domingo, 5 de marzo de 2017

DEJARSE

A veces siendo un paracaídas en la caída, otras un pañuelo para  no dejar de llorar por las lágrimas olvidadas. Esa es la mano de la ayuda, la del cuidado con la que se gana la confianza, esa fuerza que nos lleva a hacer lo que no seríamos capaces ni de pensar, esa unión a la que se llega a veces sin saber muy bien porque ante la falta de méritos, y más bien de deméritos, con los que sería más fácil dejar que tomar, mucho más sencillo empujar y mirar hacia otro lado, que estar en las duras y en las maduras, en los momentos de risas para compartir y en los de nubarrones donde sino esta ese paraguas lo más seguro sería la rotura del alma por un mal rayo.

Permitir es tan bien parte de esa confianza: dejarse querer, porque no siendo el motivo son frecuentes esos momentos en los que no se desea recibir nada, lo que realmente se quiere es que se dejen, sobre todo que se dejen querer, y para eso quien sino, que esa persona de confianza, aquella en la que se confía que  muy a pesar de mostrar sentimientos y miserias, se dejara también querer además de ser el objeto de esa necesidad de dar lo que se tiene y que nadie quiere recibir. Se confía en quien se quiere y sobre todo en la persona que esta dispuesta a recibir lo que sobra, aunque a veces sean las sobras y se esté como un camión de recogida frente a lo que no quieren otros, como esas lágrimas que lo más seguro serán del confiado para el que confía sin que sean de sus ojos, ni para los suyos.

En ese dejarse querer hay muchos dejarses. Creo que no he sido muy correcto en la expresión “dejarses”, pero lo que me importa es que se me entienda mas que la corrección de las palabras e incluso de las expresiones gramaticales. Esos “dejarse” de tantas cosas que entran en el paquete de los “te quieros”, como una forma de sentir lo que se tiene dentro y no se da y se tiene ese dejado, para que reciba a veces algo más que un querer, muchas veces noches en vela, conversaciones sin fin bajo el paraguas de los parpados que caen de sueño pero se aguanta hasta el final, porque para eso diste la confianza, para ser trapo y polvo, para convertirte en llanto y consuelo. Esa confianza del “dejarse” es la que nos llega a ese mundo visto desde arriba, de la complicidad de la confianza en la persona que desde ese momento se convierte en nuestra persona.

Dos personas en una sin pacto ni ceremonia, la una para la otra y sin saber porque se quiere para siempre aunque a veces se rompa porque ese “dejarse” lo llevamos tan lejos, que no aguanta esa soga invisible que une a las personas que están destinadas a encontrarse. Es como ese refrán de que tanto va el cántaro a la fuente que se rompe. Abusamos tanto de las personas que llega un momento que “dejarse” ya no es opción, impide la respiración y puede convertirse en una jaula sin salida. Nos aprovechamos en exceso de la confianza y de ese dejarse querer e imponemos la forma de hacerlo, ya no solo son de recibir sino de envolver con el papel del capricho y las ganas de un destino que si bien se inició en común se dejó cuando se pusieron barreras sin escapatoria, sin opción para discrepar.

Dejarse querer es parte de esa confianza, es el refugio de aquellos que tienen tanto y no saben que hacer con lo que les sobra, sin que sean sobras; son esos trozos en los que quedas cuando solo te quedan los restos en ruinas,  y tienes que querer aunque no quieras.

A veces te dejas querer por quién no debes y es entonces cuando tú te quedas en ruinas, es un querer egoísta, buscado, necesitado y no confiado. Dejarse querer es también un riesgo de que te guste ese cariño sobrado pero que no es tuyo, que no son mas que sobras en este caso de la pena del abandono, y te gustan como te gusta ese plato de comida en la madrugada de la comida del día anterior. Te apetece incluso  más que cuando lo comiste porque se toma no cuando te llega sino cuando lo coges con más necesidad, con mas gusto del debido, del que no se estropee, de que no haya que tirarlo, como ese mendrugo de pan del dia anterior querido por todos pero dejado para ti, sin más complemento que el que quieras ponerle en esa madrugada sin salida, en ese momento en el que solo estas tú y el resto, tal vez el polvo en el que quedó tu alma tras la semana, después de tantos amaneceres sin Sol y sin ganas de verse más allá del espejo de las cicatrices.


El peligro de los “dejarses”, es querer lo que te dejan y te conviertes en un dejado.


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