domingo, 29 de julio de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XIX


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XIX

La sucesión  no fue fácil, no toda la nobleza española de aquella época pudo entender, que uno de los títulos mas grandes de España pudiera ser heredado por una hija bastarda que vivía en pecado con otra mujer. Lo legítimo para ellos hubiera sido seguir las reglas de sucesión en la familia de Don Bernardo, algún primo, un pariente lejano; pero no en una mujer nacida del pecado.

Su nombramiento, culminado a su estilo, con aquellas palabras aceptando el título y el legado recibido, fue muy criticado. Un noble no necesita justificar su linaje ni su poder sobre los siervos, un miembro de la aristocracia española, con tan solo su título se le debe respeto y obediencia sin necesidad de justificación alguna.

De forma estricta y austera, fue felicitada por cada uno de los miembros de la nobleza que asistieron al acto, así como por el representante de Su Majestad el Rey; una vez cumplido el protocolo, todos desaparecieron, cada uno por su camino, en sus carruajes. Terminados todos los actos, Paca recién nombrada Condesa de Mudela, quedo sola en la puerta del caserón mirando al infinito, observando cada una de las cepas de los viñedos, los árboles, las cuadras, la granja, la bodega, las diferentes edificaciones, sus caminos; no se le escapo ni un solo detalle, se sentía extraña, nunca había tenido ningún poder y ahora era la dueña y señora de todo eses vasto territorio del sur de la meseta castellana. Propietaria de aquellas tierras, dueña de sus habitantes y autoridad en el Condado y de los pueblos aledaños. Se sentía abrumada, incapaz, los hechos se habían sucedido a gran velocidad, sin asumir todo lo que ello suponía aunque hacía años que su padre la había nombrado como legítima heredera; a pesar de ello ahora era una realidad y no podía ni dar un solo paso, ni mover un solo músculo, tan solo miraba el horizonte sin pestañear.

Ensimismada en sus pensamientos, asustada por la responsabilidad, por su repentina soledad, de repente, una mano, un tacto, un roce, una caricia, una mirada; Margarita a su lado, tomándola por la espalada, con su melena rubia entregada al fino viento que se había levantado, la cogió fuerte, como si supiera que en cualquier momento caería, tomo su cintura, acerco su pecho al cuerpo de Paca para que sintiera su corazón, para que materialmente comprendiera que estaba allí, que contaba con su total apoyo y su ayuda, que para ella nada había cambiado, que seguirían juntas, que las debilidades de una se complementarían con la fortaleza de la otra, que la tenía incondicionalmente, que nunca la dejaría, que tan solo la muerte las haría separar, pero que hasta entonces, allí estaría, a su lado para compartir sufrimientos y alegrías; que el amor que entre ellas existía podría con todo y con todos; pues no sería fácil gobernar esos pueblos, esas tierras, por una mujer en mundo dominado por los hombres.

Pasaron unos días y La Condesa despachaba con el capataz, encargados de los campos, de las cuadras, dando instrucciones, pidiendo consejos, a lo que no estaban acostumbrados ninguno de sus siervos y firmando documentos. También recibía a las autoridades, miembros del concejo, escribanos, notarios, el juez de paz; todos ellos estaban bajo su autoridad y su nombramiento y sus cargos dependían de ella. Mantuvo a todos los que estaban y nombró a otros; cumplía con todas sus tareas y obligaciones de forma ordenada y así cada día.  Al amanecer se levantaba de la cama, se deslizaba de las blancas sábanas de seda y contemplaba a Margarita dormida, en cierta parte la envidiaba, era un ser libre, sin obligaciones ni ataduras, tan solo permanecía a su lado por amor, una gran amor, criticado e insultado por tantos. Su vida podría haber sido mas fácil, podía marcharse en cualquier momento, no la sujetaría y sin embargo, ahí con sus cabellos del color del oro sobre la blanca almohada, dormía como un ángel, con su rostro blanco y su conciencia en paz. Como cada día, antes de salir para el caserón, le regalaba un delicado beso, suave, tierno, silencioso para que no despertara, para que siguiera en sus sueños y en su mundo, aunque su deseo fuese otro, despertarla, abrirle su ojos azules y juntar sus labios a esos otros labios, de un rojo intenso y saborearlos juntando una y otra vez sus lenguas hasta tomar todo de ella. Sin embargo, en silencio, un beso en la mejilla y nada mas, cada mañana comenzaban las tareas de Condesa y a ellas se debía.

Cuando había pasado  poco más de un año desde su nombramiento, Benito capataz del Condado, pues así fue nombrado por Don Bernardo y así lo mantuvo, comunicó a Paca que abandonaba su puesto y que se marchaba del Condado a la vendimia de otras tierras, que su tiempo allí había finalizado y por su puesto le pedía permiso y autorización puesto que a ella como Condesa se debía. Paca tenía todo el poder para retenerlo e incluso para que recibiera su castigo por hacer aquella petición; sin embargo lo dejó marchar, al final era un pobre desgraciado, un hombre simple, que en la juventud le cegó su con su amor, pero que cuando tuvo que tomar responsabilidades, cuando tuvo que ser un hombre, tan solo fue un villano desgraciado. Si lo dejo marchar, seguían esposados, así seguirían, no había otra opción en esa España dominada por clérigos y sotanas, a tanto poder no llegaba. Y se marchó con lo puesto. Meses después tuvo la noticia de que había muerto bajo las ruedas de un carro, con una muerte violenta, ya que al parecer sus pesadas ruedas pasaron una y otra vez por encima de su cuerpo, hasta romper en pedacitos cada uno de sus huesos. Sus restos los trajeron al pueblo para recibir cristiana sepultura, Margarita asistió, era su única familia, ya no vivían sus padres ni familiar alguno. Paca, la viuda, sin embargo no fue a dar el último adiós, ni su cargo ni sus deseos se permitían. Benito fue un gran engaño en su vida, había recibido su merecido.

Cuando Benito abandono su cargo de capataz y abandonó El Condado, Paca decidió hacer algunos cambios. Uno obligado debía nombrar un nuevo capataz. Para ello eligió a Celestino, el hijo de Fermin el de las cuadras que aunque hombre con conocimiento y experiencia ya era muy mayor y pocos años le quedaban. Necesitaba alguien joven, fuerte y capaz, alguien que supiera dirigir los campos, la bodega, los tratos con los comerciantes; una persona en la que pudiera confiar y le quitara alguna responsabilidad; y para ella Celestino era el hombre ideal, de poco mas de cuarenta años, criado en El Condado, lo había visto crecer y trabajar. Conocía el oficio y junto a él nombro a Fernanda, la esposa de éste, como la encargada del servicio  y del  mantenimiento  de el Caserón. También la había visto crecer, criarse en El Condado y sobre todo, cuidar a su madre Saturia a la que le quedaba poco tiempo en la tierra, le sobraban los años; y  le estaba muy agradecida.

Quedaba una última decisión, había pasado ya mucho tiempo desde que fue nombrada Condesa de Mudela y seguía viviendo junto a Margarita en la casa que el Conde le cedió cuando se casó. Allí no entraba el servicio, Margarita se encargaba de las tareas domésticas. Las comidas, la limpieza. Pero esa situación no podía continuar, debía trasladarse a vivir al Caserón, no solo por los rumores, sino por dignidad del título, debía ser servida por los sirvientes, no por su amada, debía residir en el lugar que le correspondía y con los lujos de esa gran casa.
Esa decisión estaba tomada por Paca, ahora debía comunicársela a Margarita que no le haría ninguna ilusión. Ella estaba encantada en servir a su amada Paca, a seguir viviendo en la discreción sin nadie mas, sin gente que entrar y saliera constantemente, que le pusiera el pollo en la mesa sin haberle retorcido el cuello ella y cocinado.
Una mañana al despertar, no solo hubo un beso en la mejilla de Margarita, ese día Paca la despertó con otro beso pero en el centro de sus rojos labios. Margarita entreabrió los parpados y dejo ver sus azules ojos regalando a Paca una suave sonrisa, le había gustado ese despertar.  Aunque después del beso, la sonrisa, el placer de los labios juntos, Paca le dio la noticia, se trasladaban a vivir al Caserón, así lo había decidido y le dio las explicaciones que entendió convenientes. Margarita dijo cien veces que no, que allí no sería feliz, que necesitaba servirla a ella y que no la sirvieran, que por favor le pidió que se marchara ella, que lo entendía, pero que la dejara permanecer allí y ser ella quien desempeñara las funciones de esa tal Fernanda, y algo mas, alguna noche, en la que los deseos carnales así lo pidieran, que era su sierva, que le mandara y obedecería en todo.

Paca la cogió de su mejillas, acerco su cara a la suya, la beso en cada una de ellas, se separó unos centímetros y de su boca salieron unas palabras suaves, tiernas pero también de Condesa: “ mi amada, tu eres lo único que me mantiene en vida, la razón por la que lucho cada día, por la que acalló miradas y comentarios, sobre tu y  yo, mi amor, tu serás servida, como si fueses mi esposo y no dudaré en acabar con la vida de cualquiera que lo ponga en duda, que nos juzgue. Mi amor por circunstancias de la vida, tu no debes servir a nadie, tienes que ser servida, te lo pido por nuestro amor, por mi y lo harás, porque además  – paca, en ese momento tomo un poco de aire y se le acercó un poco mas – porque además, mi amor como tu señora es mi deseo y lo cumplirás”

Paca de repente despertó, se había quedado sumida en sus sueños, pero un golpe de aire rompió la ventana e hizo añicos los cristales que saltaron encima de la cama, El Condado estaba en llamas, era una imagen aterradora, todo estaba siendo devorado por el fuego e incluso la casa. El techo se había tintado de rojo y el humo empezaba a colarse entre las tablas. El caserón estaba ardiendo, el tiempo de Paca se acababa.
  

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