sábado, 29 de abril de 2017

VALERIA Y EL TREN -CAP II- EL SILENCIO DE VALERIA


En silencio Valeria llegaba una vez más a esa estación londinense de Tottenham bajando del tren como lo hacía últimamente, sin mirar al frente, siguiendo tan solo sus pasos, uno tras de otro; sin apenas puntos donde detenerse. Valeria no camina por el mundo tan solo andaba de un sitio a otro huyendo de la vida, de esa que no quería para ella y que se le arrebato una noche de otoño, de una estación que no consiguió ver acabar.

Bajó del tren y cogida de su mano sin separarse de si misma caminó saliendo de la zona de los andenes donde tiene su llegada el Stanted Express. Sin correr pero a paso rápido se dirigió al metro, descendiendo a las entrañas de la ciudad por túneles y pasillos, de lo que a ella le gustaría fuese un camino sin final. A muchos metros de profundidad se sentía cómoda, aislada, ajena a la realidad e inmersa en la suya, en esa donde nunca sale el Sol y donde la rabia la domina y devora tanto amor como cultivo en otros años su corazón. Valeria estaba consumida, apenas pesaba cuarenta y pocos kilos, su piel se había apoderado de su rostro en su época redondito y suave como lo era el de su mamá. Tan parecida a ella, tan amigas antaño; tan alejadas y extrañas en el presente. Lejos del amor Valeria no sabía ni caminar.

Bajó en la estación de Notting Hill y camino durante al menos unos quince minutos, lo hizo lento, sin precipitarse. A Valeria no le apetecía llegar a esa casa que compartía con cinco chicas mas, todas de su edad aproximadamente. Tan solo mantenía relación algo mas que del saludo con su compañera de cuarto en el piso de arriba de la casa. Se trataba de April una chica danesa con la que charlaba en alguna ocasión, meramente cruces de palabras de la vida doméstica, porque Valeria no hablaba con nadie. Casi todos ya sabían algo de su situación y aunque sin ser conscientes de lo que a ella le trascendía, todos respetaban su silencio, no sentían pena por ella porque la admiraban. Dentro de su tristeza y su actual delgadez exagerada, Valeria conservaba una belleza distinguida, fina y elegante en las formas y una grandísima austeridad en su forma de vestir, en sus necesidades y deseos. Como ella decía cuando se le increpaba, cuando acabas con los deseos consigues la libertad. Esa forma de pensar la llevaba a los extremos más lejanos. A todos le llamaba la atención el contenido de su armario. Este se limitaba a siete camisetas blancas de manga corta de algodón blanco, cuatro jeans del mismo modelo, tres jerséis de lana gordos, un anorac de plumas y un abrigo con capucha. Su calzado se componía de tres pares de zapatillas Adidas blancas. Todo ello se complementaba con el uniforme de trabajo que usaba exclusivamente en el restaurante, calcetines y ropa interior de lo mas básico; siete sujetadores y siete braguitas blancas de algodón. Todo ese era su mundo de propiedades al que solo se lo podía añadir un ordenador portátil que últimamente no usaba y un teléfono móvil que empleaba de despertador y de reloj porque carecía de otro instrumento para saber la hora. Ese era el mundo de Valeria y su silencio, su mundo sin palabras, su vida con lágrimas en los ojos, sin ideas, sin pensamiento, sin opinión. Valeria no hablaba, tampoco callaba porque todo lo que tenía que decir, lo transmitía con su potente mirada.

No pensaba estar mucho tiempo en esa bonita casa de la que Valeria no daba importancia. Entraba a trabajar en un par de horas en “El Santander”, restaurante en el mismo centro de Londres en el llamado barrio del Soho junto al barrio Chino. Distrito repleto de restaurantes, de locales de copas, de pubs; el lugar mas propicio para pasarlo bien en esa ciudad que a veces era tan solo una diversión a la hora del pub, sobre las siete de la tarde cuando las oficinas del centro cierran y todos salen como ratas a tomarse sus pintas y a vomitar sus miserias en los concurridos pubs de esa decadente pero atractiva ciudad.

“El Santander” era un restaurante muy cotizado pues pertenecía a un conocido chef con estrella Michelin. Su fama se encontraba en ofrecer una cocina típica española con notas muy creativas y originales de Nacho el conocido chef. Todo lo que pasaba por sus manos lo convertía en oro porque en definitiva como ocurre con todas las cosas en este mundo, una vez que ganas la gloria social, ya todo llega de la mano, sin pensar; de éxito en éxito o en su adverso de fracaso en fracaso. Para Nacho todo eran éxitos y reconocimientos desde que obtuvo esa preciada distinción del fabricante francés de ruedas.

Valeria trabajaba en la cocina preparando alimentos antes de su elaboración, es decir: cortando y picando, aunque en el proyecto de Tania la metre y encargada de la sala, tenía puestas sus esperanzas en que atendiera a clientes. Le tenía mucho aprecio, quería a Valeria y tal vez la protegía, pues no en vano fue la persona que le dio el trabajo después de aquellos días que apenas podía recordar y menos aún al día de hoy contar. Tania era una amiga de su padre que la había conocido en el restaurante próximo a su oficina donde comía a diario y que como consecuencia de la apertura de ese restaurante fue a trabajar a Londres. El padre de Valeria le suplico ayuda para su hija en aquellos días en los que Valeria no existía, en esos en los que Valeria dejo de vivir y se prometió en matrimonio con la muerte.

Tania tampoco hablaba a Valeria, nada más que para darle órdenes e instrucciones de trabajo. Así lo hacían todos, no solo por respeto a sus deseos de limitar las comunicaciones, sino porque le tenían cierto temor a las reacciones de Valeria al tener constancia de alguna reacción desagradable de la misma.

Valeria odiaba todas esas vanidades que rodeaban al restaurante. Se reía cínicamente cuando veía como se cocinaban algunos productos con margarina y lo presentaban como típico español. Vio como unos calamares a los que llamaban crujientes con una emulsión extraña, los pasaban a la freiduría con margarina y que ese sabor raro lo identificaran con alguna creación maestra de Nacho el chef. Pero ni opinaba ni levantaba la mirada, tan solo le daba asco todo lo que rodeaba a la fabricación de comida cuando de lo único que se trataba era de alimentos. En su día lo hubiera criticado e incluso lo habría escrito en su blog, ese que se había hecho con cierta fama llamado “Valerinas”, es decir, las manías y cosas de Valeria. Blog que tenía olvidado, apartado de su vida en silencio, donde no cabía ni la palabra escrita en ese momento.

Saludo a April que se encontraba estudiando en su cuarto, entro al suyo el tiempo justo para dejar su mochila, sacar la ropa sucia, quitarse la ropa, coger una toalla y pasar al cuarto de baño común para las dos habitaciones del piso superior, es decir, para ella y April y a veces, para alguna de las otras compañeras cuando el baño de abajo se encontraba ocupado y entraba una urgencia. Se dio la ducha y de nuevo; pero limpio se vistió como llegó, camiseta blanca, jeans lavados, zapatillas Adidas blancas y el anorac porque siempre era posible que callera alguna gota de lluvia en esa ciudad habitualmente mojada por las nubes y por las lágrimas de tanto ser perdido entre sus calles, huidos de las injusticias o tal vez buscadores de felicidades soñadas.

Y otra vez en el tren, aunque fuese el metro hasta el Soho, era un tren que circulaba por las tripas de la ciudad. La vida de Valeria se movía entre túneles y caminos de hierro. Momentos sublimes donde aprovechaba su soledad ante la jauría humana, para pensar, recordar y muchas veces para llorar. Aquel día recién llegada de su amada ciudad de nacimiento, fue para llorar. No había visto a su madre en ese viaje, no estaba aún preparada, no conseguía quitarse de su cabeza los sucesos de aquel día de septiembre. Apenas vio a su padre, escasos vente minutos para oir sus súplicas sin que él se llevara contestación por su parte. Valeria no hablaba y a eso ya se iban acostumbrando. Ese viaje fue para tramitar documentación que le era necesaria y poco más. Fueron unas escasas setenta horas las que estuvo allí y a fin de no rozarse con nadie, las paso en casa de su abuela paterna que le permitía estar sin existir, sin dar señales de más vida que la de respirar. Su abuela no era culpable de nada, es más; sufría las consecuencias como ella y a diferencia de muchos otros entendía su penuria, su dolor. Su abuela lloraba y eso le acompañaba a ella. Prefería las lágrimas a las risas. Era muy triste pero así Valeria podía pasar la página de los días, pero no el libro, ese con el que le había tocado vivir para el resto de sus días.

Esa gente que por las mañanas dormitaba en el metro, a la hora de la tarde ya despiertas, estaban atentas a todo y sus miradas se fijaron en Valeria, en esos lagrimones que partían de sus ojos con destino desconocido, perdidos en nostalgias, culpas y reproches. No era odio, era terror, fraude, decepción; abandono. Valeria se sentía tirada, como ese perro en la gasolinera. No sentía amor por ninguna parte. Esa persona que se sentía afortunada por el amor en aquellas reflexiones en su primer día de universidad, ahora se sentía despreciada, apartada del mundo y ajena a sus movimientos.

Se puso a llorar y todos la miraban, pero Valeria que se había marginado de la mismísima realidad no percibía tal atención; no era consciente de que la pena había invadido a aquel vagón de metro, de sus gentes; de aquellos que ahora no pensaban en sus miserias sino en la lástima de Valeria.  A la mayoría seguro que le daba pena aquella chica de grandes ojos y sus lágrimas, otros por el contrario se consolarían pensado que ellos no eran solamente los desgraciados, que incluso las guapas lloraban, aunque es cierto que aquel no era el mejor momento de Valeria, sino que era su tránsito del todo a la nada, de la felicidad a las ganas de no estar, de ser invisible incluso para si misma.


Valeria ajena a los murmullos, a las miradas de los pasajeros del metro, siguió en su mundo del tren; no podía quitar de su pensamiento la cara de su madre aquel día tirada en el suelo, sin apenas poder respirar. No podía retirar de su mente ese momento en el que bajo un ataque de locura su mano se empotro en plena cara de su mama, en esa que tan solo había conocido por los besos que le daba. Valeria no podía respirar, tan solo recordaba el terror de su madre tumbada en el suelo, los gritos de su padre, las batas blancas, las carreras, las sirenas en la calle. Valeria no podía soportar esas imágenes y su locura, su fuga, su carrera a la nada. Valeria no quería vivir en ese momento, necesitaba que el tren parara, quería bajar y arrancar de su cabeza la cara de su madre tumbada en el suelo junto con un charco de sangre.



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