sábado, 23 de enero de 2016

EL BAILE DEL CHILANGUERO

En primer lugar como persona educada que soy, pedir mis disculpas a tanto corazón hermoso que lee mis letras, pero no puedo dejar pasar un momento más sin darme este baile, creo que lo comprenderéis.
Hay ciertos individuos  que pasan por la vida mofándose del semejante, alagándose así mismos de una capacidad intelectual superior a la de los demás, dejándose ver bajo su título más o menos obtenido con elegancia, de periodismo o contador de historias, pero que se convierten en meros bufones de las cortes medievales.
El chilanguero de pelo sucio, pelos en la cara que no llegan a ser más fuertes que los enmocados de la nariz, utiliza el sarcasmo como escudo de defensa. Su cobardía es tan notable, que es incapaz de hablar con palabras directas a la cara, con la verdad, sin tapujos ni mentiras. Se sonrojaría bajo el chaleco sin mangas que le recuerda, que sus chapuzas domésticas, no son más que el recordatorio de un ser enchufado por eso que llaman el cuarto poder con apellidos familiares de los dueños de la información.
Hacen gracia sus payasadas sin llegar a nivel de payaso, ya sabemos que el bufón solo se mueve entre las letrinas del poder mediático y los restos del alcohol que cae de las jarras de sus dueños.
Es un ser soberbio, se siente superior, se burla sin pecado ni penitencia. Le corona su calva pero también la ancha cintura de los kilos sacados de tragar los sapos y las culebras. De entre los necios se lleva el premio, sin necesidad de más conjura, que la de contar con el apoyo de su plebe de una nobleza masticada con chicle de basuras informativas, como si la gente honrada necesitara de su voz para conocer la realidad. Son contadores de historias de pacotilla, que llenan sus bolsillos con el mercado capitalista de la publicidad, se enorgullecen de denunciar injusticias sociales, pero nunca dudan de lucir sus coches, carros o camionetas de alta cilindrada, casas en urbanizaciones privadas con seguridad propia y guarda espaldas para que ningún indignado pueda botar su cabeza llena de grillos con una botella abandonada en una noche de borrachera. Al chilanguero le va la chilanga, las copitas y copichuelas. Polvos blancos, azules y de colores en tabernas nubladas por el humo de las ventosidades más amargas.
Es la hipocresía hecha fandango, con sangre en las manos de festejos de los que llevan los pitones en la cabeza, como propios, ante la infidelidad de su hembra cansada de tanto chiste y pedorreta.
Prometo que no se volverá a repetir, pero no podía resistir la tentación de estas letras, sacadas del manual del baile del chilanguero.




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