sábado, 25 de julio de 2015

MÁS ALLÁ DE LA ESPERANZA.



A veces pienso que cuanto más cambian las cosas, mas permanecen. Siento que cuando deseo cambios más me aferro a la silla de la papilla, esa que parece hecha directamente para coronar la infancia y que de pequeños nos permite tener una visión de la realidad y tal vez de un futuro.

Se desea lo nuevo pero sin abandonar los trastos de ese cuarto oscuro, donde reviven recuerdos que siempre a mano nos permiten mantener la felicidad, porque como alguien me dijo en alguna ocasión, los recuerdos rellenan los agujeros de las penas.

En ocasiones siento que somos inválidos del tiempo, que su marcha la aceptamos  como si se tratara de una reserva inagotable, como si el tiempo fuere perpetuo; un latido inagotable de permanencias sin cambios, estática hasta en  su eternidad.

Y de esta forma nunca hacemos nada, nos reímos de los pájaros que pudiendo volar, permanecen en su jaula, en el nido; en el mismo árbol hasta perder sus alas.

Todos somos dos en uno. El deseo de estar, de seguir aferrado a las imágenes que nos proporcionó ese trono mientras devorábamos un biberón rebosante de maternidad; y esa otra que vemos en las nubes movidas por el viento, que circulan dando vueltas en la cabeza, libres y sin fronteras.

El tiempo es cruel, porque empuja  las nubes y también se queda pensativo, como en un campanario, tocando las horas, para misa de doce, un domingo cualquiera arropado por esas cigüeñas que siempre volverán, que permanecerán en el tiempo como lo hacen tus paseos, cada día, por la misma calle, incluso cruzando por el mismo sitio la acera.

Dicen que somos animales de costumbres, pero a veces nos fugamos, aunque solo sea con la imaginación, viviendo en un sueño lo que daríamos a nuestra vida, la cotidiana; esa forma de estar para siempre hasta el final, para leer las memorias o usar los recuerdos de nada, rellenando penas.

Todos somos dos, el conocido y el que le gustaría darse a conocer. Ese que quisiera vivir y  nacer de nuevo, para tener una nueva oportunidad y poder cumplir ese sueño que va más allá de la esperanza.




sábado, 18 de julio de 2015

VIVIR EN EL AMANECER



A veces lo que no sabemos decir, nos duele eternamente. Solo el valor del corazón, abierto y sincero pude liberarnos de este temor.

Nuestro paso por la vida, es un acto fugaz, que debemos aprovechar, con la palabra, con la realidad del sentimiento; con tu verdad, la tuya, esa que quieres decir pero que guardas con el miedo. Dicen que las cosas más valiosas de la vida, son las que tenemos temor a perder. Es cierto, pero es una condena, el sacrificio de la vida por el miedo a perderla. El rechazo del amor, por la amenaza del desamor, del abandono; de sufrir el gran dolor de la extrañeza. No se pierden unos ojos por decisión, se hace por el riesgo de no volver a verlos, o peor aún, no experimentar el sentimiento de la mirada, el de sentirse observado con el deseo de posesión.

Viendo el inminente final de la vida te das cuenta, que no hay nada cuando no amas nada. Que es preferible morir cuando no tienes nada, que abandonarte en una noche   tan solo te dará vientos en la tempestad de tu vida. Que cuanto mayor es el conocimiento, más grande es el amor. Cuando ves el límite de la vida, tan solo ves la luz de los días perdidos, marchitados por tu propia inconsciencia, por la ignorancia de que el tiempo pasa sin posibilidad alguna de recuperación.

Ignoras que aunque regrese, el que se fue nunca vuelve, que tú ya no eres el mismo, que las voces son distintas, que cuando por la piel han pasado otros dedos y otros sentimientos; tus suspiros acaban en lágrimas y tus ojos ya no son  iguales, que veras realidades con las verdades que antes te negabas a ver, que el mundo es tan distinto como minutos pasan por delante de tu existencia, y los pierdes, porque ese día decidiste perder el tiempo, ignorando como siempre, que el tiempo perdido no se recupera.

Cuando vives en el inminente final de la vida, no quieres abandonar el barco, haces juramentos y promesas. Surgen las alianzas que antes te negaste a firmar, porque no querías la vida, porque no te gustaba sentir un mundo en soledad, con el corazón abandonado, o tal vez tirado en un rincón de la ciudad, por aquella persona a la que con tanta generosidad se lo regalaste.

Han pasado muchos días, tal vez años, y sigues igual, tan solo cuando ves el final del camino reaccionas, ves la luz de un amanecer, y aprecias la vida, te sujetas a un amanecer, cuando has tenido cientos de ellos.


Como cambian las cosas, ahora con uno te conformas. Has tirado unos cuantos y uno más; y eres feliz. Sonríes cuando lo ves porque parece una oportunidad, tal vez la promesa no comprometida de unos cuantos más, y es entonces cuando decides respirar, aliarte con la vida, aferrarte a tu existencia, porque cualquier existencia es mejor que el mejor de lo finales, porque no hay finales heroicos, todos son iguales, sin vuelta atrás, sin posibilidad de arrepentimiento por no haber aceptado el regalo de cientos de amaneceres; y ahora solo quieres uno, porque con uno es suficiente para vivir en el amanecer.


sábado, 11 de julio de 2015

EN EL LLANTO DE MI SOLEDAD



Tras la máscara diaria de una capa de maquillaje, de unas gafas de sol, de una barba; está nuestra soledad, no es la mía, ni la de un amigo; es la tuya. La soledad es como tu corazón, si te falta no estás, no existes. La lloras en ocasiones cuando retiras de tu rostro falsedades y mentiras, cuando el agua pura y limpia se desliza por los recovecos perdidos de tu existencia. Tu soledad, mi soledad; nuestra soledad, no es para compartir, es un brazo, no sé si el izquierdo o el derecho, tan solo puedo decir que su falta es una mutilación y su pérdida la ausencia de la cordura que sujeta la locura.

Mi soledad me lleva hacia mí, se desliza con mis palabras pero no me aleja de ti ni del mundo. La soledad es sentirme arropado por mis brazos antes de pedir los tuyos. El llanto de mi soledad es tan solo un grito amargo, ese que emana de los ojos sin lágrimas. Esos momentos en los que no se suspira, sino que se grita, se protesta; es cuando en tu casa con tu soledad, te revelas contra el mundo, o te defiendes del mundo, porque el mundo a veces no eres tú, son los otros; aquellos personajes de ficción que se unieron para copiar tu vida, por envidia; por alergia al arte, ese que tienes cuando hablas y sobre todo con el llanto, en la soledad de tu casa, entre tus paredes;  tus recuerdos y sonidos presos de la nostalgia de unos sueños que a veces se borran con tanta realidad.

La soledad no necesita de nadie ni tiene lágrimas. El llanto es puro, es perfume y color. La soledad no añora a nadie, ni tan siquiera ese beso furtivo que robaste antes de alejarte. La soledad no echa de menos, no tiene recuerdos imborrables; no necesita de gestos ni busca amantes. 

La soledad es un estado de gracia que te concedes, para amarte, para sentirte; para ser tú mismo.

Cuando la soledad se manifiesta con un llanto, es la belleza; es la brocha que algún día pintará el color de tu vida en el instante de ganarla, porque la perdiste en la multitud junto con aquellos que un día te vistieron de triunfador.

Yo amo en soledad. Me abre más horizontes que una habitación con vistas, porque su mirada se pierde en el universo de mis ojos, ese que está tan lejos que nadie jamás podrá alcanzar.

La soledad no se comparte pero si se vive en familia o con amigos, porque éstos no  roban tu soledad. Todo lo contrario, encienden la luz que apagaste cuando abriste la puerta de tu casa y te escondiste tras la cama, para hacer gritar el llanto, para hacerte ver que estaba contigo, que nunca te abandonó y que probablemente la olvidaste tras las luces de un flash herido.


Yo comparto tu deseo de vestir el viento con la belleza, de rebotar sonrisas entre ácidas palabras; pero tu soledad no es la mía, aunque conozco su llanto, porque ambas rechazan la indiferencia.




sábado, 4 de julio de 2015

CONCEPTOS SENCILLOS (Easy Concept)

A veces cuando acabo con mis palabras, llega la palabra. Sencillo de entender, fácil de imaginar cuando las personas son como el agua, transparentes en esencia, puras en contenido.

La vida es mucho más sencilla de lo que imaginamos, es más fácil de como la usamos, es remotamente más suave que las alas de una mariposa. Y así son las personas, cuando son personas y no etiquetas. 

Los seres humanos no tienen sobre nombre, ni precio, ni líneas convergentes.  Las personas cuando son personas, son manos iguales, rostros individuales y cabellos de colores.

Personas que  en apariencia te hacen poner todos los frenos, que impresionan, a las que observas hasta que llegas a conocerlas. Son más sencillas con su color, que otras que pasean por el mundo haciendo bandera de sus blancos y negros. Los grises me dan miedo, esa mezcla endiablada del color y su ausencia, del todo y la nada, de la vida y la muerte. No creo en los matices de la ausencia de luz, porque mi sangre es roja o colorada como dice mi madre. No confió en la ausencia de luz, no me fío de esa falta matizada con notas de luz. Soy persona que se asemeja a una flor y le atraen otras flores, de esas de la primavera, un mundo de color para una imaginación llena de mezclas, de razas y de mucho mundo; de mucha vida que en los momentos de reflexión parece escasa.

Personas de conceptos sencillos y de mirada compleja. De sentimientos puros, sinceros, plenos sin reparos; pero fáciles de entender cuando se les mira, se les escucha y decides comprender. A veces esos conceptos tan sencillos pasan de largo por que no estamos dispuestos a descubrir cada una de sus emociones, de sus circunstancias; en definitiva no queremos comprender su vida.

Hay tantas personas rancias de mira que etiquetan, que califican y clasifican; como si los seres humanos fuésemos objetos de un archivador, donde en el fondo del cajón se distinguen los rubios de los morenos, los ojos claros de los oscuros y los diferentes tonos de piel. 

Existen personas que no ven ni escuchan, tan solo miran hacia el exterior, hacia ninguna parte, hacia sus prejuicios y sus miserias.

Yo conozco personas radiantes que son lo mejor de mi vida. Algunas son rubias y otras son morenas; de pieles curtidas por el viento manchado de sol, por los elementos, por la vida. Son personas que se mojan cuando llueve, que no saltan los charcos, los cruzan; personas que cuando hay que comer, cocinan; cuando hay que leer escriben; personas que cuando tienen que querer, aman.

Son personas odiadas por los necios, pero amadas y adoradas por los artistas, por aquellos que interpretan la vida, la transforman con sus propias manos en un intento desesperado de llenar de belleza este mundo en el que respirar, a veces puede ser lo más simple o una obra de arte.

Algunos le llaman estilo, otros lo llamamos amor; porque tan solo el amor puede transformar lo vulgar en sublime.


El concepto puede ser sencillo, el contenido es brillante querida amiga……