domingo, 16 de octubre de 2016

A CONTRAPIEL.

Lo recuero muy bien porque ocurrió apenas hace unas tardes, de esas  en las que tan solo nos quedamos tu y yo.

Sonriente como una niña sin mas fin que entregar su sabiduría en sus manos, sus dedos; su maestría en una piel escasa de sentimientos. Sin más que la caricia del ser humano perdida en las curvas de una vida llena de charcos.

Y sonó esa música que junto con las velas atrajeron tus sombras hacia mí, despacio; sin más pretensión que el contacto; el tacto de una piel bajo las yemas de unos dedos con la barrera del aceite caliente, que suaviza los sentimientos teñidos de terciopelo viejo. Y así en simbiosis perfecta nació la atracción, sin corazón pero con alma; con satisfacción pero sin deseo. Tan solo el tacto sin palpitaciones, los círculos concéntricos sin limitaciones y el tiempo del atardecer sumido de la tristeza a la esperanza, de esa fina capa que separa el llanto del suspiro.

La sutil luz del Otoño en cada mirada reflejada en la sombra de las velas, movidas por la perfecta sintonía de tu cuerpo al alcanzar al mío y dejarlo caer sin sentido. Como sin fuerza, tan solo con la vida suficiente para recibir al tuyo en una fina distancia de apenas unos centímetros pero sin llegarme, sin apenas rozarme más que con tus manos y tu mirada ajena, perdida en cada instante para satisfacer la necesidad de amor, de sentimiento perdido en cada esquina de una vida repleta de fantasía, como la tuya en la mía cuando tan solo somos un tu y yo en la distancia más corta pero en la proximidad más divina que hace que la piel se cruce con otra piel.


Así tu y yo, desconocidos en todo pero sabios en nada. Tu y yo y la música, las velas, el viento de los suspiros y la suave brisa de tus caricias surgió este amor más Platónico que humano, dibujando siempre sueños a contrapiel.



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