domingo, 10 de junio de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XIV


Unos pasos, el golpeo de las puertas y ventanas, los chascarridos de la madera; una sinfonía de sonidos rodeaban a Paca en su mecedora, junto con los gritos del cielo en mitad del silencio. Y otro árbol en llamas arrasado por una lengua de fuego, por la rabia del cielo, la condena de los vivos y el susurro perceptible de los muertos. 

Intranquila, con el poco vello de su piel como escarpias, el terror dibujado en su cara, fija la mirada, reflejada en el cristal, se miraba y mas se aterraba, se acercaban, unos pasos, lentos, pesados, arrastrándose hacía su estancia y, la puerta golpeaba, se abría y cerraba y una brisa gris penetraba, las animas errantes que circulaban en torno a ella, sin llegar a tocarla, la miraban, susurraban, le invitaban a seguirlas, tenían rostros, algunos conocidos. Las animas que en el día de los difuntos decían caminaban por el tejado, las tenía a su lado, acercándose, celebrando los finaos su nueva presa, su compañera cuya alma no se vería envuelta en una fina sabana blanca de hilo para ascender a los cielos, sino que permanecería encerrada en una brisa oscura, atrapada entre el cielo y el infierno. 

Y los pasos cada vez mas cerca de la puerta, tan cerca que la tocaban y se aproximaban hacia ellas, sus ojos se salían de sus órbitas, ni uno de sus marchitos músculos se movía, ni su cara atrapada en el cristal oscureciendo por la mancha que se acercaba, se aproximaba, estaba cerca, la atrapaba, hasta que de los hombros la cogió. Un leve quejido, no llego a ser un grito emano de su garganta. Ya estaba cogida, atrapada por las animas, hasta que una voz se alzo: - Dña. Paca a la cama-. Una voz brusca y sin ningún tono de delicadeza, como siempre, era Fernanda, ruda y austera, con su ropajes negros empapados de agua y el pañuelo cubriendo su cabellera. 

Fernanda no era una mujer de su agrado, era una persona sin sentimientos, sin alma, había nacido en El Condado, la hija de Hipólito el encargado de las cuadras, nació cuando Paca unos meses antes de su boda y siempre había estado a su lado, y aunque nunca cruzaron muchas palabras en ese momento fue un alivio, era Fernanda para llevarla a la cama y no una de esas animas deseosa de atraparla para llevársela junto a ellas al limbo de las tinieblas. 

La puso en pié con gran esfuerzo, Paca estaba mas pesada de lo normal, era como un peso muerto que se arrastraba sin mover prácticamente los pies, estirada y empujada sin mas miramientos por Fernanda. Al final consiguieron llegar a la habitación, la cama ya la estaba preparada, Fernanda ya lo había previsto, esos eran los pasos y los ruidos que tanto la habían aturdido. Las sabanas blancas como la cal y una suave manta, a pesar de la tormenta, todavía no había llegado el frío y para Fernanda era ropa suficiente, aunque Paca, vacía de energías y calorías siempre sufría de frío pero no hablaba, no se quejaba, total poco le quedaba, estaba en las puertas del purgatorio y las animas en sus puertas para darle la bienvenida al mundo de los muertos en vida. 

La tumbo sobre la cama, no sin antes llenar una palangana de agua y lavarle la cara, el cuello, los brazos y las piernas, esos trozos de huesos que la sostenían. Mas que lavarla la frotaba, les rasgaba la piel como si quisiera sacarle brillo. Fernanda era una mujer tullida sin miramiento, harta posiblemente de tener que andar cuidando de una vieja que al menos ya solo era una, hasta entonces tuvo había tenido que dedicarse a ella y a Margarita, muerta apenas hacía una semana. 

Una vez restregada y secada con un trapo que mas parecía una lija, le cubrió, no sin antes dirigirse hacia el ventanal del dormitorio principal donde dormía para cerrar las contrapuertas, pero Paca sacando un hilo de voz le pidió que no lo hiciera, que quería ver la tormenta y los árboles en llamas. Fernanda la escuchó y salió de la habitación entornando la puerta, sin cerrarla del todo, como si quisiera dejar un hueco para que entraran las sombras y pronto se llevaran a la vieja. 

Tumbada, boca arriba como quedaría toda la noche y como cada noche, trató de girarse un poco a la derecha hacia el gran ventanal. Desde allí se veía todo el condado, el torrencial que caía, los rayos y los árboles en llamas, ya eran mas de cinco los que eran presa del fuego, y de nuevo tumbada, como si estuviera amortajada, su cuerpo en el cristal se reflejaba por el efecto del candil encendido, no podía pasar la noche en la oscuridad y siempre quedaba un candil encendido hasta que se consumía y se apagaba cerca del amanecer 

Allí sin apenas nada de sueño, tumbada, mirando al techo del dormitorio y de vez en cuando al ventanal cuando las culebras de luz caían del cielo, empezó a recordar el día de su desposorio, tal vez al ver a Fernanda que nació unos días antes. 

Empezó siendo el día mas emocionante de su vida, el mas feliz, y es así empezó, continuó pero como todo en su vida, la felicidad no duraba por mucho tiempo. Era un domingo caluroso, el Conde, su padre lo había organizado todo, desde la ceremonia que se celebró en la capilla del Condado haciendo venir al cura y al sacristán del pueblo, hasta el convite, todos fueron invitados, los habitantes del condado y todo el pueblo que llevaba su nombre. 

Paca hacía noches que no dormía pensando en el momento, en esos días se veía poco con Benito, su tarea fundamental era participar en los preparativos, el banquete, las flores, el vestido; si el vestido que su madre le había hecho de fino hilo blanco, ceñido en la parte superior y con vuelo desde la cintura de seda natural comprada en la ciudad por El Conde. Se lo probó una y mil veces junto con su velo que le cubría todo su rostro, hasta el momento en el que tras la bendición del cura, Benito se lo levantara una vez desposada. 

Llegó el día, por fin la ultima prueba del vestido, la definitiva, estaba en pié desde que cantó el primer gallo he hizo levantar a todo el mundo salvo a Fidela, su abuela que desde la tuberculosis se consumía en la cama, saltaba de una lado a otro, estaba gozosa, no solo por el matrimonio, tendría su propia casa, unos aposentos anexos pero independientes del caserón y lejos del servicio, por mandato del Conde, de su padre. Allí viviría con su amado que vendría del pueblo a vivir al Condado y soñaba con hijos, con muchos hijos. Era pura vitalidad la que se desprendía en cada uno de sus movimientos, de sus ojos, de su empalagosa sonrisa coqueta de mujer enamorada y deseosa de celebrar el día mas importante de su vida, y además tenía un padre que la llevaría al Alta cogida del brazo para entregarla a Benito. 

Así sucedió, llegó la hora, y el Conde entro en los aposentos del servicio, se le iluminó la cara al ver la belleza de Paca. Un cuerpo duro, robusto, de firmes y generosos senos, unas prominentes caderas y largas piernas y sobre todo, lo que mas la embellecía, era el contraste del velo sobre su pelo rojo, le daba una especie de aurea sobre su cabeza, parecía un ángel y el Conde se sintió padre, haría de padre por primera vez, daba igual la forma en la que Paca llego al mundo, la forma que fuese, había creado una mujer, se convirtió padre de toda una amazona sin pasar por la niñez. 

La cogió del brazo y su madre y su abuela llevada en una silla la siguieron detrás, todos en fila esperaban, se aproximaron a la pequeña capilla repleta de las gentes del Condado y del pueblo, tomaron el pasillo central y al final, Benito esperaba al lado de Margarita, ella su única amiga, además era la madrina de su amor. 

Frente al Altar, cogieron sus manos y a su lado El Conde y al lado de Benito Margarita bellísima con un vestido rosa fuerte, un color que jamás había visto y que deslumbraba con su pelo rubio recogido con velo y peineta. 

El cura dio la ceremonia y llego el gran momento, la gran pregunta, primero a Benito, si quería a Paca por esposa, y respondió con un si quiero, y luego le toco a ella, -¿Paca quieres a Benito como esposo, en la salud, en la enfermedad y hasta que la muerte os separe?- Paca con voz firme y segura deseosa de librar las mágicas palabras del amor generosos, ese que sale del corazón y se ofrece a Dios y a toda la comunidad para que sea conocido, para que no exista la mas mínima duda de su entrega, contestó saliéndose del simple “si quiero” y dijo: -si, lo quiero todo para mi y para siempre-. Benito sonrió y El Conde la miró sorprendido por su espontánea respuesta, pero así era Paca, naturaleza salvaje, pura pasión, y Margarita cómplice de su naturaleza le guiñó un ojo, en prueba de felicidad y de alegría por su querida amiga y por la felicidad de su hermano. 

Benito le levantó el velo, y una vez liberado su rostro la beso, no estaba previsto, se oyeron murmullos entre los presentes, pero ninguno de los dos pudo impedir dejarse llevar por la pasión del momento. Cogidos del brazo salieron de la capilla y una lluvia de arroz calló sobre ellos, corrieron para evitarlo y se abrazaron y se besaron. 

Tras la ceremonia llego el banquete, comida para todos, los mejores manjares, habían matado pollos y cerdos del Condado para el festejo y corrió el vino, litros de vino, esta vez de los mejores, de los que guardaba El Conde en la bodega para momentos especiales. 

Un grupo flamenco traído de la cercana Andalucía amenizó el banquete y tras este los bailes, todos lo hicieron, y también los recien casados, cuando en un momento se oyó un grito, un ensordecedor grito que supero el tono de los músicos y cantantes, era su madre con su abuela en el suelo gimiendo, una uva traicionera se le atraganto en la garganta, no podía respirar, Paca de la felicidad pasó al dolor, corrió hacia ella, Fidela en el suelo se ahogaba, le daban golpes en la espalda y nada, sus ojos sangrantes por la falta de aire parecían reventar, cada vez mas morada, su rostro de color lila y sus labios queriendo con quejidos agarrar algo de oxigeno, pero no podía y poco a poco, fue cayendo hasta que la vida le abandonó. 

Su abuela había sido su madre, la había cuidado desde niña mas que la suya, lo era todo para ella, su vida, su pasado se apagó de repente y también su dicha, su felicidad. El primer día de casada, la muerte había vencido al final.


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