, como un fichero de dominó, acelerado por ese impulso que hace caer la totalidad de las fichas sobre el frio suelo de la anti belleza, eso que hay un paso más allá de la fealdad, el germen de lo sucio, lo muerto sin tener vida; todo lo ocre con olor a mierda que se envuelve por esa putrefacción toxica.

Todos esos años, los de su propia vida había mamado principios tan diferentes; su mundo era el de la amistad, la concordia, la dedicación, la ternura, la dulzura; semejante a ese amor que se pega como un tarro de miel abierto en la bandeja del té. Un mundo de rosa, de chicle de fresa, de cariño pegajoso, de ese que atrapa por la flojera de su fortaleza. Lo había mamado y ahora sin nada más que ella misma, su cuerpecito, sus manos cerradas en si misma; sus ojos repletos de lágrimas y la vida por delante sin esperanza, sin ilusión y sin cabida en un mundo que tenía todo en su contra.

Al llegar al aeropuerto, Valeria se quedó pensativa; le era tan conocido, habían sido tantas veces de viajes en familia, con amigos, que cada baldosa de ese lugar le eran conocidas. A sus veinte pocos años había sido afortunada, pocos países de Europa quedaban fuera de su visita y sin embargo ahora Valeria no sabía donde ir. Tampoco le importaba mucho el lugar, tan solo quería desaparecer, salir de ese aeropuerto, en su anonimato y sus recuerdos; sus risas, las voces que oía de fondo y sobre todo esa luz, esa que le perseguía como si se moviera entre la nada y el todo, como si desapareciera la existencia y apenas hubiera tiempo para moverse. Una luz brillante que le invitaba a seguirla pero que no era capaz de alcanzar. Que le susurraba al oído y le empujaba a un abismo desconocido. Valeria restregó sus ojos, movió  la cabeza y algo le saco de su estado de ensimismamiento. Era su teléfono que no había desconectado y que era el único elemento material que le unía a esa realidad maldita de la que no quería ni pensar. Lo miró y en un acto reflejo borro la notificación, no quería saber quien le mandaba el mensaje pero comprobó que se quedaba sin batería y eso si, necesitaba ir cargada para poder manejarse en el país donde al final sería su refugió frente a las persecuciones que claramente se le echaban encima. Tomaría un té en el Starbucks y lo cargaría, pero primero su destino, ese lugar donde tenía que volver a empezar y dejar todo su pasado para una historia que jamás se llegaría a contar.

Valeria se situó frente al panel electrónico de las departures y miró los vuelos de ese día, de los que trataría de tomar alguno y sino esperaría allí sin moverse, sin vuelta pero sin huida; porque ella no huía, ella se protegía de ese mundo que se había vuelto en su contra, de esa nube toxica de los mezquino, de los intereses de las personas sin principios ni humanidad. De su madre en coma cerebral y de su padre en otro, en coma del corazón.

Frente a ese panel leyó varios vuelos en los que había posibilidad de comprar un pasaje. Vuelos que salían en unas tres horas, que era tiempo suficiente para pillar un billete sin vender, de esos que llaman de última hora aunque para Valeria era la primera, porque ella no iba sino volvía; mejor dicho, Valeria regresaba de sí misma, para no quedarse donde estaba. Ese maldito dilema entre el ser y el estar de nuevo pero que era como de un himno vital que le acompañaba siempre en sus decisiones como la de ahora en la que debía elegir que vuelo tomar. Le llamo la atención el vuelo a Copenhague, allí había estado como en el resto pero lo guardaba con cierta ternura pues a esa ciudad fue a visitar a su amiga April que había conocido en la Universidad en un programa Erasmus, como ese que ella haría en el futuro pero que como todas sus esperanzas habían quedado frustradas en el baúl del desengaño, como aquella calle de la serie de televisión que fue compañía durante tantas veladas con los tres  cara a ese aparato de fantasias, de entretenimiento y ahora también de recuerdos. No iría a Copenhague porque April no estaba y no se veía en esa ciudad por el momento. Un vuelo de la KLM a Amsterdan Schipol, ciudad que también conocía y donde había pasado fantásticos momentos junto a sus amigos de la infancia, esos dos o tres que restan tras el paso del tiempo. Lo descartó aunque fue una de sus opciones primarias, podía trabajar en el barrio rojo de prostituta, aunque su cuerpo siendo atractivo no era de esos que llaman la atención y además, si ya le costaba ser sobada por un tipo al que ama, tener que dejarse el sudor en cerdos libidinosos con ganas de carne, le dio asco, pereza y fuera; a otro cosa. Olimpic a Atenas. Que bonito y cuanto calor recordaba de esa ciudad junto con papa y mama y las islas griegas. Demasiados recuerdos, pensó para descartar el viaje a la capital Helena. Un vuelo le sobrecogió, Aeroflot con destino a Moscú, tuvo la tentación, los ojos le brillaron, se echó mano a la mochila para agarrarla e ir al mostrador de esa compañía. Hablaba algo de Ruso, se manejaba a la perfección y encontraría a algún conocido de su madre. Sin embargo aunque le abrió los ojos lo descartó porque era un país difícil, con reglas de visado y no lo tenía y además era como entrar en la cuna materna de la que quería desaparecer.  Paris-Orly, que bonito; romántico, estético, brillante; pero demasiado sentimiento acumulado como para dar la vuelta a la página de la existencia. No le apetecía tanto amor como para dejarse llevar por él.  Londres- Stansted; este le atrajo, Londres siempre es una oportunidad, ella hablaba bastante bien el Ingles, allí estaba ahora viviendo su amiga April y recordó que en un restaurante trabajaba una amiga de su papa. Como opción le pareció acertadísima y le apetecía. Londres era una ciudad lo suficientemente grande como para perderse hasta de si misma y poder encontrar a alguna persona que la hiciera sonreir, aunque Valeria se había propuesto hablar lo justo para sobrevivir, sin mas conversación que un si o un no sin sentimientos ni pasión.

No llamó a nadie, ni a April su amiga de Copenhage, lo haría tomándose un té frio  en el Starbucks, donde se quedaría hasta conseguir un pasaje. No le sería difícil, tal vez los vuelos a esa ciudad eran los más frecuentes. Le gusto su decisión y se dirigió al mostrador de Ryanair, esperaba tener suerte por una vez en esa etapa de su vida, donde todo eran lágrimas y tristezas y tal vez encontrar a alguna persona que  le hiciera feliz tras pelearse con el mundo.

Consiguió el pasaje, tenía poco más de tres horas por delante y se dirigió al Starbucks donde pidió un te frio verde de melocotón. Era el de su padre pero también el suyo y evidentemente no podía quitarse el ADN para seguir adelante, si le perseguían los apellidos, difícilmente podía desprenderse de los gustos. Se sentó puso su Iphone a cargar y evidentemente se conectó de nuevo, sin querer vio como cien mensajes que no abrió y eliminó. No quería saber nada ni que nada se interpusiera en su objetivo que ahora era viajar a Londres sin que nadie lo supiera, se pidió el té y una vez conectado el teléfono mensajeo a su amiga April, la cual le contesto muy entusiasta y deseosa de verla diciéndole que no buscara casa, que en la suya había una habitación libre en el distrito de Notting y que de inmediato hablaría con la casera para que se lo quedara.

Valeria suspiró, estaba algo más tranquila, tenía una casa donde poder estar, un techo; aunque no le dijo a April que ya llegaba, que lo haría durante esa semana. Necesitaba un par de días de absoluta soledad, por lo que buscaría un hotel pequeño por el centro y de esa forma reflexionar, pensar y tomar decisiones que eran vitales, porque eran de esas que cambian la vida.

Valeria no dejaba de sentir como si la tocaran y esa luz no se iba del horizonte en el momento en el que por una razón un otra cerraba los ojos. Un simple parpadeo y esa luz, y las caricias y las voces, lejanas pero conocidas, los sonidos en un silencio que no se abrumaba ni con los avisos de megafonía del aeropuerto de la ciudad que la vio nacer.

Tras unas dos horas y media de vuelo llegó a Londres y allí, recordando sus viajes anteriores a esa ciudad, en ese mismo aeropuerto tomo el Stansted Expres que la llevaría a la estación de Tottenhan. La lluvia en la ventanilla aporreaba el cristal y Valeria ensimismada en  sus pensamientos veía pasar casas y fabricas vacías, destruidas en ruinas de la época de la revolución industrial, esa que hizo grande al Imperio Británico y que ahora apenas quedaban sus ladrillos, como ocurre con las personas que tras su juventud, la piel es lo más visible por el propio deterioro.  Valeria no dejaba de pensar y un ruido fuerte la estremeció, no podía moverse, se encontraba atrapada entre amasijos de hierros y seres que gemían a su alrededor. Había sangre y un fuerte olor a metal, de esos que se meten por la frente y ocupan hasta el pensamiento.

No sentía ningún dolor pero no podía levantarse, no lograba ponerse en pie y le faltaba la respiración. Eso si, de nuevo le tocaban, veía cada vez mas cercana esa luz entre paredes blancas, como si fuese lo único que se movía en la nada, como si la nada fuera esa luz y unas voces lejanas que la empujaban hacia ninguna parte. Era como una agonía de la que quería escapar, pero se concentraba junto con ese maldito olor a metal, el humo, la carne quemada, la sangre. Valeria quería correr pero no podía, no se le movía nada, estaba inmersa en un ataque de pánico inmóvil y sin palabra, porque quería gritar mama, papa y no le salían las palabras. No tenía voz ni podía moverse, quería volver con su mama, perdonarla por todo, llorar junto a sus mejillas y acurrucarse en la cama grande como hacía los domingos, en medio junto a ellos dos formando los tres una simbiosis indestructible. Valeria quería volver, no quería irse, necesitaba hacer retroceder al tiempo, darse la oportunidad a comprender lo que nunca tuvo que pasar, pero no quería estar ahí, necesitaba los besos de su padre, la sonrisa de su madre. Valeria no podía ni llorar, no le salían las lágrimas, no tenía vida y sin embargo la luz le perseguía y las voces lejanas cada vez más próximas a su cuello. Sentía dolor, el fluido de la sangre entre sus piernas, el olor a orina; Valeria no sabía que pasaba cuando de repente un movimiento brusco en su brazo derecho le hizo caer y abrir los ojos. Era un hombre con gorra que le decía a gritos que bajara del tren que ya había llegado a Londres.

Como pudo se incorporó, miro a su alrededor y desperezándose salió del tren, tomo el metro en la estación de Totenhan destino a Oxford Street  y zona de Trafalgar, así lo recordaba pero no lo tenía muy claro. Miró su pequeña agenda de papel buscando un hotelito próximo, o al menos así lo recordaba de cuando fue con sus papas.  Bajo en Oxford Circus y se puso a andar con Google Maps, y después de un buen rato andando, no recordaba que fuera tanto, llegó al Nadler Soho Hotel, Carlisle St. No era barato, lo miro mientras andaba, unos doscientos por noche pero tenía dinero y total serían tan solo dos noches y quería darse el gusto de una habitación agradable en un bonito lugar cerca también del restaurante donde trabajaba la amiga de su padre a la que ella también conocía.


Llegó al hotel, había habitación por fortuna, algo mas barata unos ciento cincuenta por noche al cambio, dio su pasaporte, el recepcionista lo miró bien, le pareció que no era mayor de edad o demasiado joven para estar en un hotel así, pero no tuvo problema  quiso pagar las dos noches o garantizarlas con su tarjeta de crédito que dio y de repente, sin pensar un grito salió de su garganta, un no enorme que ensordeció a todos los que se hallaban en la recepción del hotel, un no de pánico, de terror o tal vez mejor dicho de error. La tarjeta de crédito la habían pasado por el TPV; su situación quedaba revelada, era la tarjeta que le habían dado sus padres, en nada sabría su padre donde estaba, su desaparición tan solo había durado unas horas, desde ese taxi en la ciudad que la vio nacer en la puerta del hospital donde su madre vivía su coma hasta ese momento en el que el recepcionista había comunicado al mundo que Valeria estaba en Londres. 

Y la luz de nuevo surgió persiguiéndola y las voces, y las manos tocando sus brazos. De nuevo la luz en el horizonte del vacío y la nada en la mente de Valeria.


domingo, 4 de junio de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP. VII- VALERIA SIN VIDA

En algunos momentos Valeria sentía como si la acariciaran, como si una multitud de manos se deslizaran por su piel, por cada uno de los rincones de su cuerpo, sugestionando sus instintos, erizando su escaso vello. También veía luces y escuchaba voces que llegaban desde lo lejos, como ese eco que se esconde tras una puerta, ese que llama al miedo y te pone en alerta frente a un ataque.

Eran multitud de sensaciones, incluso un tenue saber metálico en su boca que le llamaba la atención ante una posible hemorragia, seguido de un dulzor exagerado como ese que se siente con los edulcorantes artificiales, de una pesadez muy superior al azúcar. Escuchaba voces, le acariciaban, la cogían de sus manos, la zarandeaban, la elevaban sin hacer fuerza ni mostrar resistencia; como si se tratara de un cuerpo sin peso que se despegaba de la tierra y volaba, que se tumbaba en las almohadas de las nubes junto al cabezal de su cama. Valeria intentaba moverse sin éxito, sin ser capaz de articular palabra, sin poder pedir ayuda o simplemente comunicarse porque no sentía miedo ni a ese sabor metálico en su boca, ni el dulzor; no era miedo, era impotencia, ansiedad y necesidad de cambiar de postura, de dar la vuelta a su cuerpo cansado de sujetar su vida. Pero volaba de la tierra a las nubes y el peso de la vida se esfumaba, perdía la vida, esa maltratada por su existencia traicionada, por la torpeza de sus maestros cuando ella no era más que una aprendiz de la vida regalada, porque Valeria nunca pidió nada, ni exigió, ni reclamó; agradecida por lo que tenía, al igual que llegó en su día ahora sentía que se le escapaba por la comisura de sus labios pegados, como si quisiera sellar su boca sin abrir los ojos para ver la elevación de su cuerpo, entre caricias, sonidos lejanos y ese sabor metálico que la invadía.

Valeria recordaba como a veces cuando dormía y tenía un sueño fuerte pero poco profundo le ocurría lo mismo, tal vez estaba dormida, no recordaba haberse metido en la cama. Esa sensación de querer escapar, de huir ante un peligro producto de la imaginación, pero el estado en sí de sueño te lo impide y solo fruto de esa desesperación permite despertar y con ello la vuelta a la realidad. Ese era su estado, el de inmovilización absoluta, pero objeto de posesión por otras personas. Las caricias seguían, los roces, los sonidos lejanos y el sabor dulce a metal. Valeria hizo un esfuerzo en su imaginación y empezó a recordar el Stansted Express, su llegada al aeropuerto, la compra del billete de avión, el paso por el control de facturación, la frontera, la zona de embarque. Valeria recordaba la noticia que le dio Tania, su jefa en El Santander donde trabajaba, recordaba que su madre había salido del coma cerebral, recordaba esa pinta bajo la lluvia y su decisión de tomar el tren y volar al país que la vio nacer. Valeria recordaba casi al milímetro cada momento. Cuando tomo el metro, su llegada a Notting Hill, el pub; cuando entro en su casa a coger su mochila y llenarla con cuatro camisetas básicas, cuatro pares de tangas y un par de sujetadores que a veces ni llevaba, la vida como le habían enseñado no estaba para sujetar al cuerpo sino para exhibirlo, para disfrutarlo y enseñar sus desniveles sin falsos pudores. Valeria se mostraba en las redes sociales, vivía al estilo gran hermano constantemente, sin censuras posibles. Una gran Instagramer, Blogger, YouTouber. Las redes eran su vida y su vida en las redes. Tan solo unas camisetas y unos vaqueros, lo demás sobraba. Lo de la ropa interior más que para adecentar lo usaba por higiene cuando se acordaba sin darle mas importancia. Sin florituras ni encajes de bolillo, como decía: algodón cien por cien y su piel, el único envoltorio de su alma y de su permanencia en la vida sin la cual, tan solo sería una organización de órganos y fluidos con poco sentido. Valeria aborrecía la hipocresía y esos elogios falsos de quienes para no decir a alguien que es feo le dicen que es guapo por dentro, que lo importante es el fondo y no la superficie, que el alma es lo que vale y poco el cuerpo. Hipócritas de salón de cafetería barata. Sin el cuerpo no hay vida y sin embargo lo bueno está en el fondo. Que si no fuera porque era guapa en su superficie nadie se interesaría por ella, o por nadie, tan solo dirían que es lo que importa, eso de la belleza interior que salvo que se poseyeran una máquina de rayos equis en los ojos, no sabía bien como podían encontrar tanta belleza florecer en sus entrañas o en su corazón, víscera de considerable tamaño, lleno de venas, arterias, sonrosado y mas bien feo en el fondo y hermoso en las formas, esas que rechazan para darle más valor, aquel que no es suyo sino de otras funciones de la vida que van más allá de impulsar sangre por el cuerpo, de dar vida a la propia vida.

Valeria se hallaba confusa, se perdía en los pensamientos sin poder concentrarse en donde estaba y porque no se movía.

Recordó que llegó al aeropuerto y que apenas tuvo tiempo para ir al Starbucks y tomarse un te porque encontró pasaje en un vuelo inminente de Ryanair a la ciudad que la vio nacer. Tomo acelerada el te, tiró el vaso a la papelera y embarcó. Recordaba que al entrar al avión tuvo que pedir permiso para sentarse puesto que el sitio de acompañante estaba ocupado en el pasillo y ella se sentó en el de la ventanilla. No sabía si era así la historia, porque no tenía asiento reservado y hacía calor, como si el aire acondicionado no funcionase y sin embargo la gente entraba en ese avión amarillo, ese que era como una continuación del Stansted Express.

Ahora que se estaba esforzando su mente regresó de nuevo a la casa, cuando entró a recoger su mochila, meter su ropa; se encontró a April  en el sofá de la entrada en una posición poco adecuada para sus ojos, no era muy dada a contemplar escenas de sexo, aunque era frecuente que su amiga tuviese compañías masculinas. Nunca participaba en sus citas ni tampoco había tenido ocasión de ir más allá de oir los gemidos y placeres sobre actuados en la habitación contigua. Aquella tarde como April no pensaba que Valeria regresara a la casa, su acompañante de turno y ella estaba en el salón común de la planta superior, manteniendo relaciones en ese sofá donde ella se perdía en la nostalgia de la falta de amor y sin embargo, aquellos que lo único que tenían era cuerpo, se encontraban practicando amor en su sitio destinado a ello. No le agradó ver a ese chico de color con sus dotes bien desarrolladas,  intentando introducirse en el cuerpo anaranjado de su amiga, abierta de piernas y con el deseo húmedo de ser penetrada y sentir esos tres cuartos de kilogramo de carne crecer entre sus piernas y al menos por instante sentir que su vida está llena de algo que no sean fantasías. Valeria prefería llenarse de silencio que de compañía y al ver tal panorama, dio marcha a su tarea de llenar su mochila y sin más que un adiós despedirse de April que en ese instante de la salida no tenía boca para nada más que esa especie de zanahoria de marfil que engullía entre sus dientes y su ansia de perderse en un gemido que mas tarde y como siempre le ocurría se convertiría, en llantos de soledad.

De nuevo sentía que sus pensamientos se dispersaban, como le decía su padre; que perseguía las moscas sin conocer su identidad, sin saber cual y por eso se distraía con todas. Incluso en esa situación en la que no podía moverse su pensamiento era disperso y no lograba llegar al motivo del porque no podía moverse. Tal vez estaba durmiendo pero recordaba cómo se puso el cinturón de seguridad, como el avión empezó a circular por la pista central de despegue tras las operaciones de aproximación en la pista. Recordaba al avión tomar carrerilla, esa con la que cogen velocidad para poder alzarse sin caer, como le ocurría a ella dejando la vida en la tierra y elevándose por encima de las cejas de las miradas mas furtivas de la vieja Inglaterra.

Ahora le venía a su mente como de repente un ruido ensordecedor llegó  justo del motor del avión que tenía a su derecha. Vio desde su ventanilla como una gran explosión, el fuego entre la hélice y el humo posterior. Recordaba los gritos de personas, los de su acompañante que sujeto a los brazos de su asiento apenas le dejó moverse para salir corriendo por el pasillo y si era posible saltar de ese pájaro de acero envuelto en llamas, como si la velocidad lo encendiera mucho mas, como si el combustible se encontrara en la caída. Gritos, objeto cayendo de los estantes, niños envueltos en pánico con la muerte en sus rostros y ella allí sin mas que su mirada en la ventanilla viendo como el avión caía de forma inversa y proporcional a su subida y como el suelo se acercaba para darle la bienvenida. Valeria había dejado su vida en la tierra y no podía volar, no sabía lanzarse al cielo sin posibilidad de caída y por esa razón convencida y sin temor, en silencio y sin miedo sujeta a su asiento, no gritaba ni lloraba tan solo veía por su ventanilla acercarse al suelo y recibir de nuevo la vida que había dejado sin resguardo de devolución.

Un sonido seco y la nada, ni oscuro ni claro una especie de color marrón brillante se encontró frente a su mirada. Ojos abiertos y nada, tan solo luz tenue pero fija, segura, sin parpadeos, sin más que una invitación a seguirla, a aproximarse a su origen y sin la mano de nadie. Valeria se encontraba más sola que nunca en ese trayecto desde ella a la nada de la falta de vida, a ese lugar que se espera llegar pero en el que no hay ninguna garantía de poderse quedar. Valeria tras la pérdida del miedo, la decepción familiar, la huida, el regreso; ahora se encontraba sola ante el espejo de su vida, a su existencia reflejada en una figura construida por el vaho de sus propias inspiraciones, del calor que huía de su cuerpo para abandonarle al frío destino de esa luz que le invitaba a seguir, a dar paso tras paso hasta alcanzar su origen; donde tal vez le esperara su mamá tras el coma o tal vez la historia de su vida que no iba a vivir; esa que había imaginado en su cuento de princesas y como Alicia en el país de las Maravillas tal vez poder hacer de sus sueños una estancia donde terminar las letras con un fin, una historia de suspense o mejor suspendida por la falta de vida, esa que Valeria había dejado en el mundo dentro de su mochila.

Sintió como unas convulsiones, como si el aire quisiera entrar en sus pulmones. Su lengua humedecer sus labios, sentir un pequeño escozor entre sus piernas junto con una línea cálida mojada por ese pis que se le escapaba en lugar de sus lágrimas que no tenía. Valeria había perdido sus lloros y tan solo guardaba lágrimas de recuero en pañuelos de papel en una papelera que nunca tiraría porque era simplemente el archivo de su pequeña vida.

Valeria de nuevo era acariciada pero esta vez de forma más brusca, sentía la fuerza sobre sus brazos, las voces cercanas a su oído y ese sabor a metálico desapareciendo tras haber podido guardar su lengua y humedecer los labios. Valeria dejo de ver la luz, se sobre saltó, en lugar de la luz una cara, un hombre con gorra y que en Inglés le gritaba una y  otra vez que el Stansted Express había llegado a final de trayecto, que despertara de su infierno, que estaba en el aeropuerto de Stansted y que debía bajar. Valeria consiguió moverse a duras penas, puso sus pies en el suelo y como no podía ser de otra forma cayó. Tenía las articulaciones entumecidas cuando ese hombre con gorra de nuevo se le acercó al suelo, gritándola si estaba bien y ella respondía si con la cabeza mientras este y sin saber porque abrió sus ojos y con una pequeña linterna proyecto su luz sobre los dos.

De nuevo la luz en su mirada que le invitaba a seguir su camino, ese mismo que había tomado sin vida.