sábado, 8 de abril de 2017

VALERIA UN AMANECER PERDIDO -CAP. V- VALERIA EN BLANCO Y NEGRO

Dicen que los sueños son deseos que queremos que se hagan realidad. Durante estas horas no he estado soñando, he estado recordando, dando rienda suelta a unas gotas de nostalgia, de melancolía. La diferencia entre soñar y recordar, es que los recuerdos son deseos que han pasado, sin embargo los sueños por mucho que algunos los queramos hacer realidad, son eso, intentos de que se cumplan los deseos. Mis recuerdos además los llevo grabados en mi pecho, son reales aunque contados con el corazón. Dos personas pueden haber tenido una misma vivencia y recordarla de forma muy diferente. Recordar repitiendo exactamente esa vivencia porque la tienes en la memoria. O recordar esa misma vivencia, junto con las emociones que te ha aportado la misma, o los sentimientos que te ocasiona el volver a vivir en la memoria, ese mismo momento, ese instante inolvidable, esa gota de tu pasado que a veces se convierte en una lágrima.

Lagrimas a flor de piel son las que yo tengo en este momento. He pagado y me dirijo a la puerta que me conducirá a clase. Siento un dolor en el pecho que no me deja respirar, y en mis ojos se forma una niebla húmeda, trasparente que gotea sin parar. Estoy llorando.

A mi memoria llegan imágenes de otros años, de otros momentos, de la niñez, del primer día que fui al jardín de infancia, de cómo me agarré a los pantalones de mi padre, como sentía que me abandonaban, que me dejaban sola entre esos otros niños y unas señoras que lanzaban sus brazos hacía mi, para cogerme, para robarme. Y yo lloraba, gritaba, como si se me escapara el alma, como si esas personas tan maravillosas que hasta ese momento me habían cuidado,  que no se habían separado un segundo de mi, me dejaran, me abandonaran. Sentía que nunca los volvería a ver, que me traicionaban. Y cogía  también a mi madre, y me apreté a su brazo,  no la soltaba, y me decía que me lo pasaría bien que jugaría con otros niños. Y me soltaba, quería hacerme una foto, y no entendía nada, me dejaban, me abandonaban, y aún así quería hacerme fotos de mi desgracia, de mis lloros, de esa angustia que se siente cuando te abandonan, cuando te dejan, sin saberlo, sin tenerlo previsto. Ese vació interior que se revuelve en un sin fin de giros de emociones contradictorias,  donde la soledad, el abandono es lo único que sientes. Desprenderte de lo que mas quieres, es sufrir un dolor que atraviesa lo mas profundo del alma, y mas si te dejan, te abandonan. El mundo se hace feo, se hace todo horroroso, se quitan las ganas de vivir, de respirar, ya nada será igual. El abandono  es el peor de los sentimientos. Es una frustración, es rechazo, es pérdida, es quedarse acurrucada en un rincón sin querer levantar la cabeza, sin mirar hacia ninguna parte, cubriendo todo tu cuerpo con tus brazos para ahogarte en una agonizante lluvia de lágrimas que se deslizan como la sangre de una herida.

Porque las lágrimas son la sangre del alma. Cuando el alma es dañada, cuando está dolida, cuando es maltratada, cuando es abandonada; sangra por los ojos, y se siente en un llanto vacio, descarnado. Infame castigo el abandono, cobarde, miserable y destructivo. Así yo cogida de mi padre y de mi madre, no les soltaba, y me sentía abandonada por aquellos seres que en ese momento para mi, me despreciaban, me traicionaban, arañaban con unas finas uñas cada centímetro de mi corazón. Y mientras, unas señora rubia con ojos de loca, riendo sin parar, decía -vente bonita conmigo-¿quien era?, porqué querían que fuera con ella, porque ni mi padre ni mi madre me cogían, porqué no me libraban de esos ojos infernales que alargaba su mano hacía mí, y me arrastraba, y mi cara contra él suelo caía, y no hacían nada. Que estaba pasando, porque no me libraban, porqué se apartaban y se alejaban de mi. ¿Porqué me castigaban?.

La agonía duro, no sé, cuatro, cinco, seis horas, o muchas más. Una eternidad, un infierno de lágrimas y de angustia me invadió durante todas esas horas. No paré ni un segundo, me sentía en un sitio extraño, rodeada de niños jugando con lápices de colores, y esa mujer de ojos saltones que no paraba de gruñirme para que me callara. Y era insufrible, no lo podía evitar, había sido tirada allí por mis padres, mis personas más queridas. Habían sido ellos y solo ellos los que me habían dejado, y era imperdonable, y como niña tan solo podía manifestar mi angustia con las lágrimas. Lágrimas que eran de pánico y también de odio. No recuerdo otro momento en que los haya odiado de esa forma tan visceral, tan profunda, tan enérgica.

Pasaron esas terribles horas, y yo, ya sin gritar pero con las lágrimas cayendo de mis ojos, ya no como una tormenta, sino la lluvia persistente de un día de otoño, de pronto, sin esperarlo, sin saber que esa tortura tenía un final, de pronto y sin avisar, esa señora de pelos rubios mal peinados, de ojos saltones como sacada de una película de terror, me cogió de la mano, y yo se la retiré, el pánico me invadía, ¿donde me llevaba?, ¿que quería hacer conmigo?. Me tomo en brazos, no sin recibir alguna patada mía, y me sacó fuera de esa habitación plagada de mocosos que se metían los dedos en la nariz, y al parecer antes de la hora, fuera de ese infierno pude ver que al otro lado de la puerta se encontraba mi madre. Se me apareció la luz, había vuelto, no me había dejado. La señora de ojos saltones, que me llevaba en volandas, me puso en los brazos de mi mami. Me cogió fuerte, me apretó junto a su cuerpo, note cientos de latidos de su corazón. Me apretó mas y mas, me besó, secó mis lágrimas que de nuevo se convirtieron en tormenta. Puso mi cabeza sobre su hombro y con sus manos me daba unas palmaditas en la espalda, no se si para consolarme o para avisarme de que había sido mala, que no me había portado bien.

Salimos de ese edificio de los horrores, y ya en la calle, fuera de la mansión del terror, allí, con los brazos abiertos se encontraba mi padre saliendo del coche que había dejado en doble fila. Me llamo por mi nombre, ¡Valeria,Valeria amor mío!, ¿amor suyo?, si me había dejado tirada entre brujas y niños diabólicos, como podía decirme eso. Seguí llorando, y aunque todavía quedaba algún rastro de odio en mi interior, de los brazos de mi madre, los primeros que había sentido después de aquel horror, me cogió me lleno la cara de besos, y lloró, y compartió sus lágrimas con las mías, y mi madre también nos abrazó, como si ellos también quisieran compartir mi angustia, mi dolor, pero sentí tanto amor, el amor del hogar, que las lágrimas se deslizaban por mi rostro, sin odió, sino con felicidad. ¡Y sorpresa!, del coche también salió mi abuela paterna. No comprendía nada, ¿porqué estaban todos allí?, no sabía que fuera un día especial, que comenzaba algo que iba a durar muchos años, y mi abuelita, también me cogió, y lloraba más que nadie, y me comió a besos, tantos que ya no era capaz de digerirlos, y la abracé, tan fuerte como pude, con tan solo cinco años. Me habían rescatado tras abandonarme, y no lo entendía. No comprendía que ese momento, en que por primera vez salía del nido familiar, todos habían sufrido durante esas eternas horas tanto o más que yo.

Pero mi sorpresa no acababa con esos abrazos, de repente, mi madre empezó a sacar del coche, una muñeca, un osito, otros regalos que ya no recuerdo, y no entendía nada. El dejarme allí tirada, sin su protección, sin sus cuidados; tenía recompensa, tenía premio. El premio que no siente el apremiado, porque no había regalo alguno que calmara mi dolor, como ese ramo de flores que te manda tu novio cuando la noche anterior te dice, que no seguimos, que quiere romper, que no quiere seguir contigo.

Qué  momento más extraño para recordar lo que ha sido mi única relación con un chico. Vaya momento éste. Mientras estoy aquí entrando por la puerta de este edificio buscando entre empujones  que clase me toca.

Ya he contado que hasta ahora había tenido dos relaciones que se puede resumir a una, porque la primera fue un pequeño rollito que no duró más de cinco días. No dejó huella en mi, tan solo fue una experiencia que terminó como empezó, mal. La otra relación fue mucho mas intensa. No duró mas de seis meses, que parece poco, pero ahora me parece una eternidad. Fue el año pasado. Un chico de clase que me enamoró por su persistencia. No sabía quién era, en clase más o menos éramos el mismo número de chicas que de chicos, pero cada día en mi pupitre, entre mis papeles, cuando estaba descuidada, me dejaba una nota. En algunos casos eran poesías de amor, otras hablaba de mi, de lo que le gustaba, de como sufría su corazón cada vez que le miraba. Yo no sabía quién era y empecé a tener una curiosidad casi paranoica. Durante las clases no miraba al profesor, no atendía lo que explicaba; me pasaba las horas mirando la cara de cada uno de los chicos para intentar descubrirlo.

Sospechaba del que me miraba al mirarlo yo, del que me sonreía, el que me saludaba al llegar a clase, del que me decía adiós al salir. Estaba en un mar de dudas y con una sensación de incertidumbre que me gustaba. Pasados unos días, cuando incluso ya me empezaba a molestar tanta notita anónima, al salir de clase, de repente, siento que una mano se posa sobre mi hombro. Se trataba de un chico que conocía de hacía bastantes cursos pero que no habíamos mantenido una relación más allá de un saludo o de una conversación tomando un café. De repente, tintada toda su cara de color de rojo, me dice que era él. Que me estaba mandando notitas ya hace tiempo que si las había leído. Yo como me había quedado un poco impresionada por el momento, le dije que sí, que eran muy bonitas y le pregunté por el motivo. Me dijo, que ya hacía dos años que estaba enamorado de mi, que le gustaba muchísimo pero que como nunca coincidíamos en ninguna reunión, ni los amigos eran comunes, nunca había podido decirme lo enamorado que estaba de mi. Me quedé de piedra. Varios años y yo sin notar nada, sin sentir que unos ojos te miran, que le gustas a alguien, y eso que según dicen las chicas tenemos un sentido especial para detectar esas cosas. Me preguntó que si me apetecía tomar algo, y yo como estaba todavía dentro de toda esa confusión e impactada por la noticia, le contesté con un si, que ni yo lo pude oir.

Ya en la cafetería, le deje hablar. Yo no sentía en ese momento nada por él. Nunca me lo había planteado, ni me había fijado. Me gustaban las notas de amor que me dejaba, soy sensiblona con ese tema, pero como no le había puesto rostro a esas palabras, no sentía nada. Habló y habló sin parar, no se si por nervios o porque de una vez se había liberado mostrándome su corazón, y me gusto, lo que decía, lo que hablaba, su tono de voz, su timidez liberada. Le sonreía, y tras unas dos horas empezaba a gustarme, mas aún me estaba colando por él.

Cuando llegué a casa, no podía dejar de pensar en otra cosa. Primero llamé a mis amigas y alucinaron. Después se lo conté a mi madre. Primero se quedó sin palabras, hizo un té, y las dos nos sentamos en el sofá naranja de casa, juntitas con una manta sobre las piernas porque a las dos nos gustaba, y como niñas no paramos de reir, ella feliz por mi, y yo como una tonta. Como una enamorada, que se ríe sin sentido y no para de decir estupideces. Y me pregunto que como era, que como lo había conocido, si nunca me había fijado en él; y mientras contestaba, no me lo podía creer, tan solo me había tomado un café con él, y ya necesitaba verlo de nuevo, oir su voz, poner su foto en mi mesilla, en mi cartera.

Conforme subo estas escaleras que se me están resistiendo después de estar no sé cuantas horas en esa cafetería, sigo recordando aquella tarde. A mi madre fue muy fácil decírselo, no sé bien, éramos madre e hija, pero también hermanas y me sentía más suelta con estos temas con ella que con mi padre, con el que tengo toda la confianza del mundo, pero no se, es otra cosa, y así ocurrió.

Cuando a las dos horas de la noticia de que tenía novio, bueno que había conocido un chico, pero para mi ya era mi novio para toda la vida, llegó mi padre y por supuesto que no se lo pensaba ocultar. Mi madre, que siempre ha sido muy borde, no hacía más que pincharme, de cómo se lo diría, que si se lo iba a presentar, que se iba a volver loco. Hasta que llegó mi padre fue una auténtica tortura. Entró por la puerta, y como siempre nos dio un beso a cada una. Mi madre estaba haciéndose otro té y algo de cena, aunque no era lo habitual, lo normal es que cocinara mi padre, desde pequeña le he visto ir a la compra, hacernos la comida el domingo para toda la semana, hacer la cena. Y no le era un sacrificio, le encantaba. Los sábados por la mañana siempre hacía la compra en el hiper. Se levantaba pronto y feliz porque todo eso forma parte de un hogar, se iba a comprar, y cuando podía, la mayoría de las veces, yo de pequeña le esperaba el sábado por la mañana despierta para irme con él, me encantaba que me subiera en el carrito de la compra e ir subida en él por los pasillos del hiper. Después llegar a casa, sacar la compra que eso lo hace mi madre, almorzar juntos, y como todos los sábados ir a comer a casa de mi abuela paterna junto con mis tíos y alguna vez mi prima. Así era y sigue siéndolo. Luego por la tarde, o nos íbamos de compras o al cine, a cenar a algún sitio. Ellos siguen haciendo esas mismas cosas los sábados por la tarde, a veces también se van de copas, y yo hace tiempo que por la noche los sábados voy con las amigas, pero en muchas ocasiones no me apetece y sigo haciendo esas mismas cosas que hacía desde pequeña. Hiper por la mañana, comida en casa de la abuela y luego por ahí con mis papis, porque son mis mejores amigos.

Yo estaba pensando en el momento que mi padre entro por la puerta cuando conocí a mi novio, y bueno me he ido por las ramas y ya casi estoy llegando a clase. Es lo mismo. La mayor de nuestras libertades es pensar lo que queramos, otra cosa es poder o querer expresarlo. Bueno, volviendo al inicio. Mi padre entró, nos dio un beso mi madre estaba en la cocina y yo sentada en el sofá naranja mirando la tele o mejor haciendo como que la miraba. Mi padre empezó a mosquearse porque mi madre no paraba de toser de canturrear cierto nombre, y de pronto mi padre que no se había quitado ni la corbata,  puso la cartera en su sitio y se sentó. Dijo: -de aquí no me muevo hasta que no me conteis alguna de las dos lo que está pasando-. Mi madre desde la cocina, decía que ella no tenía nada que contar, pero que Valeria lo mismo si. Mi padre se sentó a mi lado, muy juntito a mí para ponerme más nerviosa, e insistió, ¿que me tienes que contar?. Mi madre seguía en la cocina, pero de vez en cuando echaba un vistazo al comedor, y al vernos tan juntitos, se moría de risa. -Mira papi- le cogí de las manos, -es que he conocido a un chico, y me gusta-. Mi madre cotilleando desde la cocina y mi padre sin soltar mis manos las fue abandonando poco a poco, se quedaba sin fuerzas, el nudo de la corbata le impedía respirar y un color rojo se le subió a la cabeza, que mas que eso parecía una gran calabaza recién sacada del horno. Respiró a duras penas, soltó mis manos, se aflojo el nudo de la corbata, se levantó, se quitó la chaqueta y la colgó en una silla, se dirigió a la cocina y sin dejar de mirar a mi madre que tenía dibujada en su cara una sonrisa muy tonta, abrió el frigorífico y cogió una cerveza. Después sin soltar palabra, de nuevo se sentó a mi lado, bebió un trago importante de la cerveza y cuando ya se encontraba un poco recuperado, me dio un beso y me pidió que se lo contara. Y lo hice, y cogió mis manos de nuevo, ahora las apretaba, y le gustaba lo que le contaba, de sus ojos comenzaron a caer unas poquitas lágrimas, y me miro sin pestañear, y llorando se acercó  a mi cara y me dio un gran beso. Un beso que limpiaba otros besos, los ajenos, pero sabía que era feliz, porque era una historia bonita, porque no le había ocultado detalle y también era feliz de verme enamorada aunque con el temor de que ese chico alguna vez me hiciera sufrir, lo que al final así ocurrió.

Mi padre, que yo sabía que para él esto era un golpe, se puso a llorar ahora a pleno pulmón, sin dejar de preguntarme: -Valeria, hija, ¿porqué te has hecho mayor? ¿porqué?.

Después de hacerse esa pregunta una y otra vez, y abrazándome tan fuerte como si algo se le escapara, como si estuviera perdiendo algo tan valioso como su propia vida, ya mas tranquilo, me empezó hacer cientos de preguntas; que como era, que como lo había conocido, si era guapo, si me quería mucho, si quería que lo matara..¡¡jajaja!!. Cuando le comenté que lo acaba de conocer, que no había tenido con él mas contacto que un café en una cafetería, su pregunta era normal: ¿y ya es tu novio?. Claro es que la mama desde la cocina no hacía más que decir con un tono de cachondeo: -¡Valeria tiene novio!-¡Valeria tiene novio!. Graciosilla. Pero no le faltaba razón para mí ya era mi novio, y eso no era algo que pudiera extrañar a mi padre, es el más creyente del mundo de los flechazos, de los amores a primera vista. Este lo era, pero tanto como a primera vista, no. A mi me tuvieron que dar la vista para fijarme en este chico, tuvo que llamar la atención con sus notitas y sus palabras, sino hubiera sido así, lo normal es que jamás me hubiera fijado en él. Mi padre por supuesto que ya quería conocerlo. Que lo invitara a casa a cenar o en un restaurante. Le tuve que frenar los pasos, no había hecho más que conocerlo, pero la ilusión, la mágica sensación del amor se había apoderado de mí, y es cierto, estaba deseando que lo conocieran mis padres, de mostrar al mundo entero que estaba enamorada, y que él era el amor de mi vida.

Después de ese primer contacto, donde yo ya me encontraba totalmente enamorada, los días se sucedieron entre paseos cogidos de la mano, de besos entregados y recibidos. Noches de cine con las manos entrecruzadas, para que no se escapara nada de nosotros. Días en clase sentados juntos, mirándonos sin importarnos nada mas en el mundo. Fantasías detras de cada esquina que me hacían vibrar, sentir latir su corazón y romperme el mío con la magia del deseo y de la necesidad de la persona amada.

En esos primeros días todo era perfecto. Ese amor lo compartí con mis padres, no les estaba privando de nada mío, ni una gota menos de cariño. Lo compartía con ellos, para que también participaran de mi felicidad, para que mi dicha la sintieran, aunque como no puede ser de otra forma, algo les restara de mí, pero poco, siempre encontraba el momento para la recompensa.

Como deseaba compartirlo, y mi padre estaba deseoso, impaciente por conocer a ese chico que le estaba robando a su pequeña, a su Valeria, ideas suyas, porque siempre seré su Valeria. Concertamos una noche para salir los cuatro juntos a cenar y así poder presentárselo. Mis padres propusieron que lo trajera a casa, pero a mi me pareció mas relajado cenar en un sitio público, un sitio neutral donde todos estuviesen mas relajados.

Esa noche llegó. Mis padres llegaron por un lado y nosotros por otro, para evitar una repentina llegada de él sin nadie donde apoyarse. Según me contó mi madre, varias horas antes mi padre no hacía mas que dar vueltas por la casa. Se sentaba en los sofás naranjas y se levantaba. Salía a la terraza y se fumaba dos o tres cigarros. Volvía a entrar y se tomaba una cerveza. De nuevo se sentaba, se levantaba, salía, entraba, otro cigarro, otra cerveza. Estaba nervioso y celoso, en esos momentos lo odiaba, pero a su vez lo quería, porque a mi me quería. Se tuvo que tomar unos tranquilizantes, según cuenta mi madre para poder aguantar el encuentro con el hombre que me amaba, con el chico que había secuestrado el corazón de su niña, que hasta ese momento era exclusivo de él.

Como no podía ser de otra forma, mis padres llegaron antes al restaurante, uno elegido por ellos, nos invitaban. Llegaron como media hora antes, por si se perdían los postres. Entramos por la puerta, miramos entre las mesas, y allí estaban los dos cogidos de la mano. Más bien, mi madre sujetaba la mano temblorosa de mi padre. Nos acercamos, mi novio y yo hacía la mesa y comprobé como de reojo mi padre lo examinó de arriba abajo y de derecha a izquierda, lo que se dice un examen rápido y completo. Empuje a mi novio hacia la mesa, pues también tenía sus nervios, mis padres se levantaron, se hicieron las presentaciones y nos sentamos. Yo solo miraba a mi padre y una especial ternura me cubría , como una sábana de cariño al verlo, allí sentado y con los ojos enrojecidos.

Después de unos momentos de silencio, que yo trate de llenar hablando de mi novio, de sus estudios de sus origenes de sus ambiciones, todo se relajo a la hora de pedir la comida, el vino. Conversaciones la mayor parte triviales, como no puede ser de otra forma en ese primer encuentro, y todo empezó a funcionar con más tranquilidad, con menos carga sentimental.

Al finalizar, yo me fui con mi novio a dar un paseo y mis padres a casa. Al parecer les había gustado. A partir de ese día, todo fue mucho más natural. Mi padre y mi novio tenían muchas conversaciones sobre la vida, y él pasaba muchas tardes en casa, por lo que su presencia ya era algo habitual y la normalidad se dejó  caer entre todos nosotros.

Ya había llegado a la puerta del aula, pero estaba cerrada, por lo que encontré un huequecito en un banco repleto de otros estudiantes para de nuevo esperar, y  recordando ese primer encuentro y los días posteriores me doy cuenta de que constantemente he nombrado a ese chico como mi novio. Si me gusta la palabra novio. No esas alternativas del chico con el que salgo, del amigo fuerte, del compañero. No, era mi novio. Teníamos una relación más allá del compañerismo o del salir a la calle juntos. Era mi novio y no hay nada mas que hablar.

Pasados unos meses también quería presentarlo al resto de la familia, era mi novio y quería pasearlo, presentarlo, exhibirlo. Un sábado, como todos a medio día, fuimos a comer a la casa de mi abuela paterna, y vino él. Allí estaba mi abuela, mis tíos y mi prima, y por supuesto mis padres. Esa experiencia fue mucho más fácil. Mi abuelita materna se alegra de las alegrías ajenas y más si son de su nieta. Y no solo eso, le encanta estar rodeada de gente, de que nos reunamos todos juntos, de que haya conversación, que se hable y se disfrute de cada momento en familia. Es muy familiar, y no puedo evitar decir lo que la quiero, media infancia la pasé entre sus brazos, en su casa, jugando con ella, cuidándome mientras mis padres trabajaban. Mi nacimiento la hizo rejuvenecer, mas aún de lo que está a pesar de su edad. La hizo sentir de nuevo experiencias que ya había tenido con mi prima, pero la diferencia de edad fue para ella un rejuvenecer. Como siempre dice, los niños son la alegría de la casa, y mi nacimiento fue el mejor regalo que mis padres le pudieron hacer. De nuevo se sintió útil, necesitada y encantada de tener a alguien que cuidar. Si, media infancia la pase a su lado y la tengo siempre en mi corazón, y la visito todo lo que puedo, además de los sábados a comer, porque cuando le doy la sorpresa de llamar al timbre de su casa y decir que soy Valeria, se vuelve loca y al abrir la puerta me regala un ramo de besos y abrazos, como los que a mí me gustan. Esos besos sonoros. Los besos sentidos con el vértice del alma.

Y así pasaron dos, tres, cuatro meses desde que tuve novio. Cada vez pasaba más tiempo en casa. Repitió en muchas más ocasiones la comida del sábado en casa de mi abuela. Y pasaron esos meses y otros mas, paseando, yendo al cine, saliendo por la noche, estudiando en casa, en clase; y yo no necesitaba nada mas, tan solo pasar el máximo tiempo posible con él. De repente llegaron unos días donde yo lo encontraba extraño, distante, como en otra parte cuando estábamos juntos. No le di importancia, también era época de exámenes, y era normal que tuviera la cabeza en varios sitios a la vez. Al contrario que pasaba con mi familia, a la suya tan solo la vi en dos o tres ocasiones. Tampoco le di importancia, toda la gente no va a ser igual que yo, y él familiarmente era más desprendido, había tenido una infancia y una relación familiar diferente.

Cada vez venía menos a casa, mis padres me preguntaron si pasaba algo, yo no sabía que contestar pues nuestros encuentros también se limitaron y no quería alarmarlos. A veces salía de casa e iba a estudiar a casa de una amiga y yo les decía que estaba con mi novio. No los quería hacer sufrir, pero mi dolor empezaba a notarse, la tristeza en mis ojos y sin poder evitarlo las lágrimas; y eso ya no lo pude evitar.

Mi padre quería hablar con él, me habían pillado llorando sola en mi habitación, tumbada en la cama sobre la almohada, que hacía a su vez de colchón de mi pena, del vacío que empezaba a sentir, de la tristeza marchita que te corroe todo el cuerpo, del abandono, de la pérdida. No deje a mi padre hacerlo. Sé que una vez lo llamó por teléfono, y no se si fue para bien o para mal, su intención era protegerme y por lo tanto no cabe discusión.

Yo harta de llamadas sin contestar, de preguntas sin respuestas o con evasivas innecesarias; ¡era mi novio!, ¡le había dado todo de mi!, no lo entendía. No comprendía el alejamiento y las miradas cruzadas sin detenerse el uno en el otro. Yo lo quería como el primer día. Yo lo amaba con toda mi alma, y no entendía nada. Ningún suceso extraño había pasado, nada para que tuviera esa actitud hacia mi, ¿que le había hecho?, me preguntaba una y otra vez.

Después de varias semanas vacías, donde estábamos juntos pero él muy lejos, a muchos kilómetros de mí, de su boca salieron las palabras que nunca quise oir. Unas palabras para la que no estaba preparada, no las había ni imaginado, ni me había planteado como una posibilidad; me dijo que me dejaba, que no quería seguir junto a mi, que estaba empachado de mi presencia, que le había robado su libertad, que me fuera con mi papá, que necesitaba aire para respirar, que había ocupado todo su espacio. Que se había dado cuenta que no me quería.

Rota como una flor acechada por el viento, me quedé sentada en ese  banco del parque al lado de mi casa, cuando lo ví levantarse, marcharse, sin un adiós, sin nada, tan solo un movimiento y en un instante ya no estaba.

No lo podía creer. Le llame cientos de veces a su teléfono y no recibí contestación, lo llame una y otra vez hasta que mis dedos ya no acertaban a marcar su número. Estaba paralizada, sin creerlo, pero sin poder moverme. Vacía por dentro y por fuera. Despreciada, abandonada, sin sus poesías, sin sus besos, sin su mano sobre la mía. Me encontraba destrozada, cobijada entre mis lágrimas tapadas por mi melena, y sola, ácidamente sola; con esa soledad que no es la buscada.

Inmóvil allí sentada, paso una hora y otra hora. Hacía frio pero no sentía nada. Llegó la noche y pasaron mas horas. Ya era media noche y yo seguía allí clavada. Mi teléfono empezó  a sonar, miré de reojo, sin la esperanza de que fuera él, sabía quién era. Eran mis padres, era tarde y yo siempre avisaba cuando me iba a retrasar en llegar a casa. Y no contesté, sabía que les estaba haciendo sufrir, que mi silencio les haría pensar lo peor, que había tenido algún problema. Insistieron llamando, y yo sin responder. Solo esperaba en ese momento que me llamara él, pero eso no pasó.

Pasaron otras horas y no cogía el teléfono. Sabía que a él también le estarían llamando y que tampoco contestaría. ¿Porqué les estaba haciendo sufrir?, no lo sé. Era la primera vez que hacía primar mi sufrimiento sobre el suyo. No me importaba nada ni nadie. Estaba abandonada, y ese sentimiento es el más doloroso para una chica como yo, que siempre ha sido cuidada y querida.

Las cuatro de la mañana, y de repente, y no sé  porque razón y como lo pudieron saber, que de repente sentí una mano sobre mi hombro, y más manos sobre mí. Eran mis dos papis, con su cara tapada por el miedo abrazando lo poco que quedaba de mi, intentando alentarme, darme aire, acariciando la nada, porque yo no era nada en ese instante. Y ahí estaban como siempre. Sin malas palabras, con su silencio sonoro, con sus labios besando mi cabello, y sujetando mi corazón para que no se escapara, y doloridos, incluso más que yo.

Solo oía ¡hija mía!, ¡Valeria mi niña!, ¡Valeria mi amor!. Como pudieron me levantaron, me cogieron en brazos. No podía caminar, de repente no cabía en este mundo, estaba rota, encogida, desarmada y muy desgraciada.

Como pudieron me llevaron a casa. Esa noche, ya casi madrugada, mi madre se quedó conmigo tumbada en el sofá naranja. Juntas abrazadas y sin mediar palabra.

Mi padre, sentado en el suelo todavía no había superado el miedo de esas horas sin saber de mí. No había digerido lo que había pasado, dejó pasar esa noche, casi madrugada, sin palabras.

Pasaron días, semanas, sin prácticamente moverme. Estudiaba un poco, algún día iba a clase, pero él nunca estaba, había desaparecido entre la nada. Mis amigas me protegieron, me ayudaron a pasar esos exámenes. Estudiaban conmigo en casa, y prácticamente a la fuerza metían cada examen en mi cabeza.

Desde entonces, ya no soy la misma, aunque sigo creyendo en la poesía, en el amor puro y romántico. En las palabras hermosas y los besos sentidos.

Por fin abrieron el aula. De repente todos querían entrar a la vez. Yo a la espera, para buscar una esquina un rinconcito donde sentarme, donde quedarme a solas.

Sigo adelante y he llegado hasta aquí, gracias a mis amigas que tanto me apoyaron, que con su esfuerzo pude aprobar la selectividad, y sobre todo porque mis padres se merecen este esfuerzo, el seguir viviendo,  de una forma u otra. En la nostalgia y en la melancolía. Todo este esfuerzo es por mis papis. Los que nunca me fallaron ni me fallaran. Lo hago por los dos porque me amáis desde aquél día siete de septiembre de hace dieciocho años. Os quiero.


Hoy, aquí sentada en mi rincón, en un pupitre cercano a la pared, abro esta carpeta con la que se inicia esta nueva etapa de mi vida. Hoy papi, empieza mi primera clase de derecho. Tú has elegido por mí, cuando yo no era capaz ni de mirarme al espejo. Espero pasar contigo y con mama muchas horas estudiando juntos, porque eso es lo que quiero, porque eso es lo que tengo. Los tres juntos como siempre. Comienzo esta carrera de Derecho, pero no estoy sola: estamos JUNTOS.



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