domingo, 3 de julio de 2016

LA NUEVA VIDA



Todos en alguna ocasión hemos querido ser protagonistas de una película o tal vez de una serie de televisión de hospitales. Yo que me declaro fanático de las series y muchas de ellas de médicos, protagonicé uno de esos capítulos, o pensé que era el protagonista pero sin bata blanca, desde el otro lado del mostrador; tumbado en una camilla.

Es difícil de narrar como pude escuchar la sirena de la ambulancia. Como desde el cuarto donde me encontraba tirado encima de mi cama, al fondo de la casa, lejos de la calle; oí esa sirena de esperanza. No logro entenderlo y más que desde su primer aviso, entendiera que era para mi, que venía a buscarme, a rescatarme de ese lodo en el que se había convertido mi cuerpo entre estiercol y desperdicios aliñado con el sentido de lo efímero y pasajero.

Llegó envestida en una túnica blanca, como diosa griega se acercó a mí, acarició mi pelo, me sonrió, me miró con ternura y postrado en sus brazos quede a merced de su voluntad. Era mi Grey que llegaba a rescatarme o tal ver a llevarme junto a un Dr. House que entre sarcasmos y dolores infernales desde lo más profundo de su alma, me salvaría para seguir con sus propias etapas grises y atormentadas de una dolorosa vida.

Sentí la confianza de la paz, de la salvación o tal vez de la mera esperanza puesta en una mujer que en ese momento me pareció la más bella del mundo.

Me subieron tal como rey a su trono en su coche sonoro, con sonidos de alerta, de urgencia, de necesidad por la prioridad de la salvación de una vida. Ese sonido que tantas veces había oído por la calle y que muchas veces pasaba desapercibido, en ese momento era el mío, era por mi vida, hermoso; casi podría decir que rozaba lo divino.

Circuló a toda velocidad, por mí; saltando semáforos en rojo, pasos de cebra con peatones hasta que llegó a las puertas de urgencias de ese lugar, donde me devolverían la vida. Era conocido para mi incluso sin salir de esa posición horizontal y sobre mí, mi salvadora que no dejaba de repetir que no era el día, que ya no moriría, que no era mi momento y que me devolvía a la vida; pero con una condición, que respetase la vida, porque tal vez mi oportunidad nunca más se repetiría. La miré fijamente, sin pestañear; y le juré respeto a esa nueva vida.

En las puertas de ese lugar de sanación todo era diferente a cuando había estado de acompañante. Las urgencias se volvieron amables. Batas blancas corrían, mi conductor volaba y todo el mundo me miraba con la única intención de que se la devolviera, con un gesto, un guiño o tal vez con una lágrima pero que suponían vida.

Llegué a una habitación con muchos ojos y luces. Me mantearon de cama en cama como volando entre nubes preso de gaviotas en el mar y palomas que observaban en el peldaño de una azotea. De ahí a una habitación oscura, un lugar de rayos donde me enseñaron el interior de mi cuerpo y allí mas caras, todas femeninas salvo la de un señor, un mago de oriente con el arte de liberar conducciones y sanar corazones, con el arte del relojero al iniciar de nuevo el tiempo partiendo de una hora punta, señalada en cero.


En un momento cuando ya no sabía dónde llegaba, cuando todo eran miradas y caricias; sentí como en cada una de mis células entraba la vida. Olores fuertes, frescor, aire, oxigeno. Vibré, sentí nacer, luces y colores dictados entre aplausos de esos amantes de la vida cuyo éxito no había sido otra cosa que devolverme la vida, o tal vez darme una nueva vida. Una suma de tiempo que en el día de hoy estoy convencido que merecía.



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