sábado, 25 de marzo de 2017

VALERIA UN AMANECER PERDIDO -CAP. III- VALERIA EN SU MUNDO

He visto amanecer, aquí sentada y a la espera, el sol ya salió, sus rayos lo iluminan todo aunque ya no da ese calorcito como en el verano, el otoño acaba de empezar y ya hay algunos árboles marchitos, pelados sin hoja alguna. En la naturaleza, esta época del año parece un fin y yo estoy en un comienzo. Es agradable el otoño. Es una estación melancólica, una época para recordar, para pensar y añorar otros momentos; para quedarse en casa sentada en el sofá naranja y repasar viejas etapas. Sin embargo para el calendario académico, es temporada alta, todo empieza cuando alrededor parece que todo acaba.

Termino un verano más hace pocos días. Un verano con vacaciones, como otros tantos veranos. Desde que tengo recuerdos puedo decir que mis veranos se han dividido en tres clases de veranos. Siempre ha sido así. Los veranos que pasamos en el lugar donde mis padres se conocieron, los veranos pasados en la ciudad donde  nació mi madre y los veranos en los que mi abuela materna venía a pasarlo con nosotros.

Mi mundo hasta ahora ha tenido un orden casi perfecto. En los estudios pasar de un curso a otro con una sucesión lógica y sin tropiezos, porque aunque no soy una gran estudiante, estoy dentro de la media, pasar cada año de curso dentro de una normalidad. Y en cuanto a los veranos, también el orden se ha mantenido. Tres clases de veranos, diferentes por supuesto, pero repitiéndose de forma continua cada uno con su versión.

Bueno esto se acabó, al café con leche me refiero. Todavía me falta mas de una hora, repito, no avanza el reloj y parece que el mundo entero hubiera decidido no levantarse hoy, quedarse soñando en la cama perezosos de romper con las vacaciones y volver a la rutina diaria de la mayor parte del año. Unos cuantos si que ya están en marcha; el segurata, el camarero, yo misma y unos cuantos que ya se van viendo por los alrededores, ya hay mas tráfico, el tranvia circula y el sol está cada vez más arriba del horizonte. Pero mi café con leche se acabo y yo tengo que fumar, tengo que seguir aquí un rato más, no me voy a poner como una tonta en la puerta de la facultad esperando a que abran como si quisiera ser la primera en entrar. No, no me gusta llamar la atención, prefiero pasar desapercibida, estar entre la masa. Pero tendré que pedir otra vez a este camarero que le gusta dar conversación, como si yo la quisiera, como si me importara algo:

-¡¡Por favor!!!

-Si ¿dígame señorita?.

-Otro café con leche.

-Parece que quiere estar hoy muy bien despierta, ¿no?.

-Solo quiero un café con leche, si el posible, y lo de señorita ¿lo acertó?.

-Bueno lo siento es usted tan joven, que bueno disculpe si la he ofendido.

-No se preocupe, soy señorita, una señorita que quiere que le traiga un café con leche sino es mucha molestia.

-En un minuto, disculpe.

¡Será posible!, pero quien le habrá dicho a este estúpido que tengo ganas de conversación, que quiero hablar del tiempo con él o entablar amistad. No entiendo a la gente que bajo la escusa de querer ser amable no te dejan en paz, ¿no es esto una cafetería?, pues eso, yo soy la cliente pido algo y el camarero que me lo traiga y después le pago, y ya está , no es necesaria mas relación. A veces me tachan de ser un poco insociable, introvertida, y me lo dicen como si eso fuese algo malo. Si soy así, en parte por influencia de mi padre, ¿pero es un defecto?, pues no, es mi personalidad, Valeria es así guste a quien le guste, y si lo he heredado de mi padre, además estoy orgullosa de serlo. Yo tengo mi mundo, mi espacio y no permito que nadie entre en él sin más, sin que yo voluntariamente les abra la puerta.

Menos mal que ya se va viendo llegar más gente, jóvenes que hoy como yo empiezan sus clases. Hay movimiento, y por fin dejaré de ser el centro de atención.

Ahora que las manecillas del reloj van avanzando, ya se ve por aquí algún estudiante que se va acercando, sabiendo la hora de comienzo de las clases, no como yo, y los pocos que he visto, todos ellos lucían un color de piel moreno. Yo este año estoy blanquita, he pisado poco la playa, y mi color no podía ser otro que el blanco, blanco. Mi madre es como la leche, y yo no podía ser de otra forma. Este color de piel, no significa otra cosa que este verano, ha sido uno de esos veranos que he pasado en la ciudad donde nació mi madre, y allí el moreno es difícil de coger.

Como he dicho y repito, en mi vida han existido pocos cambios, todo ha tenido un orden una sucesión cotidiana de los acontecimientos, sin altos ni bajos. Ello me ha creado, pienso yo, un cierto equilibrio emocional y vital. Saber cada año más o menos lo que vendrá, y me refiero a los grandes acontecimientos como es un viaje para mi, me ha dado seguridad, y será por ello, que ahora que me encuentro ante las puertas de una nueva vida fruto de una decisión que no se si ha sido bien pensada pero de la que no me arrepiento, me siento un poco perdida, no tengo la sarten por el mango y eso me molesta me hace sentir una ansiedad que para nada es de mi gusto.

La rutina, o saber más o menos que pasará un año tras otro, tampoco es nada malo, ¿porqué?, si te gusta lo que haces, donde vas y con quien estas, ¿para qué cambiarlo?, ¿por aventura?, ¿por hacer una vida más excitante?, pues no, aunque se me pueda tachar de aburrida y de tantas otras cosas, me gusta mi vida, me siento feliz sabiendo que un año ire a un sitio y otro año a otro aunque en círculo se repita. La vida no es mas que recoger buenos momentos y guardarlos, y también saber que los malos llegarán y te quedará algo muy importante, las vivencias. Esas son nuestras, es la riqueza de cada una de nuestras vidas. Lo vivido es lo obtenido, lo demás esta por demostrar. El presente es efímero, es segundo tras segundo el estado en que te encuentras, como yo aquí tomando un café con leche ya no se cuanto tiempo, ese es mi presente; y el futuro, se puede soñar, se puede intuir, pero no existe. Yo se que hoy atravesaré una de esas puertas y seguiré caminando por el mundo, acumulando presentes que mas tarde se convertirán en recuerdos y se quedaran para siempre en mi memoria.

Este verano hemos viajado a la ciudad donde nació mi madre. Es un pais lejano y muy diferente al que vivo. No es solo un viaje, es reunirme, volver a ver a mi abuela querida con sus inesperados cambios de humor, con sus pequeñas locuras y sus grandes sentimientos. Todo esto no se improvisa, ni mucho menos. Mis padres mas o menos por el mes de marzo o abril ya deciden donde pasaremos las vacaciones, y como se adelantan tantos meses, éstas no solo se convierten en un viaje, sino en un proceso que te hace esperar la llegada del dia de partida con autentica ansiedad.

Mis padres deciden donde toca cada año, como he dicho unos cuantos meses atrás, y desde entonces no hay un día que a la hora de la comida, cuando lo hacemos juntos, o en la cena, que eso si que es sagrado hacerla los tres; se hable del viaje, de las vacaciones recordando otras de años atrás, calculando días, fechas, eligiendo como ir. Todo ello es emocionante, tan prolongado en el tiempo que mi padre una vez me dió una fórmula para poder dormir en esos días en los que el insomnio te pilla y la almohada se convierte en tu peor enemigo. Esa fórmula es empezar a pensar en uno de esos viajes vividos, intentar recordar desde el primer momento, paso tras paso, y funciona, lo aseguro. Lo probé y ese intento de recordar los detalles mas pequeños te crea una especie de estado de trance como si dormitaras, hasta que al final por el esfuerzo del cerebro en recordarlos, acabas durmiéndote.

Las vacaciones mas intensas son como las de este año, mas difíciles de preparar, mas tiempo dedicadas a ellas, y la distancia obliga a tomar varios aviones a estar esperando en aeropuertos, y sobre todo, el estar juntos preparándolas, los tres, y pasar todos esos momentos los tres, y en cada sitio los tres. Mi mundo empieza y se acaba en los tres, no necesito nada más, me llenan de plenitud vital. La amistad de mi madre, porque al ser mucho mas joven que mi padre, parecemos amigas, y como es así pequeñita y entrañable trasciende el parentesco y tenemos muchas conversaciones así, de amigas. Mi padre aunque más mayor, no deja de ser mi cómplice. Es la palabra exacta complicidad. Con la mirada sabemos cada uno lo que pensamos. A veces a mi madre le saca un poco de los nervios, pero es tanta la confianza que tenemos que no daría un paso sin él, sin olvidar su sentido del humor, ese que no es gracioso del todo para soltar una carcajada, es absurdo que constantemente te mantiene en una sonrisa dulce y placida. Los tres juntos, no necesito nada más. Juntos es mi palabra preferida.

Recuerdo un año que hicimos este mismo viaje, que teníamos que comprar maletas nuevas. Bueno, pues mis padres, por no llegar tarde, las compraron dos meses antes, y no se les ocurrió otra idea que dejarlas en el comedor sin guardar, para verlas constantemente; es decir, que desde junio ya estaban las maletas preparadas, ahí a la vista, y claro el viaje era el tema de conversación diario.

Tener las maletas presentes es para no retrasarnos en el viaje, como yo hoy aquí, dos horas antes de que empiecen las clases, cuando mi padre planifica los vuelos y las fechas que mi madre le deja con total libertad, pues pasan cosas como las de este año. Primero llegamos a Madrid nos tiramos ocho horas en el aeropuerto, luego a la capital y diez horas en el aeropuerto para coger el otro avión que llega a la ciudad donde nació mi madre. Será gusto por estar sentado en un aeropuerto, porque a ver quién lo entiende. El dice que de esta forma no hay riesgo de perder los vuelos, pero se olvida que corre el riesgo de que lo cojamos del cuello, ¡¡jajaja!!. El viaje empieza mucho antes, y  cuando se esta en el aeropuerto ya se ha iniciado y se disfruta igual, esa es su escusa. Y aunque me cueste reconocerlo tiene razón. Jugamos a las cartas, comemos, bebemos y disfrutamos del ambiente de los aeropuertos, con tanta gente que va y viene de tantos países. Me gusta a mi también pero nunca se lo diré, no vaya a ser que en el próximo nos tiremos un día entero en cada aeropuerto. Y si he dicho la próxima vez, es porque habrán muchas mas, porque aunque haya cumplido los dieciocho años y las amigas me propongan viajes a Ibiza o a cualquier otro sitio, si puedo iré, pero lo que nunca haré es no ir con ellos. Quiero seguir sentándome en el sillón del medio del avión, quiero caminar por las calles cogida del brazo de los dos, también en medio, y tenerlos muy pegaditos a mi, siempre y que dure mucho, porque no me puedo imaginar perder alguno de ellos alguna vez, y aunque tenga que pasar, no sé, de verdad no  sé si podré soportarlo, lo mío no es amor es locura por mis papis, y si sigo siendo niña y eso les hace felices, seguiré siéndolo, y si algún día conozco algún chico y me enamore y viva con él, seguiré con ellos, y si esa futura persona no lo acepta, que no me haga elegir, que lo tiene claro, que no hay enamoramiento en el mundo que pueda superar el amor hacia estas dos personitas que me trajeron al mundo y me han hecho como soy, para bien o para mal, pero esa soy yo, la auténtica Valeria y su mundo.

Parece como si no pasara el tiempo, como si tuviera que empujar las manecillas del reloj para que avancen y se me acaba el café con leche, tendré que pedirme otro, porque me apetece fumar. Buff, a estas horas y ya llevo cuatro cigarros, madre mía. En mi primera clase voy a echar un aliento a tabaco de miedo, espero que no tenga que darle dos besos a nadie. Lo mas seguro que no, ninguna de mis amigas y amigos ha escogido esta carrera, pero siempre están los que se quieren hacer los simpatiquillos, los super sociables, que se presentan así mismos, sin que nadie les haya preguntado por su nombre o por su vida, ni si quieres conocerlos. Este tipo de gente puede conmigo. Trataré de evitarlos s  es posible.

Este año hicimos ese viaje casi al otro lado del mundo, aterrizando en un aeropuerto lejano, medio perdido en el mapa, pero muy conocido. No se cuantas veces he llegado hasta aquí, y siempre una espera, un recibimiento caluroso de las raices lejanas, de seres que solo tropiezan con mi piel cada cierto tiempo. Se repite la escena, un montón de besos, abrazos, y al final las lágrimas. Unas lágrimas de felicidad y de necesidad por la ausencia y la soledad. Mi abuela, la eterna niña, con sus ojos llorosos y esos olores tan distintos, ese aire que te llega desde el infinito. Unos colores que casi dañan la vista y unas imágenes que se pierden en mi memoria.

Siempre en su rostro parece la gran olvidada, un trozo de nosotros que solo se une una vez al año, o a veces en menos ocasiones. Pero no es posible olvidar a una parte de tu sangre, a quién dio la vida a mi madre, y tal vez por su forma de ser, ella fue empujada a un destino que terminaría floreciendo con mi vida. Como olvidar, esos días cogida de su mano, una mano que te aprieta, que con su palma te ofrece todo tu corazón, pero de repente y sin esperarlo, te suelta te deja volar, porque a ella le faltan esas alas, su cobijo es su propia existencia, viendo pero sin mirar una tele, leyendo una novela, o tal vez escribiéndola, porque su vida es estrecha de horizonte pero inmensa en su imaginación.

Los días pasados en la ciudad donde mi madre nació, son días en los que siento mil cosas a la vez. Son momentos con rizos de emociones constantes. Mirar un rio inmenso, que parece transcurrir tranquilo y placido pero que guarda en su lecho muchos secretos, sufrimientos terribles, la gran tragedia humana de la violencia y de la muerte, la eterna lucha de semejantes por dominarse unos a otros. Un lecho teñido de sangre, de tantas vidas que se llevó fruto de esa tragedia. Siempre lo miro buscando mas allá de su belleza pero sin olvidar nunca la vergüenza que siento en ocasiones de considerarme un ser humano, de formar parte de esa especie que es capaz de lo mejor, pero también de lo peor. Por ello ensimismada me quedo mirando a un firmamento infinito, sin trazo alguno que separe al horizonte cuando el cielo y la tierra se juntan y no  se puede ver mas allá.

Los días en la ciudad donde nació mi madre, también pasan de forma sincronizada, se suceden unos a otros en una especie de rueda que empieza y acaba en el mismo lugar. Y no solo una vez, sino cada vez que la hemos visitado. Por la mañana del hotel a la casa de mi abuela, allí con la desesperación de mi madre por las manías a veces insoportables de ella, la esperamos y salimos a pasear por esas avenidas inmensas, por unos jardines cuidados hasta el último detalle, y comer borjs, alguna cerveza corona siberiana o el vino georgiano, y esa carne, esos pinchos cocinados al estilo caucásico, con ensaladas  elaboradas de miles de maneras, pero con un denominador común; el eneldo. Hierbecita que te la encuentras en todas las comidas y que según dicen existe desde la edad media con grandes poderes curativos y para evitar la brujería. Ese olor está pegado a mi nariz desde la primera vez que vine y lo tengo en mi memoria. No me siento ajena, me encuentro en casa, parte de mi corazón tiene echadas parte de sus raíces en esta tierra hostil, de veranos calurosos e inviernos infernales.

Mi padre ha viajado allí en muchísimas ocasiones, conmigo y antes de que yo llegara a este mundo mío dividido entre dos amores, entre dos patrias. Pero a pesar de ello, y aunque yo llegará después, me siento mucho más integrada que él, cuidaron desde mi infancia que aprendiera el idioma,  y es normal, me comunico con su gente aunque tenga un acento diferente, converso, me acerco mas. Él se siente totalmente dependiente de mi madre y de mi, no daría una vuelta por ninguna de sus calles solo ni loco. Se siente a veces como un mono de feria, porque todo el mundo, según dice él, le mira como un bicho raro, y el habla en su idioma y yo lo entiendo, y mi madre tambien, pero los demás no, y en muchas ocasiones me río sin parar de las barbaridades que dice, y los demás lo mismo se rien o ponen cara de tontos. Por ello cada vez que le preguntan algo o quiere decir algo, depende de sus dos traductoras, que a veces queriendo o sin querer, traducimos como nos da la gana.

Este es un gran pais. Un país fruto del sufrimiento, bañado por la sangre y por la muerte. Las dos guerras del siglo pasado marcaron su historia moderna. La gran guerra, la segunda guerra mundial, tuvo especial importancia en esta ciudad, donde se libró una de las batallas mas gloriosas para este pueblo, no existiendo rincón alguno entre sus calles, sus plazas y paseos donde se recuerde ese enfrentamiento y la capacidad de sus ciudadanos para librarla del invasor. Un país que también fue el origen de la mayor de las revoluciones del siglo XX. Una revolución idealista, donde se trataba de terminar con la explotación del hombre por el hombre y la igualdad entre todos fuese una auténtica realidad. Lamentablemente, como suele ocurrir con todas las luchas idealistas que tratan de cambiar el mundo, unos cuantos se apoderaron de esos ideales haciéndolos suyos y despojándoselos al resto de su pueblo que sufrió durante años ese robo, que se había ganado con su sangre.

Es un pueblo castigado en tantos momentos de su historia, que ese sufrimiento se aprecia en el rostro de sus gentes. Una especie de vacío, de no tener un rumbo fijo en sus vidas por tantos malos tratos sufridos, así como una especie de abnegación y de abandono de la esperanza. Muchas cosas han cambiado, pero es una cuestión generacional. Una parte de su población se quedó estancada en el conductismo político de su antiguo régimen y la botella de vodka como única salida a la desesperanza.

En la actualidad, ha nacido una nueva generación despegada de esos anclajes del pasado, del inmovilismo  provocado por un régimen, que en sus principios mereció la lucha y el derramamiento de sangre, pero con el tiempo el sacrificio de toda una nación quedo en simple tiranía de unos cuantos. Esa nueva generación liberada de los estereotipos del pasado, surge con fuerza, con dinamismo y grandes deseos de cambio, hasta tal punto, que esa necesidad de evolucionar no les conduce a unos nuevos horizontes, a la lucha por una vida diferente, sino que por el contrario, es un frenético deseo por obtener y conquistar de la forma mas radical, los principios del otro mundo, de occidente, y no tanto en la mejor de sus versiones, sino en lo más rechazable y  despreciable del sistema occidental, el consumismo devorador.

Es comprensible que después de tantos años de carencias, ahora invadidos por el otro mundo, deseen para si lo que no tenían. Como dice mi abuela," antes teníamos dinero pero no teníamos nada que comprar, ahora podemos comprarlo todo pero no tenemos dinero".

Las huellas de la Gran Batalla te las encuentras en cada rincón de la ciudad, también se mantienen las de ese antiguo régimen. Grandes monumentos colectivistas, donde aparecen personas todas cogidas de la mano ayudando a un herido, monumentos del líder que inició esa revolución, y muchos de ellos dedicados a la mujer. La Gran Madre Patria es femenino, la mujer fue la que labro con sus manos y su esfuerzo esa revolución, tras la ruina de un país  hundido por la guerra con millones de hombres muertos en el frente de batalla. Por ello la mujer es la madre de esa patria, la que con su espada animaba al pueblo a la lucha para crear esa nueva sociedad, que así misma se destruyó por el egoísmo y la avaricia de sus mandatarios. Hechos que se repiten una y otra vez en la historia, sea cual sea la semilla de las ideas, el ser humano sigue siendo esclavo de sus semejantes, ya sean revolucionarios, poderes políticos, financieros, los mercados; de cualquier forma, el ser humano es víctima de sí mismo, y es una repetición constante en la historia. Un fatalismo sin solución, donde ni los grandes ideologos ni charlatanes de feria, pueden cambiar ese destino.





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