domingo, 8 de julio de 2012

EL CONDADO DE MUDELA. CAPÍTULO XVII



Era un extraño olor el que entraba por los entresijos de la ventana, el que llegaba del exterior hasta la cama donde se hallaba postrada Paca. No era ese olor fresco y agradable de la tierra mojada, era un olor sucio, desagradable, fruto de la mezcla de la humedad y de la madera quemada de los árboles incendiados por los rayos que rodeaban el caserón, la imagen era aterradora. Lenguas de fuego caían del cielo, golpes de piedras contra los cristales de la ventana, arboles devorados por las llamas; El Condado anegado, parecía que el cielo se le caía encima, que las alimañas la buscaban, que la olfateaban, que enloquecían por morder sus carnes pellejosas y arrugadas, aunque lo que más la aterraba era el vaivén de la luz de la vela, rápido de un lado a otro de la estancia, y en un momento se paraba, iluminando su cara sobre el cristal, ahí veía su rostro reflejado y el terror que de su semblante pegado en sus retinas la abrumaban y una corriente fría le recorría todo su cuerpo paralizándolo, tan solo movido por unos vanos espasmos de dolor.

En su mente se repetía una frase constantemente: “camino a tu tumba”, esas habían sido las últimas palabras que durante muchos años dirigió a Benito. Desde aquel día, ese maldito día en el que su amada Pili fue asesinada por su esposo, ninguna palabra se intercambiaron, algún gesto de odio, de resentimiento, de desprecio; tan solo eso quedó tras ese día. Paca pasaba los días metida en la cama y dando algún paseo por El Condado, recorriendo cada uno de sus rincones con los que había compartido con Pili, fue todo para ella, su única compañera, su leal amiga, donde iba una iba la otra, siempre juntas y aquel malvado desconocido para ella, en un solo instante acabó con todo, nunca lo podría perdonar. Se preguntaba durante esos paseos, que es lo que había pasado con aquel joven amable, amante, cariñoso; que había pasado con aquel chico del que se enamoro y la desposó. Tal vez nunca lo conoció y aquella paliza hizo salir todo el mal y el odio que durante años había ido acumulando en sus entrañas, no Paca no tenía respuestas, no lo podía entender, como un solo acto, en solo un día se podía pasar del cielo al infierno, de una vida maravillosa envuelta en flores de amor, a la penumbra del desamor y de las malas entrañas.

Durante esos paseos, cada día visitaba a su anciana madre, lo único que le quedaba de su sangre, a excepción de su sobrevenido padre el Señor Conde, que a pesar de su generosidad y el cariño que intentaba prestarle, para ella era un total desconocido, seguía siendo el Señor, no su padre, sino su amo. Saturia a pesar de la edad, seguía ayudando en la cocina y en las tareas del Condado, aunque las fuerzas no le acompañaban y nuevos sirvientes jóvenes se encargaban de mantener todo a gusto del Conde, ella se negaba a ser una inútil, a dejar pasar el tiempo hasta el fin de sus días y como podía, ya pelando patatas, haciendo algún puchero o alguna tarea fácil que precisara poco esfuerzo, siempre ayudaba, necesitaba sentirse activa para no pensar, en su triste vida. Paca la visitaba y aún después de los años pasados seguía preguntándole por “potage” el último de sus hijos que nunca pudo enterrar, que dieron por desaparecido y que ella aún esperaba algún día volver a verlo entrar por el Condado. Nunca le dijo nada, prefirió mantenerla con la ilusión abierta, esa que tiene cualquier madre por muy malos que sean sus hijos, o al menos eso pensaba, porque Paca nunca sería madre. Ella había sido una hija inesperada, no deseada, bastarda del Señor y nunca habían tenido una relación madre hija normal, mas bien no tuvieron nunca ninguna relación. Saturia se encargó de criarla y nada mas, lo mucho o poco que sabía de la vida se lo había contado su abuela Fidela que en paz descanse y que con su muerte incluso le dio un aviso, una lección. Esa muerte durante la celebración de su boda no fue mas que el anunció de lo que se le avecinaba. Lo que empezó mal, nunca podía acabar bien.

Desde aquel día en el que Benito mató a Pili, ese día en el que se marcó aquel gran farol envistiéndose en la futura Condesa de Mudela, circunstancia que nunca se le había pasado por la cabeza y que ni tan siquiera  lo creía; desde aquel día nunca volvió a compartir lecho con Benito. En una estancia que habían destinado a trastero, colocaron un catre donde a partir de entonces dormiría Benito. Conforme le impuso, cada mañana al amanecer le preparaba unas torrijas y un tazón de leche recién ordeñada para el desayuno, a medio día le traía la comida de las cocinas y por la noches le preparaba embutidos, jamón, queso y una hogaza de pan para la cena, sin olvidar una frasca de vino que cada noche tomaba Paca para conciliar el sueño. Así pasaron varios años, sin cruzar palabra, Benito de capataz del Señor Conde y sirviente de la futura Condesa, ese título que se había inventado pero que había calado profundamente en Benito, tal vez, menos sabio de lo que ella pensaba, tan solo un pobre hombre, por mucho que pensaba, no entendía si había sido engañada o ese sencillo y visceral ser, era el auténtico Benito, tal vez todo fue mentira y realmente él pensaba que Paca realmente sería la futura Condesa y de ahí sus cortejos y el matrimonio.

Una mañana sin previo aviso cuando Paca se encontraba sentada en la puerta de su casa practicando el ganchillo, que un día su abuela intentó enseñarle y que nunca había vuelto a practicar y ahora era una forma de entretenimiento durante tantas horas vacías y solas que pasaba, divisó por el horizonte que se aproximaba un caballo negro y sobre él una amazona de pelos rubio y vestidos blancos, no podía ser, no se lo podía creer, era Margarita a la que no había vuelto a ver desde el día de su boda. De repente las agujas y lanas cayeron al suelo y de un solo movimiento se puso en pié, empezó a agitar la mano, y aquella figura de inmensa belleza a lomos de aquel semental le devolvió los saludos moviendo con una mano un pañuelo blanco y largo. Cuando llegó, bajo del animal, se miraron y se dejaron llevar por un fuerte abrazo y besos mojados entre lágrimas. Las noticias no habían quedado presas en El Condado, se habían dispersado por todas las tierras y pueblos de alrededor. Su situación con Benito era fruto de habladurías y cotilleos, incluso palabras ofensivas hacia Paca por parte de la familia de Benito, pero Margarita nunca las creyó, ni una solo mala palabra había salido de su boca, muy al contrario, ella conocía bien a su hermano, fue testigo de su romance con Paca de sus buenas obras hacía ella, pero nunca le engañó, cuando Paca no estaba presente, su hermano era una persona callada, arisca e interesada, no soportaba los trabajos en el campo a las órdenes de su padre y muchas veces quiso dar alguna noticia a Paca, pero decidió callar, que los acontecimientos sucedieran de forma natural puesto que lo mismo estaba equivocada. Pero no fue así, todo lo que pensaba sucedió y de forma natural se reveló.

Paca la invitó a quedarse en su casa y Margarita no lo dudo, le preguntó que pensaría su  hermano, pero a ambas les daba igual, desde ese momento nunca volverían a separarse, era la compañía que necesitaba aquella mujer que un día le hizo sentir especial, tierna y dulce con su cuerpo y con su vida, se había salvado, gracias a ella el desaparecido era potage y no Paca, y nunca lo pudo olvidar. Mas que amistad sentía amor y así se lo transmitieron ambas el día de su boda, con aquella mirada de complicidad, una mirada que era una demostración de que la unión entre ellas si era hasta que la muerte les separara, no aquella que juró ante el Altar.

Pasaron los días, varias semana, ambas estaban siempre juntas y dormían juntas, a Benito se lo comían los demonios, no podía dormir por las noches pensando que su hermana y su esposa dormían en la misma cama. No solo Benito era conocedor de ello, sino que las gentes del Condado empezaron a criticar esa situación vergonzosa, todos pensaban que una mujer se debía a su marido, sin embargo la Jara dormía con la hermana del esposo, era una vida en pecado delante de los ojos de todos, pues no se ocultaban en sus paseos cogidas de la mano. Su relación no era lo que la gente pensaba, ni mucho menos, tan solo dos seres desconsolados y perdidos de la vida, victimas de ella, que tan solo esperaban dar y recibir amor y ternura; y ellas se lo daban, amistad que es otra forma de amar.

Cuando Margarita no llevaba ni un mes viviendo en la casa de Paca, Benito entró en la casa junto varios hombres y mujeres del condado, todavía yacían dormidas en la cama, tiraron la puerta, el susto les hizo saltar el corazón, Benito de nuevo entrado en cólera y todas esas gentes con ojos juzgadores y de condena, las miraban como si fuesen brujas, las hijas del pecado, las enviadas por Satanás. Paca de forma contundente les ordenó que se marcharan, le echó de la casa, pero no lo hicieron, se acercaron cada vez mas, esos ojos de odio y de condena se acercaban junto con sus cuerpos, cada mas manos que las cogieron, las sacaron de la cama, les arrancaron las ropas, las golpearon, las tiraron por el suelo bajo la firme mirada de Benito de cuyo rostro se desprendía una suave y cruel sonrisa. No eran golpes fuertes, tan solo las zarandeaban y las llamaban putas, zorras, brujas, hijas del demonio.  De nuevos sus cabelleras eran objeto de atención, y así decían: -JARA y AMARILLA- soy hijas del demonio, así una y otra vez, incluso empezaron a corear que era una bastarda, que había sido engendrada con la semilla del diablo, en ese momento, por sorpresa, un viejo hombre, pero de gran tamaño y envergadura entro por la puerta, dio el alto a todos, y todos callaron, Paca y Margarita taparon sus cuerpos como pudieron, todo fue silencio, las miradas fijas al suelo, ni un murmullo, ni un sonido solo el de aquel hombre, Don Bernardo de Mudela, y con esa voz grave que aún mantenía sacón un papel y leyó ante todos:

Yo Bernardo de Mudela, dueño y señor de El Condado que lleva mi nombre, titulo heredado de mi padre Don Faustino de Mudela; ante el escribano-notario del municipio de Santa Cruz  declaro: que dejo como légitima heredera del titulo de Condesa de Mudela y dueña de sus tierras y personas que en ésta se hallen, a mi hija Francisca, que desde hoy tomará mi apellido y se le llamara  Doña Francisca de Mudela, debiéndoles todos respeto y obediencia”.

Una vez leído su legado, El Conde se dirigió a Benito, mirándole a los ojos, este con la cabeza baja y le ordenó, -arrodiyaté ante mi hija, baja la cabeza y le besas la mano y por tu vida en sus manos, lo que decida lo firmaré-. Benito obedeció se  arrodiyó ante Paca y puso su vida en sus manos, Paca de pronto y sin pensar lo abofeteó en varias ocasiones ante los ojos atónitos de todos los que allí se encontraban, y habló: - hoy te perdono la vida, porque como ya sabes que iniciastes el camino a la tumba, hoy has dado un gran paso, pero no es tu día, no has sufrido lo suficiente para merecer la muerte-.


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