domingo, 17 de junio de 2012

VISUALIZAR, QUERER, TENER

Hace tiempo una muy buena amiga me enseñó un truco y sigue haciéndolo. Cuando deseas que algún problema se resuelva, al dormir elige una imagen, la solución del problema y seguro que queriendo se tiene. Lo cierto es que si se visualiza como quieres que se resuelva que todo vuelva a estar en su sitio, partes con una predisposición a que se consiga, tal vez no, pero tienes un porcentaje importante de conseguirlo. Al igual que crear una ilusión, algo que de antemano sabes que dificilmente vas a hacer, fijando un largo plazo y realizando todo aquello necesario para conseguirlo, esa ILUSIÓN te hace vivir, te incita a la felicidad, a respirar, a mantener la sonrisa dibujada en la cara. De ilusión también se vive me decían de pequeño, que era muy ilusionista. Si lo soy, aunque no consiga todo lo que me propongo siempre tengo la ilusión de que lo he hecho lo he visionado, porque si en algo somos libres, es en pensar e ilusionarnos por lo que nos da la gana, y esa es la libertad. Nuestra mente, la mas poderosa de las armas, nos hace libres, nos permite volar, viajar y tener todo lo que queramos sin gastarnos un euro ni un dolar.


LOS ANGELES


La imagen y la idea que tenemos de los ángeles es la que religiosamente nos han dado, seres de gran pureza que están aqui para protegernos. Es bonita la definición, sin embargo, yo pienso que muchos seres humanos son auténticos ángeles, que tienen ese poder de iluminar, de hacernos sentir bien, de sonreir de lucir con luz propia. Un angel es aquella persona que te mira a la cara y con su mirada te sientes protegido en la situación que sea, en quien te apoyas. 

Ultimamente, no sé si porque me encuentro especialmente sensible, encuentro ángeles en los lugares menos imaginados, los presiento, personas especiales, cuya presencia me da seguridad, me dan una subida de energía y me arrancan una sonrisa. Con su presencia o tan solo con sus palabras; cualquiera podemos ser un ángel, solo debemos tener el propósito de ayudar, de ser complices, de arrancar una sonrisa; un angel es un flujo de luz que aviva nuestra llama interior.


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XV


A Paca se le humedecían los párpados recordando aquel día, pasaron tantas semanas de preparativos, de nervios, de ilusión por su matrimonio y, porque no decirlo, por saber quien era su padre que con ocasión del matrimonio no había reparado en gastos y parecía igual de ilusionado que ella. El Señor Conde, Don Bernardo de Mudela, no solo tenia sentimientos, se lo había demostrado en mas de una ocasión defendiéndola de sus hermanos y de los supersticiosos avaros de su riqueza, su melena, su vello rojo. No habían sido solo actos de humanidad, se trataba de defender a su hija bastarda, no reconocida, sin sus apellidos, pero por sus venas corría su sangre y eso al Conde, tradicional en cuestiones de linaje, no podía olvidarlo y queriendo o sin querer, ella era su hija. 

Paca se olvidó de la tormenta, ensimismada en sus sueños, los relámpagos, los rayos y los truenos se habían convertido en una monotonía que no le sorprendía ni cuando el cielo mandaba uno de sus mayores gemidos. En sus pensamientos, tampoco le perturbaba la presencia de luces y sombras, de sonidos sacados de gargantas dolientes, de espíritus errantes, de la muerte que la cortejaba. Casi la deseaba, sola en el mundo con su cuerpo marchito e inútil tirado sobre la cama y dependiendo siempre del humor y de los servicios de Fernanda en un condado muerto y abandonado por el paso del tiempo y los infortunios sucedidos durante tantos años; ya nada le quedaba tan solo sus recuerdos y esos permanecerían para siempre. Los recuerdos y el tiempo vivido, es lo único que le quedaba como a cualquier ser humano, en definitiva la vida es el fruto de lo que has vivido, de las experiencias, de las personas que te han rodeado y de cada una de las circunstancias que al final componen nuestra memoria. Sin futuro alguno el pasado era Paca, ahora postrada en la cama no era nadie, tan solo alimento de alimañas y de almas hambrientas esperando a su presa, por todo ello, la muerte con su túnica negra y su guadaña, no le asustaba. 

Unos días antes de la boda y de su muerte en pleno festejo, su abuela Fidela le contó como llego a este mundo, lo recordaba con detalle, aquel día de vendimia cuando su madre se encontró indispuesta dolorida y de pronto calló envuelta en sangre y placenta al suelo entre el barro y la tierra. Nadie había tenido noticia de su estado de gracia, nadie se lo había notado a su madre, entrada en carnes tras parir cuatro haraposos hijos y sus vestimentas holgadas y negras. Nació entre la tierra del Condado y también de su sangre, y en ese mismo instante, tras ser limpiada por ella se apreció un fino bello aterciopelado sobre su cabeza, su madre al instante la llamó Paca y el Señor Conde lo ratifico, con el de jara. 

Ante sus preguntas, lógicas de si había existido alguna relación entre su madre y el Señor, Fidela le narro con detalle lo que ocurrió aquella noche cuando El Conde entro en los aposentos de su madre. En su habitación continua y forzándose para que no se oyeran sus lamentos, fue testigo presencial de los sucedido y como la semilla de los Mudela había entrado y fecundado en el vientre de su madre. 

Su abuela se sorprendió pero Paca no sintió dolor alguno por la forma en la que había llegado al mundo, era feliz, pronto se desposaría sería de Benito en cuerpo y alma, y conoció su origen, tenía un padre y nada menos que el Señor Conde. 

Pocos días después su abuela Fidela se encontraba dentro de una caja de pino, en su estancia encima de la cama, con la tapa abierta los ojos cerrados y la boca engullida entre los huesos. No había nada de ella, la mortaja negra la cubría y las viejas del pueblo junto con su madre la rodeaban rezando durante el velorio de difuntos. Sin mas actos, pues se trataba de una simple campesina, al día siguiente, tras las bendiciones del cura, fue llevada en la caja en un carro tirado por dos mulas al cementerio, seguido por el duelo, las gentes del Condado y del pueblo, había sido muy querida por todos, pero el Señor Conde no hizo en ningún momento acto de presencia, su sangre no era noble y por lo tanto poco le importó su muerte. 

Tumbada entre las sabanas blancas, Paca recordaba que ella junto a su recién esposo, Benito, abrazados el uno al otro junto con su madre, caminaban tras el carro en primera fila, todos de negro, como la procesión de los finaos hasta llegar al cementerio, donde habían abierto una zanja. Bajaron la caja y entre lloros, allí la metieron tirando tierra sobre ella y clavando sobre ella una cruz de madera con su nombre en el centro. Allí se quedó, entre los muertos, bajo la tierra para convertirse en polvo, puesto que polvo somos y en polvo nos convertiremos, así lo había manifestado el cura antes de darle santa sepultura. 

Pasaron unos días y Paca y Benito ya se encontraban viviendo solos, en esa casa anexa al caserón que El Conde les había cedido de regalo, para que pudieran vivir en intimidad fuera de los albergues del servicio. No habían tenido luna de miel, mas bien había sido una luna de hiel, amarga y desgraciada, pero se sentía feliz haciendo las tareas domesticas, preparando el desayuno y la cena a su amado esposo. La comida la tomaba en el pueblo, cada día iba y venía pues seguía trabajando en el campo con su familia, tenían casa, pero también necesitaban el sustento necesario de cada día, por lo que Paca pasaba todo el día a solas, entraba y salía, pero estaba sola, acompañada de Pili, ya muy mayor, también vieja como su abuela, prácticamente no se movía solo salía de la casa para hacer sus necesidades. Paca la acariciaba y la subía sobre su regazo sentada en una silla y así pasaban las horas, desde su desposorio no había vuelto a sentir la carne de Benito sobre la suya, llegaba cansado del duro trabajo en el campo y los viajes de ida y vuelta, por lo que, al anochecer llegaba a la casa agotado pero siempre con un regalo para Paca, una flor, un dulce, cualquier cosa, y ese era el momento mas especial del día mientras se abrazaban y se besaban, después la cena y Benito a la cama, reventado de cansancio y sin mas deseo que el sueño, sin buscar la carne de Paca, tan solo abrazados en la cama, se besaban y un hasta mañana, no había mas, y a veces a Paca le desconsolaba, al parecer el matrimonio terminó con la pasión, o tan solo era la vuelta a la realidad de su vida. 

La tristeza de Paca se fue incrementando y al parecer se le notaba en su rostro. Su vida era tan simple y solitaria como siempre lo había sido y su esperanza de cambio tan solo consistió en un cambio de casa y un acompañante en la cama. Los días pasaban y todo era igual. Un día se encontró con su padre, el Señor Conde, como le llamaba, nunca se atrevió a mostrar esa palabra de cariño y parentesco y este en un acto de humildad le pregunto sobre su felicidad. Paca sorprendida ante ese interés del Señor rompió a llorar, fue un acto espontáneo, sin pensar, sin meditarlo, sorprendida y su padre la abrazó con esas grandes manos la apretó contra su cuerpo en un acto de consuelo que ni en sueños se esperaba, la soltó y de repente pronunció unas palabras: -tranquila Paca, todo se arreglará-. 

No imaginaba de que podía estar hablando, que podía hacer por su felicidad, hasta que esa noche cuando Benito llegó a la casa y abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, se quitó la boina y la cogió en brazos, era feliz, la besaba, la zarandeaba, hasta que la soltó y le contó. El Señor Conde le había llamado cuando llegaba al Condado, le esperaba en la entrada, conversó con él y le ofreció nada menos que ser el capataz del Condado, el encargado de todos los viñedos, de las tierras y de las granjas, era increible tal acto de generosidad y también de responsabilidad que le había dado a Benito, sin embargo, ello suponía que ya no tenía que ir al pueblo que pasaría los días en El Condado, que ambos estarían cerca y esa noche si, esa noches si saboreo la carne de Benito y ella se entregó una y otra vez, su deseo mas secreto, era ser encintada y regalarle un hijo a su amado Benito. 

Al día siguiente el Señor Conde convocó a todos los sirvientes del Condado y comunicó la noticia, el nuevo capataz sería Benito dejando de lado al anterior y a otros que vivían con la esperanza de obtener ese cargo de confianza del Condado. 

La noticia no fue bienvenida para muchos, mas bien muy mal venida, pero Benito y Paca eran felices. Al día siguiente Benito tenía una cita con el Señor y con otros sirvientes, debían informarle de todo y como debía dirigir esas tierras y todo lo que ello conllevaba, como los viñedos, la bodega, los establos, el ganado, granjas y otros cultivos; todo bajo su dirección y todos bajo su mandato. 

Le costó al principio hacerse con tantas responsabilidades y mas aún con la enemistad de muchos de los siervos, que mas que ayudarle a aprender su nueva tarea de tanta responsabilidad, cada día se lo ponían mas difícil. Una noche cuando se dirigía hacia su casa, de pronto, de entre la oscuridad vario hombres de negro le rodearon, se sintió amenazado, les ordenó como capataz que se fuera cada uno a su casa sino querían sufrir las consecuencias, sin embargo poco caso le hicieron, cada vez mas arrinconado, los alientos de esos hombres los sentía cada vez mas cerca hasta que uno de ellos dio el primer paso, un golpe en su estomago que le hizo encogerse de dolor, después una patada en sus genitales que terminaron con él en el suelo y después patadas y mas golpes, ya no sentía nada, le golpeaban y le pataleaban y no sentía mas que la calidez de la sangre brotando por sus mejillas y por todo su cuerpo. Cuando ya sintieron desahogados, los hombres se marcharon y Benito quedó postrado en el suelo, dolorido sin apenas poder moverse y arrastrándose llegó a la puerta de su casa a la que dio unos tímidos golpes, no se abría e insistía, de repente Paca se percató, abrió la puerta y aterrada vio a su amado tirado en el suelo entre un charco de sangre, sin levantar la voz y sin que sus lloros salieran de su boca, lo metió en la casa como pudo y lo tumbó en la cama. Curo sus heridas, lo lavó, le apretó con unos trapos todo su cuerpo para sujetar sus costillas y le dejó dormir. Pasó toda la noche y todo la mañana siguiente sentada a su lado, hasta que despertó, abrió los ojos, Paca se tiro hacia él y sin querer le hizo soltar un gemido de dolor, los dos se miraron, sabían que la decisión del Conde les traería problemas y ahí estaban, se miraron y juraron por el bien de ambos, mantener ese secreto, no informar del suceso al Conde, sería peor, sin embargo, a partir de ese día Benito cambiaría, se haría respetar y su mandato sería firme y severo, a partir de ese momento Benito dejaría de ser el mismo, un hombre bueno y generoso y convertirse en un tirano capataz, que no solo afectaría a sus subordinados, sino también a su matrimonio. Nada volvería a ser lo mismo.


domingo, 10 de junio de 2012

MI ANGEL


Tengo que reconocer que no puedo dejar de manifestar mis sentimientos y sobre todo cuando este es el agradecimiento. Por casualidad como fruto del mas puro azar tengo la fortuna de haber conocido a una persona mágica, una persona que esta cambiando mi forma de ver la vida de sentirla de buscar otros horizontes. La mayor cualidad de la vida es lo inesperado aunque deseado. Una persona limpia, pura, alegre, vital, con una sonrisa dibujada en su cara que desprende tanta luz y felicidad que te llega y te convierte. El camino que conduce a la plenitud a la armonia entre el cuerpo y el alma en esta sociedad, es duro y difícil, pero de repente aparece el milagro o tal vez estaba en mi destino. 

Con estas palabras os quiero transmitir mi felicidad interior que no se puede alcanzar sin un cuidado exterior y hacerlo es un camino que te conduce a que tu luz interior se manifieste, salga y esa alegría iluminada se transmita a los demás, es contagiosa porque es fuerte y solida. 

Os quiero transmitir esa felicidad, compartir mi luz interior, ésta página la empece para compartir historias, para retarme a escribir lo que a veces me cuesta, un desafío, pero poco a poco, MANU Y LA VIDA va cambiando y lo que mas deseo es poder transmitiros eso que siento mi interior, esa paz y armonía aunque en este mundo a veces se altere, lo importante es no salirnos del camino porque realmente el destino merece la pena.
Como siempre digo el agradecimiento es la memoria del corazón, a todos os agradezco que compartais conmigo pensamientos y vivencias, porque todos formamos parte de una unidad. Gracias a todos por estar ahí y sobre todo a alguien que no voy a nombrar pero se reconocera....

BESOS DE LUZ A TODOS OS QUIERO


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XIV


Unos pasos, el golpeo de las puertas y ventanas, los chascarridos de la madera; una sinfonía de sonidos rodeaban a Paca en su mecedora, junto con los gritos del cielo en mitad del silencio. Y otro árbol en llamas arrasado por una lengua de fuego, por la rabia del cielo, la condena de los vivos y el susurro perceptible de los muertos. 

Intranquila, con el poco vello de su piel como escarpias, el terror dibujado en su cara, fija la mirada, reflejada en el cristal, se miraba y mas se aterraba, se acercaban, unos pasos, lentos, pesados, arrastrándose hacía su estancia y, la puerta golpeaba, se abría y cerraba y una brisa gris penetraba, las animas errantes que circulaban en torno a ella, sin llegar a tocarla, la miraban, susurraban, le invitaban a seguirlas, tenían rostros, algunos conocidos. Las animas que en el día de los difuntos decían caminaban por el tejado, las tenía a su lado, acercándose, celebrando los finaos su nueva presa, su compañera cuya alma no se vería envuelta en una fina sabana blanca de hilo para ascender a los cielos, sino que permanecería encerrada en una brisa oscura, atrapada entre el cielo y el infierno. 

Y los pasos cada vez mas cerca de la puerta, tan cerca que la tocaban y se aproximaban hacia ellas, sus ojos se salían de sus órbitas, ni uno de sus marchitos músculos se movía, ni su cara atrapada en el cristal oscureciendo por la mancha que se acercaba, se aproximaba, estaba cerca, la atrapaba, hasta que de los hombros la cogió. Un leve quejido, no llego a ser un grito emano de su garganta. Ya estaba cogida, atrapada por las animas, hasta que una voz se alzo: - Dña. Paca a la cama-. Una voz brusca y sin ningún tono de delicadeza, como siempre, era Fernanda, ruda y austera, con su ropajes negros empapados de agua y el pañuelo cubriendo su cabellera. 

Fernanda no era una mujer de su agrado, era una persona sin sentimientos, sin alma, había nacido en El Condado, la hija de Hipólito el encargado de las cuadras, nació cuando Paca unos meses antes de su boda y siempre había estado a su lado, y aunque nunca cruzaron muchas palabras en ese momento fue un alivio, era Fernanda para llevarla a la cama y no una de esas animas deseosa de atraparla para llevársela junto a ellas al limbo de las tinieblas. 

La puso en pié con gran esfuerzo, Paca estaba mas pesada de lo normal, era como un peso muerto que se arrastraba sin mover prácticamente los pies, estirada y empujada sin mas miramientos por Fernanda. Al final consiguieron llegar a la habitación, la cama ya la estaba preparada, Fernanda ya lo había previsto, esos eran los pasos y los ruidos que tanto la habían aturdido. Las sabanas blancas como la cal y una suave manta, a pesar de la tormenta, todavía no había llegado el frío y para Fernanda era ropa suficiente, aunque Paca, vacía de energías y calorías siempre sufría de frío pero no hablaba, no se quejaba, total poco le quedaba, estaba en las puertas del purgatorio y las animas en sus puertas para darle la bienvenida al mundo de los muertos en vida. 

La tumbo sobre la cama, no sin antes llenar una palangana de agua y lavarle la cara, el cuello, los brazos y las piernas, esos trozos de huesos que la sostenían. Mas que lavarla la frotaba, les rasgaba la piel como si quisiera sacarle brillo. Fernanda era una mujer tullida sin miramiento, harta posiblemente de tener que andar cuidando de una vieja que al menos ya solo era una, hasta entonces tuvo había tenido que dedicarse a ella y a Margarita, muerta apenas hacía una semana. 

Una vez restregada y secada con un trapo que mas parecía una lija, le cubrió, no sin antes dirigirse hacia el ventanal del dormitorio principal donde dormía para cerrar las contrapuertas, pero Paca sacando un hilo de voz le pidió que no lo hiciera, que quería ver la tormenta y los árboles en llamas. Fernanda la escuchó y salió de la habitación entornando la puerta, sin cerrarla del todo, como si quisiera dejar un hueco para que entraran las sombras y pronto se llevaran a la vieja. 

Tumbada, boca arriba como quedaría toda la noche y como cada noche, trató de girarse un poco a la derecha hacia el gran ventanal. Desde allí se veía todo el condado, el torrencial que caía, los rayos y los árboles en llamas, ya eran mas de cinco los que eran presa del fuego, y de nuevo tumbada, como si estuviera amortajada, su cuerpo en el cristal se reflejaba por el efecto del candil encendido, no podía pasar la noche en la oscuridad y siempre quedaba un candil encendido hasta que se consumía y se apagaba cerca del amanecer 

Allí sin apenas nada de sueño, tumbada, mirando al techo del dormitorio y de vez en cuando al ventanal cuando las culebras de luz caían del cielo, empezó a recordar el día de su desposorio, tal vez al ver a Fernanda que nació unos días antes. 

Empezó siendo el día mas emocionante de su vida, el mas feliz, y es así empezó, continuó pero como todo en su vida, la felicidad no duraba por mucho tiempo. Era un domingo caluroso, el Conde, su padre lo había organizado todo, desde la ceremonia que se celebró en la capilla del Condado haciendo venir al cura y al sacristán del pueblo, hasta el convite, todos fueron invitados, los habitantes del condado y todo el pueblo que llevaba su nombre. 

Paca hacía noches que no dormía pensando en el momento, en esos días se veía poco con Benito, su tarea fundamental era participar en los preparativos, el banquete, las flores, el vestido; si el vestido que su madre le había hecho de fino hilo blanco, ceñido en la parte superior y con vuelo desde la cintura de seda natural comprada en la ciudad por El Conde. Se lo probó una y mil veces junto con su velo que le cubría todo su rostro, hasta el momento en el que tras la bendición del cura, Benito se lo levantara una vez desposada. 

Llegó el día, por fin la ultima prueba del vestido, la definitiva, estaba en pié desde que cantó el primer gallo he hizo levantar a todo el mundo salvo a Fidela, su abuela que desde la tuberculosis se consumía en la cama, saltaba de una lado a otro, estaba gozosa, no solo por el matrimonio, tendría su propia casa, unos aposentos anexos pero independientes del caserón y lejos del servicio, por mandato del Conde, de su padre. Allí viviría con su amado que vendría del pueblo a vivir al Condado y soñaba con hijos, con muchos hijos. Era pura vitalidad la que se desprendía en cada uno de sus movimientos, de sus ojos, de su empalagosa sonrisa coqueta de mujer enamorada y deseosa de celebrar el día mas importante de su vida, y además tenía un padre que la llevaría al Alta cogida del brazo para entregarla a Benito. 

Así sucedió, llegó la hora, y el Conde entro en los aposentos del servicio, se le iluminó la cara al ver la belleza de Paca. Un cuerpo duro, robusto, de firmes y generosos senos, unas prominentes caderas y largas piernas y sobre todo, lo que mas la embellecía, era el contraste del velo sobre su pelo rojo, le daba una especie de aurea sobre su cabeza, parecía un ángel y el Conde se sintió padre, haría de padre por primera vez, daba igual la forma en la que Paca llego al mundo, la forma que fuese, había creado una mujer, se convirtió padre de toda una amazona sin pasar por la niñez. 

La cogió del brazo y su madre y su abuela llevada en una silla la siguieron detrás, todos en fila esperaban, se aproximaron a la pequeña capilla repleta de las gentes del Condado y del pueblo, tomaron el pasillo central y al final, Benito esperaba al lado de Margarita, ella su única amiga, además era la madrina de su amor. 

Frente al Altar, cogieron sus manos y a su lado El Conde y al lado de Benito Margarita bellísima con un vestido rosa fuerte, un color que jamás había visto y que deslumbraba con su pelo rubio recogido con velo y peineta. 

El cura dio la ceremonia y llego el gran momento, la gran pregunta, primero a Benito, si quería a Paca por esposa, y respondió con un si quiero, y luego le toco a ella, -¿Paca quieres a Benito como esposo, en la salud, en la enfermedad y hasta que la muerte os separe?- Paca con voz firme y segura deseosa de librar las mágicas palabras del amor generosos, ese que sale del corazón y se ofrece a Dios y a toda la comunidad para que sea conocido, para que no exista la mas mínima duda de su entrega, contestó saliéndose del simple “si quiero” y dijo: -si, lo quiero todo para mi y para siempre-. Benito sonrió y El Conde la miró sorprendido por su espontánea respuesta, pero así era Paca, naturaleza salvaje, pura pasión, y Margarita cómplice de su naturaleza le guiñó un ojo, en prueba de felicidad y de alegría por su querida amiga y por la felicidad de su hermano. 

Benito le levantó el velo, y una vez liberado su rostro la beso, no estaba previsto, se oyeron murmullos entre los presentes, pero ninguno de los dos pudo impedir dejarse llevar por la pasión del momento. Cogidos del brazo salieron de la capilla y una lluvia de arroz calló sobre ellos, corrieron para evitarlo y se abrazaron y se besaron. 

Tras la ceremonia llego el banquete, comida para todos, los mejores manjares, habían matado pollos y cerdos del Condado para el festejo y corrió el vino, litros de vino, esta vez de los mejores, de los que guardaba El Conde en la bodega para momentos especiales. 

Un grupo flamenco traído de la cercana Andalucía amenizó el banquete y tras este los bailes, todos lo hicieron, y también los recien casados, cuando en un momento se oyó un grito, un ensordecedor grito que supero el tono de los músicos y cantantes, era su madre con su abuela en el suelo gimiendo, una uva traicionera se le atraganto en la garganta, no podía respirar, Paca de la felicidad pasó al dolor, corrió hacia ella, Fidela en el suelo se ahogaba, le daban golpes en la espalda y nada, sus ojos sangrantes por la falta de aire parecían reventar, cada vez mas morada, su rostro de color lila y sus labios queriendo con quejidos agarrar algo de oxigeno, pero no podía y poco a poco, fue cayendo hasta que la vida le abandonó. 

Su abuela había sido su madre, la había cuidado desde niña mas que la suya, lo era todo para ella, su vida, su pasado se apagó de repente y también su dicha, su felicidad. El primer día de casada, la muerte había vencido al final.