sábado, 30 de julio de 2016

NATURE


Desde el momento en el que  fui consciente de que la vida me había dado una nueva oportunidad, me sume a ese carro, al de la nueva vida y entendí que muchas cosas debían de cambiar, una de las más importantes mis hábitos de alimentación y de vida social.

Nos encontramos en una sociedad donde gran parte de las relaciones se mueven en torno a una mesa o de una copa de alcohol. Somos incapaces de imaginar una celebración sin comer ni beber. Cuando me refiero a comer, hablo de comida sabrosa y cuando lo hago de beber, me refiero a bebidas alcohólicas. Nada nuevo digo pero sin lo escribo. Todos hablamos de ello pero no hacemos un manifiesto en contra de hábitos evidentemente tóxicos. En Navidad nos quejamos de los kilos que ganamos, de los excesos de alcohol pero nunca nos paramos a pensar porque lo hacemos. Porque comemos sin hambre y bebemos sin sed.  La pregunta es: ¿Por qué necesitamos intoxicarnos para ser felices? Importante pregunta y no seré yo quien traiga la respuesta, al menos una definitiva pero si una sugerencia. Para soportar la vida social necesitamos transformar la realidad, cambiarla y hacerla tolerable porque realmente no nos gusta el mundo en el que vivimos y por lo tanto necesitamos de euforias gastronómicas y alcohólicas. Realmente a todos nos apetece un desliz, no cabe la menor duda que un día de evasión no es malo, incluso el cuerpo lo acepta y lo tolera. Cuando se hace frecuente, cuando no solo es diario sino de fin de semana entonces el problema es gordo, y no lo digo por lo que supone para nuestro peso, sino por el desarraigo que provoca esa insatisfacción social.

Todo nuestro comportamiento personal e intelectual nos pasa factura, y no solo en el estado de ánimo, sino en nuestro cuerpo. Ensuciamos la casa por tanta fiesta sin recoger las sobras y las acumulamos en el trastero, que no es más que esas partes del cuerpo donde se depositan las grasas y demás residuos corporales, y llega la obesidad, las retenciones y tantas y tantas cosas que nos infestan y nos acercan un paso más a la vejez prematura y a la muerte.

Mi cardióloga cuando hablo conmigo sobre esa necesidad de cambio no me dio ninguna dieta, tan solo me dijo: tú eres un ser inteligente, sabes perfectamente lo que es bueno para tu cuerpo. Eres un ser vivo destinado a sobrevivir, hazlo, demuestra al mundo que eres un ser dispuesto a vivir de nuevo, a tener una mejor vida.

Esas palabras aún me retumban en mi mente y sobre todo mi sonrisa cómplice con la Dra. Sevilla, ya que supe desde el primer instante lo que iba a hacer y como seguiría sus consejos en la nueva vida.

La nueva vida no tenía más camino que volver a los orígenes, a la comunión con la naturaleza, a respetar a la vida y por lo tanto a los seres con vida. Hacía años ya había decidido prescindir de mamíferos y aves, las obligaciones y compromisos sociales me hicieron dejar esa decisión, esta vez no ocurriría de esa forma, esta vez cumpliría mi propósito según mis propios protocolos, en libertad y consciente de que no hay terceras oportunidades.

Os preguntareis que esta opción por si sola no trae consigo la pérdida de peso ni un cambio físico inmediato. Cierto es, pero también lo es que en esta vida muchas cosas son actitudes ante la realidad y esa posición ante la naturaleza te hace tener una actitud que implica una vida natural y por ende, acercar el cuerpo a su estado natural.

Últimamente estoy viendo una defensa atroz de las curvas y las formas redondeadas. Otra nueva consecuencia de la vida social que impera. Esta sociedad de consumo justifica lo que no es natural en un cuerpo para defender la propia existencia de la sociedad. Tan antinatural es la delgadez exagerada con fines industriales, como justificar la obesidad. Existe el peso justo, el nuestro, el natural, el que nos hace sentirnos sanos y por lo tanto felices. A ese peso debemos dirigirnos y el primer paso es saber que comer es un acto limitado, no un placer diario. Las excepciones son muy dignas y necesarias para un buen equilibrio mental, pero nunca hacer de una excepción un hábito alimenticio incorrecto y tóxico. No ataquemos la anorexia justificando la obesidad. No luchemos contra las tallas mínimas promulgando las XXL. Para acabar con un fuego no se ha de prender otro fuego.
Todo es mucho más fácil de lo que pensamos, tan solo es cuestión de actitud, de hacer de nuestras necesidades un acto de alegría vital, algo natural y puro.

Para mí fue un reto pero también un gusto, hace años que soy naturista, que necesito unirme con el espacio exterior, comulgarme con el mar, con el viento, la arena. Eso será propio de otro capítulo durante este verano, recordando que fue en un verano en el que perdí directamente seis kilos de peso y que Agosto fue el mes estrella. Me he descuidado un poco durante este año y me sobran cuatro o cinco kilos, estoy decidido a perder parte de ellos durante este mes, si me acompañáis os diré lo que pienso hacer, porque unas vacaciones en tu lugar habitual pero tratadas de otra forma, no os quepa la menor duda que ayuda mucho más que si lo hiciéramos en otro lugar que no fuera uno habitual de nuestra existencia.

Dejemos de una vez de comer, hay que alimentarse para despertar el  poder auto curativo del organismo y ganar energía. Este va a ser nuestro fin, sanearnos y llenarnos de vitalidad, por ello y antes de terminar os voy a poner un ejemplo de esta sociedad tóxica frente a la vida natural. El otro día por la radio escuche que un famoso chef había creado un merengue salado de color azul que lo aplicaba en la preparación de un bacalao. Para la elaboración de ese merengue no faltaban choques térmicos, modificaciones en la estructura molecular de los productos empleados y un coste por la originalidad del creador del producto tóxico. Hablaron de un coste en restaurante de más de cien euros. Sí, habéis oído bien, contaminarse ahora también es caro. Ese dinero para el deleite de unos segundos en la máquina trituradora que es la boca. Que estúpido nos parece dicho de esta forma, que no es más que la auténtica sin tapujos ni ídolos de paja de la actualidad.


Probar a comeros un tomate rojo sin maduración excesiva, con unos dientes de ajo picados por encima, una cama de rúcula y bañado todo con un buen chorreón de aceite de oliva extra virgen, sin ningún refinado. Glorioso, auténtico, natural y posiblemente por tan solo dos o tres euros.



sábado, 23 de julio de 2016

SOMOS LO QUE COMEMOS


Hoy tal vez vaya a causar polémica, incluso algún que otro mal entendido. No es mi intención, o tal vez sí, porque voy a destapar mitos contemporáneos que no son más que creaciones industriales y económicas de la sociedad de consumo.

En el mundo de las redes últimamente vemos y escuchamos con mucha frecuencia el término “LifeStyle”, generalmente etiquetando comentarios e imágenes relativos a la moda pero también a la actividad física y a la alimentación. A mi me encantan estas modas que son para bien, que promulgan el cuidado personal, el deporte y la alimentación. Daros cuenta que hablo de alimentación y no de comida ni del acto de comer. Ello es importante porque en mi cambio de vida, en mi nueva vida han tenido mucha importancia esos tres puntos a los que me he referido. Cuando vuelves a vivir todo te lo planteas, pero sobre todo aquello que te llevo al precipicio del que te salvo una o varias manos inocentes.
Hoy me voy a centrar en eso de alimentarse, algo mucho más profundo que el simple hecho de comer. Cuando volví a nacer me dieron unos cuantos consejos, uno de ellos fue el necesario cambio de hábitos de alimentación. No me dieron otro que la necesidad de que los modificara y que yo mismo sabría que es bueno y que es malo para mi cuerpo, porque es mi cuerpo el que había despreciado la vida.

Lo primero que pensé es que o lo hacía radical o no lo hacía. Que o me comportaba como si defendiera una causa o nunca lo conseguiría. Imaginar mi decisión en SEIS MESES PERDÍ 30 KGS DE PESO. No fue nada difícil, tan solo mentalizarme que a partir de ese momento no volvería a comer, que me alimentaría, que sentiría cada uno de los nutrientes cuando entraran en mi cuerpo, las vitaminas, el frescor de la vida y no de la muerte como lo había hecho hasta ese momento.

Evidentemente mi primera decisión fue dejar de comer carne mamífera y aves. Continué comiendo pescado porque los pasos grandes siempre tienen que ir repletos de pequeños y todo no se puede hacer a la vez. Claro que me preguntareis que ya han pasado dos años. Cierto pero es que el pescado me ha empujado a la vida sana y en un futuro también saldrá de mi dieta, pero lo primero es vivir y después como hacerlo.

Otro de esos pasos es ser consciente (palabra que repetiré mucho) de que somos lo que comemos y que si comemos muerte seremos muerte. Que la alimentación no solo está en la boca, sino que es un proceso que lleva a todo el cuerpo y que hasta la última célula se afecta dependiendo de lo que comamos.

Vivimos dentro de una cultura, y esto es lo que pienso creará polémica, donde se valora lo elaborado, todo aquello que pasa por las manos del hombre y lo transforma. Prueba de ello es la fama de cocineros y chefs que no dudan en utilizar compuestos químicos como el nitrógeno, sopletes y cuales quiera productos para hacer más atractivos sus platos al paladar. Solo les preocupa la imagen, su presentación y la recepción en la boca. Limitan la comida a su impacto visual y táctil. Olvidan que en la boca se inicia el proceso de la digestión, de la síntesis y metabolización de los alimentos. Se creen artistas porque elaboran platos sofisticados y dioses que no reprimen sus impulsos incluso para llamar a sus cocinas, laboratorios de creación. Un ejemplo de ellos es el Sr. Adriá, tan premiado como el mejor cocinero del mundo y que en mi opinión podría ser un pintor abstracto pero nunca comería de sus platos infestados de manipulación y del resultado de sus experimentos en  laboratorio. Este señor ha dicho en más de una ocasión que no hay comida asquerosa sino comensales asquerosos. Con ello quería justificar sus platos y comer todo tipo de criaturas de la naturaleza. El problema es eso, comer criaturas transformadas en cuadros que no son para ver sino para comer.

La boca es el primer lugar de la digestión, es la recepción. En la boca se encuentra la llamada enzima prodigiosa: LA SALIVA. Ahí empieza nuestra alimentación y no una degustación de platos cocinados, elaborados y manipulados por el hombre.

Cuando me dijo mi doctora que yo sabría que comer, la entendí perfectamente. Supe desde el primer instante que fruta, verduras y vegetales de todo tipo tendrían que ser mi referente en la alimentación y que desde ese instante ciertos animales no pasarían nunca más de mi boca a mi sangre, porque mi fin era alimentarme con vida pero no con la muerte.

No olvidéis que un filete es un animal muerto y que al meterlo por vuestra boca se introduce la muerte en vuestro cuerpo y si somos lo que comemos, seremos la muerte.

A partir de hoy hablaré de como perdí 30 Kgs. yo solo sabiendo lo que comía, sintiendo la comida y os lo contaré. También cómo gastar lo que sobra porque nuestro cuerpo está hecho para funcionar y no para reposar. Que hay que ser consciente de que la piel pasa a ser pellejo, el vientre barriga y los glúteos culo; cuando abandonamos la casa y no por el paso de los años. Que el alcohol, el tabaco y la mala comida son tóxicos además de muchas otras cosas y que con veneno no se gana vida sino que le das la mano a la muerte.


Perdonarme si soy duro, pero la vida también lo es y sin embargo es maravillosa cuando de lo que se trata, es de ganar a la muerte.



domingo, 17 de julio de 2016

CONSCIENTE DE VIVIR

Dicen que la vida en tan solo un segundo te puede dar lo mejor, pero también lo peor. Eso bueno o eso malo puede ocurrir en un instante y lo mejor de todo es que lo ignoramos, que no tenemos la menor idea de lo que pueda pasar. Por mucho que nos hayamos preparado, la vida es una sorpresa relativa. Y digo relativa porque nos sorprende que la vida camine, evolucione hacia delante, cambie; se transforme. Tal vez eso malo que la vida nos puede traer en tan solo un segundo, no sea malo, sino que simplemente se un imprevisto o mejor aún que no lo aceptemos como parte de la vida.

Cuando tienes la oportunidad de ver la meta. Cuando se ve ese cartel y sin embargo no se ve nada de lo que hay tras del mismo, si es que hay algo; es cuando comienzas a ser consciente de la vida, de lo que es vivir, de que hasta ahora no vivía porque parece que toda la vida es una carrera de obstáculos para prepararse ante la muerte y pasar los años sin vivir.

La vida es ahora, con lo que tiene, con lo que venga, con lo que nos da; pero es ahora o nunca. La vida no es esa locura que hacemos de pequeños preparándonos para el futuro; eso es mentira, es perder el tiempo, el cargarse sin posibilidad de retroceso  la infancia y  la juventud. La pregunta es: ¿para que? Esta sociedad maldita, plagada de esperanzas pero sin realidades, llena de futuros inciertos y desconocidos; se olvida del hoy, del presente, de lo único que existe, lo único que tenemos que se puede tocar, respirar, degustar; ver con los ojos y sentir con la piel.

Prepararse para mañana es como olvidarse de que hoy existe, de que estas vivo. Es vivir en la inconsciencia de lo real y perderse en la nueve de lo absoluto incierto.

Ese dieciséis de Julio del Dos Mil Catorce, mientras iba tumbado en una camilla dentro de una ambulancia con todas sus señales acústicas en funcionamiento; la médico que literalmente iba sobre mí me preguntó: ¿Alguna vez has querido morir?; le dije que sí, y me volvió a preguntar: ¿Hoy quieres morir?, yo le contesté: NO, ella me dijo: hoy no vas a morir.


 Ese instante circulando a gran velocidad, con la sonrisa de ese ángel que me había salvado la vida, era mi único presente. Esa  era mi única realidad, carente de pasado y de futuro, solo existía ese momento. En ese instante fui por primera vez consciente de la vida, de su valor, de su dimensión, de su grandeza; de su existencia. En ese momento en mi cara se dibujó idéntica sonrisa que la de mi doctora, la misma. Esa sonrisa ya no desapareció de mi rostro. Desde entonces la llevo dibujada como un símbolo por el cual, cualquiera que sea la dificultad del momento, sea como sea la realidad; nunca pondré la mas mínima resistencia a aceptar la vida como es y a sentirla en mi cuerpo, en mi alma y sobre todo, en ese corazón que volvió a nacer.



sábado, 9 de julio de 2016

RENACIMIENTO


Dicen que el renacimiento es la acción de renacer después de una muerte real o aparente. También se dice que el renacimiento es la recuperación de la fuerza, la energía o ánimos de una persona, o de su importancia que tuvo en otra época.

Esa sensación que se recibe al exprimir una naranja, al hervor del café por la maña junto al frescor del amanecer; las sábanas limpias, la tierra mojada entre hojas marchitas en una tarde otoñal. Sensaciones de vida que pueden alcanzarse incluso desde una habitación de cuidados intensivos.

Aparatos electrónicos, bolsas colgantes, ojos observadores y la brisa que circula por el cuerpo. Frio aterciopelado con notas de frutos, de plantas silvestres, hojas verdes; olas del mar azul y el sol amarillo reluciente con los brazos abiertos de par en par para recibir lo que nunca se fue, pero que se perdió junto al envite de una distancia no deseada.

Lugares donde hay una constante pelea entre la vida y la muerte, impulsados por la fuerza de manos precisas que dan ritmo al corazón con la sola presencia del tacto, de los ojos mirando y del deseo de una vuelta tras la jornada laboral, donde la vida se haya impuesto a la oscuridad; la belleza sobre los tonos grises, la poesía frente al ruido en el que insisten algunas manos para no dejarte disfrutar, vivir lo que tienes, con la pena de lo que perdiste y el miedo de lo que nunca llegará.

Los libros se acaban y las hojas se caen, y la vida a veces expira y otras se fortalece con la simple idea de no volver. En esa sala de cuidados intensivos, volví a sentir el color verde de la esperanza, el olor fuerte del café que se reivindica frente a la nostalgia; el perfume suave de los frutos de la tierra, frente a la miserable costumbre de comer de la muerte.

De esa sala de intensivos me lleve una flor con nombre de mujer. De esos seres que dejan su vida en los cuidados, en la atención; que desbordadas por tanto amor que guardan en su corazón, se entregan hasta desfallecer y te hacen renacer.

De esa habitación donde se me cuidó, entré con un pasado y salí con esperanza. Todo mi mundo cambió, todos los conceptos vitales que me propongo contar. Quiero haceros partícipes de como desde la falta de vida se llega a la vida. Como los cambios siempre son para mejor, sobre todo, si cambias de arriba abajo, todo entero. Desde los ojos y como miran al mundo hasta los pies que cambian los pasos en un camino nuevo por explorar.

Desde aquí os invito a que me sigáis, relato tras relato, donde aprenderemos a vivir bien, a hacerlo mejor, con lo puesto, con lo imprescindible; pero con lo más grande que son las ganas, porque por mucha vida que tengamos, sino hay ganas no se vive.


Bienvenidos y bienvenidas a mi nuevo mundo, sois tan bien recibidos, que al entrar os regalo mi máxima consideración en forma de sonrisa.



domingo, 3 de julio de 2016

LA NUEVA VIDA



Todos en alguna ocasión hemos querido ser protagonistas de una película o tal vez de una serie de televisión de hospitales. Yo que me declaro fanático de las series y muchas de ellas de médicos, protagonicé uno de esos capítulos, o pensé que era el protagonista pero sin bata blanca, desde el otro lado del mostrador; tumbado en una camilla.

Es difícil de narrar como pude escuchar la sirena de la ambulancia. Como desde el cuarto donde me encontraba tirado encima de mi cama, al fondo de la casa, lejos de la calle; oí esa sirena de esperanza. No logro entenderlo y más que desde su primer aviso, entendiera que era para mi, que venía a buscarme, a rescatarme de ese lodo en el que se había convertido mi cuerpo entre estiercol y desperdicios aliñado con el sentido de lo efímero y pasajero.

Llegó envestida en una túnica blanca, como diosa griega se acercó a mí, acarició mi pelo, me sonrió, me miró con ternura y postrado en sus brazos quede a merced de su voluntad. Era mi Grey que llegaba a rescatarme o tal ver a llevarme junto a un Dr. House que entre sarcasmos y dolores infernales desde lo más profundo de su alma, me salvaría para seguir con sus propias etapas grises y atormentadas de una dolorosa vida.

Sentí la confianza de la paz, de la salvación o tal vez de la mera esperanza puesta en una mujer que en ese momento me pareció la más bella del mundo.

Me subieron tal como rey a su trono en su coche sonoro, con sonidos de alerta, de urgencia, de necesidad por la prioridad de la salvación de una vida. Ese sonido que tantas veces había oído por la calle y que muchas veces pasaba desapercibido, en ese momento era el mío, era por mi vida, hermoso; casi podría decir que rozaba lo divino.

Circuló a toda velocidad, por mí; saltando semáforos en rojo, pasos de cebra con peatones hasta que llegó a las puertas de urgencias de ese lugar, donde me devolverían la vida. Era conocido para mi incluso sin salir de esa posición horizontal y sobre mí, mi salvadora que no dejaba de repetir que no era el día, que ya no moriría, que no era mi momento y que me devolvía a la vida; pero con una condición, que respetase la vida, porque tal vez mi oportunidad nunca más se repetiría. La miré fijamente, sin pestañear; y le juré respeto a esa nueva vida.

En las puertas de ese lugar de sanación todo era diferente a cuando había estado de acompañante. Las urgencias se volvieron amables. Batas blancas corrían, mi conductor volaba y todo el mundo me miraba con la única intención de que se la devolviera, con un gesto, un guiño o tal vez con una lágrima pero que suponían vida.

Llegué a una habitación con muchos ojos y luces. Me mantearon de cama en cama como volando entre nubes preso de gaviotas en el mar y palomas que observaban en el peldaño de una azotea. De ahí a una habitación oscura, un lugar de rayos donde me enseñaron el interior de mi cuerpo y allí mas caras, todas femeninas salvo la de un señor, un mago de oriente con el arte de liberar conducciones y sanar corazones, con el arte del relojero al iniciar de nuevo el tiempo partiendo de una hora punta, señalada en cero.


En un momento cuando ya no sabía dónde llegaba, cuando todo eran miradas y caricias; sentí como en cada una de mis células entraba la vida. Olores fuertes, frescor, aire, oxigeno. Vibré, sentí nacer, luces y colores dictados entre aplausos de esos amantes de la vida cuyo éxito no había sido otra cosa que devolverme la vida, o tal vez darme una nueva vida. Una suma de tiempo que en el día de hoy estoy convencido que merecía.



sábado, 2 de julio de 2016

LA VIDA EN UN PAÑUELO.



Dicen que a veces vivimos en la inconsciencia de la propia vida. Que como un veneno con efectos retardados nos vamos matando sin saber que lo hacemos, aunque los síntomas sean tan próximos a la muerte que ni tan siquiera somos capaces de mirarnos. Era un quince de julio de hace dos años, el calor  insoportable, faltaba la respiración o tal vez la capacidad de respirar. Recuerdo una tarde de somnolencia, de dificultad para el trabajo, como si todo fuese a cámara lenta, como si la vida se resistiese a pasar páginas e incluso líneas. Días de calor húmedo, de traje y corbata desaliñados, como de segunda mano, sujetos a un cuerpo hinchado, engordado, cebado; mal tratado y peor alimentado. Cuando la vida no es vida tratas de apegarte, de seguir adelante ingiriendo sapos y culebras, porquerías terrenales y cenizas del viento cubiertas en humo de cigarros.

Sin interés por vivir, no más que por pasar los días con las molestias mínimas, sin disfrutarlos, sin gastar el tiempo; tan solo viéndolo pasar entre esos humos de melancolía, copas de nostalgia y jarras de burbujas manchadas de agonía.

El cuerpo deforme como un almacén de basura, la cara ensangrentada y el cabello de un triste gris perdido en la quema de la alegría. Un quince de Julio de pereza, de siesta; de tristeza. Esa noche llegó como todas llenando la barriga y bebiéndome la vida. Conseguí dormir como siempre mezclando esa copa con pastillas de las que te alejan hasta de los sueños.

Desperté en la mañana del dieciséis, como si no hubiera pasado la noche, como si el peso del cielo cayera plomizo sobre mi cuerpo. Apenas pude salir de la cama, de nuevo el sol, calor, sudores, fracasos; resacas y toses típicas de los amaneceres carentes de atardecer.  Sentía dolor de cuello, de espalada, de cabeza, angustias; algo normal pero que en esa mañana exageraba la agonía del oxígeno circulando por mis arterias.

A penas podía levantar los brazos, no sentía los dedos de la mano. Terror, el miedo se apoderó de mi pero manteniendo la cabeza recta y la poca cordura en mi mente, fui capaz de confesar el miedo, de pedir auxilio. Así lo logré, la llamada a emergencias tuvo efectos, menos de diez minutos y me rodearon de batas blancas. Ojos y manos de esperanza que me hicieron confesar que en ese día no quería morir. Esas manos, esos ojos me prometieron vida, que no se me escapaba y es entonces cuando supe lo que pasaba; mi corazón marchito se apagaba, no era capaz de alimentar ese cuerpo muerto en vida.


Me deje llevar, me entregué a esos ojos con bata blanca. Desde ese momento fui consciente de que volvía a nacer, que de nuevo iba a vivir; y me aferré a la vida.