viernes, 6 de abril de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO VII


La habitación cada vez se copaba de mas sombras. Paca sentada en la mecedora con su mirada fija en la ventana, tan solo se escapaba de sus pensamientos, cuando un rayo de luz caía desde el cielo e iluminaba la habitación, a penas sentía, pero tenía miedo. Siempre tuvo miedo a las tormentas, pero ahora no era capaz ni de encender unas velas. Las tenía a su derecha, solo tenía que mover un brazo y tomarlas y prenderlas con un fósforo, pero le pesaban las manos y a penas se movía, solo la luz de los rayos llegaba por la venta y la habitación crujiendo con cada trueno, le alteraba conforme se acercaba lo mas duro de la tormenta, lo peor aún no había llegado.

Giraba con movimientos cortos su cabeza, intentando alcanzar con su mirada la puerta, que entre abierta no paraba de golpear contra el marco. Una corriente de aire entraba por el entorno por esa puerta procedente de alguno de los rincones del caserón. Estaba sola, Fernanda aún no había llegado para prepararle la cena, todavía era pronto, y con ese nubarrón aún tardaría mas. Se sentían diminuta en aquella casa, y esa brisa de aire, quien sabe de que rincón vendría le producía escalofríos, sentía como si la tomara y la arrastrara a ese mas allá que desde hace tiempo le esperaba pero que ella se resistía a pasar, se aferraba a la escasa vida que le quedaba, con sus escasas energías y con un cuerpo marchito por el paso del tiempo y los golpes de tanta desgracia vivida.

Paca en su pensamiento, se negaba a recordar solo las cosas malas, se esforzaba en pensar momentos de felicidad vividos que también habían existido, pero en cuanto lo intentaba, de nuevo otro suceso le apartaba de las cosas bellas.

Un golpe, otro golpe, cada uno de ellos mas fuerte, y otros golpes de otras puertas, de otras ventanas o de tantos escondites y lugares que ocultaba el caserón. Un rayo de repente y un fuerte estruendo en el horizonte de los viñedos, la hizo tambalear, y aunque sin a penas fuerzas miró hacía atrás, miró la puerta que se abría y cerraba. Manteniendo la cabeza erguida y los ojos todo lo abiertos que podía, vio abrirse un poco mas la puerta con un golpe de aire, se fijó atentamente, solo había penumbra y sombras que se movían con la sensación de que alguna de ellas se disponía a entrar y atraparla, envolverla y llevarla con ella. Algún espíritu que aún permanecía en la casa camuflado en sombra y guiado por el viento hasta su minúsculo cuerpo blanco plagado de pecas naranjas y rojas como su pelo.

Con ojos aterrorizados de nuevo, a duras penas volvió a su posición inicial, delante de la ventana, observando la tormenta e intentando encontrar un pensamiento que se la llevara de ese lugar, en ese momento, antes de que alguna sombra lo hiciera.

Recordó de nuevo su infancia, aquellos días como ese, cuando las nubes se aferraban a no caer por el desfiladero de Despeñaperros, cogía a su querida Pili y ambas huyendo de las viejas de luto permanente rezando alrededor de una mesa, se escondía en su lugar secreto, ese pequeño espacio que había encontrado, un agujero entre el caserón y la bodega que al parecer nadie conocía y no se fijaban en el. Solo cubierto por unas tablas, que con su poca fuerza de niña podía retirar y volver a cerrar, y allí junto con Pili, pasaba grandes ratos escondida de sus hermanos, de las tormentas y del resto del Condado, era su pequeño espacio propio, el único lugar íntimo que había descubierto un día jugando y que entro por su curiosidad o por su necesidad de tener algo suyo, algo propio.

Allí pasaba el tiempo con Pili y otras compañías, que al principio le daban miedo, pero que termino acostumbrándose a ellas. Eran la ratas que entraban y salían, ella no las molestaba ni estas a ella, sin embargo Pili saltaba sobre su regazo y de ahí no se movía con las orejas empinadas y siguiendo a cada una de ellas con sus ojos saltones y sin perderlas de vista.

En ese lugar donde salió aquel día y al girar, sin ser descubierta, fue cuando la atraparon sus hermanastros, esos seres sin conciencia y le arrancaron su preciado pelo, en ese lugar donde pasaba tantas horas es donde planeó muchos de sus actos buenos y otros tantos malos, tal vez mas éstos y de ahí su miedo a las sombras, a ser llevada al infierno.

En primavera, el Condado se llenaba de pajarillos que posaban sus nidos entre las tejas y los árboles. Le gustaba oirlos cantar, revoloteaban a su alrededor, como salían y entraban de sus nidos llevando comida a sus polluelos. Un día Pili cuando correteaba por el campo se encontró un pajarito herido tirado sobre la tierra, se le quedo mirando pero su olor a sangre también le incitaba a darle un bocado, ella llamó a Pili y le obedeció, se acerco y comprobó que estaba herido, era un jilguero de vivos colores, lo tomo entre sus manecitas y lo llevo al caserón, a las cocinas donde se encontraba su abuela, entre las dos intentaron cuidarlo, y Fidela que tenía cierta facilidad con las manualidades le construyó como pudo una jaula donde lo metió y le daba de comer semillas que encontraba por el campo y de beber con una gotita de agua en su mano.

Pasaron los días y se movía cada vez mas, se estaba recuperando y se chocaba constantemente con las barras de madera de la especie de jaula que su abuela le construyó. Un día de forma inesperada, empezó a cantar, era hermoso, los colores de sus plumas brillaban, se revoloteaba y cantaba de forma fina y armónica, Paca se conmovió y no podía verlo mas allí atrapado, estaba totalmente curado. Cogió la jaula, seguida por Pili como siempre, su sombra durante quince años de su vida, y cerca de su escondite, donde además delante crecía un frondoso árbol, puso la jaula en el suelo y le abrió la puerta. Al principio el jilguero temeroso se quedó en un rincón, Paca lo cogió suavemente entre sus manos, lo saco, subió sus manos y de repente se desprendió de ella y se puso a volar hasta alcanzar una de las ramas de aquel árbol. Paca empezó a sonreir, lo veía saltar, volar de una lado a otro, estaba totalmente curado y Pili embriagada de esa felicidad, no paraba de ladrar, de mover el rabo y de correr en círculos alrededor de ella. Fue un momento feliz, uno de los pocos felices de su vida. Su unión con los animales, con el espacio, con la naturaleza es lo que la hacía vivir y sonreir, todo lo contrario le ocurría con las personas.

Una vez liberado Colorín, como así lo había llamado, se metió en su escondite para guardar la jaula que le había construido su abuela con sus manos, era suya y la quería conservar, la dejó en un rincón y como tantas veces sentada en el suelo, se quedó jugando con Pili lejos de las gentes que poblaban el condado. De repente, notó que la jaula se movía, le entró un ataque de pánico, pero este se marchó al instante; una rata enorme, las mas grande que había visto jamás se había colado en la jaula, sin pensarlo, por puro instinto, cogió y cerro la puerta quedando encerrada. El roedor furioso no paraba de lanza gruñidos de moverse. Paca no se acercaba, enseñaba sus incisivos cuando abría su boca con tan solo la finalidad de morder. Se quedó pensando, y salió de allí, fue a los establos seguida por Pili y buscando encontró una cuerda, y se la llevo a su escondite, la paso por las barras de madera y la ató, nada bueno se le estaba ocurriendo, pero no dejaba de pensarlo. Paca dejó pasar las horas, se hizo de noche, ella sabía que nadie la echaría de menos, tanto su madre como su abuela sabían que le gustaba dormir algunas noches sobre la tierra mirando las estrellas, por eso nadie la buscaría.

Cuando la noche se había cerrado completamente, salió de su escondite agarrando la jaula con la rata y sin hacer ningún ruido, así también se lo ordenó a Pili que en todo la obedecía. Salió despacio, camino sin sentir sus propios pasos, solo se oía el movimiento de la rata en la jaula que se hallaba atrapada y se dirigió a los aposentos donde dormían sus hermanos, abrió la puerta, apenas se podía ver, no se oía nada mas que las respiraciones de éstos, buscó la cama que estaba a la izquierda contra la pared donde sabía que dormía aquel que tiempo atrás había tratado de ahogar a Pili, se acerco casí sin respirar aunque el corazón se le salía del pecho, de la fuerza y rapidez con que latía. Este estaba inmerso en un profundo sueño desde hacía horas, nada podía descubrirla, se puso a su lado, Pili entre sus piernas con las orejas todas hacia abajo, cogió la jaula con la rata, levanto un poco de la manta que cubría aquel engendro humano, abrió la puerta de la jaula sobre ese hueco abierto, y la rata de un salto se coló y ella con un acto instantáneo cubrió con la manta a su hermanastro para que la rata no pudiera salir, salió de inmediato de la habitación de pronto se oyeron gritos de terror, la rata no paraba de morder y morder a ese ser que se perdía en gritos de dolor con cada mordido de la rata atrapada, le devoraba las piernas, de un mordisco le arranco sus genitales, sus otros hermanos acudieron en su ayuda levantaron la manta y ante tal imagen se quedaron petrificados, huyeron al ver la rata con todo su hocico manchado de sangre y con trozos de carne, empezaron a gritar a llar a la gente, pero la rata no paraba de morderle, de destrozarle la cara, de comerse hasta los mocos de ese bárbaro que un día quiso ahogar a Pili. Cuando llegó la gente, nada se pudo hacer, este se hallaba vomitando sangre, con los ojos arrancados, soltando un suspiro de dolor que apenas se oyó, hasta que giró su cabeza despellejada y no volvió a respirar. La rata fue machacada hasta la muerte por uno de los labradores con un palo.

En ese momento Paca ya se encontraba lejos, había oído los gritos, estaba en su escondite con Pili y la jaula bacía, se encontraba excitada y asustada, pero no arrepentida, empezaba la venganza de Paca la Jara.


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