sábado, 16 de mayo de 2015

CONFUNDÍ, EL MAR CON LAS LÁGRIMAS.



Hay momentos en la vida en los que se compran abrazos. Se busca la caricia y  se vende el alma por un beso. Hay días que mendigas el calor, el cariño e incluso la ilusión.
Deseas unos labios perfumados de carmín, el silencio del suspiro, la parte roja del alma y unas guindas para tu pastel. En esos días de búsqueda del tacto, del sentido de la pasión, del contacto, de la palabra entrecortada y de unos ojos que parpadean; en esos días nace la confusión, porque puedes abrazar un corazón o tan solo una farola a la que se le ha colgado una papelera, donde echar los restos de tu voluntad.
Esos momentos son los que te traen a la memoria un verano, un paseo por la arena del mar, en el atardecer del tiempo y en el de tu vida. Te llega el recuerdo de la playa, de la mano cogida entre los dedos. Añoras las palpitaciones, echas de menos las emociones que entrecruzan los sentidos. Dejas de pensar y comienzas a sentir, tal vez lo que quieres o lo que deseas. No lo tienes, recuerdas que perdiste el mar, que se vendió a otro postor, que esa ola te rechazo con la resaca, que casi te lleva, te traga, en tu agonía y en tu esperanza de mar.
Visualizas la espuma en la arena, el aire húmedo. Si la humedad de los labios, de la piel, del tacto. La puedes ver, pretendes tocarla, traerla hacia ti, no llega, pero si el sabor salado del mar, que no sacia, que estimula el sentido, la necesidad de amor, el hambre de carne y la sed de por su saliva.
Pasa el tiempo y no puedes mirar, el mar no llega, ni tampoco el barco donde pasear a remo. No llega pero si su olor, su sabor, su tacto mojado. Si llega, lo sientes; y no es como pensabas, porque nace de ti, de tu intento por volar, por escapar, por huir a la aventura del torso de su pecho.

No es el mar amigo mío; te equivocaste de nuevo, son tus lágrimas a las que abrazas con el llanto de tu corazón.


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