viernes, 1 de mayo de 2015

LLEGÓ DEL ESTE, PARA QUERERME.



A veces pensamos que tan solo podrán entender nuestra vida aquellas personas más cercanas, las que tienen nuestra misma cultura, la misma forma de ver y entender la existencia. Sin embargo el mundo es diverso pero pequeño, nos une la especie, el sentido de la supervivencia, de la amistad y del amor. Los sentimientos son los que permiten enlazar a las gentes de uno y de otro lugar del planeta. No hay más conclusión que aquella que nos iguala en la diversidad.
Lecciones de cordura, de saber vivir, de conciencia de lo humano y de lo divino, me llegaron de lejos, del este y de la novedad de la sangre joven. Yo tengo una amiga del este que vino para quedarse, con la que me unieron prosas y versos y mucha piel; de esas uniones que se quedan marcadas en la carne, como tatuajes de por vida, sin inspiración de salida, con mucho pasado y un futuro incierto.
Mi vida del este llegó por sorpresa para decirme que nuestro comienzo podría ser un logro sin lo intentábamos. Tantas dudas sobre el futuro, pero el intento es lo único que nos lleva al éxito o a la vivencia; nunca al fracaso. Eso me decía, tan joven y desde tan lejos, con una filosofía fresca, clara y segura de que su llegada era para quedarse, en el corazón aunque no en la vida.
Según ella nadie cambia por nadie, solo se mejora si lo merece. El amor no puede exigir cambios, con el amor se acepta, es más, se aman las diferencias y se mejora por la riqueza de lo diverso. No cambió, yo lo intenté, gran error que cometemos a veces cuando pensamos que lo nuestro es mejor que lo extraño. Intentarlo fue el primer paso, ese que se hace para sacarte de donde estás, aunque no sea el paso que te lleve donde quieras ir. Yo si se dónde quiero ir, lo sé y lo sabía, pero solo me pidió el primer paso para salir de la triste vida en la que me había situado para llevarme a alcanzar un horizonte, que al final no sería su horizonte.
Vino desde el este para quedarse, desde muy lejos trajo tanto amor, que me atreví a dar ese primer paso que me saco del fango donde inmerso había instalado mi existencia para coparme de los lujos del cariño y del amor.
Desde el otro lado del horizonte, más cerca de la luna que de las estrellas llegó para que cambiara las normas, para adaptarme a sus formas, a esas que amo, a las que como dicen tan solo dos pueden llegar.

Desde su llegada, mis días coincidieron con los buenos días, amando hasta cuando no había para amar, luchando por su sonrisa, esa que surge en mí cuando la recuerdo, hasta que la felicidad se escapó de las manos, hasta el día en el que se le olvidó quererme.


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