domingo, 9 de julio de 2017

VALERIA Y EL TREN (CAPS. I a IX)

VALERIA Y EL TREN


VALERIA Y EL TREN (I). LOS RESTOS DE VALERIA

La mirada perdida en sus pensamientos, en esos en  los que últimamente se refugiaba huyendo de la realidad; soñando, pensando, añorando tantos pasos perdidos a pesar de su juventud y su corta edad.
A penas había puesto un pie en el mundo y ya se encontraba a la fuga mirando por esa ventanilla del Stansted Express, donde se mezclaban las gotas de la lluvia aceleradas con el movimiento del tren y sus propias lágrimas. La humedad de los cielos grises provenía tanto del frio exterior como de los hielos que colmaban su alma en aquellos días.
Valeria se había acostumbrado a llorar, ya no se quejaba cuando lo hacía, sus lágrimas prácticamente caían por la fuerza de la gravedad desde sus ojos recorriendo sus blancas mejillas, hasta caer sobre su pecho ahogando, si podía ser más; su débil corazón.
Este era su tercer viaje contando el de ida. Viajes de cortesía como ella llamaba, viajes para no profundizar en el vacío de la distancia de todo su mundo; viajes más frecuentes de lo propio gracias a las rebajas y saldos de esa compañía aérea llama Ryanair que a penas por sesenta Euros o menos, la trasladaban a precio de ganga desde su nacimiento a la muerte de su destierro en la ciudad de sus sueños. Viajes financiados por su papa o por su mamá presos de la crisis de conciencia causada por la traición a su hija, de lo que Valeria se aprovechaba sin miramiento alguno, sin lamentos pues su vida había cambiado de rumbo por la exclusiva culpa de esos seres que había amado más de lo necesario, o al menos como ahora pensaba entre lágrimas que no cesaban de caer; de forma inmerecida.
El tren avanzaba entre pueblos y ciudades muertas de ese país que en algunos de sus rostros parecía más un imperio en ruinas que ese otro cuya imagen se empeñaban en dar de modernidad y futuro. Edificaciones víctimas de la decadencia de una revolución industrial que quedó atrapada en otro siglo. Un viaje en tren cuya duración era incluso superior a la del vuelo entre Valencia y ese nuevo hogar buscado por Valeria, en su huida; en su repentina salida de ese mundo del que se sentía tan cómoda y orgullosa, en aquellas reflexiones el día de su puesta de largo en la Universidad.
Con apenas veintiún años cumplidos el mundo se le había demolido. Sabía de otras amigas que en lugar de buscar el confort de estudiar cerca de casa se habían marchado a otras ciudades e incluso al extranjero. Para Valeria ese no era el mundo en el que quería vivir, no era eso con lo que había soñado. Persona muy apegada a su familia y a sus cosas se le hundió todo aquello que quería cuando cayó en lo que creía, y todo se vino abajo, como lo hacen de golpe las fichas del domino. El golpe y luego una tras la otra hasta que todo ese fichero yace tumbado sobre el suelo. Así se encontraba Valeria, entre su nariz y el frio del mármol por donde pasaba, del calor de su vida rosa al del frío de la soledad. Truncada su brillante vida universitaria que apenas había saboreado durante un curso, si pudo demostrar que cuando quería podía y su expediente en tan solo unos meses ya era valorado por profesores y compañeros. Nadie lo entendió, salvo sus padres y sus amigos más próximos, Valeria no era persona de traiciones. Valeria no era mujer de infidelidades. Valeria se había hecho de la lealtad y se había conjugado a base de amor. Cuando todo tu mundo se hunde, tan solo cabe huir sin mirar hacia atrás, sin pestañear e intentar vivir en otros mundos o tal vez dejarte morir en ese mundo que ya no existe, del que fue despojada por tal vez el egoísmo, la inseguridad o la falta de amor de aquellos que mas quería en el mundo y aunque no era odio lo que sentía, si era el resentimiento el que la dominaba en esos momentos los cimientos de su vida. Valeria siempre se había presentado como una mujer de básicos. Una mujer de camiseta de algodón y vaqueros lavados. No precisaba mas para vestir al igual que su alma no necesitaba adornos verbales para saber lo que la emocionaba y que era lo que sus instintos buscaban para sobrevivir.
El tren se acercaba cada vez más a su destino de la Tottenham Hale Station, allí tomaría el metro hasta su casa, o mejor dicho su habitación con vistas compartida con cinco personas más en las proximidades de Hyde  Park. En ese barrio tan conocido y que parecía pertenecer a otra ciudad llamado Notting Hill. La casa se la había buscado su padre a través de Aitana, una amiga suya del Twitter, esa red social que tanto le gustaba y que vivía en esa ciudad. Aitana ante la llamada de éste con desesperación, le encontró una casa de color blanco rosáceo en el corazón de ese barrio próximo a Portobello Road donde los domingos ponen ese mercadito tan romántico por la película de su mismo nombre. Tenía que bajar del tren en Totteham y coger el metro hasta Nottin Hill, Gate Station.
Valeria seguía con su mejilla pegada a la ventanilla del tren, mezclando sus lágrimas con la lluvia, abandonada por su mundo y acogida por otra donde la madurez tuvo que ir aprendiéndola a golpe de cuchillo en el restaurante donde trabaja, El Santander; otro enchufe de su padre de sus clientes de hostelería que la habían recomendado para el trabajo de pelar verduras, limpiar pescado y preparar carnes de todo tipo a pesar de su veganismo cada vez mas radical. Se negaba a comer nada que tuviera padres, obsesión que se incrementó por los sucesos que hacía pocos meses habían cambiado su vida y la habían trasladado del rosa de su habitación a las florecillas llenas de polvo y de la moqueta que cubría las paredes de su nueva habitación. Una habitación con vistas, pero no al mar, sino a Hyde Park.
Repasaba cada detalle para impedir que las lágrimas se convirtieran en lloros y quedar en evidencia ante todo el tren, pero por más que lo intentaba, Valeria no podía soportar su propia existencia, no había terminado nada desde su puesta de mayor y ya estaba pelando patatas como único destino que en ese presente le esperaba.
Valeria no solo sentía lástima por el cambio de rumbo de su vida,  le lloraba la vida con las lágrimas del alma, le crujía hasta lo mas profundo de su corazón. En cada una de las habitaciones de su pecho, había pasado un huracán cuando tan solo estaban construidas para las brisas del mar. Valeria se sentía morir a sus escasos 21 años de edad, en ese tren que le trasladaba del Aeropuerto hasta una casa de un lugar donde nunca había pensado vivir, donde no se encontraban esos seres que la habían sustentado la vida emocional y materialmente. Valeria estaba sola. Valeria había perdido la vida en aquel rincón de aquel día en el que por una casualidad supo que sus padres se iban a separar.
Valeria dejo de lagrimar y se puso a llorar, cubriendo toda su cara de negro. Chorros oscuros que bajaban desde sus ojos hasta su boca sin ganas de limpiarse; sin ganas de vivir cuando el tren paro y las puertas se abrieron en la estación Londinense de Tottenham Hale.




VALERIA Y EL TREN -CAP. II-  EL SILENCIO DE VALERIA

En silencio Valeria llegaba una vez más a esa estación londinense de Tottenham bajando del tren como lo hacía últimamente, sin mirar al frente, siguiendo tan solo sus pasos, uno tras de otro; sin apenas puntos donde detenerse. Valeria no camina por el mundo tan solo andaba de un sitio a otro huyendo de la vida, de esa que no quería para ella y que se le arrebato una noche de otoño, de una estación que no consiguió ver acabar.

Bajó del tren y cogida de su mano sin separarse de si misma caminó saliendo de la zona de los andenes donde tiene su llegada el Stansted Express. Sin correr pero a paso rápido se dirigió al metro, descendiendo a las entrañas de la ciudad por túneles y pasillos, de lo que a ella le gustaría fuese un camino sin final. A muchos metros de profundidad se sentía cómoda, aislada, ajena a la realidad e inmersa en la suya, en esa donde nunca sale el Sol y donde la rabia la domina y devora tanto amor como cultivo en otros años su corazón. Valeria estaba consumida, apenas pesaba cuarenta y pocos kilos, su piel se había apoderado de su rostro en su época redondito y suave como lo era el de su mamá. Tan parecida a ella, tan amigas antaño; tan alejadas y extrañas en el presente. Lejos del amor Valeria no sabía ni caminar.

Bajó en la estación de Notting Hill y camino durante al menos unos quince minutos, lo hizo lento, sin precipitarse. A Valeria no le apetecía llegar a esa casa que compartía con cinco chicas mas, todas de su edad aproximadamente. Tan solo mantenía relación algo mas que del saludo con su compañera de cuarto en el piso de arriba de la casa. Se trataba de April una chica danesa con la que charlaba en alguna ocasión, meramente cruces de palabras de la vida doméstica, porque Valeria no hablaba con nadie. Casi todos ya sabían algo de su situación y aunque sin ser conscientes de lo que a ella le trascendía, todos respetaban su silencio, no sentían pena por ella porque la admiraban. Dentro de su tristeza y su actual delgadez exagerada, Valeria conservaba una belleza distinguida, fina y elegante en las formas y una grandísima austeridad en su forma de vestir, en sus necesidades y deseos. Como ella decía cuando se le increpaba, cuando acabas con los deseos consigues la libertad. Esa forma de pensar la llevaba a los extremos más lejanos. A todos le llamaba la atención el contenido de su armario. Este se limitaba a siete camisetas blancas de manga corta de algodón blanco, cuatro jeans del mismo modelo, tres jerséis de lana gordos, un anorac de plumas y un abrigo con capucha. Su calzado se componía de tres pares de zapatillas Adidas blancas. Todo ello se complementaba con el uniforme de trabajo que usaba exclusivamente en el restaurante, calcetines y ropa interior de lo mas básico; siete sujetadores y siete braguitas blancas de algodón. Todo ese era su mundo de propiedades al que solo se lo podía añadir un ordenador portátil que últimamente no usaba y un teléfono móvil que empleaba de despertador y de reloj porque carecía de otro instrumento para saber la hora. Ese era el mundo de Valeria y su silencio, su mundo sin palabras, su vida con lágrimas en los ojos, sin ideas, sin pensamiento, sin opinión. Valeria no hablaba, tampoco callaba porque todo lo que tenía que decir, lo transmitía con su potente mirada.

No pensaba estar mucho tiempo en esa bonita casa de la que Valeria no daba importancia. Entraba a trabajar en un par de horas en “El Santander”, restaurante en el mismo centro de Londres en el llamado barrio del Soho junto al barrio Chino. Distrito repleto de restaurantes, de locales de copas, de pubs; el lugar mas propicio para pasarlo bien en esa ciudad que a veces era tan solo una diversión a la hora del pub, sobre las siete de la tarde cuando las oficinas del centro cierran y todos salen como ratas a tomarse sus pintas y a vomitar sus miserias en los concurridos pubs de esa decadente pero atractiva ciudad.

“El Santander” era un restaurante muy cotizado pues pertenecía a un conocido chef con estrella Michelin. Su fama se encontraba en ofrecer una cocina típica española con notas muy creativas y originales de Nacho el conocido chef. Todo lo que pasaba por sus manos lo convertía en oro porque en definitiva como ocurre con todas las cosas en este mundo, una vez que ganas la gloria social, ya todo llega de la mano, sin pensar; de éxito en éxito o en su adverso de fracaso en fracaso. Para Nacho todo eran éxitos y reconocimientos desde que obtuvo esa preciada distinción del fabricante francés de ruedas.

Valeria trabajaba en la cocina preparando alimentos antes de su elaboración, es decir: cortando y picando, aunque en el proyecto de Tania la metre y encargada de la sala, tenía puestas sus esperanzas en que atendiera a clientes. Le tenía mucho aprecio, quería a Valeria y tal vez la protegía, pues no en vano fue la persona que le dio el trabajo después de aquellos días que apenas podía recordar y menos aún al día de hoy contar. Tania era una amiga de su padre que la había conocido en el restaurante próximo a su oficina donde comía a diario y que como consecuencia de la apertura de ese restaurante fue a trabajar a Londres. El padre de Valeria le suplico ayuda para su hija en aquellos días en los que Valeria no existía, en esos en los que Valeria dejo de vivir y se prometió en matrimonio con la muerte.

Tania tampoco hablaba a Valeria, nada más que para darle órdenes e instrucciones de trabajo. Así lo hacían todos, no solo por respeto a sus deseos de limitar las comunicaciones, sino porque le tenían cierto temor a las reacciones de Valeria al tener constancia de alguna reacción desagradable de la misma.

Valeria odiaba todas esas vanidades que rodeaban al restaurante. Se reía cínicamente cuando veía como se cocinaban algunos productos con margarina y lo presentaban como típico español. Vio como unos calamares a los que llamaban crujientes con una emulsión extraña, los pasaban a la freiduría con margarina y que ese sabor raro lo identificaran con alguna creación maestra de Nacho el chef. Pero ni opinaba ni levantaba la mirada, tan solo le daba asco todo lo que rodeaba a la fabricación de comida cuando de lo único que se trataba era de alimentos. En su día lo hubiera criticado e incluso lo habría escrito en su blog, ese que se había hecho con cierta fama llamado “Valerinas”, es decir, las manías y cosas de Valeria. Blog que tenía olvidado, apartado de su vida en silencio, donde no cabía ni la palabra escrita en ese momento.

Saludo a April que se encontraba estudiando en su cuarto, entro al suyo el tiempo justo para dejar su mochila, sacar la ropa sucia, quitarse la ropa, coger una toalla y pasar al cuarto de baño común para las dos habitaciones del piso superior, es decir, para ella y April y a veces, para alguna de las otras compañeras cuando el baño de abajo se encontraba ocupado y entraba una urgencia. Se dio la ducha y de nuevo; pero limpio se vistió como llegó, camiseta blanca, jeans lavados, zapatillas Adidas blancas y el anorack porque siempre era posible que callera alguna gota de lluvia en esa ciudad habitualmente mojada por las nubes y por las lágrimas de tanto ser perdido entre sus calles, huidos de las injusticias o tal vez buscadores de felicidades soñadas.

Y otra vez en el tren, aunque fuese el metro hasta el Soho, era un tren que circulaba por las tripas de la ciudad. La vida de Valeria se movía entre túneles y caminos de hierro. Momentos sublimes donde aprovechaba su soledad ante la jauría humana, para pensar, recordar y muchas veces para llorar. Aquel día recién llegada de su amada ciudad de nacimiento, fue para llorar. No había visto a su madre en ese viaje, no estaba aún preparada, no conseguía quitarse de su cabeza los sucesos de aquel día de septiembre. Apenas vio a su padre, escasos vente minutos para oir sus súplicas sin que él se llevara contestación por su parte. Valeria no hablaba y a eso ya se iban acostumbrando. Ese viaje fue para tramitar documentación que le era necesaria y poco más. Fueron unas escasas setenta horas las que estuvo allí y a fin de no rozarse con nadie, las paso en casa de su abuela materna que le permitía estar sin existir, sin dar señales de más vida que la de respirar. Su abuela no era culpable de nada, es más; sufría las consecuencias como ella y a diferencia de muchos otros entendía su penuria, su dolor. Su abuela lloraba y eso le acompañaba a ella. Prefería las lágrimas a las risas. Era muy triste pero así Valeria podía pasar la página de los días, pero no el libro, ese con el que le había tocado vivir para el resto de sus días.

Esa gente que por las mañanas dormitaba en el metro, a la hora de la tarde ya despiertas, estaban atentas a todo y sus miradas se fijaron en Valeria, en esos lagrimones que partían de sus ojos con destino desconocido, perdidos en nostalgias, culpas y reproches. No era odio, era terror, fraude, decepción; abandono. Valeria se sentía tirada, como ese perro en la gasolinera. No sentía amor por ninguna parte. Esa persona que se sentía afortunada por el amor en aquellas reflexiones en su primer día de universidad, ahora se sentía despreciada, apartada del mundo y ajena a sus movimientos.

Se puso a llorar y todos la miraban, pero Valeria que se había marginado de la mismísima realidad no percibía tal atención; no era consciente de que la pena había invadido a aquel vagón de metro, de sus gentes; de aquellos que ahora no pensaban en sus miserias sino en la lástima de Valeria.  A la mayoría seguro que le daba pena aquella chica de grandes ojos y sus lágrimas, otros por el contrario se consolarían pensado que ellos no eran solamente los desgraciados, que incluso las guapas lloraban, aunque es cierto que aquel no era el mejor momento de Valeria, sino que era su tránsito del todo a la nada, de la felicidad a las ganas de no estar, de ser invisible incluso para si misma.

Valeria ajena a los murmullos, a las miradas de los pasajeros del metro, siguió en su mundo del tren; no podía quitar de su pensamiento la cara de su madre aquel día tirada en el suelo, sin apenas poder respirar. No podía retirar de su mente ese momento en el que bajo un ataque de locura su mano se empotro en plena cara de su mama, en esa que tan solo había conocido por los besos que le daba. Valeria no podía respirar, tan solo recordaba el terror de su madre tumbada en el suelo, los gritos de su padre, las batas blancas, las carreras, las sirenas en la calle. Valeria no podía soportar esas imágenes y su locura, su fuga, su carrera a la nada. Valeria no quería vivir en ese momento, necesitaba que el tren parara, quería bajar y arrancar de su cabeza la cara de su madre tumbada en el suelo junto con un charco de sangre.

VALERIA Y EL TREN -CAP. III- LA PESADILLA DE VALERIA

Como cada día desde hacía ya unos cuantos meses, Valeria desahogaba sus penas entre hortalizas, pescados y poco mas que le dejaban para trabajar en “El Santander”. Era tratada como una auténtica privilegiada entre los fogones del premiado Nacho del Lago. Cocinero español que había hecho su fortuna y labrado su prestigio de entre los paladares de los habitantes y visitantes de esa inmensa ciudad llamada Londres. Valeria no trataba con nadie, tan solo cortaba, picaba, limpiaba, fregaba desde primera hora de la tarde hasta la llegada de la noche. Cada día era igual al otro; entraba, se dirigía al vestuario, se ponía su uniforme y tomaba los instrumentos de la cocina. Sin palabras, sin gestos, sin abrazos ni saludos; sin nada más que ella y la vida, sus circunstancias donde solo le quedaban penas y los recuerdos de las alegrías.

Tania la encargada de sala y jefa de personal, la mimaba; era la mismísima mano de su padre. Tanía era una mujer joven pero con una gran formación profesional.  Las cocinas y comedores eran lo suyo. Persona recta pero envestida con una gran sonrisa. Amable con los clientes, de buen trato con los empleados, pero también disciplinada, recta y rigurosa en su trabajo. Con Valeria todo era una excepción, Nacho el chef lo sabía y no hacia objeción alguna dado el gran valor que aportaba Tania a su negocio y en cuanto a los empleados, tanto de cocina como de sala, ninguno tampoco lo hacía. Todos sabían de la relación de Tania con la familia de Valeria y nunca se atreverían a hacer la más mínima protesta. Lo mas seguro es que si lo hicieran sus carnes terminarían en las colas desagradecidas del desempleo británico. Todos lo aceptaban y tampoco les era una molestia contar con una bonita chica en la cocina a la que parecía que la vida había abandonado, que le habían robado el amor, la alegría y hasta las mismísimas ganar de respirar. Valeria de ser una chica feliz, cariñosa y risueña había pasado a ser todo lo contrario: callada, seria, arisca y con una mirada puesta exclusivamente en sus pensamientos, o tal vez mejor dicho en su pesadilla.

Tras llegar a la estación más próxima al Soho donde se hallaba “El Santander”, Valeria salió de entre las tripas de la ciudad con su carita blanca enrojecida, sus ojos brillantes e irritados. Esas lágrimas en el metro la habían trastornado tanto que difícilmente podría llegar al restaurante en ese estado. Valeria se paró en mitad de la calle y respiro bajo la lluvia, mojando su suave pelo y dejando caer el agua por su cara. No se encontraba con fuerzas para entrar a trabajar y como aún le faltaba unos tres cuartos de hora para empezar, decidió entrar en una tetaría típica de la zona e intentar relajarse un poco tomando un té.

Así lo hizo, se pidió el típico té negro inglés y unas pastas, le dolía el estómago; no había tomado nada desde por la mañana en el aeropuerto de la ciudad donde nación Valeria. Se encontraba desconcertada y con mal cuerpo. A Valeria no le importaba que su cuerpo se hallara mal cuando su alma era un infierno de heridas sangrantes y su corazón solo latía para llevar su poca sangre al resto de su cuerpo. Sentada ante el vapor de ese té y mirando por el cristal a la calle; Valeria de nuevo empezó a llorar y a recordar su pesadilla. Aquel fatídico día de Septiembre acababa de empezar su segundo curso de la diplomatura en Derecho. Valeria estaba feliz con sus estudios, sus amistades y la complicidad de sus padres que la amaban por encima de lo infinito. Valeria miraba su taza de té y solo podía ver los ojos de su mamá, parecía como si tan solo pudiera crear una imagen, como si no existiera mas forma humana que la de su madre. Pero Valeria no recordaba a su madre en los momentos de felicidad, Valeria solo era capaz de visualizar esa cara tendida en el frio suelo de su casa, junto al primer escalón que subía a los dormitorios. Allí tumbada, con la mirada fija en la pared y la sangre a su alrededor. No podía ver más allá y de nuevo las lágrimas brotaban lejos de sus ojos; las lágrimas emanaban de lo más profundo de sus entrañas.

Aquel día cuando ya eran más de la nueve de la noche, Valeria regresaba a casa hambrienta con ganas de cenar y también de besar a sus papis que la esperaban cada noche fuese la hora que fuese a la que llegara. Cuando abrió la puerta de su casa sintió un ambiente enrarecido, no sonaba el televisor como siempre, tan solo se encontraban las luces del techo encendidas, ninguna más. No había ruido, no la llamaron como siempre; nadie salió a darle dos besos. El comedor parecía el escenario de un crimen donde los únicos actores eran dos seres desconsolados, perdidos en la alfombra de la tristeza, la decepción y la traición. Valeria era de sentimientos simples, básicos pero nobles; al igual que vestía era. Valeria era y es una camiseta blanca sin dibujos, sin colores; sin más significado que tela para cubrir su cuerpo. De esos básicos sentimientos surgían las más nobles emociones, sus alegrías; pero también sus tristezas.

Su padre se encontraba sentado en el suelo apoyando su cabeza en uno de los sofás naranjas y su madre sentada en una silla  con la mirada perdida en el oscuro balcón de esa maldita noche. La escena no podía ser mas desoladora y ella sin tener conocimiento de nada de lo que pasaba no se atrevió a articular palabra. Valeria cerro lentamente la puerta de la calle, dejo su bolso sobre una silla, movió lentamente sus piernas y solo pudo observar un objeto negro en el suelo. Era un pen drive y sin mas importancia se agacho y lo cogió para dejarlo sobre la mesa. Valeria no decía nada y solo oía los lloros de su padre y las lágrimas silenciosas de su mamá. En el momento que dejo ese objeto en la mesa, su padre se levantó  ciego de ira y gritando le dijo que lo viera, que descubriera las fotos que había visto por casualidad. Valeria no sabía de que le hablaba pero tampoco se atrevió a decirle nada, ni tan siquiera abrazarlo y tratar de tranquilizarlo.

Valeria no tenía idea de lo que podía contener ese pen drive pero no le dio importancia. Su padre acercó su portátil y le insistió a que lo viera. Valeria no quería, no se sentía con fuerzas para ver algo que al parecer era la causa de ese desastre que estaba sucediendo, para enterarse del motivo por el que las dos personas que más quería en el mundo se encontraban cada una en una esquina del comedor sin poder mirarse y con la cara llena de lágrimas. En ese momento su madre se levantó y le quito el dispositivo de las manos, se acercó a ella y la abrazó sin mas palabras que el perdón. Su mamá le pedía perdón entre sollozos y suplicas. Valeria ante tan situación, ante la confusión solo pudo levantar la voz y gritando suplicar que alguien le explicará lo que estaba pasando, que le dijeran que hechos tan terroríficos contenía ese objeto como para que sus papas se encontraran al borde del abismo.

Su madre no pedía más que perdón sin dar explicaciones, sin informarle de nada. Fue ese momento en el que su padre la cogió de la mano y le dijo mirándola con unos ojos bañados en sangre: -aquí están las fotos de tu madre con su amante en ese viaje a Ibiza que hizo para visitar a una amiga, aquí está tu madre con otro hombre que no es tu padre. Aquí está tu madre que no solo nos ha traicionado, sino que guarda esa traición de recuero-. Valeria echo a temblar, eran cosas que no le cabían en la cabeza, era una historia que no podía entender, era algo imposible, no podía ser; tenía que ser mentira. Hacía unas semanas que su madre había visitado a una amiga en Ibiza que se encontraba mal, eso es lo que dijo; es más eso es lo que a ella  le contó  cada día que estuvo en la Isla. Su madre le había mentido y no lo negaba, es más su madre lloraba y pedía perdón, pero no decía que fuese mentira como ella esperaba, su madre tan solo pedía perdón.

Valeria quedo en shock, no podía mirar a ninguno de los dos, ella se sentía traicionada. No pensaba ni en la traición de su madre a su padre ni del hecho en sí; tan solo podía pensar en esas mentiras, los engaños de su mamá a ella; se preguntaba ¿cómo podía ser?, y aún en ese instante junto a la taza del té en pleno centro de Londres, se lo seguía preguntando sin hallar más respuesta que el sonido de su yanto, cada vez más sonoro sin que las pastas llegaran a dar el más mínimo consuelo, ni a su ánimo ni a su estómago dolorido por la falta de comida en su cuerpo.

Después de haber apartado a su padre de su lado, quedando inmóvil en mitad del comedor, su madre se acercó repitiendo una y otra vez que la perdonará, se echó sobre ella con los brazos abiertos de par en par precisando un poco de cariño, no solo de su hija sino de sí misma porque no existe más traición que la que nos hacemos a nosotros mismos, de aquella de la que no hay perdón posible y menos aún salida. 

Su madre la rodeó con sus brazos, agarro ese pequeño cuerpo que era Valeria y la estrujo contra si misma, para impedir que su vida se le escapase, como si su hija fuese lo único que le quedará; como si su propia miseria pudiera limpiarse con las camisetas blancas de Valeria. Ésta cuando se vio atrapada por el cuerpo de su madre, sin posibilidad de salida y sin ganas de consolar a aquella persona que había destrozado cada uno de los pilares de su existencia. Intentando salir de allí, se revolvió con tal fuerza que empujo a su madre de un golpe en la cara de tal violencia que la desplazó perdiendo ésta el equilibrio y cayendo por el golpe en el suelo con la mala fortuna de que su cabeza dio contra el primer escalón de la escalera que subía al piso de arriba.

La caída fue brusca y de un impacto seco y duro, de la cabeza contra el suelo. De pronto el terror se adueñó de su cara y su madre en el suelo rodeada por un charco de sangre que emanaba de su sien. Su padre perdió la cordura, pero mantuvo una tranquilidad pasmosa y Valeria quedó inmóvil. Su madre se encontraba tirada en el suelo, con los ojos abiertos en blanco y la sangre brotando de su cerebro.

Su padre llamó a urgencias, pero Valeria aterrada, sin mas opción que la huida, cogió su bolso y desapareció. Valeria no recordaba bien lo que hizo durante los dos días en los que estuvo desaparecida, en los que nadie supo donde se encontraba. Su padre no solo tuvo que cargar con la traición, con su madre, con la policía; sino también con la desaparición de su amada hija Valeria.

Ya no podía llorar más, esa pesadilla la perseguía y jamás podría hacerla desaparecer, tendría que llevarla de condena por haber casi matado a su madre, por asesina; por tan inmenso crimen.

El té estaba frio y ya era la hora de ir a trabajar. Se levantó y salió de la teteria rumbo al restaurante que se encontraba una calle mas arriba.  Aceleró el paso porque no le gustaba llegar tarde a ninguna parte ni en esas circunstancias, por las que seguro  sería perdonada por Tania. No era su gusto y por eso avivó la marcha hasta llegar a la puerta de entrada del personal del “El Santander”. Nada más entrar se encontró con Tania, le cogió del brazo y como ya se encontraba todo el personal en el restaurante se la llevó directa al vestuario de mujeres. Tania se aseguró de que no había nadie y con cara de tener una gran noticia que dar, con cara de alegría cogió de los hombros a Valeria, la miró a los ojos y le dio esa noticia: -Valeria, me ha llamado tu padre y el quiere que te diga que se encuentra feliz porque tu madre en la mañana de hoy salió del coma-.

Valeria suspiró, aparto a Tania, le cambio el color del rostro, de pronto un chorro de sangre llenó su cabeza, apenas podía respirar, su bolso cayó al suelo, se quitó el anorak empapado en agua y con tan solo su camiseta blanca, sin mas ropas sobre ella, se dio la vuelta ante la mirada perpleja de Tania y se dirigió a la puerta y tras el pasillo de entrada salió a la calle. Valeria miró al cielo, respiró fuerte; lleno de aire sus pulmones y de agua su cara como si de una ducha se tratara. Se quedó inmóvil, a su cabeza llegaron todas las imágenes desde aquella noche; su huida, su marcha a Londres, la detención de su padre por la policía y la imagen de su madre tumbada en el suelo, el charco de sangre y los ojos abiertos en blanco. Valeria miraba al cielo y no sabía si lo que sentía era decepción o alegría.



VALERIA Y EL TREN -CAP. IV- LAS ESENCIAS DE VALERIA

Te hacen reír, sonríes; te aman, amas; te invitan a comer, comes, y así en un largo etcétera componen esa orquesta que se llama Valeria y sus básicos como le gustaba calificarse. No era una mujer de complementos, ni su cuerpo ni su alma se lo permitía. Como decía; la ropa no es más que una excusa para cubrir el cuerpo, para sacar esa vergüenza con la que se nos educan. Parece que el cuerpo sea un espacio de desprecio, un lugar sucio del que avergonzarse, y Valeria no lo entendía, jamás fue educada en ese sentido, desde niña la educaron a no sentir vergüenza por nada más que por los malos sentimientos, por el egoísmo, la envidia, la soberbia y no por todo aquello que alimentara su alma y embelleciera su cuerpo como parte de ese espacio entre su corazón y la vida. La mama de Valeria por el contrario si era muy dada a seguir modas y tendencias, a estar a la última y aunque no de forma obsesiva si le gustaba llenar su espacio de colores, de sensaciones diversas. Valeria era escueta, austera; a veces llegaba a ser espartana en su vida y especialmente en sus sentimientos. La blancura no se la podían arrebatar de su rostro; un espejo dulce pero sencillo. Toda esa personalidad constituía su esencia, la de una veinteañera que aunque como todos, era diferente. Se le veía distinta y actuaba al margen de todo aquello que se podía considerar propio de una chica de su edad.

Su esencia mueve sus actos, sus reacciones; su forma de ser y de responder a los sucesos. Aquella noche de Septiembre cuando su madre quedo tendida en el suelo junto a un charco de sangre, Valeria subió a su habitación al instante, no se puso a llorar, no gritó; tan solo centro sus ojos brillantes, los abrió y entro en su cuarto para meter lo esencial en su mochila y sus ahorros; todos, porque no sabía que podría pasar y no era capaz de hacer planes, de organizar su mente; tan solo quería salir de su casa y no volver a pesar de que ya era tarde,  que aunque principios de Otoño la noche ya se había apoderado de la ciudad. A penas 10 minutos tardó, durante los cuales llegaron las urgencias, policía; toda la casa estaba envuelta en la histeria. Su padre en una esquina del salón, blanco, sentado en el suelo sin saber que hacer ni decir. No se fijó en Valeria ni ella dijo adiós. Nadie miró a Valeria, total no era más que una chica con una camiseta y vaqueros que con su mochila, con todas sus pertenencias materiales salía de casa. Nadie la miro ni ella miro. Bajo a la calle y su parada, después de andar durante más de media hora fue la estación de trenes.

Valeria había salido del restaurante, Tanía la había mandado a casa para que hablara con su padre, para que regresara dado que su madre había salido del coma. Sin embargo Valeria, salió del Santander arrastrando los pies, no sabía dónde dejar sus penas, en que lugar vaciar las lágrimas que ansiaban descender de sus ojos. Valeria paseo por el Soho, tomo el metro y sin saber porque llegó a Notting Hiil, a su casa,  aunque no tenía intención de entrar, no le apetecía tener que contar a ninguna de sus compañeras porque llegaba tan pronto y menos a April que conocía parte de su historia y aunque era una muchacha de pocas emociones como buena danesa, no le apetecía y sin pensarlo de pronto se hallaba sentada en la terraza exterior del Portobello Gold, pub que solía visitar en días de pañuelos y de dolor de ojos.

Allí sentada tras pedir una pinta de cerveza rubia, se encendió un cigarro. Había dejado de fumar, pero la vida le exigía demasiado y era una gran excusa para volver a un hábito que detestaba pero que en aquellos momentos le ayudaba a destruir aún más su denostada existencia. A sorbos porque como su madre no sabía beber de golpe, siguió recordando aquel día de Septiembre cuando llego a la estación de trenes. A esa hora no había viajeros, tan solo transeúntes perdidos tras alguna barra de un bar, algunas parejas vaciando sus bocas uno al otro, mendigos y prostitutas. Valeria al igual que carecía de vergüenza también de miedo, no le importaba lo que le pudiera pasar, no sabía dónde ir. Tampoco le importaba si le robaban, lo único que tenía de valor era ella, ni sus cosas le importaban ni los dos mil y pico de euros que tendría ya que no se paró a coger dinero, tomo todos sus ahorros y su cartera. No le importaba siguió andando y se sentó dentro de un tren que  se hallaba con las puertas abiertas, de esos que se quedan para descansar en las estaciones durante la noche. Entró sin mirar si contaba con compañía, se acurrucó en uno de los asientos dejando su mochila en los pies y su bolso en un costado haciendo como una especie de almohada.

Valeria paso toda la noche allí sentada, sin parpadear; dejando caer sus lágrimas pero sin llorar, sin pensar en nada, ni en nadie; ni en ella misma. Valeria estaba cómoda en el tren, se sintió protegida y nada más las primeras notas de claridad, se levantó, tomo sus cosas y salió del tren. Se aseó en el baño sucio de la estacion pero no desayunó nada, ni bebió nada. Como un autómata se dirigió a las taquillas que acababan de abrir y sin saber muy bien donde ir, miró el panel y el único tren que se alejaba un poco de su mundo era uno con destino a Barcelona. Tampoco era otro mundo porque la había visitado muchas veces, pero le pareció un lugar bueno a donde huir, a donde escapara de si misma y de las personas que la habían construido; que la habían fabricado en cuerpo y habían creado ese alma tan amarga, esa que había dejado tirada a su madre en el suelo junto a un charco de sangre. Valeria no soportaba ese pensamiento y se puso a hiperrespirar mareándose y obligándole a sentarse en el suelo sobre su mochila el tiempo suficiente para volver a controlar su conciencia, esa que no la dejaba en paz, la que la condenaba por su huida y aunque perdía la guerra, se revelaba contra ella.

Una vez superado el incidente, Valeria se dirigió al andén y tomo el tren a Barcelona. Le separaban apenas tres horas que paso restregando sus lágrimas junto a la ventanilla del tren y las vistas a un mar que en ese día se mostraba más violento de lo habitual. No habló con nadie hasta que la megafonía avisó que la próxima estación era la de Barcelona-Sant. El tren llegaba hasta la estación de Francia pero prefirió bajar, ya no soportaba mas estar ahí y fue justo en ese momento de salir de su asiento cuando tuvo que articular unas palabras con el señor que ocupaba el asiento de al lado para que le dejara salir. Se levantó, se colgó la mochila y pidió por favor espacio para salir. El viajero la miró, apartó sus pies y le dijo que le deseaba lo mejor. Ella lo agradeció porque era consciente de que la había visto llorar frente a la ventana y al menos la había respetado sin dirigirle hasta ese momento la palabra. Era la primera persona con la que había hablado, puesto que en la compra del billete del tren tan solo había articulado el nombre de la ciudad, Barcelona; sin más que eso y pagar.

Valeria se encendió un cigarro y lo aspiro con fuerza junto con un trago de cerveza, pequeño como lo hacía su madre a la que tanto se parecía. Había pasado una hora y en Londres como no era de extrañar se puso a llover. Sentada en la terraza siguió pensando mojándose con la fina lluvia y sin hacer ningún movimiento por resguardarse.

Salió de la estación de Sant y empezó a andar, no paro un momento, su mente no le permitía centrarse en otra cosa que no fuera el camino, cruzar calles, esperar en semáforos y poco más. A pesar de que llevaba horas sin dormir el cansancio aún no había hecho acto de presencia y su pretensión no era otra que la de andar hasta caer rendida, hasta romper sus Adidas o hasta que la vida pusiera freno a esa locura. Ando y ando, hasta llegar a las inmediaciones de la Plaza de Urquinaona, no por ningún motivo sino por el simple hecho de que allí le habían llevado sus pies. Tal vez tenía explicación, entre esa plaza y la de Catalunya había una cafetería Starbucks donde recordaba haber estado junto con sus padres. A ambos les gustaba ese tipo de establecimiento, esos grandes cafés de mezclas, las grandes tazas de té. Tal vez en la vida los caminos son parte de los recuerdos, es posible que nuestra existencia se mueva en círculos concéntricos desde una parte a ninguna parte. Es posible que todo sea una espiral y alguna vez tendría que regresar, pero no sería por ahora, no podía imaginar la situación en la que  había quedado su familia, su casa; su vida rota de arriba abajo, no solo por ella sino por la traición de su madre y la estúpida actitud de su padre. No podía pensar en un regreso cuando se encontró mirando en el cristal de esa cafetería, viendo como tantas veces ella había estado, jóvenes con grandes vasos de café y su ordenador portátil, sus teléfonos; sus cosas y su vida y de repente se acordó del teléfono que lo llevaba en el bolso. Lo sacó, lo miró; estaba apagado y no  le apetecía nada encenderlo, es más era de imaginar lo que ocurriría. Llamadas y llamadas de su padre, amigas y demás rogándole les dijera su paradero, pero lo que realmente la protegía era la ausencia, eso que llaman el paradero desconocido, el no ser mas que un recuerdo sin ser visto, no tener presente en las personas que quería. Una amarga experiencia para olvidar, en ese mundo en el que sus valores habían sido traicionados y vendidos al mejor postor. No soportaba la infidelidad, ni la más mínima debilidad en algo tan básico para ella como era lo contrario, la lealtad y la fidelidad.

Ni café, ni te; ni una de esas magdalenas tan deliciosas que le encantaban. No entro por no hablar, por no tener que soportar una sonrisa y siguió su camino hacia la Plaza de Catalunya donde se encontraba otro de sus paraísos gastronómicos: El Hard Rock Café. Ese lugar donde tantas risas había compartido con su madre y su padre, también con amigas en viajes y excursiones. Pasó por la puerta, ese ambiente internacional y cosmopolita le encantaba. Se paró un momento, recibió olores y sabores. Su paladar empezó a mojarse de saliva pero continuo su marcha, no miró ni un momento hacia atrás, ni tan siquiera bebió agua, nada desde su salida de su casa había pasado por su boca, salvo el sabor de la amargura, de la tristeza y la desesperación.

Bebiendo las ultimas gotas de cerveza, Valeria recordó la sed y el hambre sin ganas de comer de aquel día. El dolor de pies y la sangre en su corazón herido. Recordó el sabor a sal de su mejilla, la humedad de sus ojos y el rencor en su alma. Valeria recordó aquellos momentos sin rumbo, sin destino. Por primera vez andaba sin saber donde iba pero si porque lo hacía. Valeria en ese pub ingles volvió a saborear el plato mas cruel de la gastronomía, el de la hiel, el del sin sabor; el de la acidez de la desesperanza y el furor del camino, del horizonte sin destino. De esa forma por el centro del Paseo de las Ramblas caminó y caminó, sin mirar a los cientos de turistas que la rodeaban. Era como una ambigua realidad, le iban fallando las fuerzas, se estaba quedando sin ánimo pero continuó hasta que llego a la estatua de Colón, entro por el Maremagnum al puerto de Barcelona y siguió andando hacia su izquierda como bordeando el mar, como si ese fuese un camino iluminado donde no podía perderse.

Bajo la lluvia y un segundo cigarro, Valeria recordaba aquel día con temor, de ese que se vanagloriaba no tener pero que le infundió su recuerdo. Andaba sin sentir los pies, sin saber muy bien si la mochila la llevaba a ella o ella a su mochila. Siguió andando y llegó a la playa de la Barceloneta junto al hotel W el cual también le traía grandes recuerdos, muchos momentos junto a sus únicas personas, su padre y su madre porque el resto del mundo para ella era la gente, sin embargo sus padres eran personas, las únicas de su vida.

Recuerda como le quemaba la boca la falta de agua y como busco como loca un lugar donde poder mojar su sequía. Encontró un kiosco y compro una botella grande de agua. Bebió un sorbo, Valeria no sabía dar tragos de líquido, como su madre y la recordó, entonces con la botella de agua y ahora bebiendo esa cerveza en el pub de Notting Hill, el Gold. Bebió a sorbos hasta que llegó a la mitad de la botella, la guardo como algo muy suyo, con sus manecitas rodeando la botella, como si fuese lo único que poseía entre su vida y el destino; se acercó a la playa, se oía el mar y estaba anocheciendo. Había pasado todo el día andando, pero dando vueltas porque no era lógico que desde Sant hasta la playa tardara todo un día. No tenía concepción del tiempo, como tampoco lo tenía de su realidad y entonces presa del cansancio, del abatimiento, de la falta de fuerzas por no comer; porque a pesar de tener hambre no tenía ganas de comer; tan cansada estaba que se tumbó en la arena de la playa de la Barceloneta, lugar que le daba confianza por tantos momentos, era como estar en familia, de esos lugares que son como el hogar por la confianza de los momentos de felicidad que había pasado en ese maravilloso espacio, de esos lugares que te identifican y marcan de color tu propio cuerpo, como un tatuaje de la existencia.

Mientras se levantaba de la terraza del pub Valeria recordó que se quedó dormida, que no supo muy bien que hora sería pero de repente alguien toco su cara, su hombro. Valeria abrió sus cansados ojos y vio la cara de una mujer con gorro, era un Mosso D’esquadra, la pocía de Catalunya. No habló tan solo se incorporó. Además de esa mujer también había un hombre vestido igual, otro policía. Le pidieron la documentación y la sacó de su bolso, la comprobaron y de repente como una luz se hizo en los ojos de esa mujer tras hablar por su teléfono interno, como si hubiera descubierto algo que andaba buscando; esa mujer policía se dirigió a ella y llamándola por su nombre le informo que había una denuncia por su desaparición, que aunque era mayor de edad al parecer su familia y amigos estaban preocupados, que no podía hacer nada para impedir su huida. A continuación quitándose la gorra de policía y cogiéndola de las muñecas le dijo:

-Valeria, tu madre está viva pero está en coma y también me han dicho en la llamada que te informe, que tu padre está en la cárcel-

Valeria calló al suelo y tan solo recordaba despertar en el cercano Hospital del Mar, en el Port Olimpic de Barcelona; mientras que la de ahora tomo rumbo a su casa desde el pub con la única intención de dormir.







VALERIA Y EL TREN -CAP. V- LAS DISYUNTIVAS DE VALERIA.

Dos caminos se abrían ante sus ojos, como aquel día en el Hospital del Mar en el Port Olimpic, dos opciones; dormir, olvidarse de todo, ignorar la vida, o tomar un tren. En esas fechas la vida de Valeria siempre estaba condicionada a un tren, ahora lo era el Stansted Express en aquella habitación de hospital uno que le llevaría por el camino del mar, con la luz de levante a la ciudad que la vio nacer a través de caminos de hierro, de esos en los que sin saber porque, tienen un destino marcado de antemano.

Valeria se levantó del pub y ando bajo la lluvia londinense, no le importaba, nunca entendió ese miedo al agua, a ese líquido que adoraba, ya fuese el mar o la lluvia. Ese que su falta casi le arrebató la vida por las calles de Barcelona. No podía decidir, si subir a su habitación para dormir o coger cuatro cosas y volver de nuevo al Stansted Expres y tomar un vuelo tras conocer la noticia de que su madre había salido del coma. En su cabeza rondaban todo tipo de pensamientos, de dudas, de matices; esos que te hacen desesperar, porque a pesar de no sentir entusiasmo por ver a su madre no dejaba de ser su amiga, su eterna admiradora, su referencia femenina en su vida. Valeria era mujer de pocas amistades, de exclusivas y excluyentes relaciones, su madre no solo era su creadora, también su conciencia y confidente de secretos y decepciones. Pero ahora la decepcionada era ella y la causante su madre, esa de la que tanto dependía emocionalmente y que su traición, la había dejado sin referentes, sin saber que era el bien y el mal y un torbellino de dudas que era incapaz de digerir.

Valeria se puso a dar vueltas sin sentido por las calles de Notting Hill, Portobello, subía y bajaba, giraba; incluso se acercaba  por momentos a Hyde Park. Sin rumbo, como una orquesta sin dirección, Valeria deambulaba sin sentido, con dos opciones: su casa y dormir o coger ese tren y al aeropuerto para poder abrazar a su madre, mirarla a los ojos y decir que lo sentía con medias palabras porque su herida aún era sangrante y no la había perdonado. Jamás lo haría y como dicen no sería feliz sin perdón. Hay personas que dicen eso de que perdonan pero no olvidan, queriendo decir que si bien no quieren el mal, tampoco tendrán su bien. Su padre la había ensañado,  que para poder respirar hay que perdonar y olvidar, porque para ser perdonados había que perdonar. Una y otra vez giraban esas palabras en la cabeza de Valeria sin saber que hacer, sin sentir nada más que la lluvia sobre sus rubios cabellos. Valeria tenía una belleza natural, que al recibir la lluvia la acercaban mas a un paraíso natural, a esos que en la edad del internet se llama un mundo sin filtros. Valeria era una mujer sin filtros, sin tapujos, sin medias verdades. Valeria era una fuente de agua natural donde no cabían añadidos ni aditivos.

Recordó aquel día en la cama del Hospital del Mar cuando despertó de su vacío, del llanto de la nada, de la carencia de los sentidos. Aquel día en el que también se planteó la necesaria decisión de volver a la ciudad que la vio nacer y aclarar lo sucedido con su madre, con su maldita sangre, con sus sentimientos podridos teñidos por la traición. El ingrato sabor amargo de lo inesperado, del amor ocre; ese que llena de ácido las entrañas más nauseabundas del abandono. Valeira y sus trenes: por el mar o al aeropuerto. Las mismas dudas. Allí tendida en la cama con la mirada fija en el Puerto; los barcos, las cafeterías y ella sin saber que hacer por fin se atrevió a buscar en su bolso su teléfono apagado desde su salida aquella noche de otoño maldita donde Septiembre se vistió de infierno.

Le temblaban las manos, le habían dicho que estaría hospitalizada un día más, hasta que consiguieran hidratarla bien, por ello de su brazo izquierdo colgaba el tubo del gotero que le estaba proporcionando la hidratación necesaria para seguir su camino, un parche nada más, como esos que cubren las carreteras y que a veces te orientan sobre que carril tomar, no como ocurre con las vías del tren; caminos de hierro que se construyen antes de viajar, es como si fijaran ruta  sin posibilidad de elección, sin poder cambiar de rumbo o tal vez, echarse atrás. El tren te lleva al destino sin opción, sin dar al viajero la capacidad de elección una vez marcado el destino. El tren no te permite cambiar de opinión, tan solo decides antes de iniciar la ruta, luego tan solo queda llegar. Para Valeria todas sus rutas eran de hierro y debía decidir. Aquel día en la cama de hospital, encendió el teléfono con indecisión, sin querer mirar la cantidad de llamadas y mensajes que tendría. No habría de su padre, estaba en la cárcel, se lo había dicho la mujer policía, tal vez pensaban que había intentado matar a su madre cuando había sido ella la que le empujó, sin querer matarla, tan solo hacerle daño; hacerle sentir algo de ese dolor que sentía, que supiera la herida que le había causado a su hija, esa que decía que era su vida, el amor de su existencia y a las primeras de cambio había abandonado por querer sentir otras experiencias, porque su cuerpo supiera lo que era el cuerpo de un hombre que no era el de su padre. Manchar su vida con la semilla envenenada del deseo podrido, de ese que lo único que hace es contaminar y calmar la sed con tristeza. Valeria miraba el teléfono, se estaba conectando y de repente, un pitido, otro y otro. Decenas de mensajes y de llamadas perdidas; tanto como lo estaba ella tumbada sobre las sábanas blancas de ese hospital con vistas al mar.

Entre las llamadas y mensajes destacaba la de las de Elizabeth o Isabel de antes, porque Valeria en sus pensamientos se había empeñado hacerlo en Ingles para mantenerse mas al margen de su anterior vida, de ese mundo al que jamás quería volver. Elisabeth como la llamaba por las calles de Notting Hill, era la socia de su padre cuya insistencia era conocida cuando no se le contestaba a una llamada. Habrían mas de cincuenta llamadas de ésta y multitud de mensajes. Todos eran insistiendo en que regresara, que dijera donde estaba, que su padre estaba en la cárcel acusado de tentativa de homicidio dentro de un proceso de violencia contra la mujer, que su padre estaba siendo acusado de machista, de ser el malo de esa historia cuando tan solo existía la causante y la autora; su madre y ella. Su padre era la víctima y ella estaba consintiendo que fuese mal tratado en los medios de comunicación donde había saltado la noticia en grandes titulares causando estupor en el gremio de la justicia. Mensajes que incluso le informaban del Juzgado que trataba el tema, el procedimiento; esas diligencias que le acusaban; como si Elizabeth le invitara o mas bien le retara a que sin necesidad de hablar con nadie sino quería, compareciera y contara la verdad, que terminara con ese calvario de daño, que pusiera fil al mal que se había apoderado de su horizonte aquella noche del mes de Septiembre, en el que su mundo se subió a un tren sin salida.

Miró el teléfono con lágrimas en los ojos, jadeando mientras pasaba de uno a otro mensaje, donde el denominador común era el mismo; el regreso, la confesión, poner fin a esa prisión de su papa, que si bien no era su peor castigo tampoco lo mejoraba. Imaginaba al pobre libre entre las verjas de la prisión, pero preso en su tristeza, en el desamor; en la pérdida de esa mujer por la que había apostado su vida, por la que le mereció vivir cada dia sin dudas, sin ningún tipo de barreras. Era él para ella en cada amanecer hasta el anochecer.  No conocía a nadie que amara tanto y de forma tan desinteresada como ese hombre a esa mujer, no podría resistirlo, no viviría muy lejos de esa cárcel de la penuria, de la pérdida de su amor. Su padre no estaba preparado para vivir sin su madre, sin su mano, sin sus caricias; sin la ternura del beso de cada día antes de salir a trabajar. Su padre no sería una persona, tal vez una sombra sin marcas, difusa entre la vida y la muerte.

Valeria era un cántaro de lágrimas, como la lluvia de ese otro día, el de Londres paseando por sus calles sin querer subir a casa donde la decisión estaría tomada.

Andando entre charcos se sobrecogió cuando recordó ese impulso que de repente le llevo a arrancarse el gotero del brazo, a ver como un chorro de sangre salto en el lugar donde antes se cubría por esa aguja que regaba la sequedad de su vida. Sin pensarlo se quitó el pijama quedando desnuda en la habitación a la vista de la compañera de cuarto y su acompañante, se puso sus vaqueros, su camiseta, las Adidas; tomo la mochila ante los ojos estupefactos de éstos y salió por la puerta de la habitación del hospital sin mirar atrás, con lo puesto, su vida sin sombrero, pero sobre los rieles de un tren que le llevaría a la ciudad que la vio nacer.

Después de unas tres horas sobre ese camino de hierro del que no pudo salir desde que lo tomo en la Estación de Sants, llegó al punto de partida, eran aproximadamente la una de la tarde, todavía le quedaba tiempo para ir al juzgado. Tomo un taxi en la puerta y le indico que la llevará a éstos. Sin decírselo a nadie, con los datos que le había proporcionado Elizabeth no tuvo ni que preguntar pues era un edificio que conocía bien por las veces que había acompañado a su padre que disfrutaba llevándola a juicios y ponerse todo interesante cuando le daban la palabra delante de su trozo de vida que era Valeria, esa misma muchacha que tomando aire, con dignidad, fortaleza y valentía se acercó al mostrador del Juzgado y dijo: -ya estoy aquí, soy Valeria, la hija de ese gran hombre que tienen en la cárcel, vengo a contar la verdad, el porqué mi mama está en coma, vengo a declarar que yo soy la culpable, que yo empuje a mi madre porque quería matarla sin querer verla muerta. Que yo Valeria soy la única responsable de su coma, de que su vida penda de un hilo. Yo soy Valeria, la que tiene que ir a prisión y vengo hoy aquí a salvar a mi padre que injustamente ha sido tratado. Un padre que jamás se atrevería a poner la mano encima de su madre, de ninguna mujer; ese hombre que sería capaz de perdonar su propia muerte a la mujer que ama, un hombre que ya ha perdonado lo que ella jamás haría. Vengo a declarar que mi vida se ha roto, que el mundo es un lugar donde no quiero vivir, que no estoy dispuesta a consentir esta injusticia y que si es preciso yo misma lo sacaré- Momentos en los que Valeria ni articulaba palabra, tan solo gritaba ante los funcionarios que atónitos la miraban gritar, encanarse en la injusticia y morir de dolor sobre esas dos piernas tan débiles que apenas la sostenían en pie.

Del fondo, tras el mostrador apareció una mujer, la hizo callar en varias ocasiones bajo la excusa de ser la juez como si eso fuese a parar a Valeria, como si le importará una mierda como ella decía en esa época de malas palabras, como si a la juez se la quisiera follar un caballo. Le daba lo mismo el cargo de aquella señora, ella esta allí para rescatar a su padre, a salvarlo de la vida de los hombres aunque condenado por el amor, por ese dolor que no se cura con aspirinas, tan solo con las lágrimas y los suspiros por los besos perdidos en el aire de la tristeza.
Esa señora le invitó a entrar y ordenó a un funcionario a que le tomara declaración. Lo hizo durante prácticamente dos horas, tras la cual su señoría con palabras que ella bien conocía como buena estudiante de Derecho, le informó que en esa misma tarde su padre quedaría en libertad sin fianza con obligación de firmar cada quince días en el juzgado. Que ella quedaba en idéntica situación sin necesidad de comparecencias. Tras lo cual, firmó la declaración y sin mas comentario salió, se colgó su mochila y tomó un taxi en la puerta de los juzgados, no para ir a esperar a su padre, ni para coger un tren a Barcelona; sino rumbo al aeropuerto.

Cada vez llovía más en Londres y Valeria entró en su casa, subió a su cuarto, tan solo se oía a April gemir con su novio, puso cara de desprecio, ella no hacía el amor, maltrataba ese sentimiento como lo había hecho su madre. Sería eso que la gente llamaba follar, lo de tener relación sin amor. Le dio tanto asco, que en lugar de dormir, cargó su mochila y Valeria de nuevo empujada por las emociones salió de la casa sin decírselo a nadie, tomo el metro y en Tottemhan un tren; en esta ocasión el Stansted Express, pero rumbo también a un aeropuerto donde un avión la llevaría de nuevo a la ciudad que la vio nacer.




VALERIA Y EL TREN -CAP. VI- VALERIA UN VIAJE DE IDA Y VUELTA.


Dicen que la vida es un viaje de ida y vuelta, Valeria a pesar de su corta edad no sabía muy bien si su vida se hallaba en la ida o en la vuelta. Tras la noticia del amanecer de su madre, Valeria sin pensar, empujada por sus instintos y dominada por las emociones se puso en marcha de nuevo, en Tottenhan esperaba el tan familiar Stansted Express que la trasladaría al aeropuerto con ese mismo nombre y allí esperar a tomar el primer vuelo posible hacia la ciudad que le vio nacer. Como siempre no miró horarios ni disponibilidades, Valeria con su poco equipaje, esa mochila con lo básico tomo marcha hacia el aeropuerto sin planes, sino simplemente en busca de  satisfacer los impulsos de su corazón.

Una vez en el expreso, Valeria coloco su mejilla junto a la ventanilla helada de la que caían sin parar gotas de lluvia. No recordaba un día de Sol desde que aterrizó en Londres hacía ya unos cuantos meses, siempre ese lagrimar del cielo como buscando un cobijo donde dejar tanta tristeza en una ciudad que antes tanto le apasionó y que ahora no era mas que el lugar de su destierro, allí donde nadie la podía encontrar y si lo hacía nunca sería bien venido.  Ese clima era el compañero ideal para su estado de penumbra, de una mala nostalgia porque no era de recordar, era mas de reproche por su vida, por no tener esa que tanto había soñado, o mejor dicho; esa vida de amor que tanto le habían contado durante la infancia y que realmente había vivido. Recordaba como en aquella época de felicidad también se apresuraba a rechazar cualquier pensamiento de miedo, de ese que no te deja disfrutar pero que es la advertencia natural de que algún día esa vida de perfección podía acabar. En esa preocupación entraba su padre cuando lo comentaban durante la comida familiar de los domingos junto al balcón y los sofás naranjas. Su padre le decía que no se podía vivir con miedo, que el miedo era el mayor enemigo del amor y ella por supuesto lo creía, y siempre que le llegaba el temor a su cabeza pensaba en su papa, ese que sufrió unos días de cárcel por su culpa y con el que apenas había vuelto a hablar desde su llegada a Londres.

Con el tren en marcha y el paisaje gris de esa ciudad y su decadente silueta de una economía industrial en plena decadencia, Valeria en esta vuelta recordó su ida, aquel día en el que tras declarar en el Juzgado la verdad y conseguir por si sola la libertad de su padre, de esa forma como de repente sería su vida en la mas absoluta soledad personal y de palabra, ese día que sin pensar de nuevo tomó un taxi en la puerta de los Juzgados y en lugar de un tren  se le ocurrió ir al aeropuerto y así se lo indicó al taxista. No sabía donde ir, ni que avión tomar pero si sabía que tenía que alejarse, no era una huida era tan solo la necesidad de no estar, de no tener presencia. Mirando por el cristal y sin que sirviera de precedente a Valeria se le escapó una sonrisa filosófica, de esas que se conjugan con inteligencia, con el pensamiento menos racional como  decía su mamá que se hallaba postrada en la habitación de un hospital en estado de coma. Era filosófica porque le recordaba uno de los típicos debates de domingo entre ella y su papá, esa diferencia importante entre el verbo ser y el verbo estar.  Recordaba como su padre reprochaba la excesiva dimensión que se le había dado al verbo ser que en su opinión dejaba menos en el alma que el estar, porque este último significaba presencia, una realidad material frente al ser que en muchas ocasiones no era mas que el titulo de una canción de verano. Lo importante es estar presente donde quieras que estés, que se note tu existencia cariño mío, que se sienta tu vida cerca de la piel a pesar de que la distancia no acerque mas que kilómetros. Así pensaba su padre y ella por llevarle la contra debatía con él frente al desespero de su mamá que los tachaba de filósofos irracionales, conversadores de barra de bar, y se reían, se reían mucho, de esa risa que es fruto de la complicidad y del amor que permanentemente se regalaban los tres, en ese mundo de fantasía que la vio crecer.

No recordaba si también le invadía ese pensamiento cuando iba subida en el taxi camino del aeropuerto de la ciudad que la vio nacer, pero por la razón que fuera mientras circulaba el coche por el boulevard rumbo al aeródromo ese taxi paso, no sabe si bien de camino o por una razón inexplicable, por  la mismísimo margen de esa ciudad sanitaria, ese macro hospital donde en una de sus habitaciones se encontraría su mamá en estado de coma. Se quedó mirando a ese conjunto de edificios blancos con grandes letras que anunciaban su nombre, orgulloso de ser un referente sanitario en aquellos tiempos de crisis de identidad nacional, y de repente, sin pensarlo dos veces ordeno al taxista que hiciera un cambio de sentido cuando pudiera ya que se encontraba al otro lado del boulevard y la llevará al centro sanitario. El taxista con no muy buen gusto pues se perdía una buena carrera hasta el aeropuerto, como si lo hiciera de mala gana bajo la velocidad y realizo esas operaciones indicadas lentamente, lo suficiente para hacer temblar a Valeria, para planear su entrada en ese lugar. La mente de Valeria en peligro, en situaciones de riesgo era una calculadora de análisis instantáneo con más megas de ram que cualquier computador con la silueta de una manzana. Lo planeo todo y ya con ese plan preconcebido llego a su puerta tras un buen rato gracias a la parsimonia del conductor del taxi.

Valeria se centró en la raya del horizonte mirando por la ventana del tren regresando a ella su habitual gesto serio que lucía en esos tiempos. Centrada en esa línea imaginaria recordó que tras bajar del taxi tuvo que flanquear alguna que otra dificultad. En primer término no tenía idea de cual era el lugar donde se hallaba su mama y en segundo lugar tampoco contaba con la seguridad de que no hubiera nadie conocido, lo que hundiría todos sus planes. Valeria descartó la presencia de su padre que en otro momento hubiera estado sin moverse de ese lugar, sin pestañear, sin comer, sin beber; posiblemente sin vivir mirando a su amor, esa mujer de ojitos achinados, de cabellos rubio ceniza tan propios de su país de origen; esa personita pequeña y menuda que tanto le había dado y que en un día maldito le había robado no solo la libertad sino la propia vida. En realidad estaba en juego la vida, pero no la de su padre sino la de su madre y solo deseaba verla respirar, al menos se llevaría esa imagen a los nuevos destinos que la esperaban tras un vuelo y tal vez un tren, el de su vida, el que le haría perder la juventud y en lugar de madurar, envejecer. Curiosamente esta era otra de las conversaciones irracionales que mantenía con su padre, la de la madurez. Para su padre madurar no era mas que un pase vip hacía la muerte, hacia la podredumbre. El ejemplo típico era el del plátano, y decía, maduro, negro y podrido. Su padre era de manzanas y de manzanas duras, verdes, recién cogidas del árbol sin huellas por el paso del tiempo. La madurez era un cuento inventado para que la sociedad cambiara los caprichos del consumo, para fijar etapas en la vida de las personas y así proponer diversos modos de vida acordes con las mismas y evidentemente diferentes deseos de consumo.

Como ocurría habitualmente, Valeria pasaba de un tema a otro sin centrarse en uno concreto, sin concentración sino dispersando su mente y sus pensamientos conforme le llegaban las emociones.

Dejó el taxi y se dispuso a entrar en ese complejo hospitalario, miró carteles, pregunto en varias ocasiones y le indicaron que lo hiciera en un punto de información donde le dirían donde se encontraba su madre y el numero de la habitación. Así lo hizo, se dirigió a un mostrador y tras decir el nombre de su mama, no sin dejar rastros de lágrimas que descendía por sus mofletillos, por esa carita virgen a los avatares de la vida, a la maldad a la pérdida; consiguió articular su nombre y la persona que la atendió al ver donde se hallaba comprendió bien esa pena, esa emoción y tristeza que invadían a Valeria, que como siempre, a pesar de las circunstancia agradeció la información y siguió las instrucciones que le dio esa mujer para llegar al lugar donde se encontraba su mama. La enfermera o lo que fuera, le dijo que no estaba en planta sino en una de las UCI del complejo, es decir en una Unidad de Cuidados Intensivos y que solo se le podía ver en determinados horarios, justo en apenas diez minutos y que se diera prisa para poder entrar. Valeria cogió un ascensor, recorrió varios pasillos, cambio varias veces de edificio y al final por fin llego a un área llamada UCI Neurológica.

Se apreciaba que era hora de visitas porque ya había gente a la espera. Valeria se quedó al margen de todas esas personas, se colocó estratégicamente en un pasillo lateral junto a un letrero que decía acceso restringido, pensando que a la vista del mismo nadie se acercaría y ella en caso de que algún conocido se acercara podría desaparecer a la carrera, sin dejar rastro, sin permitir que nadie la viera.

Según la información que le dieron apenas cinco minutos y abrirían las puertas y allí podría ver a su mama. El cuerpo le iba a estallar de lo que le temblaba todo, sin olvidar que hacía escasas horas que ella también se encontraba en un hospital, que la noche anterior la había pasado en la cama de una de las habitaciones del Hospital del Mar de Barcelona, parecía que había sido otro día y sin embargo unas cuantas horas nada más desde entonces, y tantas cosas habían pasado. El tren, el Juzgado, el taxi  ahora el hospital y sobre todo su madre. De pronto todos los familiares que esperaban se acercaron a un señor que circulaba con bata blanca y que se presentaba cómo  doctor de intensivos e informaba tras nombrar al enfermo del estado del paciente que se hallaba en la UCI tras dar una serie de directrices del comportamiento dentro de esa unidad médica. Valeria no se acercó, escucho los consejos desde lo lejos, no quería arriesgarse a que llegara alguien de repente y tuviera que dar explicaciones. Valeria no quería hablar con nadie, solo quería ser presencia sin necesidad de ser nadie, tan solo estar en silencio y sin palabras. El doctor se le acercó y le pregunto si venia de visita, Valeria apenas pudo articular palabra pero movió la cabeza de arriba abajo. Le pregunto el nombre de la enferma y Valeria inmersa en una especie de espasmos, entre suspiros y sollozos consiguió que se le entendiera el apellido de su madre porque el nombre no pudo llegar a los odios del médico. Este tras averiguar quien era, cambió de expresión la miró a los ojos encharcados de lágrimas, le pregunto si era su hija y Valeria lo afirmó.  El médico tras tomar varias veces aire y hacer un intento de coger su mano, que Valeria retiró bruscamente, le dijo que a pesar de que estuviera en coma era positivo que le hablara, que la acariciara para despertar sus sentidos, para  hacer sentir la presencia de nuevo de su hija. Valeria de nuevo afirmó con la cabeza y su rostro llenó de lágrimas, mientras el doctor le daba una palmadita leve en su hombro retirándose ante el estado emocional de Valeria y su necesario espacio para la intimidad.
La puerta de la Unidad de Intensivos se abrió y todos entraron poco a poco sin hacer ruido, parecía mas que un momento de visita  la procesión del silencio. Sin ruidos, sin saludos, sin nada más que el caminar hacia la cama de su familiar. Valeria cogida de sus propias manos, se acercó a la cama  donde una enfermera le indicó amablemente que se encontraba su madre. El rostro de ella no era más que un baño de lágrimas silenciosas cuando vio aquella cara redondita con los ojos cerrados, el pelo recogido y todo lleno de cables, monitores y sus manecitas apoyadas cada una a un extremo de la cama. Valeria desfallecía, necesitó apoyarse en esa cama, sobre su mamá para evitar la caída, para no hundirse de repente ante todos y perder esos escasos minutos que estaría con la persona que mas quería en esta vida. Era su madre, pero también su amiga, su confidente, su compañera de cada día; su madre lo había sido todo pero ahora no podía evitar el reproche, la traición, el abandono mas profundo en el que se encontraba ella.

Valeria tomo aire para intentar hacer una de las indicaciones del médico. Acercó su mano a la mano muerta de su madre pero con calor, la temperatura de siempre, sus dedos, sus callosidades; la de la vida, las del trabajo para ella, para Valeria porque toda su familia, toda estaba dedicada a Valeria y sin embargo allí se encontraba ante su madre en coma y su padre saliendo de la cárcel. Ese mundo le era desconocido, no sabía vivirlo y las lágrimas sus dueñas y señoras. Como pudo acarició su mano derecha, poco a poco se fue echando hacia ella hasta rozar su mejilla, esos mofletes que como ella dominaban su rostro. Se fue acercando hasta alcanzarla con sus secos labios y desprender un beso en su rostro, en el de su madre. De repente, entre un espasmo y otro, de entre sus sollozos Valeria reconoció una voz que se aproximaba. Se retiró de golpe de esa cama, se alejó escondiéndose entre un biombo que separaba a un enfermo de otro y se adentró en el de otro que no tenía visita. En silencio escucho los pasos de varias personas que les acompañaba ese mismo doctor. Reconoció la voz de inmediato cuando estaba ya al borde de la cama, era la de su abuela paterna junto con otras personas y ese médico que le informaba que su hija, es decir su nieta, se encontraba en la sala. Su abuela sin respetar el silencio empezó a llamarla por su nombre entre gritos y desespero. Su abuelita con su hijo en la cárcel, su nuera en coma y su nieta huida.

Valeria sabía que era de las personas que más estarían sufriendo,  pero ésta sacando fuerza de flaqueza, como un huracán salió de entre ese biombo, ni miró empujo al doctor, tal vez también a su abuela y salió corriendo por la puerta, de nuevo sin mirar atrás, con lo justo, con ella y sus pocas pertenencias, lo necesario para tapar su cuerpo desnudo y poder respirar de su marginalidad. Así lo recordaba en el tren con destino al aeropuerto, sin huidas; como un paso adelante para seguir en su mundo, aunque fuese sin palabras, sin pensamientos ni penas, tan solo seguir en esa vida inventada pero no soñada. Valeria lloraba en el tren recordando su carrera por las escaleras, su abuela gritando su nombre y varias enfermeras tras ella. Valeria no podía dejarse atrapar, Valeria debía seguir su ritmo pero cada vez le parecía que iba mas lenta aunque no conseguían atraparla. En el tren llegó a desesperar, a saltar nerviosa de su asiento y ser objeto de miradas de otros pasajeros. Valeria alcanzó la puerta, corrió por la calle, paro un taxi y le indicó que saliera rápido que la llevará  al aeropuerto con  su mochila, pero sin destino.



















VALERIA Y EL TREN -CAP.VII- VALERIA SIN VIDA

En algunos momentos Valeria sentía como si la acariciaran, como si una multitud de manos se deslizaran por su piel, por cada uno de los rincones de su cuerpo, sugestionando sus instintos, erizando su escaso vello. También veía luces y escuchaba voces que llegaban desde lo lejos, como ese eco que se esconde tras una puerta, ese que llama al miedo y te pone en alerta frente a un ataque.

Eran multitud de sensaciones, incluso un tenue saber metálico en su boca que le llamaba la atención ante una posible hemorragia, seguido de un dulzor exagerado como ese que se siente con los edulcorantes artificiales, de una pesadez muy superior al azúcar. Escuchaba voces, le acariciaban, la cogían de sus manos, la zarandeaban, la elevaban sin hacer fuerza ni mostrar resistencia; como si se tratara de un cuerpo sin peso que se despegaba de la tierra y volaba, que se tumbaba en las almohadas de las nubes junto al cabezal de su cama. Valeria intentaba moverse sin éxito, sin ser capaz de articular palabra, sin poder pedir ayuda o simplemente comunicarse porque no sentía miedo ni a ese sabor metálico en su boca, ni el dulzor; no era miedo, era impotencia, ansiedad y necesidad de cambiar de postura, de dar la vuelta a su cuerpo cansado de sujetar su vida. Pero volaba de la tierra a las nubes y el peso de la vida se esfumaba, perdía la vida, esa maltratada por su existencia traicionada, por la torpeza de sus maestros cuando ella no era más que una aprendiz de la vida regalada, porque Valeria nunca pidió nada, ni exigió, ni reclamó; agradecida por lo que tenía, al igual que llegó en su día ahora sentía que se le escapaba por la comisura de sus labios pegados, como si quisiera sellar su boca sin abrir los ojos para ver la elevación de su cuerpo, entre caricias, sonidos lejanos y ese sabor metálico que la invadía.

Valeria recordaba como a veces cuando dormía y tenía un sueño fuerte pero poco profundo le ocurría lo mismo, tal vez estaba dormida, no recordaba haberse metido en la cama. Esa sensación de querer escapar, de huir ante un peligro producto de la imaginación, pero el estado en sí de sueño te lo impide y solo fruto de esa desesperación permite despertar y con ello la vuelta a la realidad. Ese era su estado, el de inmovilización absoluta, pero objeto de posesión por otras personas. Las caricias seguían, los roces, los sonidos lejanos y el sabor dulce a metal. Valeria hizo un esfuerzo en su imaginación y empezó a recordar el Stansted Express, su llegada al aeropuerto, la compra del billete de avión, el paso por el control de facturación, la frontera, la zona de embarque. Valeria recordaba la noticia que le dio Tania, su jefa en El Santander donde trabajaba, recordaba que su madre había salido del coma cerebral, recordaba esa pinta bajo la lluvia y su decisión de tomar el tren y volar al país que la vio nacer. Valeria recordaba casi al milímetro cada momento. Cuando tomo el metro, su llegada a Notting Hill, el pub; cuando entro en su casa a coger su mochila y llenarla con cuatro camisetas básicas, cuatro pares de tangas y un par de sujetadores que a veces ni llevaba, la vida como le habían enseñado no estaba para sujetar al cuerpo sino para exhibirlo, para disfrutarlo y enseñar sus desniveles sin falsos pudores. Valeria se mostraba en las redes sociales, vivía al estilo gran hermano constantemente, sin censuras posibles. Una gran Instagramer, Blogger, YouTouber. Las redes eran su vida y su vida en las redes. Tan solo unas camisetas y unos vaqueros, lo demás sobraba. Lo de la ropa interior más que para adecentar lo usaba por higiene cuando se acordaba sin darle mas importancia. Sin florituras ni encajes de bolillo, como decía: algodón cien por cien y su piel, el único envoltorio de su alma y de su permanencia en la vida sin la cual, tan solo sería una organización de órganos y fluidos con poco sentido. Valeria aborrecía la hipocresía y esos elogios falsos de quienes para no decir a alguien que es feo le dicen que es guapo por dentro, que lo importante es el fondo y no la superficie, que el alma es lo que vale y poco el cuerpo. Hipócritas de salón de cafetería barata. Sin el cuerpo no hay vida y sin embargo lo bueno está en el fondo. Que si no fuera porque era guapa en su superficie nadie se interesaría por ella, o por nadie, tan solo dirían que es lo que importa, eso de la belleza interior que salvo que se poseyeran una máquina de rayos equis en los ojos, no sabía bien como podían encontrar tanta belleza florecer en sus entrañas o en su corazón, víscera de considerable tamaño, lleno de venas, arterias, sonrosado y mas bien feo en el fondo y hermoso en las formas, esas que rechazan para darle más valor, aquel que no es suyo sino de otras funciones de la vida que van más allá de impulsar sangre por el cuerpo, de dar vida a la propia vida.

Valeria se hallaba confusa, se perdía en los pensamientos sin poder concentrarse en donde estaba y porque no se movía.

Recordó que llegó al aeropuerto y que apenas tuvo tiempo para ir al Starbucks y tomarse un te porque encontró pasaje en un vuelo inminente de Ryanair a la ciudad que la vio nacer. Tomo acelerada el te, tiró el vaso a la papelera y embarcó. Recordaba que al entrar al avión tuvo que pedir permiso para sentarse puesto que el sitio de acompañante estaba ocupado en el pasillo y ella se sentó en el de la ventanilla. No sabía si era así la historia, porque no tenía asiento reservado y hacía calor, como si el aire acondicionado no funcionase y sin embargo la gente entraba en ese avión amarillo, ese que era como una continuación del Stansted Express.

Ahora que se estaba esforzando su mente regresó de nuevo a la casa, cuando entró a recoger su mochila, meter su ropa; se encontró a April  en el sofá de la entrada en una posición poco adecuada para sus ojos, no era muy dada a contemplar escenas de sexo, aunque era frecuente que su amiga tuviese compañías masculinas. Nunca participaba en sus citas ni tampoco había tenido ocasión de ir más allá de oir los gemidos y placeres sobre actuados en la habitación contigua. Aquella tarde como April no pensaba que Valeria regresara a la casa, su acompañante de turno y ella estaba en el salón común de la planta superior, manteniendo relaciones en ese sofá donde ella se perdía en la nostalgia de la falta de amor y sin embargo, aquellos que lo único que tenían era cuerpo, se encontraban practicando amor en su sitio destinado a ello. No le agradó ver a ese chico de color con sus dotes bien desarrolladas,  intentando introducirse en el cuerpo anaranjado de su amiga, abierta de piernas y con el deseo húmedo de ser penetrada y sentir esos tres cuartos de kilogramo de carne crecer entre sus piernas y al menos por instante sentir que su vida está llena de algo que no sean fantasías. Valeria prefería llenarse de silencio que de compañía y al ver tal panorama, dio marcha a su tarea de llenar su mochila y sin más que un adiós despedirse de April que en ese instante de la salida no tenía boca para nada más que esa especie de zanahoria de marfil que engullía entre sus dientes y su ansia de perderse en un gemido que mas tarde y como siempre le ocurría se convertiría, en llantos de soledad.

De nuevo sentía que sus pensamientos se dispersaban, como le decía su padre; que perseguía las moscas sin conocer su identidad, sin saber cual y por eso se distraía con todas. Incluso en esa situación en la que no podía moverse su pensamiento era disperso y no lograba llegar al motivo del porque no podía moverse. Tal vez estaba durmiendo pero recordaba cómo se puso el cinturón de seguridad, como el avión empezó a circular por la pista central de despegue tras las operaciones de aproximación en la pista. Recordaba al avión tomar carrerilla, esa con la que cogen velocidad para poder alzarse sin caer, como le ocurría a ella dejando la vida en la tierra y elevándose por encima de las cejas de las miradas mas furtivas de la vieja Inglaterra.

Ahora le venía a su mente como de repente un ruido ensordecedor llegó  justo del motor del avión que tenía a su derecha. Vio desde su ventanilla como una gran explosión, el fuego entre la hélice y el humo posterior. Recordaba los gritos de personas, los de su acompañante que sujeto a los brazos de su asiento apenas le dejó moverse para salir corriendo por el pasillo y si era posible saltar de ese pájaro de acero envuelto en llamas, como si la velocidad lo encendiera mucho mas, como si el combustible se encontrara en la caída. Gritos, objeto cayendo de los estantes, niños envueltos en pánico con la muerte en sus rostros y ella allí sin mas que su mirada en la ventanilla viendo como el avión caía de forma inversa y proporcional a su subida y como el suelo se acercaba para darle la bienvenida. Valeria había dejado su vida en la tierra y no podía volar, no sabía lanzarse al cielo sin posibilidad de caída y por esa razón convencida y sin temor, en silencio y sin miedo sujeta a su asiento, no gritaba ni lloraba tan solo veía por su ventanilla acercarse al suelo y recibir de nuevo la vida que había dejado sin resguardo de devolución.

Un sonido seco y la nada, ni oscuro ni claro una especie de color marrón brillante se encontró frente a su mirada. Ojos abiertos y nada, tan solo luz tenue pero fija, segura, sin parpadeos, sin más que una invitación a seguirla, a aproximarse a su origen y sin la mano de nadie. Valeria se encontraba más sola que nunca en ese trayecto desde ella a la nada de la falta de vida, a ese lugar que se espera llegar pero en el que no hay ninguna garantía de poderse quedar. Valeria tras la pérdida del miedo, la decepción familiar, la huida, el regreso; ahora se encontraba sola ante el espejo de su vida, a su existencia reflejada en una figura construida por el vaho de sus propias inspiraciones, del calor que huía de su cuerpo para abandonarle al frío destino de esa luz que le invitaba a seguir, a dar paso tras paso hasta alcanzar su origen; donde tal vez le esperara su mamá tras el coma o tal vez la historia de su vida que no iba a vivir; esa que había imaginado en su cuento de princesas y como Alicia en el país de las Maravillas tal vez poder hacer de sus sueños una estancia donde terminar las letras con un fin, una historia de suspense o mejor suspendida por la falta de vida, esa que Valeria había dejado en el mundo dentro de su mochila.

Sintió como unas convulsiones, como si el aire quisiera entrar en sus pulmones. Su lengua humedecer sus labios, sentir un pequeño escozor entre sus piernas junto con una línea cálida mojada por ese pis que se le escapaba en lugar de sus lágrimas que no tenía. Valeria había perdido sus lloros y tan solo guardaba lágrimas de recuero en pañuelos de papel en una papelera que nunca tiraría porque era simplemente el archivo de su pequeña vida.

Valeria de nuevo era acariciada pero esta vez de forma más brusca, sentía la fuerza sobre sus brazos, las voces cercanas a su oído y ese sabor a metálico desapareciendo tras haber podido guardar su lengua y humedecer los labios. Valeria dejo de ver la luz, se sobre saltó, en lugar de la luz una cara, un hombre con gorra y que en Inglés le gritaba una y  otra vez que el Stansted Express había llegado a final de trayecto, que despertara de su infierno, que estaba en el aeropuerto de Stansted y que debía bajar. Valeria consiguió moverse a duras penas, puso sus pies en el suelo y como no podía ser de otra forma cayó. Tenía las articulaciones entumecidas cuando ese hombre con gorra de nuevo se le acercó al suelo, gritándola si estaba bien y ella respondía si con la cabeza mientras este y sin saber porque abrió sus ojos y con una pequeña linterna proyecto su luz sobre los dos.

De nuevo la luz en su mirada que le invitaba a seguir su camino, ese mismo que había tomado sin vida.













VALERIA Y EL TREN -CAP.VIII- VALERIA A LA INVERSA


El problema de la vida es que no existe la felicidad, solo hay algunos momentos de alegría y otros de tristeza, pero nadie consigue ser feliz. Valeriaa miraba fijamente por la ventanilla del taxi que le conducía al aeropuerto de la ciudad que la vio nacer. Era un paisaje conocido, ese que le decía que ella si había sido feliz en esas calles de las que la había desterrado el desamor y la traición; la falta de respeto, la infidelidad; el acto menos humano, el más cruel, ese que para ella era de una gravedad superior a la propia muerte. Su vida había sido un momento de felicidad porque su madre se la había arrebatado y su padre con sus condescendencia había empujado a que todo se precipitara, a que ese mundo en el que vivía se viniera abajo, como un fichero de dominó, acelerado por ese impulso que hace caer la totalidad de las fichas sobre el frio suelo de la anti belleza, eso que hay un paso más allá de la fealdad, el germen de lo sucio, lo muerto sin tener vida; todo lo ocre con olor a mierda que se envuelve por esa putrefacción toxica.

Todos esos años, los de su propia vida había mamado principios tan diferentes; su mundo era el de la amistad, la concordia, la dedicación, la ternura, la dulzura; semejante a ese amor que se pega como un tarro de miel abierto en la bandeja del té. Un mundo de rosa, de chicle de fresa, de cariño pegajoso, de ese que atrapa por la flojera de su fortaleza. Lo había mamado y ahora sin nada más que ella misma, su cuerpecito, sus manos cerradas en si misma; sus ojos repletos de lágrimas y la vida por delante sin esperanza, sin ilusión y sin cabida en un mundo que tenía todo en su contra.

Al llegar al aeropuerto, Valeria se quedó pensativa; le era tan conocido, habían sido tantas veces de viajes en familia, con amigos, que cada baldosa de ese lugar le eran conocidas. A sus veinte pocos años había sido afortunada, pocos países de Europa quedaban fuera de su visita y sin embargo ahora Valeria no sabía donde ir. Tampoco le importaba mucho el lugar, tan solo quería desaparecer, salir de ese aeropuerto, en su anonimato y sus recuerdos; sus risas, las voces que oía de fondo y sobre todo esa luz, esa que le perseguía como si se moviera entre la nada y el todo, como si desapareciera la existencia y apenas hubiera tiempo para moverse. Una luz brillante que le invitaba a seguirla pero que no era capaz de alcanzar. Que le susurraba al oído y le empujaba a un abismo desconocido. Valeria restregó sus ojos, movió  la cabeza y algo le saco de su estado de ensimismamiento. Era su teléfono que no había desconectado y que era el único elemento material que le unía a esa realidad maldita de la que no quería ni pensar. Lo miró y en un acto reflejo borro la notificación, no quería saber quien le mandaba el mensaje pero comprobó que se quedaba sin batería y eso si, necesitaba ir cargada para poder manejarse en el país donde al final sería su refugió frente a las persecuciones que claramente se le echaban encima. Tomaría un té en el Starbucks y lo cargaría, pero primero su destino, ese lugar donde tenía que volver a empezar y dejar todo su pasado para una historia que jamás se llegaría a contar.

Valeria se situó frente al panel electrónico de las departures y miró los vuelos de ese día, de los que trataría de tomar alguno y sino esperaría allí sin moverse, sin vuelta pero sin huida; porque ella no huía, ella se protegía de ese mundo que se había vuelto en su contra, de esa nube toxica de los mezquino, de los intereses de las personas sin principios ni humanidad. De su madre en coma cerebral y de su padre en otro, en coma del corazón.

Frente a ese panel leyó varios vuelos en los que había posibilidad de comprar un pasaje. Vuelos que salían en unas tres horas, que era tiempo suficiente para pillar un billete sin vender, de esos que llaman de última hora aunque para Valeria era la primera, porque ella no iba sino volvía; mejor dicho, Valeria regresaba de sí misma, para no quedarse donde estaba. Ese maldito dilema entre el ser y el estar de nuevo pero que era como de un himno vital que le acompañaba siempre en sus decisiones como la de ahora en la que debía elegir que vuelo tomar. Le llamo la atención el vuelo a Copenhague, allí había estado como en el resto pero lo guardaba con cierta ternura pues a esa ciudad fue a visitar a su amiga April que había conocido en la Universidad en un programa Erasmus, como ese que ella haría en el futuro pero que como todas sus esperanzas habían quedado frustradas en el baúl del desengaño, como aquella calle de la serie de televisión que fue compañía durante tantas veladas con los tres  cara a ese aparato de fantasias, de entretenimiento y ahora también de recuerdos. No iría a Copenhague porque April no estaba y no se veía en esa ciudad por el momento. Un vuelo de la KLM a Amsterdan Schipol, ciudad que también conocía y donde había pasado fantásticos momentos junto a sus amigos de la infancia, esos dos o tres que restan tras el paso del tiempo. Lo descartó aunque fue una de sus opciones primarias, podía trabajar en el barrio rojo de prostituta, aunque su cuerpo siendo atractivo no era de esos que llaman la atención y además, si ya le costaba ser sobada por un tipo al que ama, tener que dejarse el sudor en cerdos libidinosos con ganas de carne, le dio asco, pereza y fuera; a otro cosa. Olimpic a Atenas. Que bonito y cuanto calor recordaba de esa ciudad junto con papa y mama y las islas griegas. Demasiados recuerdos, pensó para descartar el viaje a la capital Helena. Un vuelo le sobrecogió, Aeroflot con destino a Moscú, tuvo la tentación, los ojos le brillaron, se echó mano a la mochila para agarrarla e ir al mostrador de esa compañía. Hablaba algo de Ruso, se manejaba a la perfección y encontraría a algún conocido de su madre. Sin embargo aunque le abrió los ojos lo descartó porque era un país difícil, con reglas de visado y no lo tenía y además era como entrar en la cuna materna de la que quería desaparecer.  Paris-Orly, que bonito; romántico, estético, brillante; pero demasiado sentimiento acumulado como para dar la vuelta a la página de la existencia. No le apetecía tanto amor como para dejarse llevar por él.  Londres- Stansted; este le atrajo, Londres siempre es una oportunidad, ella hablaba bastante bien el Ingles, allí estaba ahora viviendo su amiga April y recordó que en un restaurante trabajaba una amiga de su papa. Como opción le pareció acertadísima y le apetecía. Londres era una ciudad lo suficientemente grande como para perderse hasta de si misma y poder encontrar a alguna persona que la hiciera sonreir, aunque Valeria se había propuesto hablar lo justo para sobrevivir, sin mas conversación que un si o un no sin sentimientos ni pasión.

No llamó a nadie, ni a April su amiga de Copenhage, lo haría tomándose un té frio  en el Starbucks, donde se quedaría hasta conseguir un pasaje. No le sería difícil, tal vez los vuelos a esa ciudad eran los más frecuentes. Le gusto su decisión y se dirigió al mostrador de Ryanair, esperaba tener suerte por una vez en esa etapa de su vida, donde todo eran lágrimas y tristezas y tal vez encontrar a alguna persona que  le hiciera feliz tras pelearse con el mundo.

Consiguió el pasaje, tenía poco más de tres horas por delante y se dirigió al Starbucks donde pidió un te frio verde de melocotón. Era el de su padre pero también el suyo y evidentemente no podía quitarse el ADN para seguir adelante, si le perseguían los apellidos, difícilmente podía desprenderse de los gustos. Se sentó puso su Iphone a cargar y evidentemente se conectó de nuevo, sin querer vio como cien mensajes que no abrió y eliminó. No quería saber nada ni que nada se interpusiera en su objetivo que ahora era viajar a Londres sin que nadie lo supiera, se pidió el té y una vez conectado el teléfono mensajeo a su amiga April, la cual le contesto muy entusiasta y deseosa de verla diciéndole que no buscara casa, que en la suya había una habitación libre en el distrito de Notting y que de inmediato hablaría con la casera para que se lo quedara.

Valeria suspiró, estaba algo más tranquila, tenía una casa donde poder estar, un techo; aunque no le dijo a April que ya llegaba, que lo haría durante esa semana. Necesitaba un par de días de absoluta soledad, por lo que buscaría un hotel pequeño por el centro y de esa forma reflexionar, pensar y tomar decisiones que eran vitales, porque eran de esas que cambian la vida.

Valeria no dejaba de sentir como si la tocaran y esa luz no se iba del horizonte en el momento en el que por una razón un otra cerraba los ojos. Un simple parpadeo y esa luz, y las caricias y las voces, lejanas pero conocidas, los sonidos en un silencio que no se abrumaba ni con los avisos de megafonía del aeropuerto de la ciudad que la vio nacer.

Tras unas dos horas y media de vuelo llegó a Londres y allí, recordando sus viajes anteriores a esa ciudad, en ese mismo aeropuerto tomo el Stansted Expres que la llevaría a la estación de Tottenhan. La lluvia en la ventanilla aporreaba el cristal y Valeria ensimismada en  sus pensamientos veía pasar casas y fabricas vacías, destruidas en ruinas de la época de la revolución industrial, esa que hizo grande al Imperio Británico y que ahora apenas quedaban sus ladrillos, como ocurre con las personas que tras su juventud, la piel es lo más visible por el propio deterioro.  Valeria no dejaba de pensar y un ruido fuerte la estremeció, no podía moverse, se encontraba atrapada entre amasijos de hierros y seres que gemían a su alrededor. Había sangre y un fuerte olor a metal, de esos que se meten por la frente y ocupan hasta el pensamiento.

No sentía ningún dolor pero no podía levantarse, no lograba ponerse en pie y le faltaba la respiración. Eso si, de nuevo le tocaban, veía cada vez mas cercana esa luz entre paredes blancas, como si fuese lo único que se movía en la nada, como si la nada fuera esa luz y unas voces lejanas que la empujaban hacia ninguna parte. Era como una agonía de la que quería escapar, pero se concentraba junto con ese maldito olor a metal, el humo, la carne quemada, la sangre. Valeria quería correr pero no podía, no se le movía nada, estaba inmersa en un ataque de pánico inmóvil y sin palabra, porque quería gritar mama, papa y no le salían las palabras. No tenía voz ni podía moverse, quería volver con su mama, perdonarla por todo, llorar junto a sus mejillas y acurrucarse en la cama grande como hacía los domingos, en medio junto a ellos dos formando los tres una simbiosis indestructible. Valeria quería volver, no quería irse, necesitaba hacer retroceder al tiempo, darse la oportunidad a comprender lo que nunca tuvo que pasar, pero no quería estar ahí, necesitaba los besos de su padre, la sonrisa de su madre. Valeria no podía ni llorar, no le salían las lágrimas, no tenía vida y sin embargo la luz le perseguía y las voces lejanas cada vez más próximas a su cuello. Sentía dolor, el fluido de la sangre entre sus piernas, el olor a orina; Valeria no sabía que pasaba cuando de repente un movimiento brusco en su brazo derecho le hizo caer y abrir los ojos. Era un hombre con gorra que le decía a gritos que bajara del tren que ya había llegado a Londres.

Como pudo se incorporó, miro a su alrededor y desperezándose salió del tren, tomo el metro en la estación de Totenhan destino a Oxford Street  y zona de Trafalgar, así lo recordaba pero no lo tenía muy claro. Miró su pequeña agenda de papel buscando un hotelito próximo, o al menos así lo recordaba de cuando fue con sus papas.  Bajo en Oxford Circus y se puso a andar con Google Maps, y después de un buen rato andando, no recordaba que fuera tanto, llegó al Nadler Soho Hotel, Carlisle St. No era barato, lo miro mientras andaba, unos doscientos por noche pero tenía dinero y total serían tan solo dos noches y quería darse el gusto de una habitación agradable en un bonito lugar cerca también del restaurante donde trabajaba la amiga de su padre a la que ella también conocía.

Llegó al hotel, había habitación por fortuna, algo mas barata unos ciento cincuenta por noche al cambio, dio su pasaporte, el recepcionista lo miró bien, le pareció que no era mayor de edad o demasiado joven para estar en un hotel así, pero no tuvo problema  quiso pagar las dos noches o garantizarlas con su tarjeta de crédito que dio y de repente, sin pensar un grito salió de su garganta, un no enorme que ensordeció a todos los que se hallaban en la recepción del hotel, un no de pánico, de terror o tal vez mejor dicho de error. La tarjeta de crédito la habían pasado por el TPV; su situación quedaba revelada, era la tarjeta que le habían dado sus padres, en nada sabría su padre donde estaba, su desaparición tan solo había durado unas horas, desde ese taxi en la ciudad que la vio nacer en la puerta del hospital donde su madre vivía su coma hasta ese momento en el que el recepcionista había comunicado al mundo que Valeria estaba en Londres. Y la luz de nuevo surgió persiguiéndola y las voces, y las manos tocando sus brazos. De nuevo la luz en el horizonte del vacío y la nada en la mente de Valeria.



















VALERIA Y EL TREN. -CAP. IX- VALERIA Y NADA MÁS.

Durante las primeras horas en ese hotel de Londres, Valeria descanso, apenas salió de la habitación como si temiera que la descubrieran en esa enorme metrópoli. No dormía, ni tan siquiera soñaba; se encontraba en un estado de sopor donde los recuerdos se le agolpaban en las puertas de su consciencia.

Con los ojos cerrados tumbada en la cama paso la mayor parte de esos días antes de decidirse a ir a vivir con su amiga April, esa alocada danesa, rubia de ojos casi transparentes que le había hecho pasar mas de un momento de apuro durante su estancia en la ciudad que la vio nacer. Valeria no era una chica muy lanzada en lo relativo a las relaciones con los chicos, mas bien lo contrario. Romántica por educación y tierna por convicción, Valeria vivía de su mundo e invitaba al mundo a vivir de su fantasía. De la realidad inventada como le decía su papa a la realidad impuesta. Ese tramo en el que no supo abrir puentes, en donde la salida de una no suponía la entrada en otra, sino por el contrario la caída al rio del destino sin remo donde guiarse.

April era la típica nórdica que había superado las fronteras de la moralina de la Europa del Sur. Una chica que vivía los momentos o los reducía a los instantes con su mirada infantil y su cuerpo de hembra leonina con el que exprimía a los hombres hasta lo más mínimo de su significante. Una mujer sin sorpresas pero de muchas ganas de llevarse la vida por delante con su cuerpo bien formado, atlético, cultivado en los gimnasios de Copenhague, sus pechos firmes y duros junto con su culo fruto de las series de sentadillas, esculpido de tal forma que parecía hecho a mano. Una joven atrevida, sexy, erótica; una hembra dispuesta a jugar a ser la dueña de las pasiones masculinas y muy diferente a Valeria. Ésta una mujer de poco sexo y mucho amor; como le decía en sus conversaciones con April, el orgasmo con amor es la imagen de Dios, sin amor no es mas que hambre saciada con carne, de eso que Valeria no comía y se negaba a introducir en su escueto pero elegante cuerpo. Valeria estaba hecha del amor de una noche para la eternidad, esa que por desgracia se había roto como la cadena de una bicicleta que de repente deja de girar.

Entre visión y visión, Valeria pensó e incluso se le desprendió alguna sonrisa, que con su querida April habría mucho sexo en esa casa, aunque ella tan solo sería un habitante que no molestaría en los avatares de su amiga porque lo menos que le apetecía en esos momentos era conocer a nadie y menos tener que sobar pieles babeantes de lujurias con hambre de saciar sus instintos mas carniceros.

Se le pasaron las horas entre pensamientos y espacios en blanco. Entre ellos el sonido de los mensajes de su Iphone. Lo miró y lo temido ocurrió, varios mensajes de su padre que al parecer ya se encontraba fuera de prisión gracias a su declaración y también de Tania, la amiga de su padre que trabajaba en Londres. Su padre tan solo le suplicaba que se cuidara y que ahí tenía el teléfono de Tania, que le daría trabajo, que le ayudaría a buscar casa; que la llamara  y que su mama seguía en coma neurológico o cerebral. Valeria no era persona de hacer sufrir y contesto de forma escueta a su padre, le dijo un seco estoy bien y llamaré a Tania.

Entre un pensamiento y otro siempre se intercalaban esas visiones en blanco, de la nada; ese punto de luz que no lograba alcanzar y las voces, las caricias en sus brazos y en su cabeza, como si una multitud la quisiera atrapar y ella corría sin avanzar hacia ese punto de luz, hacia la esperanza de volver atrás, de recuperar lo no vivido, de sentir de nuevo la vida, de olvidar los últimos sucesos y continuar con su vida planeada y bien organizada, con su mundo de color de rosa y los cabellos de princesa como siempre había imaginado y de tal sueño no podía escapar sin perderse, sin caer en el fango de un rio repleto de pirañas y de todo tipo de alimañas dispuestas a llevarse lo poco que quedaba de Valeria.

De esa forma Valeria iría a vivir en un par de días con April, sería testigo de sus idas y venidas, de sus parejas y sus trios; de todo eso que le hacían feliz y ella en su trabajo en el Santander en pleno Soho, pelando hortalizas y cortándolas a la perfección tal y como le había enseñado su maestra Tania, esa mujer recta, erguida y disciplinada de un corazón tan grande que no era capaz de mostrarlo salvo una caricia intencionada en su sonrisa. Valeria ya la conocía y se encontró protegida bajo los brazos de Tania, ese eslabón perdido de su padre en la metrópoli donde sus huesos se dejaron caer tras el abismo de la locura de la traición de su propia existencia.

La luz y los recuerdos, esa forma en la que tenemos de revivir y como siempre decía las cosas bonitas deberían poder vivirse al menos dos veces. Ella había vivido una porque nunca pensó en que perdería esa vida que tenía y de repente se encontró regresando en ese tren de su vida llamado Stansted Express rumbo al aeropuerto donde dejo un poco de si misma el primer dia en el que decidió aterrizar en un otoño que no solo tiró las hojas de los árboles sino su propio ser, ese en el que se había situado sin saber vivir del aliento ajeno, del carril de las vivencias y del sabor de las existencias. Valeria como mujer niña que se trataba tal como si nunca hubieran crecido sus pechos y su cuerpo siguiera siendo templo y no taberna. Valeria en ese avión en el que regresaba siguió persiguiendo luces que le circulaban alrededor de su estrecho cuerpo de adolescente crecida.

Valeria no sabía dónde se encontraba la ida y la vuelta, no era capaz de diferenciar si volvía o se marchaba, no tenía conciencia de hogar, de lugar de residencia; así mientras miraba por la ventanilla del avión amarillo, no sabía si era un viaje de ida o de vuelta, si su casa estaba allí o allá, o tal vez fuera ese aparato o mejor dicho el tren. Su vida en los últimos meses era el Stansted Express. Ese lugar en el que el olor a huida le cambio la forma de mirarse las manos, hasta descubrir que era lo único que tenía, una encima de la otra sobre las orillas de sus muslos tapados por unos vaqueros que jamás podría dejar de ponerse.

Dentro de sus lágrimas donde nacía su alma, Valeria se encontraba feliz mientras sentía como aterrizaba ese avión en el aeropuerto de la ciudad que la vio nacer; su mama había salido del coma y según le habían dicho estaba fuera de peligro, su golpe no fue mortal ni nunca quiso que fuese asi, tan solo un acto reflejo de querer quitar del medio no a ella, sino lo que significaba, el amor, la ternura, la maternidad; todo eso que había abandonado desde el momento de la traición, ese en el que dejo de ser una persona excepcional para convertirse en vulgar, una más; como dicen una cualquiera entre un montón de gente ordinaria.

Si había algo que superaba a Valeria y su pequeño mundo era lo vulgar. Una chica escasa de extras pero con mucha clase, eso que algunos le decían una mujer de estilo que con tan solo básicos lucía mejor que cualquier otra con toda la moda por bandera. Se encontraba feliz mientras veía como el avión hacía las maniobras de aproximación a la terminal, esa que ignoraba si era un principio o tal vez otro final.

El avión amarillo totalmente parado y todo dispuesto al desembarco, de ella y de toda su vida, porque ahí junto a su mochila Valeria llevaba lo mas preciado de su existencia, consigo siempre viajaba un pequeño corazón capaz de acoger a todo aquel que tan solo quisiera comprender el porqué de su vida, de aquello que le habían hecho entender entre canciones de amor y caricias en un amanecer.

Valeria como siempre salió de la terminal dispuesta a coger un taxi con la cabeza arriba y la mirada al frente. Su dignidad llamaba la atención, cómo podía expresar tanto un cuerpo y el semblante de un ser tocado especialmente por algún ángel que en lugar del cielo prefirió quedarse con ella en la tierra de infiernos y locuras. Valeria era todo carácter, una mujer sin muchos deseos pero digna de ser lo que era, algo que sin esa dignidad le hubiera sido muy difícil mantener durante sus escasos años de vida. Valeria era el amor andando por los pasillos de un aeropuerto, era esa canción que todos hemos querido alguna vez componer.

Si el amor tenía nombre se llamaba Valeria, si la sensualidad tenía mujer, era Valeria; si la dulzura tenía color era el de Valeria, si la ternura era una caricia, estaba en los dedos de Valeria. Saliendo del aeropuerto tomo el taxi en dirección al hospital, la autovía y el boulevard. Esa era su ruta hacia su origen, hacia la mujer que en su lecho la había llevado durante su gestación y esa que junto a su padre eran los fabricantes en exclusiva de Valeria, la mujer que al llamarse amor fue un amanecer que jamás llegó.

El taxi, la autovía y el boulevard hasta la puerta del complejo hospitalario en el que entró conociendo el camino y siguiendo esa luz. Valeria podía llegar con los ojos cerrados, no porque recordara especialmente ese día en el que entró para despedirse de ese cuerpo que tan solo respiraba y que se llamaba mama. No era esa su orientación sino esa luz blanca, esa que le perseguía en todos sus viajes en el tren, esa que junto con las voces y las manos le atrapaban cada vez que el Stansted se ponía en marcha en una o en otra dirección.

Las manos la llevaban en volandas, incluso tuvo que tomar carrerilla de la forma que la empujaban persiguiendo esa luz y los sonidos de voces cada vez mas conocidas se acercaban a su cara, era prácticamente parte de sus mejillas. Un pasillo, otro; un ascensor y un giro y la habitación donde al verla tuvo que cerrar los ojos porque esa luz ya no giraba, ya no corría delante de ella llegó al lugar donde los ojos de su madre se encontraban incorporados en una cama de hospital con cables, monitores y ruidicitos de esos feos que salían en las series de la Fox.  La luz no le dejaba mirar a la cara de esa rubita tumbada sobre la cama y sonriente como siempre hasta cuando lloraba. Era la ternura de un ser que le dio su ángel y al otro lado;  ese lado ni lo nombró, ese hombre que tumbado en la cama era la misma imagen del perdón y del fracaso. De esos hombres  que por darlo todo se quedan sin nada, porque no saben administrar sus sentimientos y son fruto de las emociones sin las barreras arquitectónicas de la inteligencia.


Valeria se acercó y quedo prendida en el marco de la puerta de la habitación, no podía entrar, las manos no le dejaban y las voces escupían sus palabras tan cerca que incluso trataba de alejarse. Las llegó a ver, estaban cerca, no podía moverse. Valeria se quedó mirando porque ahí estaba toda su vida y sin saber porque, de nuevo se quedó sin amanecer.


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