sábado, 2 de julio de 2016

LA VIDA EN UN PAÑUELO.



Dicen que a veces vivimos en la inconsciencia de la propia vida. Que como un veneno con efectos retardados nos vamos matando sin saber que lo hacemos, aunque los síntomas sean tan próximos a la muerte que ni tan siquiera somos capaces de mirarnos. Era un quince de julio de hace dos años, el calor  insoportable, faltaba la respiración o tal vez la capacidad de respirar. Recuerdo una tarde de somnolencia, de dificultad para el trabajo, como si todo fuese a cámara lenta, como si la vida se resistiese a pasar páginas e incluso líneas. Días de calor húmedo, de traje y corbata desaliñados, como de segunda mano, sujetos a un cuerpo hinchado, engordado, cebado; mal tratado y peor alimentado. Cuando la vida no es vida tratas de apegarte, de seguir adelante ingiriendo sapos y culebras, porquerías terrenales y cenizas del viento cubiertas en humo de cigarros.

Sin interés por vivir, no más que por pasar los días con las molestias mínimas, sin disfrutarlos, sin gastar el tiempo; tan solo viéndolo pasar entre esos humos de melancolía, copas de nostalgia y jarras de burbujas manchadas de agonía.

El cuerpo deforme como un almacén de basura, la cara ensangrentada y el cabello de un triste gris perdido en la quema de la alegría. Un quince de Julio de pereza, de siesta; de tristeza. Esa noche llegó como todas llenando la barriga y bebiéndome la vida. Conseguí dormir como siempre mezclando esa copa con pastillas de las que te alejan hasta de los sueños.

Desperté en la mañana del dieciséis, como si no hubiera pasado la noche, como si el peso del cielo cayera plomizo sobre mi cuerpo. Apenas pude salir de la cama, de nuevo el sol, calor, sudores, fracasos; resacas y toses típicas de los amaneceres carentes de atardecer.  Sentía dolor de cuello, de espalada, de cabeza, angustias; algo normal pero que en esa mañana exageraba la agonía del oxígeno circulando por mis arterias.

A penas podía levantar los brazos, no sentía los dedos de la mano. Terror, el miedo se apoderó de mi pero manteniendo la cabeza recta y la poca cordura en mi mente, fui capaz de confesar el miedo, de pedir auxilio. Así lo logré, la llamada a emergencias tuvo efectos, menos de diez minutos y me rodearon de batas blancas. Ojos y manos de esperanza que me hicieron confesar que en ese día no quería morir. Esas manos, esos ojos me prometieron vida, que no se me escapaba y es entonces cuando supe lo que pasaba; mi corazón marchito se apagaba, no era capaz de alimentar ese cuerpo muerto en vida.


Me deje llevar, me entregué a esos ojos con bata blanca. Desde ese momento fui consciente de que volvía a nacer, que de nuevo iba a vivir; y me aferré a la vida.


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