domingo, 1 de julio de 2012


EL CONDADO DE MUDELA. CAPITULO XVI


Paca se encontraba inquieta, embullada entre las sabanas blancas y las almohadas, sin  hacer ningún movimiento, su cuerpo se perdía en espasmos, en temblores no provocados, tenían cierta armonía con los sonidos que procedían del exterior; el constante zumbido de las gotas de agua que se estrellaban contra el cristal de la ventana, los truenos, los árboles que caían por la fuerza del viento y el fuego de los rayos. Parecía el fin del mundo y del propio caserón crujiendo como si fueran llantos de dolor. Pero sus temblores, sus espasmos no estaban ocasionados por el miedo a esa interminable tormenta, como tantas otras que había vivido, sino que le machacaban los recuerdos, hasta tal punto que no pudo contener los orines que se le escaparon, empapando los algodones y trapos que Fernanda le había puesto para que de noche no mojara la cama.

Tras la entrada en la casa de Benito envuelto   con sus ropas ensangrentadas, los ojos hinchados, vómitos de sangre, dientes partidos. Paca curó sus heridas y quedó en la cama, pasando los días y sin mediar palabra. Le ayudaba a comer, le cambiaba los vendajes y así día tras día. Las gentes del Condado le preguntaban por su marido, otros la miraban con desafío. Benito no se ocupaba de sus funciones de capataz y un día El Conde le preguntó, le reprochó que clase de marido tenía, que le había dado un puesto de gran responsabilidad y no lo había cumplido ni tan siquiera un día. Paca, que ahora era el ojo derecho del Señor Conde, le contestó que había cogido unas fiebres pero que pronto se reincorporaría al trabajo y estaría orgulloso de él. Don Bernardo la creyó, como no, era la única persona en el mundo de su sangre y además El Conde estaba haciéndose mayor, cada vez se le veía menos, no salía ni al campo, pasaba los días encerrado en el caserón como si ya nada le importara, como si encerrado en sus aposentos hubiera decidido esperar la llegada de la muerte, de ahí su interés por Benito, le había otorgado toda la responsabilidad del Condado, no confiaba en nadie y él era el esposo de su hija, su única descendencia, la que en su día se convertiría en la primera mujer en la historia del titulo nobiliario, que sería Condesa de Mudela.

Pasados unos quince días desde aquellos sucesos, Benito estaba totalmente recuperado, pero seguía en silencio, no mostraba ningún tipo de cariño por Paca, no le hablaba, no le daba ni las gracias por todos los cuidados y sacrificios que hacía por él. Nada, de aquel muchacho dinámico, alegre y romántico no quedaba nada, parecía que aquellos golpes que le propinaron esa noche, le habían robado el alma, tan solo le quedaba la mirada, la única expresión de donde se podía obtener algún dato de sus pensamientos, y ésta o estaba en blanco, perdida, o era la mirada del odio, del mal que le poseía, de la necesidad de ajustar cuentas. El muchacho sonriente, amable y cariñoso había desaparecido. Ahora ese cuerpo escondía el dolor, había pasado todas las etapas del duelo: el dolor, la negación, la aceptación y ahora se encontraba en su última fase, la venganza.

Al llegar la noche, Benito se metió en la cama, era pronto, no había anochecido y Paca que no sabía bien que hacer, decidió también ir a dormir, de pronto, mientras se quitaba sus ropas y se ponía el camisón, de la boca de Benito salieron unas palabras, por fin le habló, -Paca, mañana al amanecer saldré de la casa y cumpliré con el cargo que me dio El Conde-, Paca se giró con una sonrisa, deseaba que se enfrentara a la vida, que cumpliera con el cargo que le había encomendado su padre. Le miró a la cara y vio esa mirada de odio el color de la venganza y su sonrisa poco a poco desapareció. Benito se incorporo y agarró el cuerpo semidesnudo de Paca. Ella ardía en necesidad de su carne, tanto tiempo sin saborearla, sin ser poseída. La atrajo con violencia hacia él, le arrancó con un movimiento la poca ropa que la cubría, la tiró en la cama, estrujo sus senos con sus grandes manos, la mordía mas que besarla, pero Paca no sentía dolor, necesitaba ser tomada, sentirse mujer, ser deseada. Pero Benito no sentía deseo, era otro sentimiento, quería descargar su furia contra su cuerpo. Le abrió los muslos y bajo sus pantalones de donde salió su miembro erecto rojo y desafiante y la penetró, con golpes bruscos como si deseara romperla, apuñalarla. Paca sentía se mordía los labios en cada movimiento, pero no se quejo, no salio ni un sonido de su boca, por el contrario lo besaba y acariciaba, mientras el terminó con un gran gemido depositando en sus entrañas toda la semilla acumulada, todo el veneno que lo poseía. Se tumbo sudoroso y entre suspiros dijo, -Paca mañana será mi primer día-

No pudo dormir en toda la noche, no sabía que querían decir esas palabras, un primer día, un nuevo día o una nueva persona, ya lo era, nada bueno presagiaba, su matrimonio entre flores, amor y felicidad tan solo había sido un sueño y ese sueño no se haría realidad.

Cuando una pequeña luz empezó a divisarse en el horizonte, Benito se levantó de la cama y empezó a vestirse de campo, chaleco, botas, boina y una garrota en la mano. Paca se hizo la dormida aunque lo miraba de reojo. Veía a Benito con movimientos controlados, sin perder el tiempo, de forma ordenada se fue vistiendo y cuando terminó, abrió la puerta de la casa y salió, sin un beso de buenos días o de despedida, nada. Paca asustada y triste a la vez, se quedó en la cama, no sabía lo que ese día pasaría, pero no quería verlo, no pensaba levantarse, cubriría su cabeza con las sabanas y aislarse del mundo, no quería ver ni saber, solo quería que el día pronto pasara y volverlo a ver entrar por la puerta de la casa, tal vez con un ramo de rosas o de amapolas, pero sabía que eso era un sueño, que en su vida ya no había flores, que la penumbra de nuevo volvería. Tomo a Pili que a penas se movía la metió con ella en la cama por primera vez desde su matrimonio, a Benito no le agradaba dormir con Pili en la cama, y de allí las dos en todo el día se moverían.

Benito con paso firme y seguro se dirigió sin pestañear a los aposentos de los sirvientes del Condado, con la garrota en la mano y sin que nadie le esperara, entró dando una patada en la puerta que se desquebrajó y se hizo añicos,  se oyeron movimientos, gritos, algunos desperezándose del sueño, entró como un rayo y sin mirar, sin saber quien se hallaba en cada cama, empezó a golpes con la garrota, porrazos sobre cuerpos de hombres y de sus mujeres que dormían en sus camas, no discriminó, tan solo daba golpes sobre cada cuerpo que se movía,  en la cabeza en sus cuerpos, algunos intentaban parar aquella locura, pero Benito estaba poseído por la hiel de la venganza, por el odio y siguió sin parar de dar golpes sobre cabezas, brazos, cuerpos, los gritos se oyeron en todo el condado, seguía y seguía hasta que dejaron de moverse cada uno de esos cuerpos sin rostro, solo se oían quejidos, lamentos de dolor. Benito se quedó quieto, la luz del amanecer ya entraba por las ventanas y su figura podía reconocerse, todos sabían quien era, era Benito tomado por el demonio, por el odio, Satanás vestido de hombre. Llegó el silencio, nadie se atrevía a lamentar sus dolores ni a soltar una palabra. Varios minutos de silencio, hasta que Benito con voz fuerte y autoritaria les ordenó levantarse, quería a todos  fuera en dos minutos. Salió por la puerta  y delante de ella quedo firme, cubierto con la boina y garrota en mano, espero la salida de todos. Y así fue, todos salieron, cada uno vestido como pudo, con sangre en las caras, hombres y mujeres cumplieron la orden del capataz. Una vez todos en fila, miró a cada hombre y a cada mujer, y uno a uno le dijo que era el jefe, que estaban a sus ordenes, que a partir de ese momento solo cumplirían sus mandatos o se verían de nuevo con su garrota en sus carnes, que trabajarían desde el anochecer hasta el atardecer y que lo quería ya, en ese momento y todos como corderos corrieron como pudieron, entre sangre y dolor a cumplir sus órdenes.

Así transcurrió el día, Benito a caballo recorría una y otra vez todo el Condado vigilando que sus órdenes se cumplían y algún osado que se atrevió a mirarle a la cara, se llevó un nuevo garrotazo en sus sienenes, no podían ni mirarlo, tan solo cumplir sus órdenes y trabajar, desde el amanecer hasta el anochecer.

Se hizo la noche y Benito volvió a su casa, abrió la puerta, en la mesa no estaba la cena, miró y vio a Paca en la cama cubierta por las sabanas, la llamó por su nombre y le preguntó con reproche -¿que haces en la cama?, ¿y la cena de tu hombre?-. Paca retiró las sabanas, se incorporó y Pili asomó la cabecita, los ojos de Benito se encharcaron de sangre, y le gritó -¿ que hace la perra en la cama?-, Paca solo decía –no, no, no por favor, nunca mas- , pero ese día Benito no atendía a suplicas ni a lamentos, ese día Benito solo era el amo, en ese día todos cumplieron sus órdenes menos su mujer y Paca cuando fue a coger a Pili, a poner su cuerpo entre ella y la garrota, llegó tarde, toda su ira cayó sobre el envejecido y frágil cuerpo de Pili, la garrota la rompió en dos, tan solo un pequeño aullido, un lamento de quien la había acompañado toda su vida y en todas sus tragedias, el único ser que había querido. Quedó rota en el suelo sin aliento con los ojitos abiertos, sus orejita caídas y un solo movimiento, el del suspiro de su muerte.

Paca lloró y lloró, pero una vez secadas sus lágrimas, ella si le desafió se le quedó mirando a la cara, sin pestañear, firme, autoritaria, se acercó a Benito embriagadote autoridad y poder, y ella cada vez mas cerca y con voz baja sin necesidad de levantarla, cuando estaba a penas a diez centímetros le dijo: - tu serás mi marido, yo soy tu mujer, pero yo seré La Condesa de Mudela y yo seré tu ama y dueña, me harás la comida, me harás la cena, limpiaras la casa y si te lo ordeno me lamerás los pies. Hoy has matado al ser que mas he querido en mi vida, hoy para ti empieza tu camino hasta la tumba.

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